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Reseña

«Sin transición: una nueva historia de la energía»

Fuentes: 15-15-15 [Imagen: Montaje de Casdeiro a partir de un texto promocional en la edición original francesa del libr]

Cuando desde entornos progresistas casi todo el mundo confía en una transición energética hacia las renovables de alta tecnología como la solución infalible para evitar los futuros climáticos más horrendos, ¿llega un historiador francés aguafiestas a poner en entredicho esta creencia?

Jean-Baptiste Fressoz es especialista en historia de la ciencia, la tecnología y el medio ambiente, y una de las voces más destacadas en el debate sobre el Antropoceno. Vinculado a instituciones como el Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia, su trabajo más reciente se centra en cuestionar los relatos tradicionales del progreso energético. Su primera obra de gran impacto internacional fue L’événement Anthropocène (2013), escrita junto a Christophe Bonneuil, donde ambos replantean la relación entre la humanidad y la historia ambiental.

En su nuevo libro, Sin transición (traducción de Daniel Esteban Sanzol para Arpa Editores, 2025), Fressoz nos presenta un enfoque de la historia energética que desafía el consenso hoy predominante. Crítico de la idea de transición energética, el aceleracionismo y los enfoques monoenergéticos, postula y defiende la tesis de simbiosis y acumulación energética, explicando «hasta qué punto todas las fuentes de energías primarias se han desarrollado juntas y por qué motivo, lejos de sustituirse unas a otras, se han ido acumulando» (p. 17). El libro comienza con una mordaz crítica a William Nordhaus y Paul Romer, ganadores del llamado premio Nobel de Economía en 2018. En contra de su propuesta de innovación tecnológica para lidiar con el cambio climático, fundamentada en la idea de «destrucción creativa» sobre la que se fundamenta la «historia fasista» (esto es, la historia planteada como una sucesión de fases entrelazadas mediante transiciones), Fressoz recorre el mismo campo de estudio de los galardonados demostrando que «la «destrucción creativa» no ha destruido finalmente nada en términos de consumo material» (p. 37). Por ello, afirma Fressoz, «el premio Nobel de 2018 ilustra la obsolescencia de la ideología modernista de los economistas del clima» (p. 51), necesitándose en consecuencia una revisión de la historia energética como la realizada en este libro para enfrentar efectivamente el cambio climático.

Sin transición. Una nueva historia de la energía

En el segundo capítulo argumenta contra el materialismo fasista, señalando tres razones para explicar el encaprichamiento intelectual por estos tópicos: la influencia de la geología y la prehistoria, la utilidad del fasismo para una «interpretación burguesa de la historia» (p. 57) y la futurología del agotamiento de recursos. Influenciadas por estas ideas, en el siglo XX múltiples ideologías políticas postularon una época de la electricidad que solventaría los problemas sociales de la época del carbón. En este popurrí ideológico, sentencia Fressoz, el fasismo funcionó de coartada para todo tipo de propuestas que resultaron ampliamente problemáticas.

En el tercer capítulo se estudia la simbiosis entre madera y carbón, arguyendo contra la supuesta transición de la primera al segundo, una interpretación relativa que ignora los «valores absolutos» necesarios para comprender y afrontar la catástrofe climática contemporánea. Ya en el siglo XVIII observa Fressoz algunas de estas interpretaciones, defensoras de la liberación energética de la madera bien para preservar los bosques, bien para dedicar su tierra al cultivo. Ambas propuestas, sin embargo, se revelan históricamente erróneas, pues «Inglaterra utilizaba en realidad entre seis y siete veces más superficie forestal para producir energía en 1900 que un siglo y medio antes» (p. 75). Incluso sin su uso como combustible, según los datos históricos recopilados por Fressoz, las minas de carbón igualmente necesitaban mucha madera, imprescindible para su integridad estructural. Por tanto, concluye Fressoz, sin abundante madera, Europa no habría tenido revolución industrial.

Esta dependencia maderera se analiza en el cuarto capítulo, resultando muy representativo el famoso Palacio de Cristal (construido originalmente en Hyde Park, Londres, para albergar la Gran Exposición de 1851), monumento industrial que «contenía tres veces más madera en peso que hierro y vidrio» (p. 89). La propuesta simbiótica de Fressoz explica este desfase entre la realidad material y la interpretación fasista mediante el estudio de los ferrocarriles, cuyos valores absolutos destacan la importancia de la madera. Aunque en algunos sectores la leña sí fue reemplazada por el carbón, el consumo de madera siguió aumentando en muchas otras industrias. No sorprende, entonces, que los silvicultores de 1900 se alarmaran ante una posible escasez de madera. Si no se dio esta crisis, advierte Fressoz, fue gracias a la propia industrialización. Aunque por una parte propició el aumento de la demanda de madera, también mejoró su eficiencia: el ferrocarril permitió su transporte a largas distancias, abaratando su distribución; su disponibilidad en la industria papelera aumentó por el uso de la energía del carbón, y el empleo de la creosota como conservante permitió preservar la madera durante más tiempo, protegiéndola de hongos e insectos.

Así, Fressoz muestra cómo las distintas energías no solo coexisten, sino que están materialmente conectadas y relacionadas entre sí. El carbono funciona como un hilo conductor de biomasa, carbón, petróleo y gas en un solo sistema: no debemos pensar cada fuente energética de manera aislada, porque la industria moderna depende de cadenas materiales donde unas energías hacen posible la explotación de otras. El sistema energético funciona como una red interdependiente: el desarrollo del petróleo o del carbón no sustituye a lo anterior (como pueda ser la madera), sino que (por desgracia para la idea de transición energética) intensifica su uso mediante nuevas conexiones industriales.

Habiendo expuesto la interdependencia, ahora se desmonta la idea de sustitución, atacando directamente la narrativa habitual de la historia energética. El autor explica que nunca ha habido reducción real en el uso de recursos anteriores; al contrario, su consumo crece junto con el de nuevas energías. Lo que podía parecer transición resulta en realidad ser acumulación. La intuición de lo anterior se convierte en una crítica explícita: la historia energética no es una sucesión de reemplazos, sino una expansión agresiva continua. Y si las energías no se sustituyen, es porque el sistema económico está estructurado para crecer constantemente sin renunciar a prácticamente nada.

Fressoz pone entonces el foco en la economía política, desplazándolo desde la tecnología: no es la aparición de nuevas fuentes lo que explica el aumento de consumo, sino la lógica del crecimiento industrial, que exige cada vez más materiales y más energía. La interdependencia y la acumulación no son anomalías, sino consecuencias ineludibles del modelo económico. Un ejemplo muy concreto ayuda a entenderlo: el autor muestra cómo el petróleo no reemplaza a la madera, sino que permite explotarla más intensamente mediante maquinaria, transporte y productos derivados. Este ejemplo práctico encarna las ideas de los capítulos previos: la interconexión (cap. 5), la acumulación (cap. 6) y la lógica de crecimiento (cap. 7) se manifiestan como un proceso histórico tangible. Vemos claramente que las nuevas energías no eliminan las viejas, sino que las potencian.

Finalmente se introduce una dimensión diferente pero complementaria: la ideología. Después de haber explicado cómo funciona materialmente el sistema energético, Fressoz analiza cómo se ha pensado y justificado ese sistema, examinando corrientes tecnocráticas que confiaban en que la tecnología y la planificación propiciarían soluciones a los problemas energéticos (incluso una transición política más allá del sistema capitalista hasta su desaparición). Se cierra el ciclo mostrando que la fe en las soluciones técnicas ha acompañado históricamente ese proceso material evitando cuestionar sus fundamentos. Actúa como una reflexión crítica sobre el discurso que ha permitido que ese modelo se mantenga. Fressoz demuestra que no solo no ha habido transiciones energéticas en el sentido de sustituciones limpias, sino que el propio posicionamiento del sistema económico e industrial impide que ocurran. Las energías se acumulan por su interconexión, porque el crecimiento cada vez exige más recursos y porque existe una narrativa que hace pensar que los problemas se resolverán sin cambios.

El décimo capítulo abre el apartado dedicado a la energía nuclear, fundamental para el resto del ensayo. En él, Fressoz critica la futurología empleada por economistas y científicos nucleares para imaginar una descarbonización a través de esta fuente. Aunque la llegada de la energía nuclear antes de los años setenta no había tenido gran impacto en la opinión de los expertos ni del público general, esto empieza a cambiar con la llegada de los reactores reproductores, capaces de producir más material fisible del que consumen: se pensaba que «habían allanado el camino para un futuro energético sin fin» (p. 198). Además, varios estudios usados para determinar las reservas mundiales de combustibles fósiles empiezan a situar a la energía nuclear como un modelo sustitutivo, inaugurando así una idea de transición energética que se haría fuerte entre los años sesenta y setenta del siglo XX.

Gráfica de Cesare Marchetti.
Gráfica de Cesare Marchetti que representa su modelo de evolución histórica del mix mundial de energía primaria (1850–2100), donde f = fracción de mercado del tipo de energía. Fuente: versión de la imagen incluida en Vaclav Smil, Energy Transitions: Global and National Perspectives (2017, p. 84), mejorada por Stephen G. Gross and Andrew Needham para su artículo «Toward a New Energy History».

En el undécimo capítulo, Fressoz ahonda en estos estudios y cómo estos se introdujeron en el debate público. La energía empezó a preocupar a la opinión pública debido a varios apagones que se produjeron en Estados Unidos en la década de los sesenta y a la crisis del petróleo de 1973. Esto ocasionó que la futurología de los científicos nucleares, que vaticinaba una crisis energética, se esparciera como la pólvora entre el público general, logrando que la idea de transición se volviera un lugar común en el ideario de la época. En ese contexto el presidente Jimmy Carter introdujo por primera vez para el público general la idea de una historia de las transiciones: «En los últimos siglos hemos experimentado dos transiciones» (p. 226). Carter se basaba en una gráfica de Cesare Marchetti que estudiaba las diferentes energías en términos relativos y no acumulativos. La gráfica mostraba cómo el carbón tomó el protagonismo frente a la madera alrededor de la Revolución industrial, para ser después relevado por el petróleo y el gas natural. Sin embargo, al no mostrar los términos absolutos de la energía aprovechada, ocultaba cómo el uso del carbón o de otras fuentes de energía había aumentado con el tiempo, algo incompatible con una transición fasista.

El último capítulo explica el proceso que llevó de los debates sobre la crisis energética a los del clima. Fressoz indica cómo, desde las primeras evidencias del cambio climático, las estrategias institucionales y empresariales, más que apostar por un negacionismo, introdujeron el clima en la idea de transición. La clave para evitar el colapso del clima se basaba en la descarbonización de la energía, pero de una manera gradual, aunque esto implicara una reactivación temporal de la industria del carbón. Con el tiempo, estos modelos empezaron a ser más pesimistas, por lo que se pasó de una retórica de prevención a una retórica de adaptación al cambio climático. Ambas dirigidas bajo la idea de transición energética, impidiendo una confrontación directa al reto climático «La transición no es la causa de la resignación climática; sólo es su justificación» (p. 275).

Al final del trabajo, Fressoz recalca que el libro no pretende criticar las energías renovables, ni siquiera demostrar que una transición energética sea imposible. Sin embargo, concluye que el enfoque energético convencional no es suficiente para hacer frente al reto climático. Sólo el 40% de las emisiones se deben directamente a la generación eléctrica (p. 278), y aunque se lograra una transición a renovables, el resto de la industria contaminante seguiría fortaleciéndose debido a la relación simbiótica entre sus industrias: «si la electricidad verde alimenta un mundo gris de coches, acero, cemento, plástico y agricultura industrial, el calentamiento global sólo se ralentizará» (p. 281). La baza tecnológica (cap. 12) no puede sustituir los cambios culturales y políticos que necesitaríamos. «La transición es la ideología del capital en el siglo XXI. Convierte el mal en cura, las industrias contaminantes en industrias ecológicas en ciernes y la innovación en nuestro salvavidas» (p. 287). ¿Abriremos los ojos a tiempo para evitar los peores escenarios?

Autores:

Iván Benedicto Matías Estudiante del Grado en Filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid.

Jesús Pastor Pérez de Lis Estudiante del grado de Filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid, trabajador a tiempo parcial y escritor inédito.

Álvaro Peinado Martín Estudiante del grado en Filosofía de la UAM, trabajador a tiempo parcial y opositor.

Fuente: https://www.15-15-15.org/webzine/2026/06/08/resena-de-sin-transicion-una-nueva-historia-de-la-energia/