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Obama ya tiene su propia guerra (I)

Fuentes: Viento Sur

Parecía raro que un presidente estadounidense completara dos mandatos sin haber iniciado una nueva guerra. Es parte del historial que se le supone a todo inquilino de la Casa Blanca. Los biógrafos oficiales esperaban pacientes, Barack Obama no podía defraudar. Pero el primer presidente afroamericano de EEUU parecía empeñado en no rellenar la casilla de […]

Parecía raro que un presidente estadounidense completara dos mandatos sin haber iniciado una nueva guerra. Es parte del historial que se le supone a todo inquilino de la Casa Blanca. Los biógrafos oficiales esperaban pacientes, Barack Obama no podía defraudar.

Pero el primer presidente afroamericano de EEUU parecía empeñado en no rellenar la casilla de conflictos bélicos de su currículum. Ya había completado un primer mandato y estaba casi a la mitad del segundo, y nada. No sólo no había iniciado su propia guerra sino que incluso se obstinaba en tratar de cerrar de cualquier forma y de prisa las que había heredado de su predecesor, el belicoso George W. Bush.

Una vez que constató que las guerras de Afganistán e Irak eran un desastre político, económico y militar, que EEUU no había logrado como pretendía dejar al frente de esos países a gobiernos estables y dóciles dispuestos a quedar bajo su órbita y servirle de plataforma para preparar el asalto de otros países díscolos de la región como Irán o Siria, Obama aceleró la retirada de sus tropas.

Esos fracasos habían tenido también como consecuencia que opciones como la yihad -perdón, cruzada- como la que lanzó Bush tras el 11-S invocando a Dios y convocando a «la batalla del Bien contra el Mal», ya no hacían subir como la espuma los índices de popularidad del presidente de turno.

En el caso de Bush, tenía el 51 % de popularidad el 10 de septiembre de 2001 y el 90% tras los atentados, pero ese recurso ya no funcionaba. Después de tantos años de guerra, más de 6.000 muertos propios -y más de 30.000 con heridas graves y mutilaciones- sin conseguir los jugosos resultados esperados, la guerra ya no vendía.

Los estadounidenses estaban más preocupados por la crisis económica que por salvar el mundo.

A pesar de que la popularidad de Obama viene cayendo en picado estrepitosamente tras su incumplimiento sistemático de las formas y cambios prometidos, no creía que en los dos años que le quedan de mandato pudiera remontar en las encuestas recurriendo como es tradicional al patriotismo y a las nuevas cruzadas planetarias.

Pero, finalmente, Obama, que heredó las guerras de Afganistán e Irak, va a legar a su sucesor una más, Siria… y lo que siga tras ella. Los electores han vuelto a cambiar de opinión. Las últimas encuestas muestran que más de un 70% apoya ahora la extensión de la guerra contra el Estado Islámico. Ya pocos se acuerdan de Al Qaeda, aunque existe, tiene ramas muy fuertes y acaba de abrir un nuevo frente en India.

Pero ahora el objetivo es el Estado Islámico, es el nuevo enemigo número uno de EEUU. Muchos se extrañaban de que no lo fuera desde hace tiempo

«El Estado Islámico de Irak y el Levante y grupos de ese tipo son una suerte de ‘JV Team.'». Esas fueron las palabras que dijo Barack Obama en una entrevista a The New Yorker el pasado 27 de enero. El presidente estadounidense acostumbra hacer ese tipo de analogías deportivas. ‘Junior Varsity Team’ hace referencia en términos deportivos generalmente a equipos juveniles de baloncesto o fútbol. En lenguaje político, un calificativo despreciativo.

«¿Sigue pensando que el EIIL es un ‘JV Team’?», le preguntó en otra entrevista meses después, el pasado 7 de septiembre, Chuck Todd, el presentador del programa Meet the Press’de la NBC. «¿Fue un error de la Inteligencia o una subestimación suya?».

El EIIL, ya rebautizado en el momento de la segunda entrevista como Estado Islámico (EI) a secas, había degollado para entonces a cientos de personas en Irak y Siria y decapitado al periodista estadounidense James Foley, ejecución que provocó tanta sorpresa y shock como provocó Al Qaeda con el 11-S en 2001.

A Al Qaeda tampoco la conocía la opinión pública, pero sí la CIA, si el Gobierno de Bush ‘junior’ y su predecesor, el de Bill Clinton.

En su descargo, Obama dijo a Todd que en aquella entrevista de enero se había referido a la infinidad de grupúsculos que actuaban en Oriente Medio, y no en particular al EIIL. Sin embargo el periodista de The New Yorker le había preguntado específicamente por esa organización, y la entrevista tuvo lugar después de que el EIIL lanzara una de sus primeras grandes ofensivas en Irak, tomando por asalto una ciudad importante como Faluya, cercana a Bagdad, donde declaraba creado un «Estado islámico» y cuando ya libraba igualmente duras batallas en Siria.

El 10 de septiembre pasado, en vísperas del 13º aniversario del 11-S, el discurso del presidente era otro: «Nuestro objetivo es claro: vamos a degradar y en última instancia destruir al EI a través de una estrategia integral y sostenida de lucha contra el terrorismo».

En su discurso el presidente anunció que los ataques ya no se circunscribirán a las fuerzas yihadistas en Irak sino también en Siria.

El precedente de Al Qaeda y el 11-S

Obama sigue improvisando. Sólo pocos días atrás era criticado duramente por políticos y medios de comunicación tras reconocer que «todavía» no tenía una estrategia para combatir al EI. Ahora por lo visto la tiene, y quiere acelerar la formación de una coalición internacional variopinta para acabar con él.

Pareciera repetirse así lo que sucedió con los atentados del 11-S. La sorpresa y conmoción ante aquellos atentados fue tan grande a nivel mundial que todos esperaban que el Gobierno Bush dijera algo, que explicara, como ahora con el EI, cuál era esa organización terrorista desconocida capaz de llevar a cabo atentados de esa envergadura, sin precedente alguno. No se les había alertado sobre ella hasta ese momento.

Y la Administración Bush tardó muy poco en explicar que una organización llamada Al Qaeda estaba detrás de los mismos. Y aportó los datos que la CIA tenía sobre ella, que la dirigía Osama bin Laden, quiénes eran sus lugartenientes y qué atentados había cometido en el mundo desde 1992, desde solo tres años después de que se acabara la guerra de Afganistán contra las tropas soviéticas, y los más de 100.000 muyaidin que combatieron contra ellas financiados y armados por EEUU, Reino Unido, Francia, Arabia Saudí, Marruecos y otros países, decidieran seguir por su cuenta su combate a nivel mundial contra los infieles.

El propio Osama bin Laden explicaba pocas semanas después del 11-S en una entrevista concedida a Tayseer Alouni, de la cadena Al Yazira, de dónde había salido el nombre de la organización.

«Es muy simple», le decía Bin Laden, «empezamos a llamar Al Qaeda (La Base en árabe) a los primeros campos de entrenamiento que montó Abu Ubaidah al-Banshiri (cofundador del grupo) para nuestros muyaidin contra el terrorismo de la Unión Soviética. Luego se generalizaría el uso de Al Qaeda y quedaría como nuestro nombre».

Esos campos de entrenamiento, esos ‘Al Qaeda’, buena parte de ellos situados en zonas pastún de Pakistán fronterizas con Afganistán -donde esa organización sigue teniendo sus bastiones después de casi dos décadas- fue donde instructores estadounidenses y británicos adiestraban militarmente a los muyaidin antes de que traspasaran la frontera para combatir contra las tropas soviéticas.

Todas aquellas armas suministradas por EEUU y sus aliados, fusiles de asalto, lanzagranadas, morteros y RPG (lanzamisiles personal), quedaron en manos de los muyaidin, la mayoría de ellos aglutinados luego en Al Qaeda, pero también se apoderarían de piezas de artillería pesada, blindados y sistemas de comunicación de las tropas soviéticas capturados en el campo de batalla antes de su retirada en 1989.

Bin Laden no volvió sus armas contra EEUU por primera vez con los atentados del 11-S de 2001. Lo hizo mucho antes. El líder máximo de Al Qaeda intentaba evitar que todos los muyaidin se dispersaran y volvieran a sus países de origen, a Arabia Saudí, Yemen, Emiratos Arabes, Marruecos, Argelia, Sudán, Chechenia, a la región uigur de China y otros países, antes de que se constituyera una verdadera red yihadista de carácter internacional.

Necesitaba consolidar su liderazgo, ser reconocido por su papel protagónico en la cúspide de esa gran red que se había tejido alrededor de los veteranos de Afganistán, y para ello necesitaba golpear al gran Satán, a EEUU. Y lo hizo en su propio territorio, en el corazón del imperio.

Desde la formación de Al Qaeda hasta el 11-S esa organización realizó numerosos ataques letales contra intereses estadounidenses, como lo recordó en su comunicado la Casa Blanca horas después de los atentados de 2001.

Había atentado contra las tropas estadounidenses en Yemen en 1992 y en 1993 en Somalia; atentó contra el World Trade Center en 1993; intentó asesinar al Papa en 1994 durante su visita a Manila; intentó en 1995 derribar diez aviones comerciales en vuelo sobre el Pacífico; provocó numerosos muertos al atacar las embajadas de EEUU en Kenia y Tanzania, y destruyó en 2000 el destructor USS Cole frente a las costas de Yemen.

A pesar de ello hasta 1999 el Departamento de Estado no incluyó a Al Qaeda en su relación de organizaciones terroristas de todo el mundo que actualiza anualmente y la opinión pública desconocía su existencia.

¿La explicación? En la época en que se produjeron los atentados del 11-S, Al Qaeda tenía sus principales bases en Afganistán, por invitación del Gobierno talibán.

Y Estados Unidos no se resignaba todavía a no poder cerrar con los talibán importantes acuerdos energéticos, razón por la que una delegación de Kabul, que incluía al responsable del Comando Supremo -Ejecutivo-, el mulá Omar, había viajado a Texas para negociar con Unocal, una de las multinacionales de energía más poderosas de EEUU.

El régimen talibán era entonces reconocido solo por tres países, Arabia Saudí, Pakistán y Emiratos Arabes, tres importantes aliados de EEUU.

Sólo después del 11-S Estados Unidos decidió atacar las bases de Al Qaeda y al régimen talibán al negarse a entregarle a los líderes de Al Qaeda.

Pocos meses después, EEUU presionaba hasta conseguir que se nombrara como presidente de Afganistán a Hamid Karzai… un ex ejecutivo de Unocal. Los intereses que preocupaban a EEUU quedaban así asegurados.

¿Alguna similitud con lo que sucedió hasta ahora con el Estado Islámico?

¿Por qué el presidente consideraba un JV Team a semejante grupo terrorista, cuando la CIA conocía bien su origen en 2003 y siguió toda su y evolución de esta organización desde hace años.

El ‘califa Ibrahim’, detenido en una base iraquí donde actuaban los militares españoles

La CIA tuvo hace una década en sus manos al mismísimo ‘califa Ibrahim’. El hombre que se autoproclamó hace pocos meses «califa» del también autoproclamado «Estado» no es otro que Awwad Ibrahim ali al-Badri al.Samarrai, alias Abu Bakr Bahdadi, quien fue capturado por las tropas estadounidenses en Irak en 2004 y al que tuvieron detenido en Camp Bucca.

En esa base militar, una de las tantas donde las tropas iraquíes, estadounidenses y de otros países torturaban sistemáticamente a los prisioneros con total impunidad, el servicio médico estuvo a cargo de una unidad sanitaria del Escalón Médico Avanzado del Ejército español, hasta que José Luis Rodríguez Zapatero decidió retirar las tropas a su llegada al poder.

Esto es lo que declaró un militar español en mayo de 2004 a Carlos Segovia, de El Mundo sobre aquella experiencia: «Veíamos muchas contusiones, fracturas y entradas de bala pero nunca supimos su origen. Siempre nos decían que los iraquíes se peleaban mucho entre ellos; tratamos a los prisioneros lo mejor que pudimos. No les prestábamos ayuda psicológica, por lo que no pudimos saber si hubo vejaciones o humillaciones a los iraquíes».

Es poco verosímil que no supieran lo que pasaba con los prisioneros. Fueron varios los corresponsales de guerra españoles que recogieron testimonios de prisioneros torturados por militares españoles.

De aquella época data también el vídeo ( http://politica.elpais.com/politica/2013/03/15/actualidad/1363371190_083683.html ) que muestra a varios militares españoles torturando a prisioneros iraquíes. Fue grabado en la principal base con la que contaban las tropas enviadas por José María Aznar, situada en la localidad de Diwaniyah.

El actual califa Ibrahim fue interrogado y torturado en Camp Bucca por agentes de la CIA, pero finalmente fue liberado tras ser considerado de «escaso valor».

Como tantos otros prisioneros islamistas que pasaron por la tortura, se radicalizó, y poco después se incorporaría a uno de los principales grupos yihadistas suníes que se habían formado en Irak tras la invasión de EEUU en 2003, el Yama’at al-Tawhid wal-Yihad, ligado a Al Qaeda y dirigido por Abu Musab al Zarqaui. Tras la muerte de este lo sucedió Rashid al Baghdadi, período en el que empezó a expandirse por varias provincias.

A partir de 2006 se lo conoció como Al Qaeda en Irak (AQI) pero Rashid al Baghdadi lo renombró como Estado Islámico de Irak (EII) cuando fue ganando cierta independencia y hasta intentó ya entonces autoproclamar un «emirato».

Ese líder yihadista también sería abatido y fue entonces, en 2010, cuando el hoy califa se convirtió en su líder máximo y aunque todavía entonces supervisado por la dirección de Al Qaeda hizo que su organización diera en poco tiempo un salto espectacular, convirtiéndose en la principal protagonista del campo insurgente suní que combatía al autoritario régimen del chií Nuri al Maliki, aupado en su momento por EEUU y que terminara convirtiéndose paradójicamente en gran aliado de Irán.

‘Baghdadi’, el líder del EII -el mismo nombre de su predecesor-, no se contentó con ir ganando cada vez más posiciones en Irak, sino que decidió ampliar sus operaciones a Siria, donde numerosas milicias venían combatiendo al régimen de Bachar al Assad.

Su grupo volvió a cambiar de nombre, se transformó en EIIL, Estado Islámico de Irak y Levante (Siria). Inicialmente sus hombres combatían junto con los milicianos del Frente al Nusra, ligado a Al Qaeda, pero cada vez se autonomizaba más de los planes de esa organización y se trazaba sus propios objetivos militares.

Su irrupción en el escenario bélico sirio provocó una verdadera tormenta en el frente opositor. Su intolerancia religiosa, su visión ultra de la corriente neosalafista le llevó a desatar una cruenta guerra sectaria contra la mayoría de los otros grupos armados de la oposición, extendiéndola incluso a la población civil. La comunidad cristiana y kurda fue atacada por las milicias del EII brutalmente, al igual que las comunidades musulmanas que resistían sus órdenes en las poblaciones que caían bajo su control.

Muchas de las armas y equipos de comunicación que EEUU, Reino Unido y Francia enviaban a grupos opositores terminaban poco después en manos del EIIL, por las deserciones en las filas de esos grupos de hombres que se pasaban a esta organización, o porque eran arrebatadas en el campo de batalla una vez se extendió la guerra sectaria.

Paralelamente, países como Arabia Saudí y Qatar armaban por su cuenta de forma nada disimulada a distintas brigadas yihadistas, entre ellas al Frente al Nusra y el EIIL, mientras Turquía les daba paso libre a través de su frontera. Todos querían alimentar a una oposición cada vez más fuerte al régimen de Al Assad, interesados en minar su poder y con ello el poder y la influencia de Irán y Rusia en la región. Volvía a repetirse el apoyo que se dio a los yihadistas en Afganistán en los años ’80, cuando el gran enemigo común era la URSS.

El efecto imán de proclamar el «califato islámico»

La dirección de Al Qaeda daba en abril de 2013 un ultimátum al EIIL para que se retirara de Siria y reafirmaba su apoyo al Frente al Nusra, pero Baghdadi desobedeció las órdenes del egipcio Ayman al-Zawahiri, el sucesor de Bin Laden, seguro de poder ser en poco tiempo más poderoso que la propia Al Qaeda.

El EIIL -ISIS en sus siglas en inglés- pasó a conquistar cada vez más terreno tanto en Siria como en Irak, llegando ya en 2014 a controlar una tercera parte del territorio sirio y una cuarta parte del iraquí. Y en junio daría un salto que hasta ese momento parecía impensable, pasaba a controlar amplias zonas del noreste de Siria, incluidos los pasos fronterizos con Irak, momento elegido por Baghdadi para volver a cambiar el nombre de su organización por el de Estado Islámico a secas.

No era una decisión arbitraria, quería que todo el mundo se refiriera ya a su organización como el «Estado Islámico», como un nuevo estado donde se asienta el germen de un califato que él dirige. Y Baghdadi se autoproclamó así «califa Ibrahim», exigiendo obediencia y sumisión a todos los musulmanes del mundo.

El efecto de esta medida no se hizo esperar. Su aceitado aparato mediático se ocupó de difundir a través de vídeos, fotografías y artículos en distintos idiomas la fuerza de su «Estado». Más de cinco millones de personas de Irak y Siria viven ya en ciudades y poblaciones controladas por el EI, a pesar de las cientos de miles que huyeron ante sus arrolladoras ofensivas.

La Administración pública de esos territorios ha quedado bajo su control; son ellos los que supervisan la recaudación de impuestos, los que han pasado a gestionar los bancos, los que han reemplazado los tribunales de Justicia por otros tribunales regidos por la sharia; han establecido patrullas callejeras controlando que se apliquen a rajatabla sus normas rigoristas en costumbres e indumentaria, imponiendo su concepción ultra machista, generalizando la ablación entre las niñas y jóvenes y recortando aún más todo derecho de las mujeres.

Su control de importantes instalaciones petrolíferas le permite el contrabando diario de petróleo a través de la frontera turca, con lo que su poder económico cada vez es mayor.

Controla los medios de comunicación de todas las zonas que ocupa, a los que utilizan con gran eficacia para seguir atrayendo islamistas de todo el mundo a su califato.

La CIA asegura que el EI tiene unos 31.000 combatientes en total, pero el Observatorio de Derechos Humanos de Siria fija la cifra en 50.000 milicianos en Siria y 30.000 en Irak y que más de 20.000 son extranjeros. Al menos 3.000 de ellos occidentales, mayoritariamente europeos.

Los servicios de Inteligencia temen que si el califato logra mantenerse y expandirse aún más, el efecto imán que tendrá sobre miles y miles de potenciales yihadistas del mundo entero puede ser muy superior al que se consiguió en la guerra de Afganistán de los ’80.

¿Por qué Obama, de forma similar a lo que hizo Bush con Al Qaeda en 2001, calificó al EI de simple JV Team hasta pocos meses atrás?

¿La decisión de cambiar de postura y organizar una respuesta militar que puede implicar una expansión aún mucho mayor de la guerra, se tomó sólo porque el EI comenzó a decapitar rehenes estadounidenses, o fundamentalmente porque su accionar traspasó líneas rojas que por primera vez ponían en riesgo los intereses de EEUU y sus aliados en la región?

Roberto Montoya, periodista especializado en política internacional, es miembro del Consejo Asesor de Viento Sur. Su último libro es Drones: la muerte por control remoto (AKAL, 2014).

Fuente: http://vientosur.info/spip.php?article9397