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Irán todavía no ha llegado, pero en la sagrada plaza pública, Sodoma y Gomorra ya lo han hecho

Soy una orgullosa y liberada mujer ultraortodoxa

Fuentes: Haaretz

Traducido para Rebelión por J. M. y revisado por Caty R.

El domingo, Aviva Markash fue asesinada por su ex marido. Tenía 43 años y era madre de cuatro hijos. El martes, el Comité de Ministros sobre la situación de las mujeres se reunió para discutir la exclusión de las mujeres del espacio público.

En la primera edición, el informe se publicó en las páginas interiores de los periódicos. En la segunda fue un titular principal. Supongo que si Markash hubiera sido una mujer ultraortodoxa asesinada por su marido por razones de «pudor», al asesinato se le habría concedido un especial y apasionado titular de primera página. Pero Markash era etíope, y la frase «exclusión de las mujeres» no encaja bien con en esa situación.

Todo esto es curioso, ya que desde hace poco ha florecido en nuestro país una «primavera femenina». Las mujeres están descubriendo que su honor y su estado son queridos por los corazones de los israelíes. Los medios de comunicación están preocupados, se convoca la Knesset y los ciudadanos comunes lo están interiorizando.

Pero la pregunta que surge en la sospechosa mente de una mujer excluida como yo es: ¿Qué está pasando hoy que no pasó ayer? ¿Desde cuándo todos pasaron a ser guardianes de la condición de la mujer? Resulta que esto sólo ocurre cuando los ultraortodoxos aparecen en el tema.

No es ningún secreto que una pequeña parte de la comunidad ultraortodoxa ha sufrido un proceso de radicalización, y esto a veces afecta a toda la comunidad. Los ejemplos incluyen autobuses con asientos separados para hombres y mujeres y mujeres que llevan burkas, como batas. Pero mientras estas situaciones ocurrían sólo dentro de los límites del gueto de la ultraortodoxia, todos guardaron silencio. Sólo cuando pareció que el extremismo salía fuera de la esfera privada a la plaza pública, surgió un clamor.

En respuesta al deseo de la comunidad ultraortodoxa de seguir comportándose como lo considere oportuno, los israelíes laicos se quejan de que en última instancia también a ellos les afecta. Un ejemplo de este desbordamiento es la desaparición de las mujeres de las calles de Jerusalén. Si hoy la cara de una mujer no puede aparecer en un cartel de anuncios público, mañana Irán estará aquí, dicen los israelíes cuerdos con sana preocupación. Y la secretaria de Estado Hillary Clinton los respalda desde la distancia.

Irán todavía no está aquí, pero en el sagrado espacio público, Sodoma y Gomorra sí lo están. Yo vivo en el corazón de Tel Aviv. Cada mañana llevo a mi hijo al jardín de infantes por una ruta pavimentada de tarjetas pornográficas de empresas dudosas. Si éstas son buenas intenciones, entonces, ¿qué es el infierno?

En un paseo de ocio de 10 minutos por la zona de entretenimientos de la ciudad, un animado tráfico de mujeres se lleva a cabo en plena luz del día. En Israel, hoy las mujeres están siendo asesinadas, maltratadas y humilladas en el nombre del «honor familiar». ¿Cuándo fue la última vez que las masas salieron a las calles para elevar una protesta? ¿Cuándo los medios de comunicación elevaron sus voces silenciosas algo más allá de una franja entre un tema trivial y el siguiente?

Hay una clara conexión entre hacer de la mujer un objeto y la violencia hacia las mujeres. La eliminación de las imágenes de las mujeres de las campañas de publicidad no ha evitado la muerte de una sola mujer. Sin embargo, los comités se reúnen y discuten la forma de castigar a los «excluidos». Ajustarán cuentas con aquellos que asesinan y degradan en otro momento. Tal vez.

Como editora de un periódico ultraortodoxo para las mujeres, estoy enganchada con la exclusión durante todo el día. Excluyo a personas de la alta sociedad que charlan entre ellas a morir, no publico modelos demacradas que fomentan los trastornos alimenticios, puedo borrar fotos de los paparazzi de celebridades. O visto desde otro ángulo, no hay fotos de mujeres en mi periódico.

Sin embargo, en la irresuelta ecuación entre una foto de la estrella actual en una primera plana y una foto de un niño pequeño, yo prefiero la opción de la censura. No porque soy una miserable y excluida mujer ultraortodoxa, sino porque soy una mujer orgullosa y libre. Y ahora estoy esperando pacientemente el castigo que me infligirán los comités ministeriales y de la Knesset.

La escritora edita el suplemento para las mujeres de la revista ultraortodoxa Bakehila.

Fuente: http://www.haaretz.com/opinion/i-am-proud-and-liberated-ultra-orthodox-woman-1.401816