Recomiendo:
2

¿Se convertirá Donald Trump en el último presidente sionista de Estados Unidos?

Fuentes: Voces del Mundo [Foto: Trump y Netanyahu entrando en Mar-a-Lago de Trump el 29 de diciembre de 2025 (Reuters)]

No hay furia comparable a la de un Israel despreciado.

En tan solo unas semanas —un abrir y cerrar de ojos en la cronología de este conflicto de Oriente Medio—, el presidente de EE. UU., Donald Trump, ha pasado de ser tan popular en Israel que se jactaba de poder ser su próximo primer ministro a convertirse en un hombre tan odiado que bien podría ser considerado el próximo Amalec de Israel.

Los comentaristas progubernamentales no se anduvieron con rodeos en su veredicto.

Para daros una pequeña muestra de la bilis dirigida personalmente contra Trump, Yinon Magal, presentador de un programa en horario de máxima audiencia del Canal 14, calificó al presidente de EE. UU. de «perdedor» y tildó a su yerno, Jared Kushner, y a Steve Witkoff de «judíos de poca monta».

Yaakov Bardugo, un comentarista político israelí, afirmó que Trump y su vicepresidente, JD Vance, se estaban convirtiendo en el Chamberlain moderno, el primer ministro británico asociado con la política de apaciguamiento hacia Hitler en 1938.

Amit Segal, analista político jefe del Canal 12 y de Israel Hayom —periódico propiedad de la multimillonaria Miriam Adelson—, afirmó que Trump se había rendido por completo al permitir que Irán enriqueciera uranio.

Shimon Riklin, presentador del Canal 14 israelí, de tendencia conservadora, publicó en X que Estados Unidos estaba más débil que nunca y que nadie querría ser su aliado.

Estos comentaristas son cercanos al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. A algunos se les considera su portavoz. Y, colectivamente, han dado un giro de 180 grados digno de un manual.

Se están volviendo contra el presidente, quien, en su primer mandato, consiguió que Estados Unidos reconociera la anexión de los Altos del Golán ocupados y a Jerusalén como capital de Israel, algo que una larga lista de sus predecesores en la Casa Blanca había evitado hacer.

Este es el presidente que nombró a David Friedman, un defensor de los colonos, embajador de Estados Unidos en Israel. Friedman abandonó toda pretensión de neutralidad en este conflicto al inaugurar con un mazo un túnel bajo el barrio palestino de Silwan, en la Jerusalén Este ocupada.

Como candidato presidencial, Trump aceptó a Adelson como la tercera mayor donante de su campaña de reelección en 2024.

Para comunicarse con la Casa Blanca, Netanyahu ni siquiera tuvo que descolgar el teléfono. Ya contaba con Kushner, entre muchos otros, susurrándole al oído al presidente.

Trump: de leal a traidor

Trump apoyó sin reservas el genocidio de Israel en Gaza y sigue haciéndolo hasta el día de hoy.

Kushner fue el artífice de «la Junta de Paz» y de un plan surrealista para convertir Gaza en uno de sus muchos complejos turísticos de playa en el Mediterráneo.

Es un hecho prácticamente indiscutible que la decisión de Trump de entrar en guerra con Irán se tomó tras una sesión informativa a cargo de Netanyahu y David Barnea, entonces director del Mossad, en la sala de crisis de la Casa Blanca.

El mero hecho de que se permitiera la entrada de un líder de un país extranjero en la sala de crisis se consideró una primicia.

Nunca un presidente de EE. UU. había sido tan influenciable y nunca un primer ministro de Israel había estado tan cerca del corazón palpitante de una administración estadounidense.

Este es el hombre al que ahora tildan de traidor.

La verdadera pregunta es: ¿hasta qué punto es profunda esta ruptura? ¿Y hasta qué punto es permanente? Trump fue el presidente que dio a Israel todo lo que necesitaba, y más, para librar sus guerras eternas.

¿Está destinado a ser el último presidente sionista de EE. UU.?

Una ruptura de esta naturaleza no es única en la historia del sionismo. Hay muchos ejemplos de sionistas que se han vuelto contra la superpotencia del momento de la que dependían.

Un patrón histórico

Cuando 250.000 refugiados judíos quedaron varados en campos de desplazados en Europa tras la Segunda Guerra Mundial y Gran Bretaña se negó a levantar la prohibición de inmigración para admitir a 100.000 judíos en Palestina, la resistencia judía se unió.

Entre 1945 y 1948, más de 780 soldados británicos, agentes de policía y civiles fueron asesinados en Palestina, muchos de ellos a manos del Irgun y la Banda de Stern (Lehi).

Todo ello a pesar de que Gran Bretaña, mediante la Declaración Balfour, abogó por un hogar nacional judío en 1917, incumpliendo así su promesa a los líderes árabes de crear un Estado árabe.

La peor atrocidad fue el atentado con bomba contra el Hotel Rey David el 22 de julio de 1946, sede administrativa británica en Jerusalén, en el que murieron 28 súbditos británicos de un total de 91 víctimas mortales.

Hasta el día de hoy Israel se niega a honrar sus tumbas, aunque sí lo hace con los autores del atentado contra el hotel.

En 2006 el Centro del Legado de Menachem Begin —que lleva el nombre del antiguo líder de la banda terrorista Irgun, quien aprobó el atentado y más tarde se convirtió en primer ministro— celebró un acto para conmemorar el ataque.

El brigadier Peter Smith-Dorrien, el funcionario de mayor rango que murió en el atentado, yace en una tumba sin identificar.

Tampoco la extraordinaria valentía demostrada durante el Holocausto supuso ningún obstáculo para los terroristas judíos.

El Lehi o Banda de Stern también asesinó a un diplomático sueco, el conde Folke Bernadotte, que había negociado la liberación de más de 4.000 judíos de los campos de concentración nazis durante los últimos meses de la guerra.

Tras la guerra, se convirtió en el primer mediador oficial de las Naciones Unidas en el conflicto entre el nuevo Estado de Israel y los palestinos. Su «pecado original», a ojos de la Banda de Stern, fue haber negociado una tregua y haber sentado las bases para las primeras iniciativas de ayuda humanitaria.

Este patrón se repite a lo largo de la historia de Israel.

El regalo de despedida del expresidente estadounidense Barack Obama a Israel fue un paquete militar por valor de 51.000 millones de dólares a lo largo de diez años. Fue el mayor paquete de ayuda de la historia de Estados Unidos.

Avi Shlaim, el historiador israelí, escribió en The Guardian en aquel momento: «Netanyahu siempre correspondió a la generosidad de Obama con ingratitud y desprecio. Nunca dejó pasar una oportunidad para atacar a Obama; intervino de forma descarada en las elecciones presidenciales de 2012 respaldando al candidato republicano; abusó del privilegio de dirigirse a una sesión especial de ambas cámaras del Congreso para insultar a su presidente; y llevó a cabo la campaña pública más vociferante para sabotear el acuerdo nuclear con Irán.

«Cuesta mucho pensar en un ejemplo más flagrante de morder la mano que te da de comer. La conducta de Netanyahu lo convierte en el aliado especial del infierno».

El expresidente estadounidense Joe Biden, un sionista liberal por instinto, recibió el mismo trato. El general Amos Gilead escribió que la «reprimenda sin precedentes» de Netanyahu a Biden fue una manifestación extrema de ingratitud y un fracaso estratégico de primer orden.

«Estados Unidos es el único verdadero aliado de Israel y Joe Biden es el presidente más favorable a Israel de toda la historia. No hay ninguna lógica estratégica en arremeter contra él y contra el líder de la mayoría demócrata en el Senado, Chuck Schumer, y solo cabe sospechar que la mezquina política interna está sustituyendo a una estrategia que es crucial para la seguridad y el futuro de Israel».

El verdadero rostro del sionismo

Para algunos comentaristas, lo que estamos viendo es cómo el sionismo revela su verdadero rostro supremacista. Y eso incluye incluso a Moshe Ya’alon, exministro de Defensa bajo el mandato de Netanyahu entre 2013 y 2016.

En una entrevista con Ynet, Ya’alon afirmó que algunas facciones del movimiento sionista religioso, estrechamente alineado con los colonos israelíes, defienden una «ideología de supremacía judía».

«¿Qué es la supremacía judía? Ochenta años después del Holocausto, es Mein Kampf a la inversa. La raza superior somos nosotros», afirmó Ya’alon.

El supremacismo judío ocupa ahora un lugar central en el diálogo político dominante de Israel. Basta con escuchar cómo Naftali Bennett, el principal rival de Netanyahu, habla de Irán y de los palestinos. O, de hecho, basta con escuchar cómo los judíos israelíes hablan de los palestinos.

Lo que está impulsando la disputa de Israel con Trump podría reducirse simplemente al impacto de lo nuevo.

El impacto consiste en que un presidente de EE. UU. le diga a Israel que deje de hacer la guerra. Es el impacto que experimenta una colonia de colonos cuando se da cuenta de que ha perdido el control sobre su metrópoli.

Un impacto similar lo vivieron los «Pieds-Noirs» en Argelia, que ayudaron a llevar al poder a Charles de Gaulle en 1958, solo para ver cómo el presidente francés daba un giro hacia la autodeterminación y la independencia de Argelia.

O pensemos en la ira de la comunidad unionista de Irlanda del Norte cuando la mayor unionista de todas, la primera ministra británica Margaret Thatcher, firmó el Acuerdo Anglo-Irlandés que permitía a Dublín tener voz en el proceso de paz.

Un tsunami tóxico

Sea lo que sea lo que se está gestando en Israel, está teniendo un efecto verdaderamente tóxico en la opinión pública al otro lado del Atlántico.

No es exagerado afirmar que el genocidio en Gaza, la fallida guerra contra Irán y la negativa de Israel a retirarse de Siria, del sur del Líbano y Gaza han acabado con toda una generación de apoyo en Estados Unidos.

Tanto en el Partido Republicano como en el Demócrata, la mayoría de los adultos menores de 50 años tienen una opinión negativa de Israel y de Netanyahu, según revela Pew Research. Hoy en día, el 57% de los republicanos de entre 18 y 49 años tiene una opinión desfavorable de Israel, frente al 50% del año pasado.

En general, el 60% de los adultos estadounidenses tiene una opinión desfavorable de Israel, frente al 53% del año pasado. El 59% tiene poca o ninguna confianza en que Netanyahu haga lo correcto en materia de asuntos internacionales, frente al 52% del año pasado.

La tendencia es clara.

Sin embargo, hay menos consenso sobre lo que este cambio en la opinión pública significa en términos políticos y cuándo podría desencadenar un cambio significativo en lo político.

Nueva York, donde reside la mayor diáspora judía del mundo, acaba de ser testigo de la derrota de tres congresistas demócratas en el cargo y de la conquista de cinco escaños locales por parte de candidatos respaldados por el alcalde Zohran Mamdani.

Poco después, Melat Kiros, abogada y estudiante de doctorado, dio la gran sorpresa a los demócratas del establishment al ser proclamada ganadora de las primarias demócratas en el 1er distrito congresual de Colorado, que incluye la capital del estado, Denver.

Kiros desbancó a Diana DeGetter, una política que llevaba tres décadas en el Capitolio y había recibido más de 1,6 millones de dólares del Comité Americano-Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC).

La organización «Jewish Voice for Peace – Action» afirmó que la contienda demostró que el AIPAC era una «marca tóxica» en el Partido Demócrata, y que los votantes demócratas estaban hartos de los legisladores que apoyan o defienden el genocidio.

Sin duda, esto supuso una derrota para el AIPAC. Tres candidatos críticos con la guerra genocida de Israel derrotaron a unos oponentes que contaban con el respaldo del AIPAC.

Pero ¿representaron esos resultados un giro significativo a favor de Palestina o simplemente una reincorporación por parte de los demócratas de los sionistas liberales, sin el respaldo del AIPAC?

¿Se está preparando el partido simplemente para una era post-Netanyahu, en la que el apoyo a Israel volverá a estar integrado en el sistema?

Uno de los vencedores fue Brad Lander, que ganó las primarias del décimo distrito congresual de Nueva York.

Lander, que se presentó a la alcaldía antes de respaldar a Mamdani, se opuso anteriormente al movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) y aumentó las inversiones del fondo de pensiones de la ciudad de Nueva York en Elbit Systems, un fabricante de armas israelí, durante su mandato como interventor municipal. Se describe a sí mismo como un sionista liberal.

«En un momento en el que aquellos miembros del movimiento de solidaridad con Palestina que interrumpieron las operaciones de Elbit Systems se enfrentan a la represión más dura por parte del Estado, resulta un golpe bajo ver cómo algunos sectores del mismo movimiento celebran a Lander, dada su propia implicación con el fabricante de armas Elbit», declaró Nazia Kazi, profesora de la Universidad de Stockton, a MEE.

Tras la victoria de Kiros, el senador demócrata Bernie Sanders la felicitó en X. «La marea está cambiando», escribió. «Los estadounidenses están cansados de la política del statu quo».

El propio Mamdani afirmó que se trataba de una victoria para la clase trabajadora, lo que refuerza los resultados de una encuesta del año pasado que mostraba que los votantes se guiaban principalmente por preocupaciones económicas nacionales, la vivienda asequible y el coste de la vida.

Sin embargo, en sus discursos, los candidatos ganadores presentaron los asuntos nacionales y las demandas para poner fin al genocidio en Gaza como un todo. Su desafío al statu quo se produjo en ambos frentes.

Un largo camino

Para expertos en las relaciones entre Israel y EE. UU. como Daniel Levy, presidente del US/Middle East Project (USMEP), Estados Unidos se encuentra solo al comienzo de un largo camino para recalibrar su apoyo a Israel.

«Aún está por ver si una parte suficiente del movimiento en el bando demócrata podrá centrarse en acumular poder, aunque tengan que hacer de tripas corazón para lograr un cambio de política, y esto ocurra más lentamente de lo que cualquiera de nosotros desearía. Nos esperan oportunidades sin precedentes y me encantaría ver que ese cambio se produce, pero aún no ha llegado el momento. La presión contraria de un grupo de presión muy arraigado y la capacidad de nuestro propio bando para cometer errores, así como la ausencia de un movimiento de liberación palestino que impulse este cambio, hacen que no hayamos llegado a ese punto».

Y, sin embargo, se ha producido un cambio real en la opinión pública estadounidense.

Uno de los cambios más significativos en Estados Unidos ha sido el giro que ha sacado a Palestina de los márgenes políticos para situarla en el centro del debate.

Lo que antes se descartaba como una preocupación minoritaria de la izquierda —o se reducía a cuestiones de islamismo o terrorismo— se ha convertido en un tema que trasciende todo el espectro político.

Incluso sectores de la derecha estadounidense han comenzado a considerar a Israel como un lastre más que como un activo. Para algunos conservadores, la conducta de Israel —su matanza masiva de civiles, incluidos niños, y su abierto desprecio por el derecho internacional— ha hecho cada vez más difícil conciliar el apoyo incondicional a Israel con la imagen que Estados Unidos tiene de sí mismo.

Distanciarse de Israel se ha convertido, para algunos, en una forma de intentar redimir el proyecto estadounidense.

Sin embargo, la incorporación de Palestina al debate dominante también ha traído consigo nuevas limitaciones. Los términos del debate se han ampliado, pero siguen estando estrictamente controlados tanto en los círculos conservadores como en los progresistas.

Cada vez resulta más aceptable debatir sobre la influencia de la AIPAC, ya que hacerlo permite a los estadounidenses enmarcar el problema como una cuestión de influencia indebida por parte de un poderoso grupo de presión.

Sin embargo, al menos por ahora, los límites de este debate son claros: la resistencia palestina, la autodeterminación o las aspiraciones políticas que sustentan la lucha palestina son cuestiones que siguen quedando, en gran medida, al margen de los límites de un debate importante.

Estados Unidos podría estar siguiendo un camino que discurre por etapas: un aumento de la simpatía hacia el sufrimiento palestino y una creciente hostilidad hacia un Israel en guerra permanente.

Esto, a su vez, conduciría al fin del excepcionalismo israelí en la política estadounidense y, finalmente, al reconocimiento de todos los derechos de los palestinos. Puede que se necesiten varios ciclos electorales para lograrlo.

Pero, para Netanyahu, o quienquiera que le suceda, volver a hacer que Israel sea relevante para la derecha estadounidense no será una tarea sencilla. Frustrado en lo relativo a Irán, pero con permiso para mantener sus avances territoriales en el Líbano y Siria, la reacción de Netanyahu será reanudar la guerra para hacerse con el control de toda Gaza.

No le queda otra opción si quiere mantener a la extrema derecha en su gabinete y a su lado durante la campaña electoral. Pero una nueva masacre en Gaza aumentará el sentimiento de repulsa en EE. UU. en ambos extremos del espectro político.

Plantear la guerra como el «11-S» de Israel es una baza que ya se ha jugado. Incluso republicanos como Tucker Carlson están reconsiderando la Guerra contra el Terror como un intento erróneo de presentar a todo el islam como un enemigo existencial.

Por el momento no hay salida. El lobby no está dispuesto a rendirse y llevará a cabo una feroz acción de retaguardia en la política estadounidense.

Pero cuanto más se convierta el apoyo a Israel en un acto de fuerza, y menos en un artículo de fe, mayor será el problema al que se enfrente el sionismo.

David Hearst es cofundador y redactor jefe de Middle East Eye, así como comentarista y conferenciante sobre la región y analista en temas de Arabia Saudí. Fue redactor jefe de asuntos exteriores en The Guardian y corresponsal en Rusia, Europa y Belfast. Con anterioridad, fue corresponsal en temas de educación para The Scotsman.

Texto en inglés: Middle East Eye, traducido por Sinfo Fernández.

Fuente: https://vocesdelmundoes.com/2026/07/09/se-convertira-donald-trump-en-el-ultimo-presidente-sionista-de-estados-unidos/