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Un viaje sin retorno, la historia de un comunista judío egipcio

Fuentes: Le Monde diplomatique

Traducido para Rebelión por Caty R.

 La editorial L’Harmattan acaba de publicar los recuerdos de Víctor Segré, Un aller sans retour L’histoire d’un Communiste Juif Egyptien (Un viaje sin retorno, la historia de un comunista judío egipcio). Este libro da testimonio de la historia olvidada, a veces oculta, de una comunidad que desempeñó un papel importante en Egipto y que fue, como se dice trivialmente, arrastrada por la historia.

Soy el autor del prólogo que publico más abajo.

Durante la presentación de esta obra en el Centro Cultural Egipcio, descubrí que Víctor Segré era tío de Iván Segré, un israelí religioso que acaba de publicar en la editorial Lignes dos obras de filosofía magistrales: Qu’appelle-t-on penser Auschwitz? (Prólogo de Alain Badiou), y La réaction philosémite. La trahison des clercs, una divertida deconstrucción del discurso «filosemita» de ciertos intelectuales franceses, de Alain Finkielkraut a Daniel Sibony, y sus intentos de restablecer el judaísmo en Occidente. Una lectura imprescindible, sobre todo porque la conspiración de silencio en torno a este trabajo es poderosa.

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«Nacidos en Egipto, ¿somos egipcios, árabes, palestinos, franceses o rusos? Esta cuestión, a veces me obsesiona». Como un hilo conductor, lo que se llama actualmente el problema de la identidad, atraviesa este libro de la memoria de Víctor Segré. Una cuestión que adquiere todavía más importancia para el autor que, nacido judío, desde muy joven se comprometió en el movimiento comunista y se convirtió en un ardiente defensor de la aspiración nacional egipcia despreciando el movimiento sionista. Pero, ¿cómo escapar de las turbulencias de la historia y, además, de sus injusticias?

Víctor nació en El Cairo en noviembre de 1926. Creció en un barrio pobre en el que convivían, codo con codo y en buena armonía, judíos, musulmanes y cristianos. Los niños jugaban juntos en las callejuelas llenas de basura y sus gritos alegraban los días. La abuela materna de Víctor había nacido en Kichinev y allí conoció a su marido, un soldado polaco. Huyendo de los pogromos -les salvó un Pope-, el abuelo y la abuela se refugiaron en Atenas antes de embarcar hacia Egipto, que se suponía floreciente. El padre de Víctor nació francés en Palestina antes de instalarse, él también, en El Cairo, donde conoció a su mujer. «Las dos familias abarcaban varias nacionalidades, francesa, rusa, besarabe, británica, italiana y finalmente nosotros, la segunda generación nacida en Egipto». ¿Y Victor? ¿Era egipcio? Ésa es la elección que marcaría la primera parte de su vida.

La despreocupación es propia de los niños, incluso si se enfrenta a la miseria, una miseria que nadie, en Egipto, podía ignorar. Y esa miseria se multiplicaba con una forma de racismo contra la cual Víctor se rebeló espontáneamente. «Recuerdo un incidente que me hizo sentir una profunda rebeldía», dice. En aquella época había dos clases en el autobús. Un día, su tío Jimmy estalló furioso: «Qué escándalo, yo viajo en primera para no estar con esos «wogs» y resulta que uno de ellos viene a sentarse a mi lado. Qué osadía, qué impertinencia». En aquella época «wog» designaba a los indígenas, es decir, a los árabes egipcios -en principio, Egipto era un país independiente desde 1922, pero en realidad Londres ejercía una férrea tutela y los «árabes» estaban considerados con desprecio por muchos extranjeros-. «»Wog», un término no sólo peyorativo, sino también degradante. No sé qué se apoderó de mí ese día. Reaccioné instintivamente. «Después de todo, ellos están en su casa, en su país. Esos autobuses son suyos, no lo olvide». Se armó un escándalo». El tío reaccionó con violencia, pero Víctor había elegido su campo, el de los oprimidos, el de los egipcios.

En ese contexto de opresión, Víctor, a pesar de su juventud, entendía perfectamente la reacción de numerosos egipcios que veían avanzar a los ejércitos del Eje en Libia y esperaban que éstos «liberasen» a Egipto del «enemigo principal», el Reino Unido.

Obviamente, los judíos tenían otra opinión, aterrorizados por el antisemitismo de Hitler. Pero el vecino de la familia, Ibrahim Effendi, les prometió esconderlos en su granja si llegaban los alemanes.

A pesar del peligro, a Víctor ni siquiera se le ocurrió la idea de ir a Palestina, y cuando se encontró con un soldado de la Brigada Judía, integrada en el ejército británico, que le explicó «Tu país es Palestina», se revolvió: «Yo nací en este país, Egipto. Egipto es mi país, ¿sabes?», le trataron como a un traidor. Y además, ¿cómo entender que alguien pretenda que «Palestina es nuestra tierra? ¿Los árabes deben irse y nosotros quedarnos en ‘nuestra tierra’, ‘nuestro país’?» Después, Víctor explicaría a uno de sus amigos de extrema izquierda: «Es la tarea y el deber de los judíos integrarse en esta lucha, la lucha contra el imperialismo, por la soberanía del país. Si no actúan así, darán la impresión de dar su apoyo a los imperialistas británicos, entonces no te extrañe si los egipcios se vuelven contra los judíos al verlos como colaboracionistas».

La guerra llegaba al clímax, los soviéticos resistían y aplastaron a los alemanes en Stalingrado, el prestigio de la URSS estaba en pleno apogeo. No es de extrañar, por lo tanto, que numerosos jóvenes se volvieran hacia el comunismo. Víctor empezó a frecuentar a los soldados británicos y comunistas. Se inició en el marxismo leyendo textos de Marx, Engels y Lenin que adquiría en la pequeña librería francesa de la plaza Soliman Pacha, propiedad de un hombre «muy amable», Henri Curiel, el hombre que dirigía el Movimiento Democrático de Liberación Nacional (MEDLN), la principal organización comunista. El movimiento comunista egipcio, que fue destruido por la represión en los años 20, se reconstruyó, pero quedó marcado por las divisiones, la fragmentación. Víctor pasó de una organización a otra, pero sus conocimientos seguían siendo muy teóricos. Sólo cuando se comprometió en una fábrica para controlar el rendimiento de la producción fue cuando recibió su primera lección práctica de «lucha de clases» de un capataz: racionalizar la producción significa más desempleo… Más tarde volvió a encontrar a ese capataz en los campos de internamiento del rey.

Los años de la posguerra estuvieron marcados por el desarrollo de un poderoso movimiento nacional contra la tutela británica, movimiento en el que se integraron los comunistas. Pero también apareció entonces la exacerbación del conflicto en Palestina, el cual permitió al rey y a los británicos «desviar» la atención de la opinión pública. La noticia de la masacre de Deir Yassin el 9 de abril de 1948 provocó violentas manifestaciones en Egipto y actos antisemitas: incendiaron la sinagoga de Darb El Barabra. Pero, globalmente, a pesar de los intentos de los Hermanos Musulmanes de volver a la población contra los judíos, esas maniobras fracasaron. Y Víctor cuenta su experiencia personal cuando, rodeado por una decena de jóvenes Hermanos, fue defendido por sus amigos del barrio a pesar de que éstos eran simpatizantes de la organización islamista.

Sin embargo, Víctor estaba preso en una espiral incontrolable: «Los árabes no sólo no tenían ningún odio, sino que tampoco manifestaban ninguna forma de discriminación racista hacia los judíos de Egipto. Pero a causa de los sucesos que se desarrollaban en Palestina, los ataques a los pueblos árabes, la adquisición de tierras palestinas por las organizaciones internacionales judías, todos estos factores no hacían más que atizar el fuego en los países árabes. Tenían lugar manifestaciones masivas contra los sionistas que conllevaban una gran oleada de antisemitismo». La creación por parte de los comunistas de una Liga judía contra el sionismo no consiguió revertir la tendencia.

El 15 de mayo de 1948, tras la proclamación del Estado de Israel, Egipto, junto con otros países árabes, entró en guerra. En ese momento una ola de detenciones golpeó a los comunistas (y también a los sionistas) culpables de oponerse a la guerra y, siguiendo a la Unión soviética, de haber aceptado el plan de partición de Palestina.

Entonces comenzaron las largas estancias en las cárceles y después en el campo de Huckstep, en el desierto. Para Víctor, la prisión duraría más de un año, pero lo que aprendió, sobre todo, fue la organización, la amistad, la solidaridad que soldaba una comunidad. Las huelgas de hambre permitieron mejorar la suerte cotidiana. Y se cruzó con personajes improbables, salteadores de caminos, auténticos provocadores o falsos espías.

Para Víctor fue también el regreso de la pregunta punzante, la de la identidad, la de las posibilidades de los «extranjeros» (judíos o no) de integrarse en la sociedad egipcia. «¿Huir en vez de integrarnos en la sociedad egipcia? ¿Integrarnos o asimilarnos? Las cuestiones de principio sobre las que no llegamos a ponernos de acuerdo y ver con claridad. ¿Seremos siempre extranjeros en ese país donde nacimos? ¿En el que hemos heredado los hábitos y la cultura, una forma de vivir? ¿Podremos hacernos a la idea de que en realidad somos extranjeros en nuestro propio país, en nuestra tierra natal?»

En 1949, cuando Víctor supo que le iban a expulsar, inició una huelga de hambre. En una carta proclamó su compromiso con el comunismo, «Que lo único que he hecho ha sido ayudar a las fuerzas democráticas del país a luchar contra la vergonzosa explotación del pueblo egipcio. Que esa ayuda, aunque modesta, era mi contribución personal a esa lucha, a la lucha del pueblo con el que crecí, compartí el pan y el agua del Nilo». Le llevaron a Alejandría y allí le embarcaron, en un barco en ruta hacia Italia, con otros judíos de los cuales algunos fueron a Israel, ya que no tenían otro paradero. Víctor, fiel a sus convicciones, rechazó la elección sionista y se instaló en Francia, la segunda patria de muchos de esos extranjeros nacidos en Egipto que habían crecido rodeados de cultura francesa, a la sombra de la Revolución Francesa, de Víctor Hugo y de la Comuna de París…

Al cerrar el libro es imposible no sentirse impregnado de tristeza y nostalgia. Esencialmente, las comunidades judías «extranjeras» han desaparecido de Egipto y los países árabes. La historia los llevó, a menudo contra su voluntad. Sin embargo, esa partida ha supuesto una terrible pérdida para Oriente Próximo, para su desarrollo y su cultura. Y se puede soñar, pensando en Sudáfrica y la lucha del Congreso Nacional Africano (CNA) y de los comunistas sudafricanos por una Sudáfrica «Arco Iris» donde coexisten blancos y negros, en qué se habría convertido el mundo árabe si todos esos «minoritarios» que se identificaban con esos pueblos, con sus culturas y con sus luchas, hubieran tenido la oportunidad de quedarse…

Fuente: http://blog.mondediplo.net/2009-12-11-Un-aller-sans-retour-l-histoire-d-un-communiste

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