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Quiero hacer un evento

Fuentes: Rebelión

A mi amigo Gustavo Arcos le intriga el silencio en que ando metido desde hace varias semanas. No hay nada de misterio: en cualquier parte del mundo organizar un evento implica un gran número de tensiones, pero esas dificultades se multiplican cuando el motivo de la cita se vincula a algo que todavía no es […]

A mi amigo Gustavo Arcos le intriga el silencio en que ando metido desde hace varias semanas. No hay nada de misterio: en cualquier parte del mundo organizar un evento implica un gran número de tensiones, pero esas dificultades se multiplican cuando el motivo de la cita se vincula a algo que todavía no es percibido en su exacta dimensión e importancia, y entre nosotros informatizar la gestión cultural parece todavía algo secundario, algo sin interés gremial.

Por eso hace unas tres semanas decidí dejar a un lado las redes sociales, y concentrarme en los asuntos de la vida real, que les aseguro que más angustiosos no pueden ser. Eso ha traído como consecuencia que me entere tarde de todo lo que va pasando a nuestro alrededor. Por ejemplo, me vine a enterar de lo sucedido con la conferencia de la Muestra de Nuevos Realizadores dos o tres días más tarde, gracias a una joven estudiante del ISA que necesitaba entrevistarme para un documental que está realizando.

Entonces estuve a punto de intervenir, pero otra vez la vida real me obligó a meterme en la bodega para tratar de garantizar esos asuntos que después de realizado el evento, pocas personas se acuerdan que debieron superarse. Porque aquí habría que recordar que un evento (y esto le sirve a la Muestra de Nuevos Realizadores) no es solo el acontecimiento cultural que durante dos o tres días tiene sus quince minutos de fama en los medios, sino lo que cuesta producirlo, y sobre todo, su legado, es decir, lo que deja en la cabeza de la gente una vez que ha finalizado.

No es gratuito que haya iniciado esta breve nota mencionando lo de mi amistad con Gustavo Arcos. Con esa mención no solo estoy aludiendo al respeto que me inspira en lo profesional su ya extensa labor docente, sino también la satisfacción que me brinda contar con la complicidad intelectual de quien es hoy uno de los más notables polemistas cubanos de nuestro mundo cultural. La postura pública de Arcos me recuerda esa figura examinada alguna vez por Bourdieu, cuando hablaba de aquellos que combaten el efecto paralizador de los sacerdotes de la cultura, empeñados en convertir la vida en una suerte de museo donde todos estamos condenados a vivir como simples epígonos de quienes nos antecedieron.

Lo cual no quiere decir que esté siempre de acuerdo con los planteamientos de Gustavo Arcos. Al contrario, uno de mis grandes placeres intelectuales está precisamente en establecer con él ese diálogo tenso y enriquecedor que encuentra en las diferencias de ideas la gran oportunidad para seguir pensando críticamente aquello que a la larga tenía instalado dentro de mí como un prejuicio.

Ahora mismo, es probable que nuestras mayores diferencias se concentren en la percepción que ambos tenemos del sistema institucional de la cultura en Cuba. Por lo menos en este terreno del cine, han sucedido tantas cosas (o han dejado de suceder, como lo de la Ley de Cine, por ejemplo) que uno tendría que conceder la razón a quienes proclaman públicamente que este sistema institucional necesita urgentemente una renovación.

Estoy de acuerdo con esa necesidad de renovar, lo único que mientras algunos piensan que esa transformación debe operar «más allá» de las instituciones, yo pienso que es preciso intentarlo «desde dentro». No es el sistema institucional lo que hay que dejar a un lado, sino la manera en que se sigue pensando la gestión institucional en un siglo donde las prácticas culturales se han modificado de un modo radical.

Cuando leo eso de «Quiero una Muestra sin ICAIC» o algo así, no puedo dejar de sentirme dividido y frustrado. Sé que hay algo de sentimentalismo aquí, pues como algunos recordarán, tuve la suerte de dirigir la Primera Muestra, y por tanto, al igual que Jorge Luis Sánchez o Fernando Pérez, me siento un poco padre de todo lo que allí suceda.

Pero al margen de ese nimio detalle biográfico, imaginar una Muestra sin la participación del ICAIC me parecería una derrota en un doble sentido: al organizar aquella Muestra del año 2000, el ICAIC supo colocarse en el papel de vanguardia que le correspondía al detectar por dónde comenzaban a bifurcarse los caminos del audiovisual cubano, y por otro lado, hoy que se ha democratizado tanto la producción, ya el desafío no está tanto en hacer cine independiente (cualquiera lo hace), sino en conseguir mostrarlo, y eso solo se puede conquistar con el respaldo institucional (que existe en todos los países, más allá del sesgo ideológico de sus gobiernos, como a ratos nos lo demuestra el MoMA o cualquier universidad norteamericana).

No voy a hablar de Quiero hacer una película, la cual pude haber visto, pero que, lamentablemente, al final no vi por imperativos de la vida real. Basta decir que, en mi opinión, estaríamos subestimando la grandeza de José Martí si pensamos que un simple bocadillo cinematográfico puede poner en riesgo todas esas ideas que todavía nos inspiran. Martí descansa en la verdad del día a día, y hay que buscarlo no solo en el elogio convertido en ritual, sino en todos los escenarios posibles, incluyendo los adversos, pues como apuntaba Unamuno: «Y lo más opuesto a buscar la vida en la verdad es prescribir el examen y declarar que hay principios intangibles. No hay nada que no deba examinarse. ¡Desgraciada la patria donde no se permite analizar el patriotismo!«.

A Martí se le puede atacar con acciones, con palabras, mas creo que el riesgo mayor que hoy corre su legado, en estos tiempos donde nos enteramos de las noticias con la misma rapidez con las que las olvidamos, es la indiferencia ante su propuesta de nación. A Martí, a la Muestra, o al sistema institucional, habría que defenderlos todos los días, y no solo cuando ocurra algo que nos compulse a cerrar los puños en la plaza pública.

Por otro lado, pienso que la voluntad de fortalecer el sistema institucional no puede confundirse con el bullying institucional. Una cosa no tendría que ver con la otra, y algunas de las páginas que se han escrito en estos días, ahora que las reviso con algo de distancia, francamente suenan delirantes e inaceptables (para no mencionar algunos de los comentarios generados por esos artículos).

Y viene a mi mente aquello que apuntaba nuestro gran Félix Varela hace muchísimo tiempo, pero que parece escrito ahora mismo:

«La injusticia con que un celo patriótico indiscreto califica de perversas las intenciones de todos los que piensan de distinto modo, es causa de que muchos se conviertan en verdaderos enemigos de la patria. El patriotismo cuando no está unido a la fortaleza (como por desgracia sucede frecuentemente) se da por agraviado, y a veces vacila a vista de la ingratitud. Frustrada la justa esperanza del aprecio público, la memoria de los sacrificios hechos para obtenerlo, la idea del ultraje por recompensa al mérito, en una palabra un cúmulo de pensamientos desoladores se agolpan en la mente, y atormentándola sin cesar llegan muchas veces a pervertirla. Véase, pues, cuál es el resultado de la imprudencia de algunos y la malicia de muchos, en avanzar ideas poco favorables sobre el mérito de los que tienen contraria opinión. Cuando ésta no se opone a lo esencial de una causa ¿por qué se ha de suponer que proviene de una intención depravada?«.

Y ahora regreso a lo que estaba antes de iniciar estas líneas, pues me espera la vida real con todas sus luces y sus sombras. O la gente con sus entusiasmos, sus animadversiones, sus indiferencias, y su apremiante necesidad de ser felices con lo que tengan a mano, que no tiene que coincidir con lo que ahora mismo domina mi cabeza: quiero hacer un evento.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.