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Siria, la OTAN y la máxima de Du Guesclin

Fuentes: Rebelión

Las noticias se suceden a gran velocidad y todo se basa, al menos por el momento, más en conjeturas y rumores que en hechos consumados, de manera que estas líneas están escritas un poco a vuelapluma, lo cual tiene la ventaja de la inmediatez pero también la desventaja de que lo que suceda en un […]

Las noticias se suceden a gran velocidad y todo se basa, al menos por el momento, más en conjeturas y rumores que en hechos consumados, de manera que estas líneas están escritas un poco a vuelapluma, lo cual tiene la ventaja de la inmediatez pero también la desventaja de que lo que suceda en un futuro cercano puede refutar parte de lo dicho. Sin embargo hay unas pocas ideas que convendría tener en mente, como si cada una de ellas fuera una de las púas del peine que nos permite revisar la prensa a contrapelo:

1. En Siria ya se estaba interviniendo, esto es solamente una nueva forma de intervención. Recordemos la presencia de militares y espías provenientes de países occidentales, recordemos el envío de armas y fondos, recordemos el apoyo que el Ejército sirio obtuvo de Hezbollah, recordemos las reuniones de la oposición siria en Madrid y Estambul… En Siria se ha superpuesto una estrategia de cambio de régimen a una protesta popular y una acción de guerra a la represión brutal e injustificable de las manifestaciones. Lo único que tal vez quede por aclarar, y será probablemente tarea de historiadores, es cómo se produjo ese salto, si dependió exclusivamente de la brutalidad (y/o la falta de perspectiva) de Bashar al Asad y las autoridades sirias o si, por el contrario, la escalada y el cambio cualitativo del conflicto también han dependido de una acción de infiltración y manipulación.

La intervención en Irak sirvió no sólo para devastar un país sino también para borrar nuestra memoria. Estados Unidos se beneficia de los cambios de régimen, pero pocas veces pone más que el dinero o el asesoramiento logístico: la carne que gira en el asador siempre es la de los demás. Por otra parte, y por muy sofisticados que sean los informes de la inteligencia norteamericana y las artes de planificación del Pentágono, no parece factible derrocar a Assad y transformar el gobierno sirio dejando el país intacto: el régimen sirio es de granito más que de arcilla y hace falta mucho más que agua o unos pocos Tomahawk para derribarlo. Hace falta desangrar, arrasar, incluso recomponer territorialmente Siria asumiendo que, si bien los intereses de los actores en conflicto no son necesariamente idénticos a los de Estados Unidos, un cierto entendimiento es posible, y que el resultado, por más devastador que pueda parecer, será en cualquier caso un mal necesario para obtener un bien mayor: un Medio Oriente seguro, dócil, reorganizado.

Es perfectamente comprensible, por tanto, que Estados Unidos diga que el objetivo de esta intervención directa no es derrocar a Assad, puesto que derrocar a Assad requiere un trabajo mucho más prolongado y minucioso en el que, evidentemente, es mejor que los muertos los pongan otros.

2. De nuevo nos venden que se puede matar moscas a cañonazos. Asumamos que tanto el Ejército sirio como los rebeldes han empleado armas químicas en Siria en algún momento. Asumamos que se puede confirmar la veracidad de las «pruebas» gráficas aportadas. Asumamos, incluso, que el Ejército sirio fuera responsable del ataque.

Estos son, de hecho, los presupuestos de la retórica en favor de la operación militar. Esa misma retórica nos dice que, desde el punto de vista político, no se trata de precipitar el cambio de régimen ni nada por el estilo (porque para eso hacen falta, lo hemos dicho y la OTAN lo sabe, más que unos pocos Tomahawk), sino solamente de demostrar que el uso de armas químicas «tiene consecuencias», advertencia que de hecho sería aplicable tanto al Gobierno sirio como a sus adversarios.

Pero la contradicción entre esa declaración general y la operación diseñada es, por lo que sabemos de esta última, prácticamente total. En primer lugar, la responsabilidad del Gobierno está construida de antemano y, de hecho, los observadores de la ONU difícilmente podrán decir algo definitivo al respecto: ellos podrán esclarecer «objetivamente» si han sido empleadas armas químicas (y no sin dificultades técnicas de todo tipo, que varían según el tipo de material químico utilizado), pero no quién las ha empleado. Esto quiere decir que con informe o sin informe de la misión de la ONU, la decisión de considerar a Assad responsable es arbitraria y difícilmente depende de hechos contrastables.

En segundo lugar, parece ser que el objetivo de la operación es dañar de alguna manera la capacidad del Ejército sirio para hacer uso de armamento químico y que, para ello, se ha preparado una lista de ¡50 objetivos!, incluyendo unidades militares, cuarteles, piezas de artillería, bases de helicópteros y centros de mando y control. La justificación, en todo punto razonable, de esta estrategia es que atacar directamente los arsenales de armas químicas sería extremadamente peligroso.

Pero hay dos problemas: el primero es que se está asumiendo que se han empleado armas químicas en gran escala (usando bombas lanzadas desde aviones o, tal vez, misiles SCUD), cuando los hechos y el sentido común apuntan, dada la peligrosidad del armamento químico y la naturaleza del enfrentamiento entre el Ejército sirio y los rebeldes en torno a Damasco, a un empleo mucho más acotado y a menor escala. Ni los rebeldes ni el Ejército sirio están interesados, como pudo estarlo el Gobierno iraquí cuando bombardeó con varios tipos de armas químicas a los kurdos de Halabja, en devastar grandes superficies, sino que los enfrentamientos son más bien por el control de distritos, de barrios, y puede que hasta de calles o edificios. Lo más probable es, por tanto, que si cualquiera de los dos bandos ha usado armas químicas lo haya hecho en pequeñas cantidades y en espacios circunscritos (el modelo no sería, por tanto, la operación iraquí en Halabja, sino más bien el asalto ruso al teatro Dubrovka).

Lo realmente interesante es que atizar con unas cuantas decenas de misiles Tomahawk un puñado de objetivos militares de diverso tipo en una operación que dure dos o tres días es un auténtico incordio para Assad (ni más ni menos), pero desde luego no contribuye en nada a acotar el peligro de las armas químicas. Sin embargo, es una intervención inteligente porque, si desde el principio la operación se plantea como una intromisión rápida, Assad no tendrá ningún interés en responder y contribuir a una escalada militar que no le beneficia. Tampoco China, ni Rusia, ni Irán querrán pasar a mayores, por mucho que les moleste la jugada [1].

3. No es la hipotética debilidad militar actual del Gobierno sirio lo que explica la operación. De hecho, durante los últimos meses, gracias a la cooperación de Hezbollah y a la falta de cohesión entre los distintos sectores de la oposición, el Ejército sirio ha ganado bastante terreno y reforzado su posición. Por tanto, desde el punto de vista de la OTAN asumir un enfrentamiento frontal con Siria no sería inteligente, menos todavía si, a pesar de que el país está quedando devastado, el Gobierno se mantiene relativamente fuerte. El Ejército sirio puede no tener material bélico extremadamente actualizado, pero eso no le resta eficacia, de manera que la acción militar directa, amplia y sostenida en el tiempo no solamente sería arriesgada desde el punto de vista de la estabilidad regional sino que además se enfrentaría a una resistencia mucho más peligrosa que la encontrada, por ejemplo, en Libia.

¿Por qué, entonces, la decisión se toma ahora? Se puede argumentar que, independientemente de lo artificial que sea la controversia sobre el uso de armas químicas, Obama puede sentir realmente la necesidad de fingir cierta coherencia, pero desde luego no sería la primera vez que el Presidente de los Estados Unidos decide «hacer Diego donde dijo digo» sin que pase absolutamente nada. Sin embargo, desde el punto de vista de la evolución de la política regional, es un momento más que adecuado para poner algunas trabas a la fortaleza militar del Ejército sirio y «reequilibrar la balanza». Hay, al menos, tres razones para ello:

En primer lugar, el relevo en el Gobierno iraní es reciente y no se encuentra aún en una postura cómoda para reaccionar ante una actuación de este estilo, de manera que, si de lo que se trata es de tocar unas cuantas teclas sin provocar un terremoto, esta puede ser la ocasión ideal para hacerlo [2].

En segundo lugar, no hay que perder de vista el inicio de las negociaciones entre Israel y Palestina. Incluso si los efectos reales de la intervención fueran limitados en el tiempo, una ráfaga de misiles sobre posiciones estratégicas hace a Damasco suficiente daño como para que su apoyo a Palestina durante la negociación no valga absolutamente nada. La «comunidad internacional» no solamente está presionando a los sectores políticos más reaccionarios de Israel para que accedan, al menos, a proponer un acuerdo draconiano, sino que también (y esto es mucho más importante) tienen que presionar a Palestina para que acepte esa propuesta porque, en último término, la fórmula del «Israel seguro» y la «Palestina viable», significa que el apartheid israelí tiene carta blanca y que los palestinos no recibirán los porrazos de Israel sino de sus propias autoridades estatales. Palestina sólo tiene posibilidades reales de jugar el enroque como una baza de negociación si cuenta con un respaldo regional creíble (y Siria ha de desempeñar ahí un papel sustantivo) que haga inviable las opciones más favorables a Israel.

Por último, en el horizonte está, aunque no se haya materializado todavía, una negociación en Ginebra entre el Gobierno sirio y los rebeldes. Teniendo en cuenta que el primero se encuentra en una posición de fuerza en la que no necesita realmente negociar, y que los segundos no son capaces de ponerse de acuerdo, una intervención acotada de este estilo puede forzar la negociación si por un lado el Gobierno sirio se ve debilitado y si por otro los rebeldes toman la intervención como una prueba de la «buena voluntad» de las potencias occidentales.

Así, el eventual uso de armas químicas es solamente una excusa (convenientemente fabricada y difundida por la prensa internacional) para poner en marcha una operación muy comedida tanto en su potencia como en sus objetivos y encaminada a infligir un daño transitorio al Gobierno sirio. Esa operación se pone en marcha ahora, ya lo hemos dicho, no necesariamente porque este ataque haya supuesto una oportunidad (ya que las oportunidades pueden ser fabricadas), ni porque el Gobierno sirio sea ahora más débil que antes, sino porque, desde el punto de vista de la política regional, es un buen momento para hacerlo.

Todo apunta, por tanto, a que la OTAN no está haciendo más que aplicar, y no es la primera vez que lo hace, su propia versión de lo que podríamos llamar «la máxima de Du Guesclin»: ni quito ni pongo rey, pero protejo mis intereses.

Notas

[1] Nótese que algo parecido sucedió ya hace unos pocos meses, cuando Israel bombardeó objetivos militares en Siria y, de hecho, no pasó nada de nada.

[2] Es llamativo que las «declaraciones» de Irán que han saltado a la prensa internacional no provengan, de hecho, de un miembro del Ejecutivo Iraní sino de un parlamentario, lo cual supone, teniendo en cuenta las peculiaridades del sistema político iraní, una enorme diferencia.

Blog del autor: http://fairandfoul.wordpress.com/2013/08/28/siria-y-la-maxima-de-du-guesclin/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.