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Un derroche de incoherencias

Fuentes: Stephen Leahy

Si en Tailandia se construye una granja camaronera talando bosques de manglares, se obtienen unos 8.000 dólares por hectárea. Pero la destrucción forestal y la contaminación provocarán una pérdida de ecosistemas por valor de 35.000 dólares anuales por hectárea.

Muchos políticos e importantes instituciones por el desarrollo todavía no comprenden que esta implacable explotación en busca de ganancias a corto plazo puede disparar un colapso como el de la firma Enron, pero de «Tierra Inc.», señalan expertos.

Por ejemplo, el Banco Mundial y otras agencias económicas para el desarrollo felizmente extenderían un préstamo de 100.000 dólares a un cultivador de camarones para despejar más manglares.

Todas las economías dependen del capital natural que se extiende dentro de sus tierras, aguas, bosques y arrecifes, pero a menudo los humanos los han tratado como si tuvieran poco valor o fueran inagotables.

«Hasta ahora, los humanos explotaron el capital natural para maximizar la producción de alimentos, madera, petróleo y minerales a costa del suelo, el agua y la biodiversidad», dijo a IPS Janet Ranganathan, directora de Población y Ecosistemas en el Instituto para los Recursos Mundiales (WRI, por sus siglas en inglés), con sede en Washington.

«Habitualmente, sólo unas pocas personas se benefician de esta explotación», dijo Ranganathan, coautora de un nuevo informe titulado «Restaurar el capital natural: Una agenda de acción para sostener los servicios de los ecosistemas».

Todavía peor es que esta aproximación a la naturaleza es extremadamente destructiva y cortoplacista, opinó.

Desde 1980, casi 35 por ciento de los manglares costeros del mundo fueron talados, muy a menudo para dar espacio a la acuicultura camaronera. Vietnam, por ejemplo, perdió alrededor de 80 por ciento de sus manglares costeros por operaciones de ese tipo.

Más de 280.000 personas murieron por el tsunami, causado por un sismo submarino de magnitud nueve en la escala de Richter, que se desató el 26 de diciembre de 2004 en el océano Índico. Esta catástrofe brindó amplia evidencia en cuanto a que los manglares pueden proteger o por lo menos servir de barrera a las comunidades contra los peores impactos de las grandes olas y las tormentas.

Desafortunadamente, ese particular «servicio» no es captado o valorado por el mercado, dijo Ranganathan.

El mercado tampoco valora el rol vital que juegan los manglares como hábitat para la vida marina, crucial para la salud de reservas pesqueras, o la ayuda que brindan filtrando los contaminantes que, a cambio, protegen los arrecifes de coral, otros importantes semilleros de peces.

También son ignorados los sustanciales beneficios económicos que generan al impedir la erosión de la línea costera que amenaza a muchos países como Tailandia, en algunas de cuyas áreas esa línea se retira 25 metros por año.

Los servicios de la naturaleza, tan reales como cualquier plato de camarones, simplemente quedan fuera del actual sistema económico. También son ignorados los costos ambientales y sociales de cultivar camarones, como la contaminación del agua, la degradación de la tierra y los impactos en los pescadores de la zona.

«Los estudios muestran que las granjas camaroneras en el sur de Tailandia tienen una vida útil de apenas cinco años. Si valoráramos los ecosistemas de manera adecuada, eso cambiaría el modo como tomamos decisiones en materia de desarrollo», dijo Ranganathan.

Luego de cinco años, el agua está demasiado contaminada como para cultivar camarones y esto se extiende por la costa. Tales operaciones a menudo son subsidiadas directa e indirectamente con rentas sobre la tierra, impuestos e incluso concesiones y préstamos para el desarrollo. Cuando los costos reales de la acuicultura camaronera son tomados en cuenta, su valor es de 5.443 dólares por hectárea, según un análisis.

Mientras, el valor real para la sociedad de los manglares intactos es de 35.696 dólares por hectárea.

Aunque el valor real de los ecosistemas y de los servicios que brindan a veces puede ser difícil de calcular, el hecho es que no son cero, sostuvo Ranganathan.

La ciudad de Nueva York realizó unos cálculos hace algunos años.

El agua de grifo de Nueva York nunca pasó por una planta filtradora y es considerada entre las de mejor calidad disponible en cualquier ciudad de Estados Unidos.

A fines de los 80, en vez de construir una planta de tratamiento de aguas de entre 6.000 y 8.000 millones de dólares, la ciudad decidió que era mejor y mucho más barato proteger y restaurar la fuente de su suministro hídrico, los bosques y humedales Catskill/Delaware.

El costo total fue de 1.500 millones de dólares. Y eso sin restar el considerable valor de los servicios adicionales que las áreas protegidas proporcionan en términos de recreación humana, mejor calidad aérea y secuestro de carbono.

Tristemente, este enfoque es demasiado inusual, como evidenció la Evaluación de Ecosistemas del Milenio, primera auditoría científica global del capital natural de la Tierra.

En 2005, la Evaluación de Ecosistemas del Milenio mostró que 15 de los 24 servicios de ecosistemas del mundo son degradados o usados de modo insostenible. En términos empresariales, eso significó que casi dos tercios de las divisiones examinadas de la «compañía» estén en rojo. Solamente cuatro son redituables, mientras que las otras cinco mostraron resultados combinados en lo regional.

Claramente, «Tierra Inc.» está en grandes problemas.

Las mejoras tecnológicas y la modernización no rescatarán a nuestro planeta del agotamiento del capital natural, dijo Eugene Rosa, profesor de recursos naturales y políticas ambientales en la Universidad del Estado de Washington.

Rosa y sus colegas desarrollaron un modelo científico llamado Stirpat para evaluar las interacciones humanas con el ambiente. Ellos determinaron que el capital natural continuará su aguda caída debido al crecimiento de la población y del consumo.

Incluso si las naciones cuadruplicaran su eficiencia en materia de energía y de uso de recursos, no queda suficiente capital natural intacto para continuar con los negocios como de costumbre, dijo Rosa en una entrevista.

«Éste realmente no es un resultado sorprendente, pero hubo poco debate sobre población y patrones de consumo», dijo.

Los estilos de vida norteamericano y europeo simplemente no son sustentables, agregó.

Otros análisis han expuesto la necesidad de cuatro o cinco planetas más si todos vivieran como el ciudadano estadounidense promedio.

Y no hay que olvidar que el cambio climático –causado por la emisión a la atmósfera de vastas cantidades de carbono generadas a partir de la quema de combustibles fósiles– es otro costo que tiene un importante impacto en los servicios del ecosistema.

«Lima, por ejemplo, es enteramente dependiente del agua (generada a partir) del derretimiento de glaciares», observó Jonathan Lash, presidente del WRI.

Pero «los glaciares ya no estarán dentro 20 años», dijo Lash en una declaración escrita.

Las soluciones para Lima, como un acueducto hacia el río Amazonas o construir plantas de desalinización intensivas, también son vulnerables a los cambios en el clima.

Lash urgió a centrarse en cómo el cambio climático está alterando los servicios del ecosistema.

Revertir esta compañía mal administrada y explotada, «Tierra Inc.», será una enorme tarea, que requerirá fundamentalmente de nuevos enfoques para administrar sus bienes preciosos y disminuidos «de los que depende toda la vida», concluye el informe de WRI.

Ahora la pregunta es si la humanidad está pronta y dispuesta a aceptar esos cambios fundamentales.

* Este artículo es la primera parte de una serie de tres sobre el capital natural y cómo la futura prosperidad y la equidad globales pueden lograrse a través de la preservación de los ecosistemas.