Durante la década de 1960, el rápido crecimiento de la Confederación de Sindicatos Revolucionarios de Turquía (DİSK) y el aumento de su influencia dentro de la clase trabajadora preocuparon a los círculos empresariales y al gobierno. Su objetivo era controlar el ascenso del movimiento obrero mediante reformas legales y frenar el desarrollo del sindicalismo revolucionario.
Con este propósito, se promovieron modificaciones a la Ley Sindical Nº 274 y a la Ley Nº 275 sobre Convenios Colectivos, Huelga y Cierre Patronal. Según la propuesta, un sindicato debía afiliar al menos a un tercio de los trabajadores de su sector para poder operar legalmente. Aunque la medida se presentó como una reforma técnica, su verdadero objetivo era desmantelar a DİSK y a los sindicatos independientes.
La ley fue aprobada por el Parlamento.
La decisión de iniciar la Resistencia del 15 y 16 de junio fue tomada en una reunión de representantes sindicales de DİSK celebrada la víspera de las movilizaciones. La resolución establecía que la lucha continuaría «hasta que la ley fuera retirada», dejando abierto su plazo de duración, aunque los tres primeros días habían sido planificados minuciosamente.
Sin embargo, los acontecimientos avanzaron con una rapidez que ni siquiera los organizadores habían previsto. La mañana del 15 de junio, la indignación y la determinación que surgían de las fábricas se transformaron rápidamente en una insurrección obrera histórica que involucró a cientos de miles de trabajadores.
¿Dónde estaban los trabajadores kurdos en 1970?
A finales de los años sesenta, una parte significativa de la fuerza laboral empleada en los grandes centros industriales de Estambul, İzmit, Gebze, Kartal, Bakırköy y Adapazarı estaba compuesta por trabajadores kurdos que habían emigrado desde Anatolia Oriental y Sudoriental. Su presencia era especialmente notable en las industrias metalúrgica, del caucho, textil y alimentaria.
No cabe duda de que los trabajadores kurdos constituían un componente importante de los más de cien mil obreros que participaron en la resistencia del 15 y 16 de junio. El proceso de industrialización y las migraciones internas habían convertido ya a los trabajadores kurdos en una parte inseparable de la clase obrera de Turquía.
Entre los más de cien mil trabajadores que participaron en la Resistencia de junio, los trabajadores kurdos constituían un sector importante. Se estima que más de una cuarta parte de quienes participaron eran de origen kurdo.
¿Por qué no se recuerda como una “revuelta de trabajadores kurdos”?
Porque el carácter fundamental de aquella movilización no fue étnico, sino de clase.
Trabajadores turcos, kurdos, armenios y árabes marcharon juntos, no como representantes de identidades separadas, sino como trabajadores que defendían sus derechos sindicales. Las manifestaciones impulsadas por afiliados tanto a DİSK como a Türk-İş giraban en torno a reivindicaciones comunes: la libertad sindical, el derecho a la organización y la unidad de la clase trabajadora.
Por ello, el 15 y 16 de junio sigue siendo uno de los ejemplos más importantes de solidaridad obrera e internacionalista en la historia de Turquía.
Su fuerza y sus límites históricos
Vista desde hoy, la mayor fortaleza de aquella resistencia fue la unidad demostrada por la clase trabajadora. Sin embargo, uno de sus límites históricos fue que la cuestión kurda todavía no había logrado ocupar un lugar significativo en la agenda del movimiento obrero.
El clima de miedo y silenciamiento generado por la violencia estatal de las décadas anteriores aún no había sido superado. La identidad kurda y las reivindicaciones democráticas nacionales todavía no habían adquirido una expresión política propia. Esa situación comenzaría a cambiar en la segunda mitad de los años setenta, con el auge del movimiento juvenil kurdo y, posteriormente, del movimiento de liberación kurdo.
La doble condición de los trabajadores kurdos
Los trabajadores kurdos han sufrido históricamente una doble forma de opresión. Como trabajadores, fueron explotados por el capital; como kurdos, padecieron negación, discriminación y racismo cultural.
Por ello, sus luchas no se limitaron a las reivindicaciones salariales o a las condiciones laborales. La defensa de la lengua, la identidad, la cultura y los derechos democráticos se convirtió también en una parte inseparable de sus demandas.
Esta realidad otorgó a la experiencia de los trabajadores kurdos características particulares dentro de la clase trabajadora turca, al tiempo que enriqueció el conjunto de las luchas sociales y democráticas.
La historia compartida de los trabajadores
Entre los hijos y nietos de quienes participaron en la resistencia del 15 y 16 de junio encontramos militantes sindicales, activistas socialistas y participantes del movimiento de liberación kurdo.
Por ello, el 15 y 16 de junio no debe entenderse únicamente como una lucha sindical, sino como uno de los momentos decisivos en la historia común de los trabajadores y sectores populares de Turquía.
La experiencia de nuestra propia generación lo confirma. Muchos jóvenes kurdos que participaron en las filas de la Asociación de Jóvenes Progresistas (İGD) y del Partido Comunista de Turquía (TKP) estuvieron profundamente comprometidos con la lucha de clases. Sin embargo, una parte importante de la izquierda turca continuó considerando durante décadas la cuestión kurda como un problema secundario que sería resuelto automáticamente por el desarrollo de la lucha obrera. En algunos casos incluso se la percibió como un factor que podía debilitar la unidad de clase. Estas limitaciones contribuyeron a las posteriores divisiones del movimiento socialista.
La herencia del 15 y 16 de junio puede resumirse en una idea central:
La mayor insurrección de la clase trabajadora de Turquía fue una lucha en la que obreros turcos y kurdos caminaron juntos. Sin embargo, aquella movilización todavía no había incorporado a su programa la solución democrática de la cuestión kurda. Esa realidad expresa tanto su enorme fuerza como sus límites históricos.
El marxismo y la realidad étnica de la clase trabajadora
En sus primeros escritos, Marx concebía al proletariado europeo como un sujeto histórico universal creado por el desarrollo capitalista. Sin embargo, sus análisis posteriores sobre el colonialismo, la esclavitud y la acumulación originaria le permitieron comprender mejor las dimensiones étnicas y culturales de las relaciones de clase.
El capitalismo no se desarrolló únicamente sobre la explotación del trabajo asalariado. También se construyó mediante la esclavitud, la dominación colonial, la violencia y las jerarquías raciales.
Por ello, los marxistas no consideran a la clase trabajadora simplemente como una categoría económica. La entienden también como una fuerza histórica y social capaz de construir una sociedad nueva más allá del capitalismo.
Uno de los principales desafíos de la izquierda socialista en Turquía consiste en comprender cómo la discriminación étnica sirve para ocultar la explotación de clase y combatirla de manera consecuente. Construir una alianza duradera con los trabajadores kurdos exige una perspectiva política que combine igualdad democrática, derechos culturales y justicia social.
Por la unidad de clase y la unidad social
Hoy, millones de trabajadores kurdos empleados en la industria y los servicios constituyen uno de los sectores más dinámicos de la clase trabajadora turca. Sin embargo, la discriminación y las desigualdades continúan funcionando como mecanismos que fortalecen el poder del capital sobre el trabajo.
La tarea del movimiento socialista es desarrollar políticas que refuercen tanto la solidaridad internacional de los trabajadores como el carácter plural y multicultural de la sociedad turca. Las tradiciones democráticas y de resistencia construidas por el movimiento kurdo deben ser reconocidas como una parte esencial de esta lucha.
Asimismo, las dinámicas emancipadoras generadas por los movimientos kurdo, aleví y de mujeres no deben verse como alternativas a la lucha obrera, sino como fuerzas capaces de fortalecerla.
Cincuenta y seis años después
Han pasado cincuenta y seis años desde la Resistencia del 15 y 16 de junio.
Hoy, hablar de los derechos democráticos del pueblo kurdo es también hablar de la cuestión social y de clase. Los problemas de identidad, cultura y discriminación ya no pueden separarse de las desigualdades económicas y sociales. Género, etnicidad y clase no son campos de lucha enfrentados, sino dimensiones complementarias de un mismo proceso emancipador.
Al mismo tiempo, el movimiento obrero debe enfrentar el ascenso de las corrientes ultraderechistas y autoritarias en Turquía y en el mundo. Estas fuerzas buscan dividir a los trabajadores mediante el odio identitario en lugar de unirlos en torno a sus intereses comunes.
La enseñanza más importante del 15 y 16 de junio sigue siendo plenamente vigente: la unidad de los trabajadores no puede construirse negando las diferencias, sino reconociéndolas sobre la base de la igualdad.
El futuro común de los trabajadores turcos y kurdos depende de la construcción de un nuevo pacto democrático basado en la ciudadanía igualitaria, la justicia social y la democracia. Ese es, precisamente, el legado más profundo que nos dejó la Resistencia de Junio.
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