En medio de una escalada de violencia sin precedentes y de la expansión del proyecto colonial israelí de robo de tierras palestinas, una aldea de Cisjordania resiste desde el trabajo colectivo en la agricultura.
«Vámonos ya, que vienen los colonos», advierte Mustafah Hammad, de 33 años, alcalde de Farkha, una pequeña aldea en la Cisjordania ocupada, a unos 45 minutos de Ramallah, en el distrito de Salfit. Mustafah Hammad, como el resto de los habitantes de la aldea, es consciente de la amenaza de los colonos, que recientemente han llegado a tierras cercanas.
El lugar es un espacio comunitario donde los jóvenes solían reunirse por las noches. Cerca de allí se encuentra uno de los pozos de agua del pueblo. A lo lejos se ven las tres grandes colonias y la nueva carretera que están construyendo para conectarlos, con el objetivo de continuar fragmentando la geografía palestina y expandiendo la presencia y ocupación ilegal en la Cisjordania ocupada.
Estrategia de ocupación y división
La carretera comenzó a construirse justo después del 7-O. Se ha convertido en una estrategia recurrente en Cisjordania: expandir la ocupación de tierras palestinas bajo la protección del Ejército israelí.
Aunque los asentamientos, ilegales según el derecho internacional pero legales bajo la legislación israelí, no son nuevos y comenzaron a proliferar en la Cisjordania ocupada desde la Guerra de los Seis Días, en Farkha, hace apenas cuatro meses, colonos israelíes construyeron un puesto de avanzada –ilegal tanto según la ley israelí como el derecho internacional–. También levantaron en cuestión de días una carretera que atraviesa las tierras del pueblo y conecta con otras colonias.
El asentamiento de Ariel, uno de los más grandes con más de 20.000 colonos, se puede ver desde las colinas de Farkha, igual que la nueva carretera en construcción que separará a las familias de sus olivos y de las fuentes de agua que abastecen al pueblo y sus cultivos.
La estrategia de construcción de carreteras se ha intensificado desde el inicio del genocidio en Gaza, junto con el aumento de los ataques e incursiones armadas en Cisjordania, que han desplazado a más de 40.000 personas en los primeros dos meses de 2025.
Según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), entre el 7 de octubre de 2023 y enero de 2025, se han registrado 1.800 ataques violentos de colonos israelíes. Muchos de ellos, en las carreteras y en intersecciones que conectan ciudades, pueblos y aldeas palestinas, rodeadas por colonias y puestos de control que el Ejército abre y cierra a discrección.
Las autoridades militares israelíes ha definido tres tipos de carreteras en Cisjordania: vías exclusivas para colonos; vías en las que los palestinos necesitan un permiso especial para transitar; vías donde se permite el tránsito de palestinos, pero sujetas a controles móviles y requisas a personas y vehículos.
Autogestión y resistencia
Hammad militó en el Partido Comunista Palestino, donde se formó en el valor de las acciones colectivas y ha logrado organizar desde abajo una democracia activa y participativa en su comunidad.
Hoy, como muchos en Palestina, siente un profundo desafecto por la Autoridad Palestina, a la que acusa de aplicar políticas neoliberales y de abandonar la defensa de los palestinos ante los ataques de la ocupación israelí. Sobre los demás partidos políticos, afirma: «Se han convertido en ONG, esperando financiación y sin encarar los problemas de la gente».
Por ello, cuando en 2023 fue elegido alcalde, encabezaba en una lista independiente, apoyado por jóvenes y por un pueblo con una fuerte tradición de izquierdas. Su proyecto se basa en tres ejes: feminismo, democracia directa y un modelo de soberanía alimentaria. El pueblo se estructura en distintos comités con una alta participación de jóvenes y mujeres.
«Los antiguos principios de ciudadanía y libertad se han vuelto simples eslóganes», dice Mai Aque, una mujer de 39 años. Al igual que muchos ha transformado en acción directa su descontento tanto con la ANP y con otros partidos. Junto a otras mujeres está a cargo del procesamiento de pimientos picantes que crecen en una de las huertas orgánicas del pueblo y que venden en mercados locales y foráneos.
El desempleo, tras años de ocupación y exacerbado desde el 7 de octubre cuando muchos permisos fueron revocados en Israel, incrementó el valor del trabajo de las mujeres en la agricultura y en los procesos de producción de comida.
Para Aque, la unión es fundamental no solo en el pueblo y menciona el proyecto cooperativo de elaboración de aceite de oliva que ya están implementando junto a otras aldeas productoras de olivas. «Mucha de la resistencia palestina está en casa», sigue, y relata que muchas mujeres han tenido que educar y criar a veces solas a sus hijas e hijos, además de trabajar, porque sus esposos están en prisión, han sido masacrados o se han divorciado.
El proyecto de soberanía alimentaria de Farkha está estrechamente vinculado con procesos de emancipación en otras partes del mundo. Su objetivo es replantear el modelo actual de desarrollo y las estructuras sociales y económicas que lo respaldan, alejándose de la producción masiva y de la acumulación para construir modelos económicos enfocados al bienestar de las personas y a la protección del medio ambiente.
En Palestina, y en Farkha en particular, el proyecto tiene un impacto directo en la resistencia a la ocupación israelí.
Varios factores han contribuido a que los vecinos lo vean con ilusión. Muchos palestinos que trabajaban en ciudades israelíes y perdieron sus empleos tras el 7-O tuvieron regresar y buscar nuevas formas de sustento. A ello se suman los constantes ataques de colonos y las restricciones económicas impuestas por la ocupación israelí, que bloquean el desarrollo y la producción de bienes y servicios.
Para muchos, la utopía de una sociedad libre va de la mano con la de la propia existencia y la de una sociedad más igualitaria. «La libertad empieza por tener nuestra propia comida», afirma Hammad.
El proyecto se articula en dos grandes frentes: una ecogranja colectiva y el cultivo comunitario en los hogares. De las 340 casas en Farkha, 230 cultivan sus propios alimentos en huertos familiares, lo que ha permitido generar una economía circular.
La ecogranja emplea técnicas de cultivo orgánico y métodos ancestrales de irrigación en terrazas. Pero la autosuficiencia no se limita a la producción de alimentos. La aldea cuenta con paneles solares que abastecen de energía al 40% de las casas. Por estos y otros proyectos sostenibles, en 2016 Farkha fue nombrada la primera aldea ecológica de Palestina.
Desafíos
Los retos para mantener y fortalecer el proyecto de Farkha son numerosos y están relacionados con la ocupación israelí y con un sistema de segregación que afecta a la población palestina.
Uno de los principales obstáculos es la falta de tiempo de los habitantes para trabajar en el proyecto, ya que muchos deben desplazarse a los centros urbanos palestinos cercanos o incluso a colonias o ciudades israelíes en busca de empleo.
Otro problema fundamental es el control de la economía y los recursos por parte de Israel. Durante décadas, las restricciones al comercio y a la industria palestinas han generado una dependencia de productos y servicios israelíes, y ha convertido a gran parte de la población palestina en mano de obra barata para Israel.
El agua es otro recurso clave para la siembra y la sostenibilidad del proyecto. Desde los Acuerdos de Oslo en los años 90, Israel controla cerca del 80% del agua de Cisjordania y Gaza. En la actualidad, el suministro y la distribución de agua están priorizados para los asentamientos ilegales, mientras los colonos atacan y contaminan desde hace décadas, las fuentes de agua en aldeas palestinas, una práctica que se ha intensificado desde el 7-O.
En muchos casos, la ANP se ha visto obligada a comprar agua a empresas israelíes. Según funcionarios de esta entidad, desde el 7-O, el suministro de agua en Cisjordania ha disminuido un 35%.
En Farkha, la situación es crítica: el 55% del agua que consume el pueblo debe comprarse a precios elevados, lo que dificulta el riego de los cultivos tanto colectivos como de los huertos familiares.
La tierra, y su tenencia, ha sido eje de los ataques de los colonos y causa de innumerables desplazamientos y exilios forzosos de palestinos durante décadas.
En Farkha, como en el resto de Cisjordania, se pueden ver las consecuencias estructurales de los Acuerdos de Oslo, que han fragmentado el territorio y permitido su control por parte de colonos.
Hammad ha visto cómo trabajadores que antes vendían su fuerza laboral en asentamientos y ciudades israelíes, al perder sus empleos y sus permisos de movilidad, han regresado y retomado actividades como el pastoreo y la agricultura para sobrevivir, como hicieron sus ancestros.
Autogestión
Pese al panorama desolador, en Farkha han surgido iniciativas que desafían la ocupación y el modelo neoliberal de superproducción y consumo que depreda comunidades como esta, no solo en Cisjordania, sino en todo el Sur Global. La premisa de solidaridad internacional y de un mundo conectado ha resultado en la búsqueda de espacios de encuentro.
Desde hace más de 25 años, la comunidad autogestiona el Festival Internacional de Farkha, un evento en el que todos los veranos gente de todo el mundo intercambia conocimientos y trabaja voluntariamente en los proyectos de la aldea, como la casa de las mujeres o levantar un muro en la huerta colectiva. O compartir durante 10 días una visión del mundo.
Ante el aumento de los ataques israelíes, el avance de los colonos y las restricciones de movilidad, en 2024 solo duró dos días.
Mai Aque sabe que la solidaridad internacional, los trabajos de voluntarios, incluso la ayuda económica o de infraestructuras son ineficaces si no cesa la expansión de las tierras tomadas por los colonos y mientras continúen las agresiones contra los granjeros palestinos. «Estamos en el siglo XXI y todavía hay gente que vive bajo ocupación, desplazamiento forzoso y ataques», denuncia.
«Esto es la alegría de la vida», sentencia Sadiq al-Sharif, un radiólogo jubilado y ahora granjero, que con sudor en la frente y una sonrisa en la cara se enorgullece de la huerta en su casa y de haber construido con sus manos y las de su familia los parrales para que crezcan los tomates en verano.