Artículos
Ese es el horizonte de los nadies: de los que no tienen voz pero tienen memoria. De los que han sido expulsados de la historia oficial pero la han tejido con sus manos. De los que, como los pueblos testimonio, han sobrevivido a todo y siguen celebrando la vida.
Equiparar la cooperación técnica con la subordinación geopolítica es, por eso, un error histórico. Al perder la memoria del Congreso de 1856 corremos el riesgo de olvidar que la verdadera seguridad transnacional no consiste en transformarnos, una vez más, en la frontera exterior de una superpotencia —ayer contra el comunismo, hoy contra el narco, siempre contra el enemigo que el norte global señala—.
Es el hijo que, tras décadas de trauma dictatorial, ha internalizado tanto el miedo al cambio que prefiere el infierno conocido al paraíso incierto. Es el imbunche que, en lugar de luchar por liberarse, se convierte en guardián de su propia jaula.
Y esta transformación no puede ser el reverso de nada; debe ser el comienzo de algo nuevo que ilumine nuestro camino hacia un Chile donde el pasado no decrete el futuro, sino que lo inspire.
La actuación coordinada entre agentes británicos y estadounidenses en Chile durante la independencia prefigura lo que se convertiría en una constante histórica: la aplicación de un sistema dual de dominación donde ambas potencias anglosajones coordinan estrategias de penetración económica y control político
El materialismo político nos permite comprender que esta “exportación de libertad” temprana respondía a necesidades geopolíticas concretas: la joven república estadounidense requería debilitar el poder español en América para consolidar su propio espacio de influencia hemisférica. La Doctrina Monroe (1823) aparecería para sistematizar posteriormente esta lógica, pero sus fundamentos operativos ya se desplegaban en las misiones de Poinsett.


