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Post frontera (XLVI)

Fuentes: Rebelión

País de residencia: las letras Para cuando toqué fondo y mi depresión ya no me daba más que para embriagarme, me dio por escribir. Recurrir a la poesía que me acompañó en mi adolescencia. Dejé de hacerlo durante muchos años hasta que el 2005 escribí un poema que me llevó todo el invierno terminarlo. Lo […]

País de residencia: las letras

Para cuando toqué fondo y mi depresión ya no me daba más que para embriagarme, me dio por escribir. Recurrir a la poesía que me acompañó en mi adolescencia. Dejé de hacerlo durante muchos años hasta que el 2005 escribí un poema que me llevó todo el invierno terminarlo. Lo comencé en diciembre y lo terminé en marzo de 2006. Alcoholizada tomé el lápiz y con la mano temblorosa comencé a escribir, momentos de soltarlo y llorar desconsolada, cada letra fue un ejercicio de catarsis, una descarga del veneno insoportable que me quemaba por dentro.

Ese primer poema es el reflejo de la amarga añoranza que tenía por Guatemala.

Nostalgia

Teje la nostalgia abrumada

Con hilos de melancolía

En ésta noche callada

Un abrigo en la lejanía

 

Retazos de recuerdos

Acarician mi ventana

De lejos vienen lerdos

Para acostarse en mi cama

 

Ella sigue tejiendo

Sin percatarse del tiempo

Mientras yo sigo bebiendo

A sorbos este invierno

 

Fría, parca y silenciosa

Es ésta extraña inquietud

Insomne la observo ociosa

Sin la mayor pulcritud

 

Lloran balbuceando

Las gotas de rocío

Traen de lejos los cantos

Sonoros de los grillos

 

No se inmuta el tiempo

La noche lleva su paso

Y siguen los copos cayendo

Espesos, sutiles sin retraso

 

Está amaneciendo

El alba se asoma

Cansada va diluyendo

La oscuridad que desborona.

A los meses para el tiempo de los aguaceros de mayo, escribí mi primer relato: De los aguaceros de mayo y el sopor de la melancolía. Lo escribí en mi trabajo, limpiaba una casa y fui al escritorio de mi jefe tomé una en blanco y un lápiz, estaba limpiando el baño de su recámara recuerdo muy bien, se eché el jabón, cerré la tapa, me quité los guantes y me senté a escribir, sería cosa de minutos, de un tirón, sentía ahogarme, el cuerpo me temblaba, me estaba muriendo con ese aguacero que me llevaba a los charcos de Comapa y a las hondonadas preñadas de chipilín en flor. En la noche con alcohol en la venas, -porque fue para los años en que bebía todos los días al regresar del trabajo- me sentí frente a la computadora y lo pasé en limpio, me amaneció, fue de un viernes para sábado, aclaró el día y me encontró llorando frente al monitor. Es el relato que más me ha dolido escribir porque, el más catártico, el más íntimo, el que desnuda mi melancolía por el pueblo que me vio nacer.

Pasaron los meses y para finales de año escribí otro poema, también evidencia lo que las noches eran para mí en aquellos años.

Insomnio.

Sutil y oscura

Canta la noche

Su sonido lúgubre

De soledad

 

Vértigo frío

Hoy me acompaña

En la penumbra

De ésta gran ciudad

 

Tibios recuerdos

Caminan solemnes

Acariciando nostalgias

Que no volverán

 

Gritarte quiero

Si aun no comprendes

El eterno insomnio

Que es extrañar.

 

Después de eso comencé a escribir esporádicamente, aun no dejaba de beber, lo hacía con modismos jutiapanecos y con la jerga de arrabal, no quería soltarlos, no quería se me olvidara hablar como guatemalteca, como jutiapaneca y peroniense, era vital que estuviera el lenguaje coloquial, porque era mi forma de estar con comunicación con mis amigos de infancia, la gente de mi barrio, querían que supieran que no había cambiado, que este país no había hecho mella en mí.

Mi cuerpo estaba aquí pero mi alma y corazón en Guatemala, escribía de mi país de mis recuerdos de infancia, comentaba noticias de pronto escuchaba o artículos que leía, así fue como escribí: La avenida Bolívar se está petateando. Por medio de un artículo que leí en Revista Domingo y al ver las fotografías, la tristeza me llenó los ojos de agua y escribí de los recuerdos que tenía de aquella serpentina e histórica calle.

Vendrían muchos otros, como el de La Terminal, brilla con luz propia.

Fueron relatos y artículos llenos de mucha nostalgia y que los escribía en una noche entera, asomando el alba me levantaba de la silla para hacer café y alistarme para irme a trabajar. Las noches de insomnio fueron de largos años. Cuando lograba dormir tenía pesadillas, destrocé mis dientes porque todo lo que no lograba salir durante el día, conscientemente, en la noche mientras dormía se apoderaba de mis nervios, literalmente me comí mis dientes, amanecía con sangre en la boca, no sentía cuando los rechinaba y me terminaba mordiendo la parte interior de los labios. Los brincos que daba, peleando con fantasmas. Corriendo, siempre escapando, despertada cuando éstos estaban a punto de atraparme.

Poco a poco conforme escribía fue bajando la ansiedad y mi depresión, lentamente fui dejando de beber, sin proponérmelo, entre más escribía más liviana sentía la carga emocional. No había escrito que no llorara y que no me dejara física y mentalmente cansada, después de escribir podía dormir, pocas horas pero ya era un avance.

Fueron pasando los años y también compaginé la añoranza con la realidad que vivía aquí, que era desesperante, porque sufría en carne propia y veía el trato que se le daba a los indocumentados, furiosa me sentaba a escribir, como también me avergonzaba la forma en que se comportaban algunos latinos que renegaban de sus países de origen, carentes de identidad y de amor a la tierra, imitadores de anglosajones y copropietarios del país, se creen.

Entonces comencé entre la nostalgia un tipo de denuncia, para contarles a mis amigos de la infancia cómo era vivir aquí, qué sucedía con los indocumentados. Un vaivén era el mío, trayendo de allá para acá y enviando de aquí para allá. Días añoranzas y otros denuncias de injusticias. Cuando sentí ya no tomaba como antes, lo que me hacía salir a buscar licor lo descargaba escribiendo, eso lograba calmarme, a mi voz la lograba escuchar escribiendo, no sabía que tenía una.

Ese ejercicio ha sido una conversación entre mi ser interno y yo. Con los años y la práctica fue fluyendo la escritura, y también el vicio despareció, en lugar de comprar alcohol me sentaba a escribir, lograba canalizar cosas que no podía con el deporte, ni con los amantes, ni con el licor.

Y así lentamente pude ir conciliando horas de sueño, las pesadillas desaparecieron, también la arritmia cardiaca, dejé de comerme los dientes, de despertar en horas de la madrugada gritando, sudando y llorando desesperada.

La terrible melancolía que no me dejaba vivir también dio paso al presente, mi mentalidad fue cambiando, fui abriendo la mente, mi corazón se fue limpiando, las heridas que sangraban fueron secando, ya no buscaba una pared para reventarme la cabeza a golpes, a cambio busqué un lápiz y pedazo de papel y cada vez que los sentimientos encontrados se apoderaban de mí, escribía y se encausaban las reventazones que me desequilibraban.

Escribiendo decidí enfrentarme al idioma inglés, a entrar a la reserva forestal que se volvió mi querencia, a dejar de sentir culpa y atreverme a pensar en que también merecía cosas buenas y que no había perversidad en ello, que también mudar de piel era parte del proceso, que dejar de sentir melancolía por mi país no me hacía una traidora. Extraño Guatemala, todos los días, falso sería negarlo, no hay suelo como el de uno, pero también es indigno no valorar el aire que se respira sin importar en qué lugar del mundo estemos.

Con la escritura fui soltando, dejando ir y abriendo los brazos a lo nuevo, a la oportunidad de aprender de otras culturas, de experiencias distintas. Durante años mi canto fue: A todo Pulmón. Hoy en día es: Honrar la Vida. Pero primero me tocó aceptar que: Toco Cambia.

Que es el proceso natural de la vida, que es necesario, que no hacerlo nos pudre el alma y nos convierte en los únicos responsables de victimizarnos por el temor de afrontar a los demonios…

De ser un proceso de canalización lacerante, las letras se fueron convirtiendo en mi voz, mi oxígeno en mi forma más leal de manifestación.

Con ellas dejé de ser egoísta y encerrarme en mis dolores y aprendí a comprender los de otros y a utilizarlas para denuncia ya no propia sino de todos los marginados de los sistemas, de las sociedades, de los imperios, del patriarcado. Nació una responsabilidad en mí que me exigió salir de la cueva y dejar de lamer mis heridas, dejar de quejarme, de ser siempre la pobrecita, la triste, la oscurecida, para unirme a las parvadas a las que siempre he pertenecido. Comprendí que las letras son una herramienta poderosa, cuando se escribe con dignidad y firmeza.

No soy periodista, jamás he tomado un solo curso de Comunicación Social, tampoco de talleres de escritura, lo mío nace del alma, del corazón obrero, de mi mirar migrante, de mi sangre campesina, de mi vena de mujer, de mis pies de niño, de mis alegrías de arrabal y de los dolores de la marginación.

Lo mío no es de clase glamorosa, no se baña en erudición, no tiene pergaminos, es sangre pura y roja de la emigración.

Lo mío es la voz de una vendedora de helados, una empleada doméstica, una mil oficios, una indocumentada. Lo mío no busca apariencias ni lucirse con sombrero ajeno, no imita. En lo mío no hay plagio.

Soy una heladera que escribe, una escritora que limpia casas, o viceversa. Soy una espalda mojada, un residente indocumentada.

De pronto sin darme cuenta me fui enamorando de las letras y con ellas de la vida, de los cerezos en primavera, de las distintas tonalidades de verdad que pueblan los parques y los bosques, de los arces pitayos, de los cielos rojizos de julio, de los girasoles de agosto, y de la paz de los cauces del río Mississippi y Des Plaines. Una delirio infernal por la bicicleta y las ciclo vías. Nuevamente volví a sembrar, comprendí que no podía renunciar a lo que me hacía feliz y me llenaba de vida, injusto era habiendo muerto tantos con la ilusión de llegar a este suelo, no vivir y buscar la felicidad a cada instante era traicionarlos, deshonrarlos.

Creé una parcela en mi balcón rentado, ahí crecen mis hortalizas en tiesos, alegran mis mañanas los tomates, los chiles, culantro, hierba buena, perejil, fresas, cebollín y las colorean las flores siempre despiertas al rocío de un nuevo día.

Dejé de castigarme por no haber terminado la carrera universitaria, por andar en añoranzas no me daba cuenta que esta experiencia migrante es una universidad de categoría popular, no hay catedrático que pueda impartir la cátedra, esto es experiencia del día a día.

Volví a reencontrarme con mi Oso e hice las paces con los perros que fueron mi adoración en mi infancia. Dejé de pensar en tener una casa propia y un nicho pagado para el día en que me muriera. El hogar es la tierra misma, no me importa en dónde quedo, estoy aprendiendo a hacer mi hogar en los instantes que la vida me regala, viviendo intensamente como lo he hecho siempre, pero libre de culpa, de victimización y de dolor.

Pienso en mi país claro que sí. Yo soy Guatemala. Yo soy Comapa, la Pangola, Ciudad Peronia, el mercado La Terminal. Yo soy la frontera.

El eterno retorno dejó de atosigarme, porque decidí vivir el presente, si un día regreso deportada pues estaba en mi camino que así fuera, si regreso con los pies por delante, también. Si queda lejos mi cuerpo del lugar donde está enterrado mi ombligo, pues también. Si regreso por mi propio pie, tal vez. No puedo hacer planes siendo indocumentada, mi día a día está en el limbo, como el de millones. Lo que sí puedo hacer es no desperdiciar más el tiempo pensando en el pasado, en añoranzas, en suplicios, estoy aprendiendo a vivir.

Con las letras dejé de pelearme con la vida, de escupir mi rostro cuando aparecía frente al espejo el reflejo de una mujer fracasada, carente de autoestima, desvalorizada, victimizada.

Con las letras dejé de ser invisible, y encontré mi voz que es la de los pueblos excluidos, la de los obreros y proletarios del mundo entero. Porque podré escribir en español, haber nacido en Guatemala, pero mi sentir no entiende de idiomas ni de fronteras porque lo que yo he vivido lo viven miles en todas las latitudes del planeta.

Porque tampoco es necesario vivir en carne propia para que despierte la conciencia. Es cuestión de humanidad.

He sido discriminada por haber nacido mujer. Por mi color de piel, por ser vendedora de helados, por ser cortadora de fresas en una finca, por no tener modales refinados por indómita, por emigrante, por indocumentada, por latinoamericana. Qué me pregunten qué se siente ser discriminada.

Con las letras he ido encontrando la salida a los laberintos donde estuve metida toda mi vida, porque esto es cuestión de post frontera pero lo que me laceraba venía conmigo desde mi infancia. El vicio del licor lo tengo desde los nueve años de edad. Solo las letras lograron que lo dejara. ¿Cuánto les debo? Mi vida. Ni con ella les logro pagar todo lo que han hecho por mí. Queda entonces, honrarla. Dignificar cada paso en mi caminar, cada segundo de existencia.

Con la escritura he ido conociéndome mujer, niño, ser humano. Mano de obra barata. Limpiadora de casas explotada. Sangre indocumentada.

Dejé de pelarme con mi realidad de limpiar casas y en lugar de condenarme, opté por pintar de colores lo oscuro, de pronto hacerle un adorno al rollo de papel de los baños de las casas, una adorno a las sábanas de las camas, ordenar de distinta manera las almohadas, cambiar la rutina, empezar por las habitaciones en lugar de por la cocina. Cortar flores del jardín y colocarlas en jarrones por toda la casa. Admirar los atardeceres que se colaban por las ventanas, aunque estuviera con una aspiradora en la mano, o con el cepillo lavando un inodoro.

Dejé de pensar y ver todo en blanco y negro, a admirar los otros colores del arcoíris. A dejar de estar a la defensiva todo el tiempo. Dejé de ser una mujer espinada y agriada. De pronto la sonrisa también es catártica y medicinal.

Hoy en día disfruto hasta la más mínima brisa, de las tormentas invernales, de los colores pitayos en otoño, de los veranos calurosos y de las noches que abrazan mi sueño.

He logrado dormir ocho horas seguidas sin que las pesadillas me despierten, porque ya no tengo pesadillas. Dejé de sentir delirio de persecución. El olor a sangre fresca de un ser humano asesinado con infamia, por soñar con un futuro mejor y salir a buscarlo, no se me olvida.

Es poco lo que pude rescatar de la Ilka que cruzó la frontera, pero eso poco que quedó, lo he aprendido a cuidar con delicadeza, firme, leal, ese retoño pequeño, en sequía, está reverdeciendo, lentamente. Hoy no escribo solamente por mí y para mí, sino por y para los miles de miles que emigran en el mundo entero. Ellos son mi voz, ellos son mi fuerza, mi soporte, mi norte y mi sur. Mi sentir ya no entiende fronteras, mi pensamiento ya no entiende de idiomas ni de géneros, mi letra que es mi sangre, que es la tierra, es universal.

Y denunciaré hasta el día en que me muera, toda injusticia que oprima a los marginados a los que se les ha arrebatado el derecho a soñar.

Así es como de alcohólica me he convertido en escritora migrante. No me alcanzará la vida para honrar las letras que son la expresión más fiel.

Sigo aprendiendo.

Luché, corrí el kilómetro extra, dejé el pellejo en el intento, di lo mejor de mí y ni uno solo de los sueños que tuve se realizó. Ahora he ido encontrando las respuestas que antes ahogaba en el alcohol y la frustración, simplemente ni uno solo de esos sueños era para mí. Mi camino era distinto, y tuve que emigrar, y dejar lo que más amaba, sobrevivir a una frontera, lamer mis heridas, abrirlas una y otra vez, tragar polvo, llorar en silencio mi amargura, y tocar fondo, para que hoy desde mi andar indocumentado, entienda que mi misión en la vida era la de convertirme en escritora. Jamás lo hubiese imaginado, nunca pasó por mi mente, ni en dulces sueños ni en pesadillas.

Lo que empezó como catarsis personal se ha convertido en colectiva. Lo que fue al inicio una comunicación de emigrada con sus amigos de infancia quedados en su país de origen, para no perder los lazos, se fue tornando en una escritura itinerante que viaja por países a los que nunca iré. Mis letras son mis alas, ellas surcan los horizontes que como indocumentada no puedo.

En ellas finalmente encontré mi voz, mi razón de ser, mi norte y mi sur. A ellas honraré hasta el último suspiro de mi vida, a ellas mi fidelidad y mi agradecimiento por haber hecho de éste andrajo un eco que se escucha en el mundo entero, un eco que se atreve a cantar: Y dale alegría, alegría a mi corazón…

(Continúa.)

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.