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Testimonio de una inmigrante indocumentada

Post frontera (XIII)

Fuentes: Rebelión

País de llegada: Los mil oficios – Segunda parte Si algo me enseñó mi Nanoj fue a no tenerle miedo al trabajo ni a la adversidad, «porque la vida allá afuera es dura» siempre nos lo ha dicho. «¿Vos creés que yo soy mala? ¡Pues esperáte a salir a la calle a ver cómo te […]

País de llegada: Los mil oficios – Segunda parte

Si algo me enseñó mi Nanoj fue a no tenerle miedo al trabajo ni a la adversidad, «porque la vida allá afuera es dura» siempre nos lo ha dicho.

«¿Vos creés que yo soy mala? ¡Pues esperáte a salir a la calle a ver cómo te tratan! ¿Vos creés que yo te lastimo? ¡Pues esperá a crecer y me dirás! ¿Vos creés que yo no te quiero? Nadie en el mundo te quiere más que yo, porque te tuve nueve meses en mi estómago y te parí con dolor, fuiste la hija que más me costó parir, nadie te quiere más que yo, aunque vos creás que te odio, te corrijo porque si no lo hago yo, lo hará alguien más en la calle y eso no lo voy a permitir, aquí la única que tiene derecho a reventarte a cinchaceadas soy yo y si debo matarte lo hago, antes que lo haga alguien más en la calle porque eso no lo voy a soportar.»

Creo que fue a base de golpes porque eso es lo que vio cuando creció, así les tocó a ellas, a mis abuelos y bisabuelos. Y creo que por ser la única hija que no tenía rienda y era llana, con todos sus genes incluyendo el carácter infernal, vio en mí una afrenta, el desafío, un espejo y no le pareció para nada el reflejo. Yo no creo en la fumada esa de que a los hijos hay que corregirlos con amor y con chicote. No hay razón alguna para golpear físicamente a un hijo. Ni una sola nalgada. Pero esa soy yo, mi particular punto de vista. Cada quien sabrá dentro de su corazón cómo darle una formación integral a sus criaturas. Lo cierto es que nadie nace sabiendo ser padre.

Cuando le he preguntado por qué fue tan violenta conmigo me dice que sino no me hubiera graduado, y estuviera muerta o saber ni con cuantos hijos y todos sin papá y que si por eso la odio pues que la odie pero ella hizo lo que correspondía para no dejarme burra y sin escuela como le tocó ella y mis tías.

Mis pensamientos son: si de niña no me morí de hambre mucho menos sucederá ahora de vieja. Los mil oficios los conozco desde que tengo conciencia, los hice para lograr graduarme de maestra: Desde los 10 años de edad hasta la adolescencia, recoger basura de casa en casa e ir a tirar los costales al barranco que colinda con la estación de buses de Ciudad Peronia, pagaban 25 centavos por costal, ayudante de albañil, ayudante de autobús, ayudante de zapatero, vendedora de helados, atoles y pupusas de chicharrón.

Hacía rifas para juntar para comprar mis útiles escolares de principio de año; pedía fiado en la abarrotería un litro de gaseosa y hacía papelitos con números que vendía a 25 centavos entre los vendedores del mercado, ahí sorteaba el litro de gaseosa y sacaba el doble o el triple de lo que había costado y al regreso pasaba pagando la deuda en la abarrotería, rajaba leña con hacha, cuñas y almágana cuando en la casa tuvimos venta de leña, mi mamá me pagaba un quetzal para que ahorrara para pagar el colegio, también hacía adornos navideños que vendía en diciembre, con el mismo mecanismo: pedía fiado el material en la miscelánea del mercado y cancelaba la deuda por la tarde. Fuimos con mi hermana-mamá jornaleras cortando fresas en una finca.

Para cuando estudié magisterio aun vendía helados los fines de semana, también vendía naranjas con pepita a la hora del recreo en la escuela para lograr juntar para los gastos del pasaje, fui jueza y cronometrista de: natación y atletismo. Jueza de vólibol, gimnasia y baloncesto. Umpire en béisbol y softbol Trabajos que nos conseguían los catedráticos para que nos ayudáramos con los gastos. Alcanza bolas en los juegos de tenis.

Miedo al trabajo no le tengo, he aguantado hambre y en la infancia y adolescencia dormí solamente tres horas al día, solo así lográbamos sacar el trabajo, estudio y labores domésticas. Qué alguien me venga a de cansancio físico y mental.

Ahí estaba el abanico de los mil oficios pero hubo uno que desde niña juré no hacer y también reté a mi mamá y se lo dije en tantas chicoteadas que me dio, mientas me pagaba ella me decía que iba a terminar limpiando casas, por burra porque solo para limpiar baños servía, ¡te acordarás de mí, infeliz cuando estés limpiando mierda que no es tuya! Y sí, vaya si me recordé a mi madre cuando me tocó limpiar baños.

Y no es que denigre el oficio de una empleada doméstica porque a mi ver es uno de los más dignos y de los más delicados porque uno trabaja en el espacio privado de las personas, hay que tener mucho cuidado inclusive para caminar dentro de la casa y no digamos para atreverse a respirar, somos invisibles para ellos pero desde nuestra inexistencia nos damos cuenta de todo lo que les sucede, aunque no lo digan y no nos conversen, los vemos y es una ventaja que tenemos sobre ellos, porque para la mayoría de empleadores somos como un mueble más.

Mientras conseguía trabajo iba a ayudar a una mexicana a limpiar casas, otros días me iba con mi hermana, la mexicana limpiaba la casa de una familia coreana y resultó que les caí bien y le preguntaron si tenía trabajo porque andaban buscando una niñera para sus tres niños de 2, 5 y 8 años de edad. Ella les dijo que no, al siguiente día fui a la entrevista con mi hermana, porque ella era la que hablaba inglés. Ese mismo día comencé a trabajar, habían pasado 6 meses de haber llegado a Illinois, llegué a finales de otoño y mi trabajo lo inicié en la primavera.

Resultó ser una familia muy particular: abuelos paternos, esposos y los tres niños. El abuelo había dejado a la esposa y a sus dos hijos en Corea y había emigrado hacia Estados Unidos y trabajó de indocumentado durante largos años en fábricas que cada vez que eran cateadas por la migra, despedían a los trabajadores que salían despavoridos para no ser atrapados. El hombre enviaba las remesas para que la esposa las guardara para lograr salir de Corea hacia Latinoamérica, y lo lograron. Un día salió de su país natal con sus dos niños y comenzó el calvario de ser migrante en Latinoamérica, de pueblo en pueblo y de país en país, sin documento alguno que les permitiera la estadía y el tránsito libre, fueron clandestinos en el sueño de llegar a Estados Unidos.

Una década duraron rodando por todo Latinoamérica hasta que lograron llegar a Estados Unidos tiempo después el padre logró la legalización y con ésta también la de ellos.

Evangélicos desde siempre, uno de los hijos se hizo pastor y el otro doctor. Yo trabajé en la casa de quien es el doctor obstetra, y su esposa que es doctora en medicina general. Ella también tiene su historia, tan dolorosa como la de miles de migrantes. Emigró a buscar trabajo para ayudar a su mamá, tiene una hermana cuadripléjica y autista. Los cuidados médicos son muy caros y no podía costearlos en su país. Su familia pertenece a la clase obrera de la hermosa Corea del Sur. Emigró con una visa que llegó a sus manos ella no sabe ni cómo. En Estados Unidos conoció al estudiante de medicina que se convirtió en su esposo, logró arreglar su situación legal y sacó préstamos bancarios para estudiar medicina, de las misma forma en que lo hizo él, para cuando yo llegué a trabajar con ellos, aun les quedaba una deuda de 20 años.

Los abuelos y el doctor hablaban perfecto español, la mamá de los niños solo palabritas, pero desde el primer día me dijeron que Estados Unidos es capaz de devorar en segundos a quien no habla el idioma y que mi prioridad debía ser aprenderlo lo más pronto posible, así es que por mi bien no me hablarían en español sino en inglés. Me dejaban las instrucciones anotadas en un papel y también un diccionario traductor que compraron exclusivamente para mi uso.

Mi trabajo consistía en llegar a primera hora, alistar a los dos niños mayores para la escuela e irlos a dejar, cuidar al pequeño de dos años y a medio día ir a recogerlos a la escuela, jugar un poco con ellos, y llevarlos a las clases de piano.

Como no tenía automóvil y ellos no tenían uno extra, utilizaba el de mi hermana, la llevaba al trabajo y la dejaba unas cuadras antes para que se fuera caminando y con esto matara el tiempo para llegar puntual a la casa que limpiaba, también se a la salida se iba caminando para matar el tiempo y nos juntábamos en el punto acordado.

La familia coreana me esperaba en la puerta, me saludaban de abrazo y con esa reverencia de inclinar la cabeza cuando saludan a alquilen cosa que aprendí y tengo el habito de saludar en la misma forma a todo coreano que se me atraviesa en el camino, ¡los dejo levitando! Les alegro el instante, porque no se lo esperan de alguien que tiene otra cultura y me llena tanto ver los rostros de alegría cuando los saludo en coreano.

Aunque ya iba desayunada me tocaba comer de vuelta porque no me permitían empezar a trabajar sin haber comido con ellos, entonces opté por irme sin desayuno. Así aprendí a cocinar y a disfrutar la comida coreana, esa familia tiene el hábito de hacer licuados de frutas como bebida para el desayuno, mismo que adrede hice mío, como agradecimiento a su trato humano, mis desayunos son de licuados de frutas con proteína. También cocino coreano de vez en cuando.

Lo contrario que sucede con otras personas que cuando emigran pierden la raíz, con ellos era todo lo contrario, la decoración era de una típica estancia coreana, contando los detalles más mínimos. Yo me sentía como dentro de un museo.

Trabajaba tres días a la semana y no era tiempo completo solo unas horas, los niños me enseñaron inglés y yo español. Me enseñaron béisbol y yo fútbol. Salíamos al parque y los trepaba a los árboles, fue todo un descubrimiento cuando los subí para que cortaran las peras que se podrían de maduras sin que nadie las tocara, la abuelita las hizo pie y todos nos dimos una atipujada de película. Los vecinos anglosajones se sorprendían de ver a cuatro micos subidos en los árboles, no es habitual que una niñera haga esas cosas. Pero de lo que la mayoría de niñeras hace hablaré en otro viaje.

El trabajo con esa familia fue corto, de dos años porque se cambiaron de Estado. Pero hasta el día de hoy nos comunicamos, los saludo en coreano y ellos en español, nuestras conversaciones son en inglés, mis tres hijos del corazón, son todos unos adolescentes hermosos que me llaman cuando les dejan deberes en la escuela y tienen que ver con el sentir de quienes emigran hacia Estados Unidos.

El abuelo y el papá tocaban guitarra en el coro de la iglesia, por las tardes el abuelo tocaba y cantaba en coreano mientras yo jugaba con los niños, me daba por llorar y el abuelo me decía que era bueno llorar porque cuando el alma lloraba era porque se está limpiando de toda maleza. Siempre quise aprender a tocar guitarra. Cuando se fueron me regalaron sus dos guitarras como recuerdo, una de ellas la tengo colgada en la pared, en la esquina de mi cuarto donde está mi escritorio, es uno de mis amuletos y también la compañera con la que escribo la mayoría de mis poemas, ella les da la musicalidad que solo mi alma entiende.

La familia coreana fue lo más dulce que yo viví en el país de llegada.

(Continúa)

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.