La defensa de la ganadería extensiva y del silvopastoralismo suele ir acompañada, no solo de controvertida literatura científica negacionista de los gravísimos impactos de estas industrias, sino de una confusa amalgama de supuestos posicionamientos poco o nada argumentados que se presentan como no-antropocéntricos, son negacionistas de la explotación animal en dichas industrias y defienden e incluso exaltan y romantizan un modelo antropocéntrico de explotación animal y terrestre que está en los pilares mismos, históricos y presentes, de la crisis eco-socio-animal, y que urge señalar y desmontar, especialmente por la manera en que permean el activismo ecosocial.
Una búsqueda rápida en internet sobre el término ”silvopastoralismo”, nos lleva a diversas páginas que, en general, definen este concepto y su relación con el cambio climático en los siguientes términos: “El silvopastoralismo, pastoreo que integra en un mismo sistema vegetación herbácea y leñosa forestal (matorrales y árboles), es una de las modalidades de ganadería extensiva más características del entorno mediterráneo… En el estudio sobre el cambio climático, se acepta como significativo el impacto de los herbívoros –salvajes y domésticos– debido a sus emisiones de gases de efecto invernadero. Recientes estudios demuestran que los sistemas silvopastorales compensan estas emisiones sobradamente. Los terrenos pastados, que el propio ganado ayuda a conservar, tienen una enorme capacidad de secuestro de carbono”.
Encontrar los estudios que refrenden tales beneficios climáticos es bastante más difícil. De hecho, los datos evidencian lo contrario (luego volveremos sobre esto), como hemos desmontado ya extensamente en varios de nuestros informes sobre el lobby ganadero, sobre lo indefendible de la ganadería extensiva, o sobre los incendios y la deforestación, de los que dicha ganadería es principal causa global e histórica.
Pero aquí queremos centrarnos en que, no satisfechos con dicha defensa de las supuestas bondades para la biodiversidad y el medioambiente, los círculos pro-ganadería silvopastoralista defienden además que esta respondería a una visión ecocéntrica o biocéntrica, no antropocéntrica, y se llega al extremo de pretender que no implicaría explotación de vidas no humanas.
Antropocentrismo disfrazado
Pero ¿qué es el antropocetrismo y qué es la explotación? El antropocentrismo es la ideología que sitúa al ser humano en el centro de la cosmovisión, como especie dominante sobre todas las demás. Por oposición, se asimila el ecocentrismo a un sistema de valores basado en la naturaleza y el biocentrismo pondría en el centro la consideración ética de la vida en su conjunto, no solo la humana, sino la de todos los seres vivos.
¿Puede, según esto, ser compatible la ganadería pastoralista con un no-antropocentrismo? Claramente, no, al menos no sin ejercicios de grave negacionismo y sesgos en al argumentación (o falta de esta). Estos malabarismos incluyen la romantización de unos modos supuestamente ancestrales y “paisajes culturales”, como las dehesas, o sea los territorios deforestados, que se presentan como bucólicos, cuando son, en realidad, la base sistémica de las civilizaciones de la explotación, que llevan milenios devastando la biosfera para crear y mantener pastos de ganadería trashumante y que son el cimiento de una domesticación que ha manifestado ser un callejón sin salida evolutivo.
¿Cómo puede dejar de ser antropocéntrica una práctica que se hace al servicio exclusivo de intereses humanos explotando a otras especies? Que se llegue a tamaña distorsión de la realidad se debe a los asombrosos niveles de supremacismo humano imperantes.
Supone ignorar que lo que se ha hecho es exterminar o expulsar a los herbívoros libres en aras de monocultivos masivos de especies explotadas por humanos, entendidos como sistemas de producción, que tienen impacto devastador en los ecosistemas y el cambio climático por partida doble: por sus emisiones y su eliminación de bosques, y de suelos y ecosistemas biodiversos.
El antropocentrismo ha llegado tan lejos que ha dado carta de naturaleza universal a su invasión de la biosfera, considerando que los “paisajes culturales” creados desde el Neolítico son algo deseable y eludiendo, con un negacionismo preocupante, el fracaso evolutivo que esa domesticación de la biosfera, antropocéntrica a más no poder, ha provocado. De ello el pastoralismo es precisamente su epítome más antiguo, habiendo catalizado una disrupción generalizada de la biosfera al servicio de una única especie que ha puesto patas arriba toda lógica evolutiva, al basar la multiplicación extrema de un superdepredador (que debería tener una población reducidísima atendiendo a los más básicos principios de la red trófica) en la explotación de otros animales y la esquilmación del ecosistema terrestre al completo.
Se tergiversa la realidad al pretender, con argumentos sesgados, que es comparable la ganadería al herbívoro libre a la hora de “gestionar” los ecosistemas. Con ello no solo se reproduce una lógica antropocéntrica destructiva y explotadora sino que se manifiesta una intención que nada tiene que ver con defender los ecosistemas y la vida en la biosfera, sino con sostener privilegios supremacistas sobre otros animales y de expandirse sin límite, ignorado el suicidio colectivo que ello implica y que nos arrastra a todes, pero sobre todo a les más vulnerables.
Estamos, por tanto, ante la edulcoración, la romantización y la exaltación de la destrucción, no solo de la naturaleza sino de la explotación animal en la que esa destrucción se basa, lo que resulta aún más inaceptable, así como de las consecuencias graves que todo ello tiene en la justicia social humana, la salud o la seguridad alimentaria.
Se menciona a países empobrecidos, donde supuestamente dependen hoy de una ganadería de subsistencia, para justificar lo que hagamos en países ricos, mientras se elude la centralidad de la transición a dietas vegetales empezando por países ricos hiperconsumidores e hiperproductores-exportadores como el Estado español. Se instrumentaliza a esos países expoliados para justificar precisamente aquello que los mantiene en la pobreza, que es en gran parte la dieta carnívora de los países ricos. E incluso se llega a decir que hablar de antropocentrismo es un lujo de personas con privilegios, cuando el privilegio humano y de clase, considerado signo de riqueza, es precisamente explotar a otros animales y sus ecosistemas.
Por esta razón se está tendiendo a duplicar el consumo de productos animales hacia 2050, debido al aumento en las llamadas economías emergentes, que quieren seguir el camino de lo que países ricos y con pasado colonial-imperial ya han alcanzado, siendo el Estado español uno de los peores ejemplos. Todo ello sin mencionar la asociación de carnivorismo con conceptos machistas y patriarcales de la virilidad y la nación, o el hecho de que en regiones como Abya Yala (antes llamada Latinoamérica), fueron los colonos españoles quienes introdujeron la ganadería, con efecto desastroso en los mucho más resilientes sistemas alimentarios indígenas, que carecían de esta y donde la trashumancia, por ejemplo ovina, ha tenido un impacto terrible tanto en los ecosistemas y especies salvajes (animales libres) como en las comunidades indígenas (por ejemplo exterminio de comunidades Onas en la Patagonia por efecto de haciendas ovejeras).
Explotación romantizada
Pero volvamos al asunto de la explotación. ¿Qué significa explotar? Explotación puede entenderse como “el acto de aprovecharse injustamente de otro para su propio beneficio” según el diccionario panhispánico. Es sinónimo según la RAE de aprovechamiento, beneficio, utilización, rendimiento u obtención. También puede definirse como el acto de aprovecharse o extraer rendimiento de alguien o algo para el propio beneficio, en el caso de seres sintientes, de forma forzada, o sea no consentida, y por tanto injusta.
¿Dan estos animales su consentimiento, o tan siquiera muestras evidencias de disfrute y de beneficiarse ellos, mientras son explotados, traídos y llevados, hacinados, mutilados sin anestesia, violadas las hembras para secuestrarles los hijos y sacarles la leche, sin poder tener la más remota forma de autoorganización como tendrían en libertad, o de perseguir sus intereses, y llevados violentamente al matadero a una muerte horrible que huelen desde kilómetros de distancia? ¿Dan muestra alguna, no verbal, de querer estos tratamientos? Obviamente no, más bien todo lo contrario, pero parece que la imagen plantada por Descartes, del animal no humano como máquina no sintiente, sigue afincada en muchas mentes actuales, por más que la ciencia lleve décadas desmontándola hasta la raíz. Hay, también aquí, además de supremacismo humano, una inaceptable inconsistencia científica y filosófica.
El nivel de negacionismo necesario para disfrazar esto es análogo a decir que en la Norteamérica sureña anterior a la guerra civil, si aparentemente no se maltrataba excesivamente a las personas esclavizadas, como en “Lo que el viento se llevó”, no había tal esclavitud. Claro que hay supremacistas blancos que piensan justamente eso. Y quien considere inapropiada la comparativa quizás adolece precisamente de antropocentrismo grave y no reconocido.
Se da por hecho desde la visión antropocéntrica que estos animales son inferiores y que necesitan del pastoreo humano para vivir, cuando la ciencia sabe hoy sobradamente que todo animal sabe perseguir sus intereses propios, y con ello los del ecosistema, cuando está en libertad. La propia calificación de “ganado” anula su individualidad reduciéndolos a una masa indiferenciada y explotada; además, los procesos de selección a los que han sido sometidos a lo largo de los tiempos, con el fin de optimizar la productividad, ha devenido en criaturas que generan mucha más carne, lana, leche o huevos, de lo que sería natural, que son mucho más dóciles y tolerantes a la cercanía humana y a la vez, mucho más vulnerables a las patologías. De este modo, sus cuerpos se convierten en un modo de tortura. No obstante, se utiliza esa misma dependencia para justificar el uso sistémico que se hace de ellos. Ante esto, hay dos opciones complementarias: dejar de criarlos forzadamente y ayudarles a resilvestrarse, junto a proyectos de rewilding, y/o cuidarlos mientras en santuarios, como última generación explotada.
Cuando se intenta promover un debate serio sobre esto en foros sociales o activistas se suelen buscar mil excusas para evitarlo o posponerlo, aun cuando en los principios de dichos espacios figuren prominentemente el no-antropocentirsmo y la no explotación de vidas no humanas. Pero es inaceptable que no se tome en serio esta cuestión central aunque incómoda y que se propongan confusamente medias tintas y medias vías, eludiendo el debate en profundidad sobre el mismo. ¿Aceptaríamos un discurso solo medianamente antirracista o antihomofóbico, que permitiera ciertas formas de violencia aunque no otras? ¿Aceptaríamos eludir el debate sobre esas otras violencias?
Acaso lo más intolerable es que se intente disfrazar de ecocentrismo, o incluso de animalismo, la práctica más históricamente vinculada a la explotación animal y de los ecosistemas: es el colmo, no solo del despropósito conceptual, sino del supremacismo humano queriendo disfrazar sus cimientos históricos de idílicas narrativas que edulcoran la violencia sistémica más extendida de la tierra, la que se ejerce contra los demás animales. La causa de todos estos problemas se llega a presentar como solución en el sumum de piruetas antropocéntircas, supremacistas y negacionistas.
A todo ello se suma lo mencionado al inicio: que la literatura científica que pretende defender las supuestas bondades de la ganadería extensiva adolece de gravísimas inconsistencias y a menudo coincide punto por punto con la potentísima e inaceptable propaganda y desinformación promovida por el lobby ganadero, cuya infiltración en la academia, las instituciones y el propio ecologismo está bien documentada. Pero si además atendemos a esa otra literatura mayoritaria que manifiesta el carácter ambientalmente devastador de esta industria aun resulta más indefendible que pueda haber en ella el menor asomo ni siquiera de un eco-antropocentrismo.
Una visión verdaderamente no antropocéntrica ni explotadora implica necesariamente desmantelar una explotación animal que, además de ser en sí misma el mayor crimen de la historia, con miles de millones de muertes por día, está destruyendo la biosfera y abocándonos a un colapso climático, está en la raíz de la injusticia social, la inseguridad alimentaria y los problemas de salud humana; implica necesariamente una transición a dietas veganas empezando por países ricos hiperconsumidores como el estado Español; e implica también, como defendemos en los principios VegAnarQueer, cuestionarnos nuestra ubicuidad biosférica sedentaria y propietaria, y nuestra superpoblación. Implica apostar por un decidido rewilding del conjunto de la biosfera.
¿Para cuando un gran debate social sobre todo esto? Invitamos a quienes quieran salir del bucle sin salida del antoprocentrismo disfrazado y edulcorado, a sumarse a la Alianza de Futuros Vivibles. Es hora de plantarse ante este negacionismo que nos arrastra a todes al abismo, sobre todo les más vulnerables, humanes y no humanes.
Jaym* del Val y Rosa Mas – Rebeldes Indignadas
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