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Sobre el regreso del «ni-ni», el islamismo y el antisemitismo en las manifestaciones

Fuentes: Sin Permiso

Este texto es, en parte, una repuesta a una Carta Blanca » ¿El poder, a los barbudos ? ¡No gracias! «, publicada en Bélgica (Le Soir), después de unas manifestaciones sobre Gaza.

Existe una especialidad en ciertos movimientos de izquierda o pacifistas que consiste, en ocasión de cada conflicto, en volcarse en el ni-ni. Ni Milosevic, ni OTAN, ni Bush ni Saddam y, actualmente, a equiparar a Israel con Hamas o Hezbollah. En todos los casos, el problema es triple:

Se ignora la diferencia entre las relaciones de fuerza.

Se pone en condiciones de igualdad a agresor y a agredido

Y, lo más importante, nos situamos como si estuviéramos fuera de los conflictos, por encima de la disputa, cuando es evidente que nuestros gobiernos no lo están.

En el caso del conflicto de Gaza, la versión dominante del ni-ni consiste en condenar al mismo tiempo el lanzamiento de cohetes de Hamas y la respuesta de Israel, juzgada a veces desproporcionada. La palabra «desproporcionada» es en sí misma absurdamente desproporcionada en relación a la desigualdad de las fuerzas en presencia. Por una parte hay un ejército nacional archisofisticado. Cuando este ejército ataca, lo hace para destruir infraestructuras y aterrorizar a toda una región a través de la demostración de su superioridad militar. Por la otra, hay algunos cohetes artesanales que se lanzan hacia Israel sin esperanza ninguna de ganar una batalla, sino más bien para hacer ver con desespero que un pueblo desposeído, encerrado y olvidado existe todavía. Los disparos de cohete no son más que un medio de golpear las puertas de una prisión, mientras que el agresor es ante todo quién ha encarcelado injustamente a todo un pueblo, privándolo desde hace decenios de otros medios para dar a conocer su existencia. La gente que lanza estos cohetes sobre Israel son frecuentemente los descendientes de quienes fueron expulsados de sus tierras en 1948. Los cohetes son el eco de esta desposesión que tiene ya sesenta años de duración. Mientras no se reconozca plenamente este hecho fundamental, y casi nunca lo es en Occidente, es imposible tener una visión realista de la profundidad del problema.

Este proviene en realidad de los principios sobre los que se funda Israel, a saber, que es legítimo para ciertas personas, en virtud de una propiedad adquirida por nacimiento (ser «judío») ocupar la tierra de otras personas a las que el azar del nacimiento no ha conferido esta propiedad. El que se invoque la Biblia o el holocausto como justificación más directa de esta ocupación, no cambia en nada su carácter intrínsecamente racista, es decir fundado a fin de cuentas en una distinción importante hecha entre los seres humanos y ligada únicamente a su nacimiento.

Este aspecto racista está evidentemente presente en el espíritu de las víctimas y de todos aquellos que se identifican con ellos – especialmente las poblaciones del mundo árabe-musulmán y una parte del tercer mundo, a quienes el proyecto sionista recuerda dolorosamente experiencias anteriores del colonialismo europeo, pero no se integra prácticamente nunca en el debate en Occidente. Hay que subrayar que se trata aquí de un racismo institucional, es decir ligado a las estructuras de un estado, lo que es muy diferente del racismo «corriente», el, por desgracia muy extendido, aunque con frecuencia pasivo, que existe en el espíritu de muchos individuos. Es el racismo de estado el que en general se considera «de extrema derecha», «incompatible con nuestros valores», «contrario a la modernidad y al espíritu de las Luces». Es este racismo el que llevaba a la condena general del Apartheid en África del Sur y de su ideología. Pero éste no es el caso del sionismo, que es sin embargo la ideología que legitima este racismo institucional. Por desgracia, es frecuentemente la izquierda occidental, la que, siendo la más dispuesta a denunciar en general el racismo de Estado, es también la más dispuesta a hacer una excepción con «el Estado judío».

Además, todo el discurso dominante respecto a este conflicto está indirectamente contaminado por el punto de partida racista:

Todas las partes y todos los intelectuales o comentaristas «respetables» deben, antes que nada, reconocer «el derecho a la existencia de Israel», pero la expresión «derecho a la existencia de Palestina» es prácticamente inexistente. Respecto a los palestinos, su Estado, suponiendo que algún día exista alguno, no será el resultado de un derecho, sino de una negociación; es más, de una negociación con un interlocutor palestino «responsable», es decir que reconozca como condición de toda discusión el derecho a la existencia de su adversario, quién de ninguna manera le reconocerá el mismo derecho.

Cualquier persona de origen judío tiene derecho a instalarse en Israel, pero los no-judíos que fueron expulsados en 1948 o más tarde, así como sus descendientes, no pueden hacerlo. Incluso en los Territorios llamados palestinos sus desplazamientos de un sitio a otro están fuertemente limitados.

Hay que impedir que Hamas y Hezbollah se rearmen, pero Israel puede recibir de los Estados Unidos, gratuitamente, todas lar armas que desee.

Israel es constantemente alabado como «la única democracia en el Medio-Oriente», pero las elecciones libres de los palestinos son ignoradas.

Los palestinos deben «renunciar a la violencia» pero no así Israel.

Irán no puede poseer la fuerza nuclear, pero desde luego sí Israel.

Todas estas diferencias de trato responden a fin de cuentas a la idea de que la empresa inicial de colonización era legítima, o que pertenece al pasado y no es deseable volver a hablar de ella; pero ambas actitudes equivalen a negar la humanidad plena y entera de las víctimas, lo que nos devuelve a la cuestión del racismo. Porque imaginemos cual sería la reacción europea si el Estado de Israel se hubiera creado, por ejemplo, en una parte de los Países-Bajos o de la Costa Azul haciendo huir a una fracción importante de sus habitantes.

Estos dos pesos, dos medidas, se encuentran constantemente en todos los niveles del discurso dominante, por ejemplo cuando se repite que «no hay que importar el conflicto» en Francia, como si el hecho de que casi toda la clase política francesa acepte ser sermoneada, con ocasión de la cena anual del CRIF, respecto a su actitud supuestamente pro-árabe, no constituyera ya una «importación del conflicto», pero unilateral, a favor de Israel.

El discurso que estigmatiza a la extrema derecha adolece igualmente de estos dos pesos, dos medidas; generalmente, este discurso apunta a la extrema derecha francesa tradicional en sus distintas variantes, o los islamistas, pero nunca al sionismo. En realidad, gran parte de la izquierda política e intelectual adopta, respecto a la cuestión de Palestina, una posición implícitamente racista que se habría considerado de extrema derecha referida al África del Sur en la época del Apartheid.

La izquierda ataca frecuentemente con gran pomposidad a una extrema derecha ciertamente desagradable pero débil y marginal (precisamente por eso puede atacarla) mientras que, en el mejor de los casos, permanece pasiva frente a otra extrema derecha (el sionismo) que se sostiene militar y diplomáticamente gracias a la más poderosa democracia del mundo.

Una forma de intentar acallar las protestas contra la política israelí consiste en denunciar el antisemitismo en las manifestaciones, así como la identificación entre Israel y nazismo. Evidentemente esta última comparación es excesiva, pero todo el mundo comete este tipo de excesos, constantemente. ¿Qué decir de «CRS-SS» (en Mayo del 68, cuántos muertos, comparado con Gaza)? o de Hitlerosevic? , o de Nasser, el Hitler del Nilo (en 56)? ¿Por qué los partidarios de Israel pueden constantemente identificar a Hamas o al Irán con Hitler mientras que el exceso contrario está prohibido? Podría responderse que debe ser debido a lo que los nazis hicieron a los judíos. Pero este tipo de consideraciones nunca ha impedido la comparación con los nazis de los soviéticos o los serbios, que también sufrieron mucho durante la guerra. Menos que los judíos, sin duda, pero ¿a partir de qué nivel de sufrimiento se convierten en inaceptables los excesos? De una forma más fundamental, a partir del momento en que la nazificación del adversario es la principal arma ideológica de Occidente y de Israel, es inevitable que esta arma se vuelva contra ellos cuando la ocasión se presenta.

Por lo que respecta al antisemitismo, no hay que olvidar que la política israelí se hace en nombre de un Estado que se dice judío y que es fuertemente apoyada por organizaciones que según ellas representan a los judíos (con razón o sin ella). ¿Como puede esperarse, en un clima como éste, evitar que mucha gente se vuelva anti-judía? Es demasiado pedir a la psicología humana. Durante la guerra, la mayor parte de los habitantes de los países ocupados eran anti-alemanes (contra los «Boches»), no solamente antinazis. Durante la guerra del Vietnam, los oponentes eran frecuentemente anti-americanos, no solamente opuestos a la política US (todavía es así respecto a su política en Oriente Medio). Es absurdo esperar que la gente se haga la guerra sin odiarse, respetando los derechos del hombre, siendo buenos antirracistas. Puesto que el conflicto ha sido importado desde hace mucho tiempo en el discurso mediático y la acción política, existe ciertamente una guerra ideológica cuyos efectos previsibles son exactamente los que se deploran.

No se puede tampoco pedir a los oponentes de Israel que hagan la distinción entre judíos y sionistas cuando el discurso dominante no lo hace casi nunca (mucho menos cuando esta identificación permite presentar a Israel como un país eternamente «víctima» o «paria»)

Además ¿como puede imaginarse que una población que es constantemente diabolizada, ridiculizada, insultada, porque en su condición de musulmana se la considerada incapaz de comprender la democracia, los derechos del hombre, los derechos de la mujer, y se la considera «comunitarista» cuando proclama sus convicciones religiosas, no reaccione de forma virulenta (por lo menos verbalmente) frente a las masacres de Gaza?

Lo precedente no es una «justificación del antisemitismo» sino una observación banal sobre un aspecto desagradable pero bastante universal de la psicología humana. Podría añadirse que todos los discursos de denuncia y condena del antisemitismo que no tengan en cuenta el contexto en el que se desarrolla no sirven para nada y son, sin lugar a dudas, contraproductivos, como lo son en general los discursos moralizantes.

La situación aquí es prácticamente tan inextricable como la situación en la misma Palestina. Cierto que el antisemitismo aumenta, así como la identificación comunitaria, en todos los campos. Somos incapaces de resolver la situación en Medio-Oriente, pero por lo menos podría empezarse por reconocer aquí la verdadera naturaleza del problema (el racismo institucional de Israel) y cambiar radicalmente de discurso. Habría que poner fin igualmente a las intimidaciones y a los procesos (por delito de opinión), hacer que todos puedan decir lo que piensan verdaderamente de Israel y de quienes le apoyan y establecer la igualdad de armas en los debates referidos al sionismo. También sería necesario que la política francesa y europea se determinara independientemente de la influencia de los grupos de presión. Solamente así puede esperarse, a largo plazo, descomunitarizar el debate y hacer retroceder el antisemitismo.

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Jean Bricmont, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO,es profesor de física en la Universidad de Louvain la Neuve, Bélgica. Es miembro del Tribunal de Bruselas.