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Ya no hay dudas: la compañía miente y la central está fuera de control

Fuentes: El Confidencial

Se acabaron las medias tintas. Sí, hay motivos para la alarma. Si teníamos alguna duda, el primer ministro del Japón, con su ya famosa y lapidaria declaración, nos ha sacado de dudas. Entonces… ¿Ahora, qué? La información proporcionada por la compañía no ha sido fiable y me imagino que en su momento se delimitarán responsabilidades. […]

Se acabaron las medias tintas. Sí, hay motivos para la alarma. Si teníamos alguna duda, el primer ministro del Japón, con su ya famosa y lapidaria declaración, nos ha sacado de dudas. Entonces… ¿Ahora, qué?

La información proporcionada por la compañía no ha sido fiable y me imagino que en su momento se delimitarán responsabilidades. Alguno podrá decir que en una situación así los responsables de la central tienen cosas más importantes que hacer que decir lo que pasa. Craso error. Cualquier instalación compleja y potencialmente peligrosa existen los llamados planes de contingencia. En ellos, si se elaboran correctamente, se definen los roles de cada individuo, y los procesos de toma de decisiones en caso de accidentes o situaciones anormales: protocolos, sistemas de información y coordinación con las autoridades, etc.

Por otro lado, se simulan previamente y de manera exhaustiva todos los posibles conflictos y se realizan ejercicios prácticos de entrenamiento. En el caso de la comunicación, las compañías más avanzadas incluso contratan durante las simulaciones a periodistas con barra libre para preguntar lo que deseen y pongan conscientemente en aprietos a los directivos de la central, para que estos se fogueen y sepan contestar adecuadamente en una situación caótica real.

Respecto a las respuestas a dar, aunque la realidad es siempre más terca que la teoría, se simulan los escenarios más catastróficos, e incluso se elaboran guiones, con el fin de que los responsables de la comunicación y coordinación del desastre tengan una guía en la que basarse y no necesiten improvisar. Porque bastante trabajo tendrán en tratar entender y valorar lo que está pasando.

Desgraciadamente, estos preparativos son costosos y complicados. Lo único que hacen es reventar los ratios financieros y restar beneficios a la cuenta de resultados. Y disminuir la «productividad». Porque la seguridad no se ve ni se valora hasta que la fatalidad aparece. Con lo que muchas compañías y los reguladores, habitualmente no tan independientes como deberían ser, se dedican a mantener contentos a gobiernos y opinión pública. Y parece que las centrales nucleares japonesas no han sido una excepción. Desgraciadamente, ¿no era terremoto + tsunami un escenario más que probable en Japón?

La central está fuera de control. Como en Chernóbil, hay unos héroes a los que ni los japoneses ni el resto de nosotros jamás podremos agradecer lo que están haciendo. Y que se enfrentan a dos problemas diferenciados.

Problema uno

Los núcleos y sistemas de contención de los reactores han cedido y tendrán abundantes grietas y fisuras. Por un lado están provocando emisiones radiactivas al exterior. Por otro, en vista de que la refrigeración está fallando y que la fusión de los núcleos ha comenzado, habrá que valorar el peor de los escenarios, la fusión total. Porque se crearía amalgama de combustible, vainas, acero y hormigón, unas brasas a altísima temperatura, que podrían hacer ceder los suelos y cimientos de la central.

Hay expertos que dicen que la central aguantará. Y otros que no. Yo no lo sé. Pero vistos los antecedentes, hay que prever el peor de los desenlaces. Porque si cede, y la amalgama nuclear se desparrama por el terreno, podría llegar fácilmente al mar. Y si esto ocurre, la parte positiva es que el agua contiene la radiación, con lo que las emisiones a la atmósfera disminuirían más rápidamente, para demagogia de algunos.

La parte más trágica es que pasaríamos de tener un problema localizado a otro disperso y más difícil de controlar y contener. Ya que la materia derramada, ya fría aunque todavía radiactiva, se podría llegar a esparcir por los mares. ¿Las consecuencias? Imprevisibles. Nunca hasta ahora ha pasado. En Chernóbil buena parte del problema radioactivo voló en la explosión y se dispersó por toda Europa, aunque no había ningún mar cerca.

En primer lugar, si no se toman medidas que eviten la dispersión en los mares y se recoge todo en los primeros momentos, los peces y animales marinos podrían ingerir a lo largo de los años estas sustancias y transmitirse a la cadena trófica. Y los peces tienen la manía de viajar continuamente.

Es por eso que el gobierno japonés, a la vez que continúa con todas las medidas desesperadas que estamos contemplando, pone en marcha rápidamente (se necesitan abundantes medios y tiempo para realizar los preparativos) los mecanismos adecuados de sepultura y confinamiento de la masa radiactiva, previendo, esta vez sí, el peor escenario posible.

Respecto a una posible explosión y que las brasas salgan volando por los aires, parece que todos los expertos están de acuerdo en que esto no ocurrirá, debido a la existencia de los sistemas de blindaje primario, por muy debilitados que estén. En el caso de Chernóbil estos no existían. Enterremos al cisne negro.

Problema dos

El segundo problema es el causado por los residuos radiactivos alojados en las piscinas situadas en las alturas de los edificios que contienen los reactores. Hasta hace poco se ha ignorado su peligrosidad. Al estar en un lugar más elevado, su refrigeración se ha vuelto labor épica. Probablemente ese sea el destino del agua de los helicópteros, porque los reactores necesitan bastante más flujo que un ligero baño de acuática brisa salina.

Al carecer las piscinas de contenciones, sus problemas y sus soluciones serán distintos a los de los reactores. Y sus efectos irán previsiblemente directos a la atmósfera. Si se produjese alguna explosión cercana, por cualquier causa, los residuos sí podrían esparcirse.

Siguientes pasos

Esperemos que la compañía y las autoridades, a pesar de la falta de transparencia previa, hayan aprendido la lección. Que hayan valorado, y se estén preparando, para el desenlace peor posible. Y que estén ya en marcha los ingentes preparativos para el día después. Para sepultar los cadáveres atómicos y conseguir que cese la radioactividad a la atmósfera cuanto antes. Una vez más, habrá que descubrirse ante los trabajadores que realicen tan penosa y venenosa labor.

Esperemos también que a partir de ahora las autoridades no tengan miedo a contar la verdad, por muy trágica sea. A estas alturas los ciudadanos, y más aún los japoneses, ya están curados de espanto. Y no son tan idiotas como a ellos les gustaría. Estoy seguro que si la población tiene la información adecuada y conoce los riesgos reales, se comportarán de manera ejemplar, como hasta ahora lo están haciendo.

No hay nada que más preocupe a los mercados y a la población que la improvisación y la falta de información. Ahora mismo el mundo tiene la sensación de que la situación está fuera de control. Un plan adecuado y una comunicación responsable y eficiente ayudarán a que las cosas vuelvan a la normalidad, por muy trágicas que sean las consecuencias. Los japoneses, en su desgracia, ya lo tienen asumido. Y a los demás no nos queda más remedio.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.