Recomiendo:
0

Postergación de la acción ante el Cambio Climático

Salidas creativas

Fuentes: Rebelión

«Somos todo y parte, expansión en red, Vida inabarcable, rebasa la pared. Cuerpo, palabra y mente, las manos del corazón late amor orgánico, clandestina revolución.» Periko Aritza     Sólo con el incremento de la temperatura media global del planeta de 0,85° C en los últimos 130 años, los impactos y consecuencias del cambio climático […]

«Somos todo y parte, expansión en red,

Vida inabarcable, rebasa la pared.

Cuerpo, palabra y mente, las manos del corazón

late amor orgánico, clandestina revolución.»

Periko Aritza

 

 

Sólo con el incremento de la temperatura media global del planeta de 0,85° C en los últimos 130 años, los impactos y consecuencias del cambio climático ya están haciéndose notar.

Ante los efectos ya observados y las previsiones de un aumento mayor de temperatura y sus futuros efectos, una de las banderas de acción ampliamente promovidas ha sido evitar que el aumento de temperatura global supere los 2° C. Para lograrlo, sin embargo, organismos oficiales, artículos científicos y movimientos sociales alertan de la necesidad de dejar el petróleo en el subsuelo y reducir drásticamente las emisiones de gases invernadero. Para tener una probabilidad del 50% de no aumentar la temperatura en más de 2° C dos terceras partes de las reservas de combustibles fósiles deben quedarse donde están. Para un 80% de probabilidades, deberían dejarse el 80%1. Las emisiones de CO2 tendrían que reducirse entre un 50 y 80% en 2050, respecto a los valores de 20002. Las emisiones de 2014 deberían haber sido las más altas de la historia y a partir de entonces, sólo descender lo más rápidamente posible.

Sin embargo, ya hemos superado las 400 ppm de CO2 y el tope debería ser 450. La mayoría de los pronósticos y escenarios mantienen una tendencia ascendente en las emisiones, ese decir, si no se toman acciones contundentes de forma inmediata la temperatura puede no sólo llegar a superar los 2° C, sino aumentar más allá de los 4º o incluso más allá de los 6,5° C en algunas regiones del planeta. En ese caso, la extinción de especies sería masiva y los sistemas alimentarios se verían gravemente afectados, entre otros impactos.

Este escenario de graves consecuencias que ya se están empezando a manifestar requiere de acciones decididas y eficaces. Es pues, urgente, mitigar o reducir al máximo posible la gravedad de la crisis climática y al mismo tiempo generar las condiciones que construyan resiliencia socio-ecológica para adaptarse ante lo inevitable e irreversible de estos cambios.

El engaño del poder: el espejismo de las COP y la adicción al crecimiento

Las instituciones gubernamentales y multilaterales han estado construyendo, desde principios de los noventa, un régimen internacional de negociaciones sobre el Cambio Climático. No es nuestro objetivo aquí, ni podríamos hacerlo, resumir al detalle estos 20 años de negociaciones. No obstante, podemos destacar las que consideramos son las dos tendencias que se han ido imponiendo a lo largo de estos años: la flexibilización en el cumplimiento de los acuerdos y la postergación de compromisos sustanciales y verdaderamente efectivos.

Esto ha sido posible gracias a un clima de negociaciones que se ha caracterizado por generar grandes expectativas en torno a las conferencias anuales de las partes, en las que finalmente se acababa negociando detalles, a veces, incluso, la letra pequeña de los mecanismos flexibles y de mercado. Estos mecanismos, entre ellos los mercados de carbono y los mecanismos de desarrollo limpio asociados, han permitido a los grandes poderes eludir responsabilidades o incluso mercantilizarlas y sacar provecho de ellas.

En este sentido, las acciones oficiales promovidas por las instituciones estatales e internacionales han estado condicionadas por los intereses de las grandes empresas transnacionales, quienes acumulan la mayor parte de la responsabilidad de la contaminación planetaria. Noventa compañías transnacionales han emitido el 63% de las emisiones globales entre 1751 y 20103. Las 50 empresas más contaminantes emitieron el 73% de las emisiones globales en 20134. Estas compañías son mayoritariamente empresas energéticas, petroleras fundamentalmente, y cementeras, cuyos ingentes beneficios se verían profundamente mermados en caso de que sus actividades fueran limitadas.

Hemos estado asistiendo, entonces, a un clima mediático de repetido aplazamiento, marcado por un «¡Esta vez sí!» con que se intentaba convencer a la opinión pública, en cada COP, que las negociaciones finalmente, ese año, serían exitosas. Sin embargo, asistimos a un fracaso rotundo en Copenhague 2009, cuando cinco presidentes acabaron proponiendo un acuerdo insulso y no vinculante5. La falta de compromiso se consolidó en Cancún 2010, dónde empezó el proceso que fue convirtiendo los compromisos en promesas y finalmente, ahora en la COP20, en Lima, en «contribuciones voluntarias».

El preacuerdo, o borrador de acuerdo, presentado para ser discutido, cambiado y aprobado en París, tiene una retórica de buenas intenciones. Incluso habla de objetivos a largo plazo se habla de «descarbonización completa para el 2050»6.

Sin embargo, la COP20 estuvo marcada, de nuevo, por el desacuerdo sobre las responsabilidades compartidas pero diferenciadas. La lógica se articula alrededor del voluntarismo de las partes, considerando que cada país debe ir presentando lo que está dispuesto a hacer, lo que se ha venido a denominar las contribuciones nacionales (INDC, por sus siglas en inglés). No obstante, en la presentación de estas propuestas, Estados Unidos, propone que se tengan en cuenta, «las circunstancias diferentes nacionales». En la práctica eso significa que empezarán a reducir emisiones cuando les venga mejor. A su insuficiente acuerdo con China: reducir entre un 26 y 28% sus emisiones para 2025, en base a las emisiones de 2005, se le agrega la propuesta de flexibilizar su cumplimiento. Por otra parte, existe un gran desacuerdo sobre en qué se deben centrar las «contribuciones nacionales» si alrededor de la mitigación o de la adaptación y la financiación climática. El texto que se negociará en París dejó un elegante y poco comprometedor «abordar de manera equilibrada» la mitigación y adaptación. Otra vez nos atascamos en el tira y afloja en el que los Estados de los países del Sur reclaman financiamiento y los Estados de algunos países del Norte, reclaman compromisos para todos. La batalla entre la vía de un «acuerdo único» sin diferenciar las responsabilidades y «un acuerdo diferenciado» que reconozca la división histórica (desde 1992, cuando se firmó la CMNUCC7) entre Anexo I (países industrializados) y No-Anexo I (países no industrializados) sigue abierta, o aún peor, en el terreno de los históricamente responsables que buscan no comprometerse. Ligado a la situación desesperante de la Alianza de los Pequeños Estados Insulares8 (AOSIS, por sus siglas en inglés) se discutió el Mecanismo Internacional de Varsovia para Pérdidas y Daños, gestado en Doha, en la COP18 (2012) y se concibió en la COP19, en Varsovia (2013). Lo que está en juego en esta discusión es que se incluyan, además de los compromisos de financiación de la adaptación, el que los países desarrollados se responsabilicen de sufragar las Pérdidas y Daños por los desastres climáticos. El financiamiento, fue otro de los grandes temas de discusión y en el cual se involucionó puesto que no solo no se superaron las anteriores propuestas COP sino que incluso se ofrecieron cifras menores.

Por otra parte, la lógica de los mercados de carbono se ha ampliado. Mientras en Cancún sus contrarios lograron confrontar, en Lima, se amplió la lógica de mercado, afianzando los mecanismos REDD+ e incorporando la «agricultura climática inteligente». La intención es crear un mercado global del carbono almacenado en el suelo.

Ante el devenir y los resultados de la COP20 en Lima, en diciembre de 2014, vemos que la historia parece repetirse y ahora las grandes expectativas se sitúan en un gran acuerdo en París, en diciembre de 2015. Otra vez volvimos a escuchar: «el año que viene nos ponemos de acuerdo».

La recurrente irresolución de los negociadores del clima, vista desde el paradigma hegemónico, es comprensible. Con la mejor de las intenciones, los negociadores buscan compatibilizar la constante expansión del capital con la adopción de acuerdos que tengan un impacto significativo tanto en las emisiones como en las concentraciones atmosféricas de CO2. Sin embargo, eso es algo imposible. Cualquiera postergaría los acuerdos ante tal incompatibilidad.

Desde del marxismo ecológico varios autores han destacado la segunda contradicción del capital por la cual, en su expansión, este destruye los recursos naturales que permiten su propia reproducción9. Ello crea una incompatibilidad entre la economía capitalista y la conservación de la naturaleza. Es importante destacar que la economía y la naturaleza no son incompatibles, per se. Muchos han sido los esfuerzos teóricos y prácticos que han estado y están demostrando la compatibilidad de la economía con la naturaleza10. Lo incompatible, remarcamos, es la economía capitalista y/o productivista con la naturaleza.

Para los negociadores del clima, superar, tal incompatibilidad, aunque sea ilusoriamente, necesitan mecanismos flexibles y de mercado. Estos mecanismos no subordinan la prioridad fundamental de expandir los negocios de los grandes capitales a la preocupación ambiental, de menor importancia para aquellos que mueven las bolsas. Así, mercantilizar las toneladas de CO2 o las hectáreas de bosque, permite crear un engaño en el que sea compatible el negocio capitalista con la conservación de la naturaleza. Así pues, el cambio climático ofrece un importante campo de financiarización de la naturaleza que permite permanecer en la ideología productivista, adicta al crecimiento económico. Permite confundir el discurso de la sustentabilidad (entendida como el mantenimiento de las funciones vitales de los ecosistemas para el bien de todos los seres) con lo que realmente se pretende sostener: el capitalismo.

La potencia de las alternativas: ¡cambiar el sistema, no el clima!

Ante tal despropósito, diversidad de movimientos sociales han venido reuniéndose en paralelo a las reuniones oficiales. Las distintas Cumbres de los Pueblos frente al Cambio Climático se han ido agrupando en torno al lema: «¡Cambiemos el sistema, no el clima!»

Durante la primera quincena de diciembre de 2014, Lima hirvió no solo por el calor y el tráfico agobiante, sino por la efervescencia en el seno de COP20, en la Cumbre de los Pueblos y en todo tipo de encuentros paralelos. En ese caldo de cultivo se percibió la pluralidad de perspectivas y de denuncias. El Pabellón Indígena fue, quizás, el único espacio abierto, dentro de COP20 oficial, en que se pudieron escuchar voces críticas hacia el extractivismo y a favor de la autonomía territorial indígena expresada también en la polémica propuesta del REDD Indígena. Sin embargo, en la Cumbre de los Pueblos se pudo observar una posición más beligerante contra todo tipo de acuerdo REDD+.

La Cumbre de los Pueblos, como suele suceder en este tipo de encuentros, cubrió gran diversidad de temas. Varios espacios entorno al espacio central del Parque de la Exposición acogieron sesiones sobre extractivismo, agua, industrias sostenibles, transiciones energéticas, impacto del fracking, agroecología, propuestas desde el ecofeminismo, etc.

De una u otra forma, podemos decir que la Cumbre de los Pueblos, ante la pluralidad y diversidad existente se centró en aglutinar la exposición de experiencias. Experiencias tanto de resistencia al extractivismo como a los impactos del cambio climático o de propuesta de alternativas como la agroecología y la soberanía alimentaria.

La cumbre, entonces, se centró más en diagnosticar el qué del problema y el qué de las soluciones más que en la estrategia de cómo hacerlas mayoritarias. Cómo hacer, por ejemplo, que el Buen Vivir, el decrecimiento y la justicia ambiental fortalezcan sus alianzas. En este sentido, excepto algunos encuentros para fortalecer la organización del movimiento, las discusiones no se centraron en las líneas de acción y agenda común de los movimientos. Tampoco se planteó una agenda de movilización paralela y autónoma de la oficial, conviniéndose un nuevo encuentro directamente en Paris, en el marco de COP21.

Quizás era muy ambicioso, quizá demasiado, o quizá son preguntas muy difíciles de responder pero la gravedad del problema tal vez nos confronta con preguntas sobre las estrategias políticas. Sobre los caminos de acción. Sobre… ¿Cómo los movimientos sociales pueden transforman las estructuras de poder para que estas no refuercen el extractivismo, el antropocentrismo y el capitalismo de Estado? Estas preguntas interpelan toda nuestra creatividad, puesto que requieren de la construcción colectiva de un nuevo paradigma que escape a las trampas de la modernidad.

Salidas creativas11

El cambio climático se manifiesta en múltiples dimensiones y escalas. Al mismo tiempo, sus efectos son interdependientes de otros procesos de degradación ambiental como la deforestación, la erosión de los suelos o la escasez de agua12. Todo ello hace que la incertidumbre de los efectos no-lineales del cambio climático nos dificulten saber si el escenario futuro podría ser peor o no del que somos epistemológicamente capaces de entender. Además, toda esta problemática está atravesada por una gran desigualdad socio-política tanto en las responsabilidades como en el sufrimiento de sus efectos.

Así pues, la complejidad del cambio climático yace en la siguiente paradoja: a pesar de que la gravedad del problema y sus responsables son identificables, los poderosos consiguen frenar toda acción decidida que aborde el problema de raíz. El cambio climático y la adicción a los combustibles fósiles que lo ha causado son parte estructural y fundamental de la sociedad industrial capitalista. Cualquier acción que permita efectivamente reducir entre un 50 y 80% las emisiones antes de 2050 debe ser de carácter estructural, afectando integralmente al sistema socio-económico, político y cultural imperante. Por ese motivo los grupos de poder, económicos y políticos, parecen conscientes de la necesidad de convertir los desastres climáticos en una herramienta más de la economía del miedo y la seguridad. La urgencia de paliar desastres permite una economía de guerra en la que el excedente acumulado puede ser colocado y recirculado en ayudas humanitarias o en procesos de reconstrucción, refugio y militarización13. Este, el peor de los escenarios político-económicos que podría consolidarse de forma generalizada, revela que ni el inexorable agotamiento de los combustibles fósiles ni los límites ecológicos nos llevarán por ellos solos a una sociedad radicalmente distinta.

Por ello, es importante distinguir entre las acciones que se encaminan a preservar el sistema imperante y aquellas que buscan su radical transformación. Esto es particularmente importante en un contexto en que el poder está consiguiendo convencer de que no todo debe ni puede cambiarse. Pequeños parches, como meros cambios de gobierno, son presentados como suficientes para seguir administrando sistemas productivistas y consumistas, esta vez, sin embargo, «más amigables con el ambiente». De una u otra forma, quedarse bloqueados en torno a una discusión que maquille el actual paradigma, puede hacer inútil toda denuncia o exigencia al poder.

Así pues, las denuncias y demandas existentes se ven obligadas a enfrentar tal bloqueo con salidas creativas que permitan desmontar el engaño del poder y hacer florecer la potencia de las alternativas.

La lucha contra el cambio climático, pues, se convierte entonces, en la lucha por una nueva civilización. Significa la construcción de un nuevo paradigma que ofrezca alternativas sistémicas a las soluciones ofrecidas por el poder. La urgencia ante tal crisis climática, podría hacernos sucumbir a un pragmatismo que nos llevara al mero planteamiento de nuevas políticas públicas. Ello puede resultar inútil si no se acompaña de un cuestionamiento a su construcción y administración por instituciones centralizadas y dirigidas en el mejor de los casos por democracias liberales y representativas, basadas en la sociedad de clases.

Por ello, sugiero, inspirado por tantas iniciativas populares y diversas, que la praxis revolucionaria debe enraizarse en los esfuerzos que buscan hacer florecer al nuevo14 paradigma del pensamiento holístico y complejo. El devenir de este pensamiento complejo en el sentido común de la organización social y espiritual, haría temblar la hegemonía reduccionista del capital.

La promoción de este paradigma la encontramos hoy en día dispersa, pero especialmente vinculada a la lucha por la soberanía alimentaria y a la construcción de autonomías territoriales o de economías comunitarias y solidarias. También en varios campos académicos como la ecología de sistemas o la física cuántica, entre otros. Casualmente, muchos de los y las científicos/as involucrados/as en este cambio de paradigma científico se encuentran inmersos en la construcción de diálogos entre ciencia y espiritualidad15.

Es un paradigma en construcción basado en la descentralización diversa y plural que hace a los sujetos meta-industriales16 aliados en una lucha de luchas, sin necesariamente conocerse conscientemente unos con otros. En distintos puntos del planeta y bajo distintos nombres florecen iniciativas similares, tanto en el campo de los lemas o ideologías17 como en el campo de prácticas y políticas prefigurativas18. Sin embargo, el reconocimiento consciente o inconsciente de la indeterminación de los sistemas socio-ecológicos y de la institución imaginaria de la sociedad19 puede desmontar ese «fin de la historia» que nos presentaba una única alternativa.

La toma de conciencia de la ausencia de una teoría acabada de la sociedad, puede llevar, como lo demuestra el movimiento de indignados, a un cuestionamiento popular a una élite vanguardista y experta, cuyos conocimientos deben organizar al pueblo. La incertidumbre y la pluralidad de perspectivas y valores en juego, nos abren la puerta a un papel de los expertos como meros mediadores de las decisiones democráticamente tomadas y construidas, en lo que se ha denominado ciencia posnormal20. Ello pone en cuestión la estructura tecnocrática que coloca al científico como generador de conocimiento para unos pocos gobernantes.

Este escenario, parece abrir la puerta a nuevos liderazgos colectivos y facilitadores de dinámicas sociales que se expandan más por el ejemplo y difusión que por el convencimiento ideológico a través de los medios masivos de comunicación.

Así pues, este es un movimiento por la recuperación de la creatividad robada. Esta ha quedado petrificada en la dinámica hacia la compartimentación de las instituciones, ministerios, universidades y escuelas en disciplinas y áreas estancas de conocimiento y acción.

Proyectos e investigaciones transdisciplinarias están permitiendo descubrir la capacidad de autorregeneración21de la vida para expandirse y rebasar toda conceptualización o confinación. Quizás uno de los retos fundamentales sea cómo aliarnos con estos procesos regenerativos -e imitarlos- en la autoorganización social. Las cosmovisiones indígenas, la experiencia espiritual budista, los planteamientos neoghandianos están alimentando ya hoy otras formas de organización y planificación tanto del territorio como de las actividades sociales. El cuidado simultáneo de la tierra, el alma y la sociedad22 requiere de nuevas instituciones y nuevas organizaciones sociales que justamente están naciendo, más allá de las dicotomías de la modernidad. Una revolución clandestina se está gestando. Son tiempos de renovadas pedagogías liberadoras y de nuevos saberes que impliquen simultáneamente la trilogía de las manos, el corazón y la cabeza, rompiendo con la trilogía de lectura, escritura y aritmética de la pedagogía bancaria.


Notas:

1. Varias investigaciones del Postdam Institute for Climate Impact y del University College London publicadas en Nature (Vol.157, enero 2015), así como estudios del Carbon Tracker Initiative y varios informes de la Agencia Internacional de la Energía han estado convergiendo en esas cifras.

2. «Postdam Institute Global Carbon Initiative», en Nature. El grupo de trabajo III del IPCC que trabaja en mitigación ya destacó en el AR4, en 2007 que para limitar el aumento de la temperatura a 2° C, las emisiones globales de dióxido de carbono, tendrían que llegar a su pico aproximadamente en 2020 (ahora sabemos que debería haber sido en 2014) y disminuir 50-85% para 2050, en comparación con el nivel de 2000.

3. Heede, R., 2014. «Tracing anthropogenic carbon dioxide and methane emissions to fossil fuel and cement producers, 1854-2010», en Climatic Change (2014) 122:229-241

4. CDP (2013). «Sector insights: what is driving climate change action in the world’s largest companies?», en Global 500 Climate Change Report 2013. 12 septiembre 2013. CDP Driving Sustainable Economies. http://tinyurl.com/kdjcwk2

5. El acuerdo de Copenhague se gestó entre los presidentes de EUA, Brasil, China, India y Sudáfrica como un pacto que les permitiera proponer un acuerdo en que, más allá de reconocer la necesidad de limitar el aumento de temperatura a 2° C, únicamente estableció compromisos no obligatorios sin fechas, pobres compromisos de financiamiento, y lo más grave: no distinguió entre las responsabilidades históricas y las actuales (fue uno de los primeros logros del bloque negociador que busca eliminar la distinción entre Anexo I y No-Anexo I).

6. Ver el anexo «Elements for a negotiating text» del documento Lima Call for Climate Action http://tinyurl.com/oru4gr6

7. Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC, por sus siglas en inglés).

8. Los pequeños estados insulares se encuentran mayoritariamente en los trópicos y son particularmente vulnerables al aumento del nivel del mar, a las enfermedades como la malaria y al incremento de tifones y huracanes.

9. Enrique Leff (1986) Ecología y Capital: racionalidad ambiental, democracia participativa y desarrollo sustentable o Martin O’Connor (1994) Is capitalism sustainable? Political Economy and the Politics of Ecology son dos ejemplos.

10. El libro de Martínez Alier y Klaus Schlupmann Ecological Economics: Energy, Environment and Society de 1993, resume muchos de estos esfuerzos.

11. Quisiera agradecer las sugerentes conversaciones con Julio Cabezas y también las mantenidas con Raúl Prada a través de las cuáles he ido matizando gran parte de lo que aquí recojo.

12. Más allá de la lógica cartesiana, el cambio climático es simultáneamente causa y consecuencia de la degradación ambiental. La erosión de los suelos causada por la agricultura industrial, por ejemplo, causa cambio climático y al mismo tiempo hace más graves los deslaves y las inundaciones consecuencia de los cambios en las precipitaciones, a su vez, derivados del cambio climático.

13. Como indica la revisión de estudios que revisa Pablo Cotarelo en su libro «Los conflictos sociales del Cambio Climático» (Libros en Acción 2010), las migraciones forzosas por el Cambio Climática serán importantes fuentes de conflicto futuro.

14. Siempre es difícil estar seguros de qué entendemos por «nuevo». Como la vida deviene y evoluciona, como todo está conformado por una historia previa, nada es completamente nuevo. En este sentido, el paradigma holístico y complejo ha estado presente en las cosmovisiones ancestrales de comunidades indígenas de Abya Yala y en las tradiciones orientales. Sin embargo, aquí nos referimos a la posibilidad que el paradigma devenga mayoritario a escala planetaria global. Eso sí podríamos considerarlo como «nuevo».

15. Es importante mencionar aquí a Fritjof Capra, reconocido autor en el desarrollo de la teoría de la complejidad, autor de El tao de la física o la promoción de Francisco Varela, co-concebidor del concepto de autopoiesis, del Mind and Life Institute junto con otros científicos y practicantes del budismo, entre ellos, el mismo Dalai Lama.

16. Nos referimos aquí al concepto desarrollado por Ariel Salleh, socióloga australiana, que propone la existencia de grupos sociales que luchan en los márgenes del sistema industrial y son, en cierta forma, aliados en una lucha de luchas, puesto que como indígenas, campesinas o pobres urbanos todos se encuentran excluidos por la lógica industrial de producción.

17. Por ejemplo, a pesar de diferencias y matices y de toda crítica constructiva, el Decrecimiento y el Buen Vivir reivindican conjuntamente la necesidad de abandonar el crecimiento cuantitativo de los flujos monetarios como indicador de bienestar.

18. Nos referimos aquí a la idea del antropólogo David Graeber, ligada al devenir del movimiento Occupy. La política prefigurativa es aquella que en el presente ya se organiza de la forma en que quiere que se organice la sociedad futura, por ejemplo, reivindicando la democracia directa mediante su práctica. Otros ejemplos, menos visibles, son los intentos de establecer sistemas de energía descentralizada que se realizan en varios países. Aunque no exista una alianza por la Soberanía Energética tan amplia y visible como la de la Soberanía Alimentaria, el movimiento está creciendo.

19. Nos referimos aquí a la noción de Castoriadis expuesta en su libro La institución imaginaria de la sociedad.

20. Nos referimos al amplio trabajo de Silvio Funtowicz y Jerome Ravetz, del que Ciencia Posnormal. Ciencia con la gente, publicado por Icaria (2000) consideramos una buena referencia.

21. El libro Microbiótica: Nutrición Simbiótica y Microorganismos Regeneradores. Una revolución para sanar la Tierra y el ser humano (varios autores, Ediciones i, 2014) es una compilación interesante en este sentido. En pocas palabras, el libro muestra que colaborando con los microorganismos en lugar de luchar contra ellos podríamos prescindir de grandes engaños de la industria química y farmacéutica. El libro también incentiva la autogestión y difusión de las ideas que de ahí se desprenden, por ejemplo, la difusión masiva de fermentos tanto en la agricultura regenerativa como en los alimentos probióticos.

22. Resaltamos el libro de Satish Kumar Tierra, alma y sociedad: una nueva trinidad para nuestro tiempo. Esta propuesta es una renovación de la que hizo Ghandi sobre la trilogía sardovaya (bienestar para todos los seres), swaraj (autoorganización) y swadesh (autosuficiencia), alimentada por otras aportaciones, entre otras la de Rabindranath Tagore.

 

Pere Ariza Montobbio es investigador y educador socio-ecológico. Se formó en Ciencias Ambientales entre universidades y organizaciones ecologistas de Cataluña (ICTA-UAB) e India (Atree, IFP). Participó en el movimiento agroecológico de Cataluña, en cooperativas de consumo y en huertas comunitarias okupadas, así como en el movimiento por el reconocimiento de la Deuda Ecológica (ODG) y la rama ambiental del 15-M. Actualmente vive en Ecuador, trabaja en temas de agroecología, permacultura y soberanía energética y es profesor asociado en FLACSO-Sede Ecuador en la maestría de Estudios Socio-Ambientales.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.