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¿Qué andalucismo para qué mundo?

Fuentes: Rebelión

Algunos señalan que estamos en la “tercera ola” del Andalucismo. A mí, la expresión no me parece feliz porque las olas van y vienen y el andalucismo (sobre todo entendido como soberanismo andaluz) lo que más necesita hoy es reforzar sus raíces y hacerse más sólido. Prefiero que hablemos de fases o etapas, las cuales responden no solo a la situación interna de Andalucía en los distintos momentos sino que están muy relacionadas con el contexto tanto estatal como, en gran medida, internacional (aunque esto último se escape a no pocos “expertos en el andalucismo”).

En todo caso, estaríamos ante una cuarta, y no tercera, fase, ola o como queramos llamarla, a menos que eliminemos la primera de ellas, representada por los federalistas del siglo XIX que, entre otras iniciativas y acciones, elaboraron el proyecto de Constitución de Andalucía de 1883 en que se definía a esta como “autónoma y soberana”.

También se escucha repetidamente que es preciso crear, o hacer renacer, “un sujeto político” con el objetivo central de que se haga oír la voz de Andalucía en el Congreso de los Diputados, ya que la tienen no solo las otras nacionalidades históricas sino hasta Cantabria o Teruel (dicho sea, al menos por mi parte, con el mayor respeto a esas provincias). Otros nos invitan a aprovechar la “ventana de oportunidad” que ellos dicen brindarnos para participar, por internet, en el debate sobre cómo debería ser ese “sujeto”.

La multiplicidad de propuestas y ocurrencias refleja la gran fragmentación actual del movimiento andalucista y la falta de la brújula necesaria para que, al menos, exista un cierto lenguaje común entre sus colectivos componentes. Si escuchamos a algunos de quienes lideran estos, no acertamos a distinguir bien cuáles son sus diferencias ni, sobre todo, cuál es la Andalucía que nos proponen para que luchemos por avanzar hacia ese horizonte. Los términos “autonomía”, “federalismo”, “soberanía” y otros se utilizan no pocas veces a la ligera, de forma poco rigurosa y sin extraer de ellos las consecuencias necesarias. También sobra –a mi entender, claro- oportunismo electoralista y existen demasiados egos (algunos de los cuales se conforman con sentirse napoleones, o josefinas, sobre una baldosa).

Ahora, como casi siempre, para la mayoría de quienes están en ese debate lo más urgente parece ser dar con la tecla para montar una estructura político-electoral que tenga posibilidades de colocar algún o algunos diputados en los parlamentos estatal y andaluz. Me temo que la discusión desemboque en reparto de cupos en las listas electorales, supongo que en relación con el volumen de miembros de cada grupo, y sobre qué rostros sería más beneficioso publicitar como representativos de la “marca” que se elija. Supongo, también, que, si cristaliza el empeño, dentro de dos años, o antes si alguna de esas elecciones (o las dos) se adelantan, se celebrará como un triunfo que en el palacio de la Carrera de San Jerónimo madrileña o en el antiguo Hospital de las Cinco Llagas de Sevilla haya algún diputado o diputada andalucista o un puñado de ellos (aunque seguro que tampoco serían muchos).

Más allá de la voluntad y de los objetivos que cada quien pueda tener en el proceso, pienso que este se está planteando de forma errónea por dos motivos principales que trataré de desarrollar a continuación. El primero es creer que un pueblo como el andaluz, anestesiado por casi cuarenta años de régimen psoísta, adoctrinado por el nacionalismo de estado español y atacado en sus valores y expresiones culturales por la ideología del neoliberalismo, puede despertarse y echar a andar como tal pueblo solo porque un partido o confluencia de grupos políticos, por muy andalucistas que se declaren, consiga colocar alguno de sus hombres o mujeres en el parlamento (de Andalucía o/y del Reino de España). Ello serviría, con suerte, para visibilizar su existencia pero no para mucho más; entre otras razones porque su voz tendría limitado eco y su fuerza en modo alguno sería determinante salvo quizá si en alguna circunstancia decidiera entrar en el mercadeo de votos convirtiéndose en partido-muleta o partido-bisagra, como hizo en ocasiones el PA con las consecuencias de todos conocidas.

Considero que en vez de dedicar todas las energías a contestarnos la pregunta de ¿cómo hacer para conseguir representación en los parlamentos?, lo prioritario, aquí y ahora, sería tratar de respondernos a la pregunta de ¿qué es necesario hacer, y cómo, para que las andaluzas y andaluces recuperemos nuestra conciencia de Pueblo? Esa conciencia que se activó en la segunda mitad de los años setenta y comienzo de los ochenta del siglo pasado, haciendo posible el 4D y el 28F, y que fue luego traicionada y desactivada por los profesionales de la política que actuaron de surfistas para lograr objetivos partidarios o personales, neutralizando la fuerza de la ola mediante la utilización de las instituciones que habían sido posibles por la movilización popular. Lo prioritario –entiendo- tendría que ser hoy analizar con rigor dónde estamos, por qué estamos como estamos y qué instrumentos podemos utilizar, o está en nuestras manos crear, para incidir sobre la realidad social, cultural y política, construyendo un andalucismo de base y no de superficie o de simples eslóganes folklóricos. Trabajando, básicamente, en un doble nivel: el de los movimientos sociales -en aquellos grupos activos que se enfrentan a los problemas cotidianos y carecen hoy, en su mayoría, de conciencia andalucista- y el de la pedagogía constante para difundir y activar nuestra identidad histórica, cultural y política (una tarea pedagógica que es un campo inmenso y casi abandonado).

Lo anterior significa, evidentemente, priorizar la actuación por abajo y desde abajo. Gastar la mayor parte del tiempo y de los esfuerzos con y entre nuestra gente, haciendo ver cuál es la práctica andalucista y la ideología que la alimenta, más que en interminables reuniones y en debates endógamos, que a veces no son otra cosa que prácticas de onanismo ideológico y resultado de la impotencia en el hacer. Con otras palabras, el objetivo debería ir encaminado a despertar a Andalucía. A que Andalucía reviva como pueblo. Blas Infante tenía muy clara esta prioridad cuando escribió, en un debate equivalente al actual, que: “lo primero es el ser, luego está el poder”. Y es que sin lo primero no existe lo segundo o se trata de un mero espejismo.

Sin duda, algunos afirmarán que no existe incompatibilidad entre lo uno y lo otro. Como tampoco la hay entre el carro y los bueyes, pero siempre que pongamos el carro detrás de los bueyes y no al contrario. El “tanto monta” no es válido. En la vida, y especialmente en política, siempre hay que establecer prioridades, máxime cuando las herramientas de que se dispone son limitadas. Eso de “un pie en las instituciones y otro en la calle” está muy bien… si la cabeza estuviera sobre todo en la calle más que en las tareas, casi siempre estériles, en las instituciones. Y es preocupante que, respecto a la presencia en las instituciones, casi nadie hable de la prioridad de abordar las instituciones municipales, los ayuntamientos, como escalón primero y principal, y casi todos se centren en los parlamentos. ¿Será porque, a priori, se reconoce que hay poco músculo “por abajo”, entre la gente normal y corriente e incluso en el núcleo más activo, y que trabajar para conseguirlo es demasiado largo y fatigoso? ¿No sería esto motivo para la reflexión y, sobre todo, para volcar los esfuerzos en el trabajo en la sociedad más que en la fabricación de una “marca” y en publicitar unos rostros?

En realidad, se trata del viejo debate entre quienes creen que las grandes transformaciones sociales solo son posibles desde abajo y quienes piensan que pueden realizarse si se logra estar bien colocados “arriba”, en las instituciones. La supuesta solución no está en lo de “un pie en estas y otro en la calle” porque “la calle” no es solo el espacio donde se producen manifestaciones o concentraciones más o menos numerosas sino bastante más. “La calle” son, sobre todo, los barrios, los centros de trabajo, las escuelas, la universidad, las iniciativas culturales y de comunicación, las asociaciones, los grupos de carnaval, las peñas y hasta las hermandades. “La calle” es la sociedad civil, lo que está fuera de las sedes de los partidos y de las reuniones de activistas. Solo estando fuertemente enraizados en “la calle”, en el tejido de la sociedad civil, allí donde está nuestro pueblo, viviendo y actuando como parte de este y no en burbujas digitales o en reuniones de mesas-camilla, iremos creando o fortaleciendo un
tejido andalucista de base que es imprescindible para encarar otros objetivos, incluida la presencia significativa en instituciones, empezando por los ayuntamientos y siguiendo, cuando ello fuera posible y adecuado, por los parlamentos. Los atajos tienen difícil viabilidad y, sobre todo, no construyen con solidez.

Nos vendría bien aprender, en la actual etapa del andalucismo –la cuarta si nos empeñamos en numerarlas-, de la experiencia de otros movimientos como el ecologismo o el feminismo. Movimientos hoy muy potentes sin que hayan tenido que convertirse en partidos u organizaciones electorales. No han entrado –salvo pequeños grupúsculos- en la lucha electoral y se han mantenido, aunque no sin esfuerzo, independientes de los partidos sin pretender convertirse en uno más de estos. Conservando también su pluralismo. ¿Duda alguien de su influencia actual, de la extensión de sus ideologías y de sus éxitos políticos? Deberíamos plantearnos seriamente si para incidir sobre la realidad hay que hacerlo necesariamente como partido político o similar. ¿No tendríamos que revisar esta creencia, o al menos debatir el tema, despojándonos de algunos de los elementos que caracterizaron a la etapa anterior? Máxime, dado el desprestigio de la partidocracia a la que no pocos creen que es imprescindible incorporarse. Y dada también la naturaleza de la herramienta “partido político”, que lleva en sí misma la deriva de convertirse en un objetivo en sí y para sí: en un “sujeto político” en lugar de ser lo que debiera ser, una herramienta del verdadero sujeto político, en nuestro caso el pueblo andaluz. El reciente ejemplo de Podemos, en cuanto a su rápida conversión en un partido “clásico”, rígidamente piramidal, en un tiempo récord es un buen (mal) ejemplo de ello. No plantearse cuestiones como esta refleja estar prisioneros del pasado, seguir mentalmente en una etapa anterior a la presente y pensar que los instrumentos que pudieron ser válidos en otro momento continúan siéndolo hoy, sin más. Una miopía grave que puede conducir a la frustración más pronto que tarde.

El segundo motivo por el que considero errónea la manera en que algunos pretenden (re)construir hoy el andalucismo es que apenas se contempla en los debates actuales, qué Andalucía queremos y en qué mundo. Parecería como si solo interesara debatir sobre el segundo de los referentes del lema de nuestro escudo: España, Iberia o los Pueblos (a elegir). Es este un nivel, sin duda, muy importante pero no más que el primero -Andalucía- y el tercero -la Humanidad-. Largas y con frecuencia poco rigurosas discusiones acerca de cómo sería un encaje federal, “federalizable” (?), o “federalizante” (?), o una fórmula confederal o la vía independientista, pero escasa profundidad sobre qué Andalucía queremos y en qué mundo esa Andalucía sería posible y viable. Considero que sin profundizar en esos dos niveles, el propiamente andaluz y el mundial, no sabríamos qué comunicar a los destinatarios de nuestro mensaje ni qué hacer con el instrumento que fabricáramos, sea este un movimiento sociopolítico y cultural –como algunos pensamos que sería lo más adecuado y útil- sea un partido o confluencia de partidos o lo que fuera. Y la cuestión no se resuelve con el consabido programa de tropecientos puntos, resultado del corta y pega de reivindicaciones sectoriales, como es usual por parte de los partidos políticos. Ni con alusiones genéricas a conceptos abstractos. Ni por la simple invocación del nombre de Andalucía y la ostentación de sus símbolos. Sino dibujando el horizonte hacia el que proponemos caminar, esbozando un mapa de ruta y fabricando una brújula para orientarnos en las cambiantes situaciones, tanto internas como del estado en el que estamos incluidos,
como a nivel mundial.

Deberíamos autocriticarnos por nuestro ensimismamiento y poca atención al ámbito global. Y no me refiero principalmente al tema de las relaciones o alianzas con otros soberanistas sino, sobre todo, a la desatención del ámbito planetario. A las similitudes, apenas pergeñadas, de la situación estructural de Andalucía con la de muchos otros pueblos del Sur: una situación colonial que está en la base de la dependencia económica, la subordinación política y la alienación cultural (lo que Franz Fanon llamó “síndrome del colonizado”) respecto a los países e intereses del Norte y respecto a nuestros propios estados, con la complicidad de las élites económicas y políticas “propias” (?). ¿No tenemos nada que aprender de esos pueblos que han sabido resistir, al igual que el andaluz, siglos de dominación? ¿No tenemos nada que intercambiar con ellos?

Por otra parte, creo fundamental conocer bien en qué mundo estamos -está Andalucía- hoy. Aunque muchos parecen no haberse enterado todavía, hemos entrado ya en la era del Antropoceno, denominada así porque la parte consciente de la naturaleza, es decir los seres humanos, estamos actuando sobre el conjunto de esta de tal manera que hemos provocado gravísimos desequilibrios en el ecosistema, que se acentúan en progresión geométrica. La fase actual de capitalismo globalizado no solo está ensanchando la brecha entre el Norte y el Sur y las desigualdades tanto en el Sur como en el Norte, sino que está destruyendo los recursos del planeta -incluidos los de Andalucía- a una velocidad nunca antes imaginada. Se ha producido ya, en un nivel cercano a la irreversibilidad, lo que Marx denominara el metabolismo (el intercambio orgánico) entre los seres humanos y la naturaleza. Es este un marco que en modo alguno podemos desconocer o desatender los andalucistas, so pena de actuar en un mundo que no es el realmente existente, lo que tendría como consecuencia fracasar en cualquier esfuerzo que hagamos al no encarar el que hoy es el principal problema de la humanidad toda y al que son especialmente sensibles las jóvenes generaciones.

Para no alargarme, planteo, de forma resumida, que los andalucistas (entiéndase los soberanistas andaluces) que pretendemos transformar la dinámica de este país nuestro y no solo realizar pequeñas adaptaciones o conformarnos con limitadas concesiones simbólicas, tendríamos que abordar el debate sobre cuatro cuestiones que deberían ser los ejes centrales del proyecto, o al menos horizonte, a ofrecer con claridad a nuestra gente.

El primer eje sería el tipo de relación con la naturaleza que planteamos. Defiendo que la relación con la que, no por casualidad, llamamos nuestra tierra debe pasar por su no consideración como simple “recurso económico” a explotar para obtener beneficios económicos, a corto plazo, a costa de su deterioro. Nuestra posición debe ser respetarla y defenderla como fuente de vida (física, social, cultural) y depositaria de nuestros bienes comunes. Considerarla como una Matria inviolable que no puede estar al servicio de intereses externos ni de quienes aquí la utilizan en su interés privado. De esta consideración se derivan una serie de consecuencias prácticas, entre ellas la oposición a que sea objeto de la especulación urbanística destructora de sus valores, a que sea utilizada como almacén de residuos tóxicos o como plataforma militarizada para la guerra y el control de otros pueblos. También la oposición cerrada a la privatización del agua y de otros bienes comunes y a los megaproyectos agresivos.

El segundo eje se refiere a las condiciones que hagan posible para tod@s el acceso a las bases materiales de la vida y a disfrutar de una vida digna sobre la base de la cooperación y de la solidaridad. Ello conlleva oponerse a todas las formas de explotación del trabajo, privilegiando los valores de uso (referidos a las necesidades personales y colectivas) sobre los valores de mercado que constituyen la base de la acumulación capitalista y de la desigualdad social. El avance hacia ese horizonte pasa ineludiblemente, entre otras cuestiones, por la soberanía alimentaria, por la consolidación de proyectos cooperativos en todos los ámbitos productivos y de servicios, por la puesta en marcha de una Renta Básica Universal e Incondicional, por el acceso a una vivienda digna y por la garantía y profundización en los derechos sociales, prioritariamente en los que forman los llamados cuatro pilares del “estado de bienestar” (servicios públicos suficientes y de calidad en sanidad, educación, pensiones y cuidados a personas dependientes en el comienzo y final de su ciclo vital).

El tercer eje es el de la organización colectiva, social y política. Los soberanistas andaluces pretendemos una Andalucía no subordinada a intereses exteriores y la generalización de la democracia en todos los ámbitos de la vida; no solo en el político sino también en el económico, el social, el de las relaciones de sexo-género, el de las relaciones interétnicas, el institucional, el asociativo…, con reactivación de la vida comunitaria y canales de participación activa de las ciudadanas y ciudadanos (a partir de una ciudadanía definida por la residencia) en los debates, toma de decisiones y control sobre la realización de estas acerca de todos los asuntos de interés colectivo. Afirmamos que el pueblo andaluz posee el derecho a decidir sobre sí mismo, sobre su territorio y sobre su futuro.

Y el cuarto eje seria el cultural: profundización en los valores y expresiones de nuestra cultura andaluza, que es una cultura para la vida que conjuga el pensamiento con el sentimiento y es resultado de múltiples aportes y experiencias colectivas procedentes de diversas temporalidades. Una cultura que ha sido agredida y menospreciada, a la vez que vampirizada, desde los centros de poder del estado español y, sobre todo en las últimas décadas, por el individualismo neoliberal consumista. Una cultura que debemos abrir a la interculturalidad para que sea nuestra aportación a un mundo que construyamos como pluriverso, y no como universo, en el que puedan participar todas las culturas, saberes, filosofías y espiritualidades para elaborar una visión holística, integradora e igualitarista de la ética social y los derechos humanos -individuales y colectivos- haciendo posible un mundo en el que sean posibles mil mundos, poniendo fin a la hegemonía de la cultura occidental-capitalista que amenaza hoy a la diversidad cultural y a la propia vida con la imposición de sus valores mercantilistas.

Una Andalucía sobre estas bases y aspirando a un mundo con estas características es el horizonte al que deberíamos aspirar quienes creemos en el andalucismo como palanca transformadora. Para caminar hacia ese horizonte es para lo que queremos conquistar nuestra soberanía como pueblo. Porque –para nosotros- el objetivo no está en conseguir que Andalucía “no sea menos” que otros pueblos que aspiren a repetir el modelo de estado-nación existente o a situarse dentro de un estado en condiciones menos desfavorables dentro del actual Sistema de dominación y de la partidocracia que lo legitima y apuntala. Queremos conseguir nuestra soberanía como pueblo para que Andalucía pueda decidir ser diferente y estar en primera línea, con una aportación propia, en el esfuerzo por construir un mundo distinto al actual, sin explotación, discriminaciones y exclusiones, cuya lógica sea la de la vida. Cumpliríamos, con ello, nuestro lema: “Andalucía por sí, para la Humanidad”.

En esto consiste lo esencial de nuestro andalucismo. Si lo compartiéramos y centrásemos los esfuerzos en practicarlo y difundirlo, estoy seguro que existe un campo abonado, en el que están muy presentes las jóvenes generaciones desafectas al Sistema y al régimen político que lo legitima, en el que va a enraizar más pronto que tarde porque responde realmente “a una común necesidad”, como diría Infante. Por el contrario, estaríamos dilapidando esfuerzos y perdiendo lo que algunos llaman la “ventana de oportunidad” actual, si nos centramos prioritariamente en discutir, en círculos endogámicos, sobre qué instrumento político-electoral nos interesa más para incorporarnos a la partidocracia en crisis, confundiendo además el instrumento con el sujeto político a activar, que no puede ser otro que el pueblo andaluz.

Quede claro que no soy por principio contrario a la participación en elecciones e incluso considero que, en determinadas circunstancias, una cierta presencia en las instituciones podría favorecer el que debería ser nuestro objetivo principal. Pero parto de que la fuerza de un movimiento no se mide exclusivamente, ni quizá principalmente, por el grado de éxito electoral de quienes se presentan a elecciones en su nombre. En la actual coyuntura, deseo suerte a quienes, considerándose andalucistas, pongan una vez más su meta, y quizá sus ilusiones, en conseguir buenos resultados electorales. Probablemente, incluso los votaré, llegado el caso (lo que es seguro es que no votaré a las franquicias de partidos estatales, como no lo hago desde hace décadas). Pero mi horizonte, y pienso –y deseo- que el de otros much@s no es construir un partido sino despertar a un pueblo y contribuir a su emancipación. Y esto no se consigue porque se obtengan o no diputados sino porque existan andaluces de conciencia, comprometidos cultural, social y políticamente al servicio de nuestro pueblo, que actúen como revulsivo y ejemplo. Con humildad pero teniendo muy claro el objetivo.

Isidoro Moreno es catedrático emérito de Antropología Social, miembro del colectivo Asamblea de Andalucía (AdA) y de la plataforma Andalucía Viva.