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El arte de reciclar un acuerdo

Fuentes: Conterpunch [Imagen Wikipedia]

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Hay muchas lecciones que aprender de la última guerra contra Irán, orquestada por Israel. La primera y más contundente es que la guerra ha resuelto precisamente la crisis que ella misma había creado.

Donald Trump ha celebrado la reapertura del estrecho de Ormuz y el levantamiento del bloqueo contra Irán. Dos condiciones que ya se cumplían plenamente antes de que Benjamin Netanyahu arrastrara a Trump a esta guerra. El acuerdo que ha puesto fin al conflicto nos ha devuelto exactamente al punto de partida en que estábamos antes de que Estados Unidos gastara 200.000 millones de dólares en esta guerra, y los estadounidenses siguen pagando el impuesto israelí en las gasolineras y en los supermercados.

En cuanto al programa nuclear de Irán, las cifras no mienten. Los 400 kilogramos de uranio enriquecido al 60 % que Irán poseía eran inexistentes antes de que Trump —presionado por sus principales donantes partidarios de la política de “Israel primero”— hiciera pedazos el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA) en mayo de 2018. Según la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), Irán había cumplido plenamente no solo con el acuerdo de no proliferación de la AIEA —que Israel nunca ha firmado ni aceptado—, sino también con los protocolos adicionales que regulan la verificación y la supervisión de su programa nuclear civil. Trump canceló el acuerdo de todos modos, no porque perjudicara a Estados Unidos, sino porque no satisfacía el veto de Israel.

Resulta verdaderamente irónico que los conocimientos y capacidades nucleares de Irán sean hoy más avanzados que cuando Trump descartó el JCPOA. Por lo tanto, cualquier nuevo acuerdo —incluso uno con una estructura más estricta que el original— se está negociando desde una posición fundamentalmente más débil que la que existía en 2018. Ningún tratado puede hacer que Irán olvide lo que ya sabe.

El lunes 15 de junio, Trump anunció el fin de la guerra alardeando de que Irán había aceptado no desarrollar armas nucleares. En una copia filtrada del supuesto Memorándum de Entendimiento (MoU), el punto 8 establece: “La República Islámica de Irán reitera que nunca fabricará armas nucleares…” La palabra “reitera” no es casual. Se trata de una referencia directa al artículo III del JCPOA de 2015 —que probablemente Trump nunca leyó—, en el que Irán ya había afirmado: “… que bajo ninguna circunstancia Irán buscará, desarrollará o adquirirá armas nucleares”. El mismo compromiso. El mismo lenguaje. Firmas diferentes. Doce semanas de una guerra que no llevó a ninguna parte para llegar hasta aquí.

De “¡No habrá acuerdo con Irán salvo la RENDICIÓN INCONDICIONAL!” a celebrar un memorando de entendimiento para reabrir un estrecho que ya estaba abierto antes de que se despilfarraran 200.000 millones de dólares y se perdieran innumerables vidas estadounidenses e iraníes. El triunfo de Trump es mucho ruido y pocas nueces. Canceló un acuerdo ya existente que llevó años negociar, infligió dificultades económicas a los iraníes de a pie y permitió que el avance nuclear de Irán diera pasos de gigante. Es, en el sentido más literal, como redefinir el agua como H₂O. La molécula no cambió. Solo cambió la forma de presentarla. La guerra de Israel llevó a Trump de vuelta al punto de partida, con un coste doble para los contribuyentes estadounidenses.

El mismo grupo de interés que presionó a Trump para que cancelara el JCPOA ya ejercía presión sobre él mucho antes de las elecciones de 2024. Los donantes que anteponen los intereses de Israel invirtieron cientos de millones en su campaña como anticipo de esta guerra. Netanyahu visitó a Trump siete veces en trece meses, manipulando y tramando otra guerra en beneficio de Israel.

Esta guerra también debería servir de lección a los estados árabes del Golfo, que durante mucho tiempo creyeron que las bases militares estadounidenses garantizaban su seguridad. Por el contrario, se han visto marginados y nunca se les ha consultado sobre una guerra librada, directa o indirectamente, desde su propio territorio, en última instancia al servicio de los intereses israelíes. La presencia militar extranjera no aporta seguridad, sino que genera dependencia. La estabilidad regional duradera se construye mediante la cooperación regional, en condiciones que beneficien a toda la región.

Y lo que es más importante, la región debe ahora asumir una realidad que ya no puede ignorar: Israel produce inestabilidad dondequiera que va. Los llamados Acuerdos de Abraham llevaron a Israel al Golfo. Lo que siguió fueron bombas, drones y una ruina económica sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial. He vivido en el Golfo. El único ruido que se oía en aquel tiempo era el petardeo del tubo de escape de algún coche viejo. En los últimos tres meses mis amigos han compartido grabaciones de misiles balísticos surcando el cielo y drones sobrevolando. Israel no trajo un escudo de defensa; trajo un objetivo. Su presencia es un imán para los disturbios. Es un cadáver que atrae a las avispas.

Lo cierto es que Israel es un agente del desorden y un parásito que se nutre del caos. Se envuelve en el lenguaje de la colaboración, el beneficio mutuo y los valores compartidos, engañando a los demás para que crean que el acuerdo es recíproco cuando, en realidad, es totalmente unilateral.

El historial de Israel habla por sí solo: un genocidio en Gaza, limpieza étnica en toda Cisjordania, 1,3 millones de refugiados internos en el Líbano, la ocupación de territorio sirio tras la caída de Assad, operaciones de desestabilización en el norte de Irak y en Sudán.

En Irak, la invasión estadounidense y el cambio de régimen no colmaron la insaciable sed de caos total de Israel. Su objetivo fueron los científicos iraquíes y la guerra contra el conocimiento mismo. Desde este punto de vista, el plan no ha cambiado en el caso de Irán. La insatisfacción de Israel con el memorando de entendimiento con Teherán no radica en que no consiga un Irán sin armas nucleares, sino en que no logre acabar con el conocimiento. Su objetivo más amplio es la supresión del desarrollo científico y tecnológico en toda la región. Israel busca vecinos incapaces de pensar de forma independiente, que consuman en lugar de producir, que importen en lugar de innovar. Quiere mantener el monopolio sobre las capacidades nucleares y el control del progreso científico regional.

Israel también ha traído la ruina a Estados Unidos. La guerra de Irak, orquestada a favor de Israel, contribuyó a desencadenar la crisis financiera de 2008, cargando a las futuras generaciones estadounidenses con billones en deuda acumulada que nunca se ha saldado por completo. Una guerra que Trump condenó, criticando a los líderes demócratas por no haber destituido a George W. Bush, quien “nos metió en la guerra con mentiras”.

No hace falta ser economista para comprender el coste de la actual guerra de Trump contra Irán, orquestada en beneficio de Israel. Llega sin previo aviso a todos los hogares estadounidenses, a la carnicería, a cada factura del supermercado; se refleja en cada recibo de gasolina, en cada precio que no deja de subir sin explicación alguna. Puede que aún no se den cuenta de su alcance. Para cuando lo hagan, el daño a la economía estadounidense, al igual que en 2008, será demasiado profundo como para revertirlo.

Para socavar una posible paz con Irán, los desagradecidos partidarios de “Israel primero”, como Ben Shapiro y Mark Levin, ya están aterrorizados cuestionando el memorando de entendimiento de Trump. Israel pondrá en marcha la red de medios de comunicación controlados por multimillonarios proisraelíes para moldear lo que los estadounidenses ven, leen y se les permite cuestionar. El antaño respetado programa 60 Minutes, bajo la dirección de su nueva jefa proisraelí Bari Weiss, permite a Netanyahu elegir a su propio entrevistador. Quién sabe, quizá también envíe sus propias preguntas.

Ahora Netanyahu y los sionistas estadounidenses tienen sesenta días para sabotear un acuerdo definitivo con Irán. Israel movilizará a sus donantes, presionará al Congreso y, si eso falla, recurrirá a lo que ha perfeccionado: una operación de bandera falsa contra las fuerzas estadounidenses en la región, u otro asesinato en el Líbano. Se desatará una conflagración y, una vez más, se combatirá con dinero y vidas estadounidenses. Porque un Oriente Próximo libre de la implicación militar estadounidense es el único resultado que Israel no puede tolerar: una perspectiva más amenazadora que cualquier centrifugadora nuclear iraní.

Jamal Kanj (jamalkanj.com) es autor de Children of Catastrophe: Journey from a Palestinian Refugee Camp to America y de otros libros. Escribe con frecuencia sobre temas relacionados con Palestina y el mundo árabe para diversas publicaciones nacionales e internacionales.

Fuente: https://www.counterpunch.org/2026/06/18/the-art-of-the-recycled-deal/