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Cambio climático

Preparándonos para el fin del mundo

Fuentes: SEMlac

Hace 20 años, el proyecto parecía un argumento para una película de ciencia ficción. Hoy se inserta plenamente en la realidad de un planeta amenazado por el hambre, las guerras, el cambio climático y la posibilidad real de perder sus fuentes de sustento. El pasado 26 de febrero se inauguró, en el ártico de Noruega, […]


Hace 20 años, el proyecto parecía un argumento para una película de ciencia ficción. Hoy se inserta plenamente en la realidad de un planeta amenazado por el hambre, las guerras, el cambio climático y la posibilidad real de perder sus fuentes de sustento.

El pasado 26 de febrero se inauguró, en el ártico de Noruega, la Bóveda Mundial de Semillas, un ambicioso proyecto de casi 10 millones de dólares que, hasta el momento, ha recibido 268.000 muestras de semillas de más de un centenar de países. Ideado para durar mil años, en la práctica su tiempo de vida podría ser más corto, si se cumplen las predicciones sobre el calentamiento global.

«Se han tomado todas las precauciones para evitar que el desglaciamiento del Ártico lo afecte. Por ejemplo, el túnel más profundo está a 120 metros sobre el nivel del mar, de modo que no se inunde, aun cuando el nivel del mar aumente en las próximas décadas debido al calentamiento global», dice a SEMlac María Scurrah, genetista vegetal peruana y la única mujer latinoamericana invitada a dar una charla en la ceremonia de inauguración.

Su intervención versó sobre Biodiversidad y Seguridad Alimentaria, temas a los que, junto con los derechos de los agricultores, ha dedicado su vida, y estrechamente vinculados con la bóveda global. «Su creación forma parte de un esfuerzo sin precedentes para proteger la pérdida creciente de diversidad biológica del planeta», explica.

La diversidad es la base biológica de la agricultura. Es la culminación de miles de años de evolución vegetal y de selecciones naturales y humanas que se remontan a la etapa neolítica. Pero, al mismo tiempo, es la promesa para el futuro: la diversidad de cultivos y de especies garantiza que los mejoradores de plantas y los agricultores cuenten con el material biológico necesario para perfeccionar y adaptar los cultivos a la escasez de agua, los cambios climáticos, las nuevas plagas y enfermedades, la fortificación nutricional y muchas otras necesidades que puedan presentarse en los años venideros.

«Sin temor a equivocarme, podría decir que la biodiversidad es el recurso más preciado de la humanidad, pues de ella depende nuestra alimentación, nuestra nutrición, la salud. De cómo usemos la biodiversidad depende, en última instancia, nuestro bienestar económico o el continuar viviendo en la pobreza», reflexiona esta connotada científica que dirige la ONG Yanapai, en los Andes centrales del Perú.

Contrariamente a lo que pudiera suponerse, la agricultura mundial depende de unos pocos cultivos: alrededor de 150 tienen significado a escala global, pero sólo doce especies vegetales representan lo esencial de la alimentación humana. Una especie puede contar con decenas, cientos o miles de variedades, como en el caso de la papa y el maíz, por ejemplo, dos cultivos alimenticios básicos, oriundos de América, que cuentan con miles de variedades adaptadas a diversos climas y regiones del mundo.

El propósito de la bóveda es, precisamente, proporcionar un ambiente seguro que preserve la diversidad biológica del planeta, tanto contra catástrofes naturales como sociales que conlleven a la pérdida de la diversidad de los cultivos, un tema crucial, especialmente para los países en desarrollo.

En junio de 2007, durante la reunión de naciones industrializadas, el llamado G-8, los científicos advirtieron que las dos terceras partes de las especies silvestres del mundo estarán extintas para 2100, debido a la acelerada destrucción de sus hábitats y el cambio climático.

Asimismo, advirtieron que la subsecuente explosión de plagas y enfermedades y la pérdida de polinización tendrán devastadoras consecuencias para la agricultura. Por su parte, el Fondo de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) asegura que 75 por ciento de la diversidad genética de los cultivos agrícolas ya se ha perdido.

«La diversidad biológica puede perderse por diversos motivos», señala Scurrah y recuerda que, por ejemplo, durante la guerra de Iraq, se destruyó el banco genético de Abu Ghraib, que contenía semillas de variedades ancestrales de trigo, lentejas, habas y otros cultivos oriundos de Mesopotamia.

Lo mismo sucedió en Afganistán, durante el gobierno talibán. Felizmente, en ambos casos existía un duplicado de esas muestras en el Centro Internacional para las Investigaciones Agrícolas en las Zonas Áridas (ICARDA), en Aleppo, Siria.

Algo parecido ocurrió en Perú, durante la década del ochenta, cuando, por efecto de la subversión, poblaciones enteras fueron obligadas a desplazarse a otros lugares y los cultivos de papas nativas se perdieron. Terminado el conflicto, los pobladores pudieron recuperar muestras de esas papas en el banco genético del Centro Internacional de la Papa (CIP) en Lima y volverlas a sembrar en sus lugares de origen.

De ese mismo banco han salido rumbo a Nicaragua, Honduras e incluso a la Indonesia devastada por el tsunami, semillas de camote que han ayudado a restaurar los campos y han brindado alimentación a poblaciones afectadas por la hambruna.

Los anteriores son ejemplos del papel que cumplen en la actualidad los llamados bancos genéticos, en los cuales se conservan, en estado de congelación y debidamente empacadas, semillas de diferentes cultivos y, en ciertos casos, partes de plantas o plantas completas.

Se supone que cada país tiene bancos genéticos pero, especialmente en el Tercer Mundo, ello no es así. Se estima que por lo menos la mitad de los bancos genéticos nacionales de los países en desarrollo son inviables, la mayor parte de las veces porque los gastos de mantenimiento son muy altos.

Los esfuerzos por construir una bóveda global de semillas datan de la década del ochenta del siglo pasado. El Grupo Consultivo para la Investigación Agrícola Internacional (CGIAR en inglés) fue uno de los primeros organismos en advertir la necesidad de crear un depósito global, rodeado de todas las seguridades, que preserve durante siglos la diversidad biológica del planeta.

Los centros del CGIAR mantienen en custodia para la humanidad, por encargo de la FAO, un conjunto de bancos genéticos distribuidos en los 15 centros con que cuenta alrededor del mundo, como el del maíz en México o el de arroz en Filipinas. Tanto ICARDA como el CIP pertenecen al CGIAR.

En los ochenta no existían regulaciones internacionales referentes al intercambio de semillas entre países y se debatía acaloradamente sobre los derechos que corresponden a los agricultores que han preservado y mantenido la biodiversidad en sus zonas de origen, por lo que la iniciativa durmió casi dos décadas.

Fue recientemente, con el Tratado Internacional de Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura –sucrito por la FAO en 2004 y por más de cien países hasta la fecha–, que el proyecto obtuvo el marco jurídico internacional necesario para llevarse a cabo, bajo el patrocinio del gobierno noruego, conjuntamente con el Fondo Mundial para la Diversidad de Cultivos y el Banco Genético Nórdico.

«Noruega no sólo aportó el financiamiento de la construcción, sino que desde su inauguración está destinando el dos por ciento de todas las ventas de semilla a la distribución equitativa de beneficios contemplada en el Tratado Internacional», informa Scurrah. Durante la ceremonia, el primer ministro noruego, Jens Stoltenberg, dijo que esa decisión «era justa y ética».

La bóveda ha sido bautizada como «arca de Noé vegetal» o «bóveda del fin del mundo». Pero, para los invitados a su apertura, entre los que se encontraba la Premio Nobel de la Paz 2004, la keniana Wangari Maathai, se trata de una «póliza que salvaguarda la vida en el mundo».

Cómo es, dónde está

La bóveda está ubicada en el punto más lejano del planeta hasta donde puede llegar un vuelo comercial, a 78º de latitud norte, en la villa de Longyearbyen, Svalbard, un territorio donde, a decir de Scurrah, «los picos nevados, el color de la luz y la yuxtaposición de las montañas y el mar crean una atmósfera mágica, inenarrable».

Esa sensación continúa al llegar a la bóveda, donde un enorme, pero artístico portal, visible desde la distancia, anuncia a los visitantes que están a punto de ingresar al futuro. «Me sentía protagonista de la Guerra de las Galaxias», bromea nuestra entrevistada.

El portal fue diseñado por la artista noruega Dyeke Sanne, quien mezcló vidrios triangulares de alta reflectividad con acero que, en combinación con otros elementos refractivos –como espejos dicroicos y prismas–, creó una obra monumental, que permanecerá iluminada durante la larga noche polar.

Al traspasar el portal, se ingresa a un túnel de concreto de 120 metros de largo, que conduce a las entrañas de la montaña, en pleno permafrost ártico o subsuelo terrestre congelado, donde se hallan los tres grandes almacenes de semillas que, en conjunto, serán capaces de almacenar cuatro millones y medio de diversas variedades de semillas, suficientes para proteger toda la biodiversidad existente. Tendrá una temperatura de -18ºC, que permitirá la supervivencia de las semillas por cientos de años.

La bóveda no usará ningún tipo de energía y ha sido construida para resistir un ataque con misiles o la caída de un avión. Su seguridad se espera que sea inexpugnable. Su puerta blindada de acero tendrá un sensor especial para detectar la presencia de osos polares. Se estima que en Svalbard viven unos 3.000 osos. No estará abierta al público.

Si bien la bóveda está ubicada en territorio noruego, sus semillas mantendrán la propiedad del país que las remita, que tendrá derecho a usarlas sólo en caso de perder sus bancos genéticos. Ninguna nación podrá usar las semillas de otro. En la bóveda no se almacenarán semillas de organismos genéticamente modificados, ni de plantas medicinales o árboles frutales.

Y mientras nos muestra fotos y más fotos, Scurrah tiene sentimientos encontrados: «con esta bóveda estamos mejor preparados para enfrentar el cambio climático», dice, pero confiesa que esa posibilidad la asusta.

En Svalbard se vive dramáticamente ese cambio: «tradicionalmente el mar se helaba entre octubre y mayo, y ningún barco podía entrar. En cambio, nosotros estuvimos en febrero y todo era agua, no había hielo», relata.

«Eso les da pánico a los noruegos porque, cuando hay hielo, los rayos solares son reflejados y no entra el calor. Pero, si en vez de hielo hay agua, los rayos se absorben y eso trae graves consecuencias: mientras más agua hay, más se calienta el fiordo» (valle que un glaciar ha hecho más profundo y que está cubierto de agua dulce).

«Eso comenzó en 2007 y, cuando me lo contaban, no podía sino pensar en nuestros glaciares de los Andes, que han comenzado un proceso irreversible de derretimiento. Entonces me pregunto hasta qué punto estamos preparados para el cambio climático», concluye con un velo de tristeza en la voz.