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Todo lo que queremos en Gaza es vivir

Fuentes: The Nation / La Jornada - Imagen de la franja de Gaza captada desde la frontera israelí. Foto: Afp

No queremos condolencias ni discursos; queremos ser tratados como seres humanos y tener menos trauma en nuestras vidas

(Desde Gaza) En las 24 horas pasadas, bombas israelíes han matado a más de 700 personas en Gaza. Sin embargo, quienes siguieron con vida no son tan afortunados. Han quedado para inhalar el trauma y exhalar el sufrimiento que los rodea por todas partes.

Como periodista palestino que nació, fue criado y aún vive en Gaza, he atestiguado una realidad lacerante e interminable, compuesta de dos pilares: bloqueo y ocupación. Respiré por primera vez durante la segunda intifada; el aroma ahumado de los disparos y el sobrevuelo de los aviones de guerra envolvieron mi existencia, dando forma a mi vida como refugiado en un exilio eterno.

Ahora, 24 años después, vivo una continuación de la misma trágica historia. Es la quinta guerra en el tiempo que llevo de vida; doy por sentado que no será la última.

Comencé a escribir hoy temprano; poco antes estuve haciendo fila durante tres horas fuera de una panadería. Llegué a casa antes de que la panadería fuera bombardeada, suceso regular en estos días. Sentí la carga de un mundo sobre mí, pensando en todas las personas que perdieron la vida sólo por estar allí paradas, esperando la ración cotidiana de pan para sus familias cuando un ataque israelí les cayó encima y convirtió sus vidas en más números en las noticias. Si mi supervivencia fue suerte o destino, en realidad no importa.

Subsistir entre el miasma de la muerte

La pregunta hoy no es por qué o cómo, sino más bien cómo podemos volver a vivir con normalidad alguna vez. En Gaza, sobrevivir significa vivir eternamente con la traumática secuela de la guerra, y el miasma de la muerte. En nuestra terminología, el término vivo no significa necesariamente estar sano y salvo. En realidad, significa cualquier cosa menos eso.

Cuando un edificio alto que alberga a decenas de familias –padres, abuelos, niños, bebés, un centenar de personas que sólo quieren alimentar a sus hijos hambrientos– estalla por un ataque, una parte de las personas que le dan vida muere para siempre. La gente que es sacada de debajo de los escombros de sus casas no olvidará. No sanará. Sólo estará viva a medias.

Por casi tres semanas, Israel ha sido protegido por los países más poderosos, aplaudido por políticos y recibido apoyo militar, todo ello mientras busca acabar con la vida de 2.3 millones de personas que ha tenido aprisionadas en los 16 años pasados. Más de 7 mil personas han sido abatidas en Gaza. Miles más están heridas. Un número incalculable yacen todavía bajo los escombros.

El miércoles pasado, Joe Biden proclamó que no creía en las cifras de muertes divulgadas por el ministerio de Salud en Gaza, pese a que es bien sabido que son precisas. Para el presidente de Estados Unidos, nuestras muertes al parecer son fake news.

Soñar con la vida

Lo último que queremos como pueblo ocupado es que nos ofrezcan condolencias o declaraciones. Sólo tratamos de entender cómo podremos procesar algún día el dolor que estará con nosotros por el resto de nuestra vida, en tanto el mundo nos aplaude por ser sobrevivientes. Queremos que nuestras demandas básicas sean respondidas con acción, no con discursos en Naciones Unidas. Queremos un reconocimiento de que nuestras voces emiten un sonido cuando las usamos: que somos seres humanos, personas con esperanzas y sueños que sólo queremos un futuro.

Esto no quiere decir que no sea importante que el mundo tenga puesta la atención en la brutalidad que estamos soportando. Pero la gente necesita saber más que eso: saber que nuestro trauma está acompañado por un deseo de vivir en libertad.

La gente de Gaza se ha visto acostumbrada a rutinas extraordinarias que desafían su deseo de vivir. Personas que son bombardeadas después de hacer filas por horas fuera de una agencia de ayuda para recibir un pedazo de pan desmoronado no sueñan con la solidaridad internacional. Sueñan con la vida, aunque sea un poco de ella. Sueñan con ser algo más que vistos, en convertirse en algo más que una estadística. Cuando el mundo acepta el asesinato de 700 seres humanos en 24 horas, ¿cuánto falta para que sean 7 mil?

A los palestinos nos piden honrar la humanidad de los civiles muertos por Hamás en Israel. Puedo hacer eso sin titubear. Ningún civil merece perder la vida, y tengo demasiada experiencia en el sufrimiento que causa la guerra. Pero no puedo aceptar que sea correcto para la humanidad que sólo se reconozca un lado de este conflicto. Tres mil niños han muerto a mi alrededor en los 20 días pasados. ¿Sus vidas no merecen ser lloradas? ¿Merecen ser recordados sólo como estadísticas?

Conocí a una niña de seis años que fue a comprar su dulce favorito y al regresar vio su casa aplastada. Toda su familia directa y extendida había perecido. Todo lo que queda de su linaje es ella. El terror y la conmoción serán sus compañeros de por vida. En ese momento exacto, yo no estaba seguro de que ella quisiera o necesitara hablarle al mundo. Sólo quería que le devolvieran a su familia.

Cuando una mujer promete a su futuro esposo que se pondrá el vestido más deslumbrante que él ha visto, sólo para llevar una mortaja la mañana siguiente, todo lo que ella quiere saber es por qué. ¿Acaso su boda era una amenaza?

Cuando una niña refugiada de 10 años falta a la escuela en Gaza para protestar porque no recibió su botella de agua potable de la agencia de ayuda, ella no quiere la retórica de denuncia y condena en el mundo.

Cuando los parientes de un estudiante universitario planean meticulosamente su fiesta de graduación, tratando de no pasar por alto ningún detalle, y en cambio preparan un ataúd horas antes de cuando iban a ver a su amado hijo en el foro de los graduados, jamás necesitarán hablar al mundo. ¿De qué serviría, en todo caso? Sólo necesitan tiempo para digerir y luego superar el hecho de que su hijo se ha ido para siempre.

Me enseñaron a no tomar partido al cubrir una guerra. Pero ahora yo mismo soy uno de los bandos. La sensación de abandono no es desconocida, pero la extensión de la complicidad del mundo todavía duele. He tratado de contener mi temperamento y no dejar que mis sentimientos controlen mi quehacer periodístico.

Después de todo, ser periodista en Palestina, y particularmente en Gaza, significa que no tengo derecho a la protección que supuestamente el chaleco de prensa me otorga. Desde el 7 de octubre, casi dos docenas de mis colegas periodistas en Gaza han sido abatidos. Apenas anoche, Wael Al-Dahdouh, uno de los periodistas veteranos de Al Jazeera en Gaza, perdió a su hijo, su hija, su esposa y a un nieto de mes y medio de nacido. Esto es lo que significa ser reportero en Gaza.

La vida se ha vuelto impredecible y todos en todas partes están escribiendo sus últimas palabras en cualquier momento. Por ahora, lo que todos colectivamente necesitamos es menos trauma. Todo lo que pedimos es tiempo para el duelo. Es importante el duelo, para que después podamos sanar… si es que algún día podemos hacerlo.

Este ensayo ha sobrevivido al bombardeo indiscriminado que dura 20 días. Pero ¿qué significa en realidad sobrevivir, cuando todo lo que hago al escribir no es tomar mi café matutino, sino limpiar el humo de los ataques aéreos en la pantalla de mi laptop?

*Mohammed R. Mhawish es un periodista, escritor e investigador palestino residente en la ciudad de Gaza, y autor contribuyente del libro A Land With a People.

Se publica con autorización de The Nation, donde apareció originalmente el 25 de octubre. https://www.thenation.com/article/world/gaza-dispatch-survival/.

Traducción: Jorge Anaya – Fuente de la traducción: https://www.jornada.com.mx/2023/10/30/mundo/031n1mun