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Arrasamiento de la Franja de Gaza, genocidio del pueblo palestino

Raíces ideológicas del comportamiento israelí

Fuentes: Rebelión

El arrasamiento de la Franja de Gaza ha sido tal, en agosto de 2014, el daño infligido a sus habitantes, el horror disparado desde sus mortíferas armas por el ejército de ocupación de Israel, los miles de muertos en gran parte con cuerpos destrozados por bombardeos y estallidos incendiarios, los deletéreos efectos de la operación […]

El arrasamiento de la Franja de Gaza ha sido tal, en agosto de 2014, el daño infligido a sus habitantes, el horror disparado desde sus mortíferas armas por el ejército de ocupación de Israel, los miles de muertos en gran parte con cuerpos destrozados por bombardeos y estallidos incendiarios, los deletéreos efectos de la operación «Borde protector» han resultado inocultables (comparemos la denominación presente con la del ataque anterior, «Plomo fundido»).

Los estragos causados en las ciudades de Gaza, en las calles de estas ciudades han sido tales que se dispara casi automáticamente la imagen de cómo dejaron los nazis el Gueto de Varsovia en 1943 (y a la propia Varsovia, en 1944); calles enteras, a todo lo largo, convertidas en escombros.

Semejante «fruto» ha disparado, a la vez, inevitablemente, la comparación entre las acciones del sionismo y las del nazismo. Y una lógica tendencia a esforzarse por no aceptar semejante comparación. Al fin y al cabo, los judíos fueron brutalmente victimados por los nazis. (Uno de los resultados de tales atrocidades fue la forja institucional de conceptos como el de genocidio.)

Claro que hay síntomas más que preocupantes. Como bien dice Carolina Landsmann: «Podemos tener únicamente la esperanza que cuando sobrevenga la verdad acerca de Gaza y de nosotros mismos por entre las grietas que se revelen en la sociedad, no tengamos que descubrir que eso y no Hamas, es la principal amenaza existencial para Israel. Si logramos emerger intactos del abismo en el cual caímos este verano, no vamos a ser capaces de evitar una introspección profunda de por qué tantos ciudadanos apoyaron espontáneamente la campaña para eliminar toda posibilidad de autocrítica dentro de la sociedad israelí.» («La verdad sobre nosotros mismos», Ha’aretz, Tel Aviv, 25/8/2014).

Incluso cánticos como los que jóvenes judíos festejantes coreaban en Tel-Aviv también en agosto 2014, durante los arrasadores bombardeos: «No hay escuelas en Gaza porque los niños están [todos] muertos«, nos hacen recordar las bombas para descargar en territorios palestinos durante la Operación Plomo Fundido, que llevaban irónicas dedicatorias de sonrientes niños judíos escritas en las carcasas (rúbricas cuidadosamente guiadas por adultos…)

Estos «gestos» expresan un encanallamiento significativo de la población opresora en plena tarea de colonización y «limpieza» sobre el territorio codiciado.

Pero aun con las «perlas» que acabamos de recordar, la idea de que las actividades del sionismo sean comparables a las del nazismo, despierta una resistencia vehemente, como la de por ejemplo Maciek Wisniewski, quien aun condenando sin tapujos la suerte que las fuerzas militares israelíes les han infligido a los niños palestinos, rechaza sin más toda comparación de Israel con la Alemania nazi: «moralmente inaceptable» y «grave error histórico (y político)» («Gaza, los niños y las comparaciones adecuadas», La Jornada, México, 12/9/2014).

Habría, empero, que revisar aseveraciones como las de Wisniewski, que no se toma el trabajo de fundamentarlas, seguramente porque le resulta obvio el rechazo a toda comparación. Y revisarlas, porque la posición de Wisniewski dista de ser particular suya y constituye más bien un «sentido común» bastante generalizado, aun cuando las atrocidades cometidas sistemáticamente por el «Ejército de Defensa de Israel» están ampliando el círculo de quienes no aceptamos bajo ningún concepto el excepcionalismo étnico o religioso, ni los racismos resultantes…

Pero vayamos despacito… y por las piedras, para no pegar un chapuzón innecesario.

El sionismo tuvo un cierto amorío con el nazismo a lo largo de varios años de la década del ’30

Hay que preguntarse por qué.

Lenni Brenner no ha sido el único ni el primero pero ha investigado seriamente tan escabrosa área y tenemos ahora en castellano dos libros que documentan tales «amoríos» (Sionismo y fascismo. El sionismo en la época de los dictadores, Editorial Canaán, Buenos Aires, 2010, y 51 documentos. Colaboración de los dirigentes sionistas con los nazis, Editorial Canaán, Buenos Aires, 2011). Entre otras cuestiones estratégicas, Brenner nos muestra como «el enemigo común», el liberalismo, facilitó ese encuentro entre los nazis y los sionistas, ambos nutridos desde el irracionalismo ‘volkista’.

Como explica Harry Sacher, dirigente del Congreso Judío Mundial: «Para los sionistas, el liberalismo es el enemigo; también lo es para el nazismo; ergo, el sionismo debe tener mucha simpatía y comprensión por el nazismo, cuyo antisemitismo es probablemente un accidente pasajero.» (Sionismo y fasc…, pp. 73 y 74).

Para que el lector tenga una idea, la investigación de Brenner, resumida en los volúmenes mencionados, excede las 900 páginas, lo cual seguramente da una idea de la vastedad de las coincidencias (reales e imaginarias) entre sionismo y nazismo.

Citemos a Brenner en uno de los episodios màs significativos: «Leopold von Mildenstein. ‘Un nazi viaja a Palestina’ Berlín, 27 de noviembre de 1934. Un sionista convenció al barón para que escribiera un ensayo pro-sionista para la prensa nazi. Visitó Palestina como el huésped de la Organización Sionista Mundial durante seis meses, y escribió una serie de 12 partes para Der Angriff [El ataque], el principal órgano partidario nazi. Para conmemorar su expedición el ministro de Propaganda Goebbels hizo acuñar una medalla: en el anverso la esvástica, en el reverso la estrella sionista. El primer artículo testimonió la verdad singular de los años ’30: todos; nazis, fascistas, izquierdistas y otros sionistas consideraban fascista al revisionismo sionista.» (51 documentos…, p. 179)

La ZVD [Zionitische Vereinigung für Deutschland (Federación Sionista de Alemania)] apostó al ascenso nazi y encaró una política de alianza con quienes iban a ser sus verdugos, y ya lo proclamaban. Citemos una vez más a Brenner: «El racismo triunfaba y la ZVD se moviò a favor del ganador. La cosa comenzó a afirmarse con una declaración de Blumenfeld, en abril de 1933, según la cual los judíos habían estado enmascarando su natural separación […] de los verdaderos alemanes. [… los judíos] debían comprender los absolutos beneficios de la separación racial: ‘los que vivimos aquí como «una raza extranjera» tenemos que respetar totalmente la conciencia y el interés racial del pueblo alemán.[…] Los judíos debían enmendar los errores de ‘las últimas generaciones en las que la conciencia racial judía fue en gran medida ignorada’. » (Sionismo y fasc…, p. 95)

Es fácil advertir el tono racialista, racista, de las posiciones sionistas. Brenner cita a otro ideólogo judío, Hugo Salus, que afirmaba: «el judío moderno reconoce su judeidad […] a través de una experiencia interior que le enseña el idioma especial de su sangre de una manera mística (Sionismo y fasc… p. 96). La misma actitud que reconocemos en los mensajes nazis de la época. 

Adolf Eichmann, estudiante de idioma hebreo 

Eichmann es otro buen ejemplo, entre tantos, de los escarceos ideológicos entre nazis y sionistas. En 1937, Eichmann fue invitado por un agente de la Haganá, Feivel Polkes, a visitar Palestina y evaluar las realizaciones del sionismo allí: la técnica de adueñarse de la tierra palestina mediante su compra a grandes propietarios ausentes y el desalojo consiguiente de los campesinos, palestinos, que efectivamente trabajaban esa tierra, mediante la policía británica (como hasta 1917 había sido mediante la turca). Advertidas las autoridades británicas del ingreso a Palestina de Eichmann y Hagen, connotados nazis, fueron deportados sin más y los «expulsados» debieron hacer sus encuentros con la cúpula sionista, en El Cairo.

Vale la pena transcribir in extenso la evaluación de Eichmann tras su visita: «Vi lo suficiente como para estar muy impresionado por el modo en que los colonos judíos estaban construyendo su tierra. Admiraba su desesperado deseo de vivir, tanto más cuanto yo mismo era un idealista. En los años que siguieron dije con frecuencia a los judíos con los que tuve que tratar que, de haber sido yo judío, habría sido un fanático sionista. No lo puedo concebir de otra manera. Del hecho, habría sido el sionista más ardiente que se pueda imaginar.» (Sionismo y fasc…, p. 167).

El vértice de la eugenesia

Hay otro aspecto altamente significativo en común entre nazismo y sionismo y que no pasa por sus relaciones directas entre sí, sino por un vénero compartido (que, veremos, no es sólo entre nazismo y sionismo, puesto que por lo menos abarca antecedentes racistas del universo anglosajón y noreuropeo).

Nos referimos a las coincidencias del sionismo (y el nazismo) con la seudociencia de la eugenesia. Ideada por Francis Galton (primo hermano de Charles Darwin), en pleno siglo XIX, cuando el cientificismo iba alcanzando su apogeo. La eugenesia es ciencia aplicada a mejorar la especie y recibió también el nombre de «higiene racial». Como tal tuvo enorme importancia en la actividad y la investigación de científicos en Inglaterra, EE.UU., Alemania, Suecia. Y bajo el motto de la mejora de la especie humana, se encararon muchísimas campañas de esterilización (generalmente forzosa), una política de admisión o rechazo de parejas y otras medidas. En la Alemania nazi, el pensamiento eugenésico fue «el fundamento» para la esterilización y/o el asesinato de enfermos mentales, homosexuales, gitanos, judíos y los considerados ‘elementos asociales’.

Pues bien: uno de los ideólogos más destacados del pensamiento eugenésico fue Arthur Ruppin, judío, sionista, de origen alemán.

Ruppin fue pieza clave en el proceso de colonización de Palestina desde principios del s. XX hasta su muerte, en 1943, en un período que, como explica uno de sus biógrafos, Etan Bloom, se caracterizó por el señorío ideológico del darwinismo social. Que se encarnó en la idea de «transformar a los judíos corporal y mentalmente». ¿Cómo?, se pregunta Bloom. Mediante «la internalización de la identificación progresiva de los judíos con la cultura occidental en general y particularmente con la alemana.» (Bloom, «What ‘The Father’ had in mind? Arthur Ruppin, cultural identity, weltanshauung and action», History of European Ideas, no. 33, 2007).

Vale la pena señalar que la referencia al «padre» en el título tiene que ver con la paternidad de la colonización en Palestina.

Ruppin tenía totalmente internalizados los valores arios. Que le «permitía» ver la fealdad de los judíos, por ejemplo. Bloom señala que Ruppin llegó al judaísmo a través del sionismo y reelaboró un retorcido sistema de creencias que él consideraba científicas, por las cuales lo ario era lo puro y lo bello. Y los judíos… eran arios, aunque mezclados. La mezcla que los «tiraba abajo», según Ruppin, provenía del ingrediente semita. Ruppin se empeñó en realzar lo ario de lo judío y despegarse de lo semita que él veía en los judíos de origen asiático (yemenitas, por ejemplo).

Ese devenir ideológico nos muestra lo emparentado que estaba con el racismo ario, que será tan dominante en el nazismo. Y tendrá asimismo un fundamento común que lo diferencia del racismo anglosajón: este último se nos presenta como señorial y sin necesidad de buscar «un lugar bajo el sol» puesto que «naturalmente» lo tiene. El nazismo, en cambio, igual que el sionismo, bregarán por conseguir ese lugar entre «los pueblos de amos» (folkherren).

Sus convicciones raciales lo llevaron a excluir de la formación de lo que con el tiempo sería el fruto del sionismo, el Estado de Israel, a cuerpos biológicos impuros: «la cultura judía nueva no puede basarse en una mezcla racial amplia; una civilización no puede armarse como si fuera un mosaico, únicamente puede crecer desde una vida nacional actuante, viviente, como por ejemplo la de la cultura de los judíos del este europeo.» (ibíd.) Ruppin logró imprimir esos rasgos al E d I (en rigor, un estado poblado por jázaros).

En consonancia con tales criterios, se estima que Ruppin rechazó alrededor del 80% de los que aspiraban a inmigrar a Palestina, descartando a muchísimos candidatos considerados débiles, procurando siempre incorporar lo que Ruppin denominaba «el tipo macabeo».

¿Ejemplo de «impureza» racial?: falashas etíopes

Una pregunta que queda en pie: si fue la huella de Ruppin la que estuvo presente, para que en los ’80, al ser recogidos y llevados a Israel los falashas etíopes (que estaban sufriendo una sequía, que generó una hambruna y una mortandad atroces), las mujeres fueran −so pretexto de controles ginecológicos− sistemáticamente esterilizadas.

Nada se repite. El sionismo rinde pleitesía a un nuevo dios

Los ejemplos que acabamos sucintamente de enumerar no nos pueden llevar a una identificación del sionismo con el nazismo, por más que intelectuales judíos de altísimo nivel intelectual y coraje ético, como Yeshayahu Leibovitz, marcara a fuego la presencia en tiendas sionistas de «judíos nazis». Es indudable, empero, que el tiempo no ha pasado en vano y que las memorias históricas de la humanidad van dejando construcciones siempre distintas a los modelos que pudieran haberlas inspirado.

Por ejemplo, el nazismo estuvo impregnado de un ethos aristocrático que llevó a desechar a los débiles y mal nacidos, (resonancia espartana). El sionismo, y su fruto directo, el Estado de Israel, en cambio, promueve la atención solícita de los judíos con deficiencia motriz o mental. Consideramos que la misma actitud aristocrática ha evolucionado.; ya no estamos en tiempos de Ruppin.

Me inclino por la interpretación que nos presenta un filósofo, Gilad Atzmon, para quien el judaísmo ha sido sustituido −con el sionismo− por un culto ya no yahvista, a Èl, sino al mismísimo pueblo judío. Una divinización de los propios judíos. Lógicamente, con tal planteo no cabe el retaceo a judíos con carencias en sus funciones y/o habilidades y/o potencialidades.

Atzmon señala algo clave para entender el egoísmo grupal, racial, ideológico: «dos preguntas deben ser contestadas de una vez por todas: ¿cómo es que los judíos, que tanto sufrieron durante la guerra, lograron participar en un crimen racista colosal contra los palestinos (la Nakba de 1948) tan sólo tres años después de la liberación de Auschwitz? ¿Cómo es que los dirigentes israelíes, tan sensibles al sufrimiento judío, se las arreglan para negar el dolor que infligen a millones de palestinos? («La patología del mal», 2009).

Conclusiones preliminares

Nos parece más que probado que el sionismo es racista, hace un culto del pueblo propio (a costa de todo el resto).

El sionismo que ha roto radicalmente con todo universalismo, ético, psíquico, presenta así, una más que preocupante identificación con otras filosofías y políticas racistas. No hace falta remitirse a las ramas más exacerbadas de la ideología sionista para percibirlo puesto que lo vemos en la práctica de cada día: el trato a los palestinos es de una indignidad que asusta y subleva; el desprecio parece ser su única moneda: sólo así se «entiende» el destrato sistemático, dosificarles el agua hasta hacer sentir su falta, hacer lo mismo con los alimentos y los medicamentos («negociar» prestaciones médicas, de salud, contra labores de espionaje en la misma sociedad palestina, arruinando ética y psíquicamente a los pobladores despojados), desparramar por el territorio de la Franja de Gaza los detritus israelíes para que «lleguen» así al Mediterráneo, elaborar celosamente carreteras de calidad para los judíos y caminos en estado lamentable para los palestinos…

No hace falta llegar a rabinos fanáticos como Eliezer Shmetov, emisario de Chabad-Lubavitch en Uruguay que sostiene que [los judíos] son esencialmente diferentes respecto de todos los demás. «No somos una religión; somos un alma singular que irradia en muchos cuerpos judíos, fusionándonos en uno.» «Somos judíos porque Dios nos eligió para ser ‘el querido tesoro entre todas las naciones… un reino de sacerdotes y un pueblo sagrado’.«

Prístino. Dios no sólo administra una inmobiliaria al servicio del «pueblo elegido» sino que los estima como «lo más». Solo considerándose tan, pero tan excelsos pueden atreverse a ser tan inhumanos, tan crueles, tan despreciativos de «prójimos» que en rigor son tan, pero tan lejanos.

Es una ley. Cuando un grupo se configura, se constituye, se densifica lo va a hacer, inevitablemente a costa de la sociedad mayor en que haya surgido.

Esto ha pasado y pasa con todas las sectas; Moon, mormones, Iglesia Universal, episcopales, nazarenos, y hasta con los «ismos»; liberalismo, anarquismo, socialismo (sólo que en tales casos puede haber algún antídoto en su universalismo). Pasa con la masonería, con los tupamaros, con la Iglesia Católica y con el Opus Dei incluso dentro de la misma Iglesia Católica. Y pasa con el sionismo.

Ese rasgo de otorgarle mayor importancia a lo propio respecto de la sociedad general, a ese círculo restringido, se agrava cuando el grupo en cuestión «descubre» su calidad, su excelencia, que insensiblemente lo ciega y lo inhibe para reconocer sus vínculos y deudas con la sociedad general.

Cuando uno de tales agrupamientos, de alta densidad interna, empieza a aplicar el culto a sí mismo; «somos los mejores», «los más bellos»,» los más inteligentes», el proceso de quiebre de los vínculos sociales se ha ahondado y el culto interno se afianza hasta asfixiar toda universalidad, toda responsabilidad cumpliendo un atroz recorrido invertido al propio de la ecología, por ejemplo.

Es lo que vemos claramente con el sionismo. Dedicados al autorreconocimiento, a vivir gozosamente separados y a costa del resto. (recordemos que la sociedad israelí recibe de EE.UU. un monto que ha andado recientemente en ocho millones y medio de dólares… diarios).

Se trata de una identificación con la «excelencia» que no necesita demostración, que los nazis consideraban propia, también ellos, por encima de todos, del resto del mundo.

El sistema de poder imperante facilita ese estado de cosas. Porque el E de I no se ve forzado a rendir cuentas por todos los asesinatos que comete y los atropellos que ejercita sistemáticamente (en esto, una vez más, coincide plenamente con el comportamiento de los elencos de poder de EE.UU.). El culto a sí mismo de la comunidad judía israelí se ve fortalecido por el apoyo de tantos otros actores, que jamás aceptarían similares comportamientos en otros agentes, estados, organizaciones….

Sólo así puede Lieberman, Netanyahu y toda la caterva de asesinos seriales que gobierna Israel actuar.

Esa indemnidad moral era la que sentían los nazis. Y el KKK, por ejemplo, cuando ejercía «justicia de masas» mediante la Ley de Lynch sobre negros por el color de su piel. Basta ver en fotos de época la satisfacción de los rostros de los «que administraban justicia» mientras las víctimas pendían, para darse cuenta de la beatitud que los embargaba.

Los verdugos pueden ser tales, porque se consideran excelentes personas, por encima de toda sospecha, de todo error, de toda… maldad.

Israel acaba de resolver hacerse cargo, por sí y ante sí, de la reconstrucción de la Franja de Gaza. Con dinerillos que pondrán la Unión Europea, el ACNUR, tal vez hasta EE.UU. Y ante ello, la pregunta es por qué tanta indulgencia hacia las atrocidades israelíes. En cualquier otro caso, quien destroza toda la infraestructura de una población (llevándose con ello miles de vidas humanas) debería, en todo caso, pagar, indemnizar. Sería impensable y hasta un poquitín macabro, que los mismos perpetradores de la matanza fueran los que la repararan.

Pero por lo visto, no lo es en el caso israelí. Como no lo fue con el elenco que en EE.UU. dispuso el destrozo de Irak, bajo razones falsas (Dick Cheney, Donald Rumsfeld, George W. Bush) y que a la vez se hizo cargo de la reconstrucción (rehaciendo a Irak en su propio beneficio). Así, Israel en el patio trasero que usa de basurero, de campo de práctica militar, para ejercicio de infiltración e inteligencia (acabamos de ver a 43 mistarvim que no aceptan seguir arrasando a la sociedad palestina… la náusea les ha llegado… finalmente) se autopropone para alimentar a sus propias empresas con la reconstrucción de la Franja de Gaza.

Negocio redondo. Deshacer un territorio, asesinar colectivamente a miles y conseguir jugosos créditos (ajenos) para rehacer lo que se ha destrozado a piacere…

Una vez más resuena la frase de Gandhi: «Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.