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De cómo trabajan los servicios de inteligencia estadounidenses en el siglo XXI

Trocando en éxito el fracaso

Fuentes: TomDispatch.com

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

¿Qué más da? Colocáis alrededor de 68.000 millones de dólares al año en un laberinto de 17 agencias de inteligencia. Les construís sedes espléndidas. Creáis un estado de vigilancia global por los siglos de los siglos. Os dedicáis a poner escuchas a vuestra ciudadanía y recopiláis sus comunicaciones en cantidades asombrosas. Trasmutáis a vuestros empleados en avatares y entráis en escenarios de videojuegos no vaya a ser que algún estadounidense muestre cierta predisposición hacia el mal aunque sea en función entretenimiento. Por si las moscas, recogéis información sobre sus visitas a páginas porno, quizá algún día el chantaje pueda resultar de utilidad. Hacéis circular fotos de sus desnudos solo por… bien, por la lascivia de todo ello. Vuestros empleados utilizan incluso aspectos del sistema que habéis creado para acechar a antiguos amantes y, dentro de su mundo de arcanos, ese acto de «espionaje» consigue hasta tener su propio nombre: LOVEINT.

Os dedicáis a poner escuchas a líderes y políticos extranjeros de todo el planeta. Tratáis de fichar a cientos de miles de empleados de las empresas de vuestros amigotes, creando así las ramificaciones de un complejo corporativo de inteligencia de primer orden. Asaltáis las «puertas traseras» de los centros de datos de los principales grupos de Internet para acumular cuentas de usuarios. Creáis nuevas pandillas dentro de los grupos, incluido un equipo secreto militar y de inteligencia siempre en expansión incrustado dentro del mismo ejército (que no aparece entre esas 17 agencias). Vuestros dirigentes mienten, hasta donde podemos saber y sin un pestañeo de duda, al Congreso y al pueblo estadounidense. Vuestros actos se someten a tribunales secretos, que sólo escuchan vuestras versiones de los hechos, que habitualmente autorizan sin el menor cuestionamiento, y cuyos juicios y cuerpo sustancial de legislación son demasiado secretos para que los estadounidenses puedan conocerlos.

Habéis hecho un esfuerzo extraordinario para aseguraros esa información sobre vuestro mundo pero los millones de documentos de los que hacéis acopio no se vuelcan en nuestro mundo. Incluso tenéis capacidad legal para amordazar a las organizaciones y ciudadanos estadounidenses que podrían hablar de cosas que no os iban a gustar (y que no pueden decir que les habéis cerrado la boca). Sin que quepa duda alguna, espiáis al Congreso. Os introducís en los sistemas informáticos del Congreso. Y si algún denunciante de dentro de vuestro mundo intenta decirle al pueblo estadounidense algo no autorizado acerca de lo que estáis haciendo, le procesaréis en función del Acta de Espionaje como si fuera un espía de una potencia extranjera (algo que en cierto sentido es, ya que tratáis al pueblo estadounidense como si fuera una población extranjera). Y después hacéis cuanto podéis para destrozar su vida y -si alguno consigue escaparse de vuestras garras- le perseguís implacablemente hasta los confines de la Tierra.

En cuanto a vuestros altos funcionarios, la puerta giratoria, cuando ya ha pasado su momento, les permite introducirse en un espejo lucrativo de vida en el complejo de la inteligencia corporativa.

Lo que ellos no sabían

Piensen en el mundo de la «comunidad de inteligencia de EEUU», CI, como un sistema cerrado casi perfecto y una rara historia de éxito del Washington del siglo XXI. En una capital desgarrada por feroces desacuerdos políticos, casi todo el mundo está de acuerdo en la importancia absoluta, total y máxima de esa «comunidad» y de todo lo que sus altos funcionarios puedan decidir para mantener a este país protegido y a salvo.

Sí, habéis hecho todo eso en nombre de la seguridad nacional y de la de los estadounidenses. Y, como hemos descubierto, nunca hay seguridad suficiente, no al menos en lo que se refiere a una cosa: la diabólica habilidad de los «terroristas» para amenazar a este país. Es cierto, los ataques terroristas se clasificarían por encima de los ataques de tiburones, pero no mucho más en una lista de peligros posterior al 11-S. Y para eso, os atribuís el mérito de que no ha habido nunca un «segundo 11-S». Además, alardeáis de haber destruido todo tipo de planes y complots terroristas contra este país, hasta llegar a la sorprendente cifra de 54, supuestamente desbaratados utilizando el teléfono y los «metadatos» de las direcciones de correo de los estadounidenses reunidos por la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por sus siglas en inglés). Como suele suceder, un distinguido panel nombrado por el Presidente Obama, con las pertinentes acreditaciones de seguridad para permitirles examinar con detalle esas espectaculares declaraciones, llegaron a la conclusión de que ni una sola se tenía en pie.

Cualquiera que sea el caso, mientras los dólares de los contribuyentes fluían hacia vuestras arcas, nadie consideró un problema que 17 agencias superpuestas no se dedicaran a impedir 400.000 muertes por armas de fuego en esos mismos años; ni que las solapadas 17 agencias se dedicaran a buscar la seguridad en nuestras carreteras, donde han muerto desde el 11-S más de 450.000 estadounidenses. (Se ha calculado que es 1.094 veces más probable que un estadounidense muera en un accidente de coche que en un ataque terrorista.) Casi todo el dinero y el esfuerzo se han dedicado en cambio al microscópico número de complots terroristas -algunos de ellos alimentados en las plantas del FBI– que se han producido sobre suelo estadounidense durante ese período. Con la convicción de que hay que proteger a los estadounidenses de eso por encima de todo lo demás y a partir del temor que desde el 11-S alimenta este país, habéis construido una estructura de inteligencia sin igual en el planeta en lo que a tamaño, alcance y complejidad laberíntica se refiere.

Todo un logro, sobre todo si tenemos en cuenta su única desventaja: que tiene un terrible historial de no conseguir nada de forma adecuada. Nunca se ha tenido tanto acceso a tanta información sobre nuestro mundo y, sin embargo, nunca hemos estado tan poco preparados para cuanto en él sucede.

En lo que se refiere a ir por delante de los últimos acontecimientos sobre el planeta, esos que realmente podrían significar algo para el gobierno al que realmente sirve, la CI lleva siempre las de perder; y es lo mejor que podemos decir de un historial que se prefiere en gran medida esconder. Parece que se les pilla por sorpresa con bastante regularidad, así que, imaginen cómo van a desafiar cualquier posibilidad imaginable… Piensen en ello y piensen mucho. Desde el 11-S (que podría considerarse como el equivalente en inteligencia del pecado original en lo que se refiere a desaciertos), ¿cuáles son exactamente los triunfos de una clase de sistema que el mundo nunca ha visto antes? Seguro que nos viene a la mente un único acontecimiento: la localización y asesinato de Osama bin Laden. (Hey, ¡Hollywood se puso velozmente a filmar un película sobre el asunto!). Aunque por entonces era ya una decorativa figura desdentada, un icono del yihadismo y poco más; el raid en el que le mataron es el único triunfo obvio de estos años.

Por lo demás, a nivel global, desde la primavera egipcia y el desastre sirio a la crisis en Ucrania, la inteligencia estadounidense, hasta donde podemos decir, ha ido siempre por detrás y se ha quedado corta a la hora de valorar los hechos, cuando no ha sido simplemente cogida por sorpresa. Como consecuencia, la administración Obama parece estar a menudo en estado de eterno estupor en lo que a los acontecimientos por todo el planeta se refiere. Dejando a un lado la cuestión del fracaso de la inteligencia como por ejemplo en la muerte del embajador estadounidense en Bengasi, ¿hay alguna señal de que la CI ofreciera al Presidente Obama alguna advertencia sobre Libia antes de que decidiera intervenir y derrocar al autócrata de ese país, Muammar Gadafi, en 2011? Lo que sabemos es que al parecer se le dijo, de forma equivocada, que habría un «baño de sangre», apuntando posiblemente a un acto genocida, si las tropas de Gadafi llegaban hasta la ciudad de Bengasi.

Un informador de cualquier agencia podría haber sugerido lo que cualquier observador analista sin acceso a la información interna habría aprendido de cualquier lectura de los resultados de las acciones militares del siglo XXI de EEUU por todo el Gran Oriente Medio: que las consecuencias iban a ser la fragmentación de la sociedad libia, el crecimiento de la militancia islámica (al igual que en otros lugares de la región) y el caos. Tenemos que asumir que no le advirtieron de nada, aunque la catástrofe de Libia y la desestabilización de una región más amplia de África resultan hoy en día más que evidentes.

No obstante, centrémonos por un momento en un caso del que se conocen más datos. Estoy pensando en el acontecimiento que sólo recientemente atrajo la mirada de la administración Obama, enviándola dando trompicones a la tercera guerra estadounidense en Iraq, causando una histeria total en Washington. Desde junio, el grupo terrorista más exitoso de la historia ha surgido en toda regla en Siria e Iraq en medio de un incremento del reclutamiento yihadí por todo el Gran Oriente Medio y África. El Estado Islámico (EI), un retoño de al-Qaida en Iraq, que cobró vida durante la ocupación de EEUU en ese país, ha establecido un mini-Estado, un «califato», en el corazón de Oriente Medio. Parte del territorio que capturó estaba, desde luego, en el mismo país en el que EEUU se había acuartelado y ocupado durante ocho años, a lo largo de los cuales había supuestamente desarrollado innumerables fuerzas de información y reclutado agentes de todo tipo. Y, sin embargo, a decir de todos, cuando los militantes del EI barrieron todo el norte de Iraq, la CIA, especialmente, se encontraba con el culo al aire.

No parece que la CI hubiera previsto el rápido crecimiento o extensión del grupo, y aunque había al menos algunas noticias previas de la decadencia del ejército iraquí, nadie imaginó que la fuerza creada, entrenada y armada por EEUU iba a venirse abajo de forma tan palmaria. Inesperada fue la forma en que sus oficiales desertaron de sus tropas, quienes, a su vez, se quitaron el uniforme y huyeron hacia las principales ciudades del norte de Iraq, cediendo su equipamiento estadounidense a los militantes del Estado Islámico.

Ni siquiera pudo la comunidad de inteligencia dar una cifra básica de cuántos de esos militantes había por allí. De hecho, en parte porque el EI utiliza asiduamente correos para sus mensajes en vez de móviles o emails, hasta que no se presentó la oportunidad de arrestar a un militante clave en junio, la CIA y el resto de la CI no sabía prácticamente nada sobre el grupo o sus líderes, no había hecho una valoración seria de su fuerza y objetivos, ni esperaba en modo alguno que iban a extenderse y apoderarse de la mayor parte del Iraq sunní. Y eso debería resultarnos algo raro porque, después de todo, ahora resulta que un buen número de líderes del EI habían estado juntos unos años antes en la prisión del ejército estadounidense en Campo Bucca.

Todo lo que tienen que hacer es ir siguiendo los sorprendidos comentarios de varios altos cargos de la administración, incluido el presidente, mientras el EI iba dejando sus huellas y declarando su califato, para entender cómo 17 agencias mal preparadas y 68.000 millones de dólares pueden dejarles abandonados cuando su mundo se pone patas arriba.

Produciendo inteligencia de baja calidad como forma de vida

De alguna forma, las extraordinarias revelaciones de Edward Snowden sobre la CIA pueden haber distorsionado nuestra visión de la inteligencia estadounidense. La pregunta, después de todo, no es muy sencilla: ¿A quién escuchaban o a quién vigilaban o de quién recogían comunicaciones? También: ¿Qué fue lo que averiguaron? ¿Qué obtuvieron de las montañas de información, de los miles de millones de bits de datos de inteligencia que fueron recopilando cada mes de determinados países (Irán, 14.000 millones; Pakistán, 13.500 millones; Jordania, 12.700 millones, etc.)? ¿Cuál era su «inteligencia»? Y la respuesta parece ser la de que, gracias al alucinante número de agencias haciendo el trabajo de inteligencia de EEUU y los yottabytes de datos que han recogido, la CI es una ciénaga sobrecargada de información, inundada de datos y de ceguera colectiva acerca de cómo funciona nuestro mundo.

Vds. podrían decir que los servicios de inteligencia estadounidenses fomentan la idea de que sólo puede conocerse el mundo en una atmósfera de montones de datos y en la penumbra del secretismo. Sin embargo, una valoración de mentalidad abierta acerca del planeta y de sus peligros aportaría sin duda mucho más a cualquier gobierno. En ese sentido, el sistema impulsado y creado desde el 11-S parece estar tan cerca de la inutilidad en cuanto a sacar provecho al dinero invertido en él como ninguno de Vds. podría imaginar. Lo que implica, a su vez, que nosotros, al estar fuera de ese sistema, deberíamos mirar con cautela las recientes y terroríficas valoraciones y exageradas «predicciones» de la CI que, al igual que las relativas al diminuto grupo terrorista Khorasan (posiblemente ficticias), llenan regularmente nuestros medios de comunicación con horripilantes imágenes de la destrucción de EEUU.

Si la eficacia de la CI posterior al 11-S se estuviera valorando según un modelo corporativo, se llegaría fácilmente a la conclusión de que habría que eliminar al menos a quince de esas agencias y pandillas de su «comunidad» y reducir a las otras dos. (Si los republicanos en el Congreso comprendieran de qué va esa maraña institucional e historial de fracasos en las agencias civiles internas, irían a por ellas con cuchillo de carnicero). Sospecho que el gobierno podría aprender mucho más sobre este planeta dedicando una pequeña suma a contratar a un grupo de observadores espabilados que sólo utilizaran información en código abierto. Por una suma ridícula, conseguirían sin duda una visión inequívocamente más procesable de cómo funciona nuestro mundo y de sus posibles peligros para los estadounidenses. En cambio, cualquier analista, espía u operativo inteligente que exista en el laberinto de esas redes de vigilancia y espionaje de EEUU se quedará seguramente ahí enterrado, mientras el sistema global produce un abanico inmenso de inteligencia de calidad ínfima.

Está claro que tener un laberinto de 17 agencias superpuestas, paramilitarizadas y profundamente herméticas haciendo versiones de lo mismo es la definición de una demencia contraproducente. No debe pues sorprendernos que lo único a lo que se parece la comunidad de la inteligencia estadounidense en estos años es al ejército de EEUU, que desde el 11-S no ha conseguido ganar una guerra ni llevar a cabo prácticamente nada de lo que tenía intención de hacer.

Por otra parte, todo lo anterior supone que el objetivo de la CI es ante todo producir una «inteligencia» eficaz que coloque a la Casa Blanca un paso por delante del resto del mundo. Sin embargo, ¿qué pasa si en realidad no es más que un sistema organizado sobre la base del fracaso? ¿Qué ocurre cuando el desastre en los resultados es para la CI otra forma de triunfo?

Quizá merezca la pena pensar en esas agencias solapadas como una maquinaria terriblemente inteligente al estilo Rube Goldberg organizada alrededor del principio de que el fracaso es el mayor de los éxitos. Después de todo, en el sistema actual que tenemos, cada fracaso de la inteligencia trata de decirnos que es necesaria más seguridad, más secretismo, más vigilancia, más espías, más aviones no tripulados; y entonces, cuando de nuevo se fracase, conseguirán más dinero para nuevas expansiones.

Tenga en mente que la versión de la inteligencia del siglo XXI empezó en medio de un fracaso catastrófico: ignorando o sencillamente despistando en el laberinto gran parte de la información crucial sobre los secuestradores y los secuestros del 11-S. Ese fracaso produjo una de las más grandes expansiones, o explosiones, de la inteligencia en la historia. (Y con todo y eso, no se despidió, ni se degradó ni se penalizó en modo alguno a ninguna autoridad del mundo de la seguridad nacional, e incluso se concedieron diversos premios, o se promocionó, a un buen número de esos altos funcionarios.) Es decir, que pueden haber sido y pueden seguir siendo un fracaso total, pero en lo que se refiere a sus presupuestos, a su poder, a su alcance, a su secretismo, a sus carreras y a su permanencia en el poder, han tenido un éxito impresionante.

Desde luego, Vds. podrían decir que el mundo es sencillamente un lugar difícil de comprender y que el futuro, con sus eternas sorpresas, es un territorio que ningún país, ningún ejército, ningún conjunto de agencias de inteligencia puede ocupar, no importa cuánto invierta en ese objetivo. La incapacidad para predecir el futuro estado de las cosas puede, en cierta forma, ser algo normal. Pero si es así, por favor, recuérdenme: ¿por qué estamos exactamente apoyando 17 versiones de recogida de inteligencia a un precio de al menos 68.000 millones de dólares al año?

Tom Engelhardt es uno de los fundadores del American Empire Proyect . Es autor de The United States of Fear y de una historia de la Guerra Fría: The End of Victory Culture . Acaba de publicar su último libro: Shadow Government: Surveillance, Secret Wars, and a Global Security State in a Single Superpower World (Haymarket Books).  

Fuente:http://www.tomdispatch.com/post/175901/tomgram%3A_engelhardt,_entering_the_intelligence_labyrinth/