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4 de diciembre, 39 años después

Fuentes: Diario de Sevilla

Han transcurrido treinta y nueve años desde aquel 4 de diciembre de 1977 en que cientos de miles de andaluces salimos a las calles, bajo una sola bandera -la verde, blanca y verde-, para hacer ver que existíamos como pueblo y exigir instrumentos políticos propios con los que encarar los gravísimos problemas que sufríamos: paro, […]

Han transcurrido treinta y nueve años desde aquel 4 de diciembre de 1977 en que cientos de miles de andaluces salimos a las calles, bajo una sola bandera -la verde, blanca y verde-, para hacer ver que existíamos como pueblo y exigir instrumentos políticos propios con los que encarar los gravísimos problemas que sufríamos: paro, pobreza, emigración, baja calidad de la educación… Muy pocos conocían que casi cien años antes, en 1883, se había presentado en Antequera un proyecto de Constitución en el que se definía a Andalucía como «soberana y autónoma», organizada «en una democracia republicana», y se planteaba su construcción política de abajo arriba, a partir de los municipios y cantones (comarcas) con arreglo a un modelo confederal. Pocos, también, sabían quién había sido Blas Infante ni que el golpe militar-fascista de 1936 se había llevado por delante, entre otras muchas cosas, la Autonomía andaluza prevista para antes del final de aquel año.

Si hubiéramos preguntado aquella mañana qué se entendía por «autonomía», las respuestas habrían sido múltiples pero con un denominador común: instrumentos en nuestras manos eficaces para poder cambiar las cosas. Ésa fue la aspiración que ilusionó a la mayoría social andaluza y que hizo posible, algo más de dos años después, el triunfo -que era prácticamente inviable por las condiciones bajo las que tuvo lugar- en el referéndum de iniciativa autonómica del 28 de febrero del 80. Esa ilusión fue la que pronto se frustraría, convirtiéndose en desencanto, ante las muy limitadas competencias del Estatuto que consensuaron los cuatro partidos parlamentarios -PSOE, UCD, PCE y PA- y por la falta de voluntad política para construir un régimen político autonómico por parte del que ha venido gobernando ininterrumpidamente hasta hoy, el PSOE, en ocasiones con la muleta de partidos bisagra como fueron primero PA, luego IU y ahora Ciudadanos. En lugar de construir ese régimen autonómico, lo que edificó fue un régimen político unipartidista y clientelar, propenso a prácticas corruptas, sobre el modelo del PRI mexicano, que ha extendido sus tentáculos no sólo en el ámbito de las instituciones políticas sino en todos los de la sociedad civil, perpetuando la dependencia económica, la subalternidad política y la alineación cultural cuya eliminación debía ser precisamente el objetivo de la autonomía.

Podría afirmarse que el 4-D fue pronto robado a los andaluces, eliminándolo como Día de Andalucía para intentar borrarlo de la memoria colectiva y sustituyéndolo por el 28-F, que ha venido siendo una simple excusa para repartir medallas y dar a los niños en las escuelas públicas, el día antes, su anual ración de «andalucismo» consistente sólo en pan con aceite para el desayuno. Como fueron vaciados de contenidos reivindicativos nuestro himno, nuestra bandera y el propio Blas Infante, convertido en una especie de santón laico que puede ser impunemente invocado incluso por los herederos ideológicos de quienes lo fusilaron.

Tras casi cuarenta años de «autonomía», Andalucía está hoy, a nivel comparativo, en el mismo sitio que estaba antes de instaurarse ésta: encabezando todos los índices de desempleo, pobreza, emigración, baja inversión por habitante en educación, sanidad y vivienda… Nuestro territorio está más esquilmado y militarizado y nuestro patrimonio, natural y cultural, más mercantilizado y amenazado que entonces. Lejos de responder a un «nuevo modelo productivo», como nos dicen, nuestra economía está centrada en el extractivismo minero, en una agricultura insostenible ecológica y socialmente y en el monocultivo turístico: tres funciones caracterizadoras de una colonia. Y utilizando mecanismos institucionales -el sistema educativo, la televisión pública y otros- han conseguido que descienda enormemente la conciencia sobre lo que somos, de por qué somos como somos y la capacidad de lucha para acercarnos a lo que queremos ser colectivamente.

Un pueblo, el andaluz, que asombró -y asustó- a los poderes dominantes en la llamada Transición política, está hoy anestesiado y con el pulso débil. Pero, como está vivo, despertará cuando se autorreconozca, recupere la ilusión y luche por sí, impidiendo que nadie hable en su nombre. Cada quien debería reflexionar, este 4 de diciembre, sobre cuál debe ser su papel en conseguirlo.

Isidoro Moreno. Catedrático Emérito de Antropología Social.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.