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Termodinámica de El Niño 2026/2027

Fuentes: Rebelión

El calentamiento global es el producto del desbalance energético planetario. Cuando la energía que la Tierra recibe del Sol, en forma de radiación electromagnética, se equipara con la energía que la Tierra irradia al espacio, en forma de radiación infrarroja (calor), la temperatura se mantiene relativamente estable. Es la condición fundamental que prevaleció en el planeta durante el Holoceno, los últimos 10.000 años, el período en que se desarrolló la civilización humana.

La emisión de CO2 y otros gases de efecto invernadero como consecuencia de la actividad humana, particularmente en los últimos 100 años, ha alterado ese equilibrio. El CO2, el metano y el óxido nitroso son los principales gases que contribuyen a retener cada vez más radiación infrarroja en la superficie de la Tierra, aumentando la temperatura superficial promedio. Esa retención de energía calórica implica que la energía que la Tierra emite al espacio se reduce. Como la energía que se recibe del Sol se mantiene relativamente constante, se altera el equilibrio energético del planeta. La energía que se recibe del Sol supera a la energía que se emite. El planeta almacena cada vez más energía. Para restituir el equilibrio, la temperatura promedio del planeta aumenta, en su tendencia a emitir más calor y corregir el déficit energético.

El desbalance energético planetario en la actualidad promedia 1,2 W/m2, equivalente a 610 teravatios, unos 52.000 millones de gigajoules cada día, 19 zetajoules al año.  

La bomba atómica que lanzó Estados Unidos sobre la ciudad japonesa de Hiroshima el 6 de agosto de 1945, destruyó la ciudad y provocó la muerte instantánea de 80.000 ciudadanos inocentes. Otros 60.000 murieron en los días posteriores a causa de quemaduras severas, traumatismos y la exposición inicial a radiación aguda. Esta debacle atómica liberó 63 terajoules de energía.

La Tierra en la actualidad acumula una cantidad de energía equivalente a 827.000 bombas atómicas, como la de destruyó a Hiroshima, detonadas cada día, 365 días al año.

Cerca del 90% de la energía que se acumula en la Tierra, por el desbalance energético planetario, se acumula en el océano. El fenómeno meteorológico conocido como El Niño no es simplemente un aumento en la temperatura del océano Pacífico tropical. Es más una válvula de escape por medio de la cual, cada vez con mayor potencia y mayor frecuencia, el océano transfiere gigantescas cantidades de energía calórica a la atmósfera.

El Superniño que se ha venido desarrollando en los últimos meses tiende a convertirse en el más poderoso y destructivo en al menos 100 años. Para finales del 2026 e inicios del 2027 tiende a superar el récord anterior registrado en 1877/78, cuando se registró una anomalía máxima de 2,8°C en el sector del océano pacífico identificado como El Niño 3.4, provocando 50 millones de muertes. El Niño 3.4 se encuentra entre las coordenadas 5°S – 5°N y 170-120 Oeste.

Durante las fases neutras o de La Niña, los vientos alisios acumulan agua cálida en el Pacífico occidental. La fase cálida de El Niño rompe este equilibrio mediante la retroalimentación de Bjerknes: la relajación de los alisios desencadena ondas Kelvin ecuatoriales internas, de oeste a este, que aplanan la termoclina e impulsan la anomalía térmica hacia el Pacífico central y oriental.

Durante la fase cumbre de un Superniño, la anomalía de flujo térmico promedio alcanzada es de aproximadamente 30 W/m2 sobre un área anómala de  treinta millones de kilómetros cuadrados, lo que representa una potencia anómala instantánea entregada a la atmósfera de 900 Teravatios. Esta es una cantidad de energía equivalente a 50 veces el consumo energético total de la humanidad.

La mayor parte de esta energía es calor latente. Implica que la energía se almacena como vapor de agua y solo se libera como calor sensible al condensarse en la tropósfera media-alta (400 – 200  hPa). Esta inyección térmica altera los gradientes meridionales de temperatura, amplifica la circulación de Hadley y excita trenes de ondas de Rossby atmosféricas que reorganizan el clima global.

A escala temporal, se distingue entre la descarga energética acumulada (durante 12 a 18 meses) y la tasa de flujo anómalo promedio durante la fase madura, de 4 a 6 meses, entre el cuarto trimestre del 2026 y el primer trimestre del 2027.

El Superniño de 1997/1998 descargó de los primeros 300 metros del océano Pacifico aproximadamente 11,5 Zeta Joules de energía a la atmósfera. El Superniño del 2015/2016 produjo una descarga integrada de 9 a 10  ZJ.

El Superniño en desarrollo en la actualidad (2026/2027),  tiende a descargar unos 12 ZJ de energía del océano a la atmósfera. Considerando una temperatura superficial promedio de 26°C, el océano le inyecta aproximadamente 5.000 gigatoneladas de agua a la atmósfera en forma de vapor, 5 billones (5E12) de metros cúbicos de agua líquida.

El consumo total de energía primaria de la humanidad asciende actualmente a aproximadamente 0,6 ZJ. La energía térmica que descargará el océano Pacífico hacia la atmósfera durante El Niño en evolución equivale a cerca de 20 años del consumo energético total de toda la civilización humana.

La descarga térmica total estimada de El Niño 2026/2027, 12 zetajoules, equivale a la energía liberada al detonar aproximadamente 190 millones de bombas atómicas como la de Hiroshima.

El océano Pacífico Tropical invierte esta gigantesca cantidad de energía en evaporar volúmenes colosales de agua: unas 5.000 gigatoneladas. La energía queda atrapada en el vapor de agua y se libera en la troposfera media y alta cuando el agua se condensa formando torres de convección profunda (cumulonimbos).

La atmósfera redistribuye el calor globalmente.La disipación radiativa hacia el espacio mediante Radiación de Onda Larga Saliente (OLR) es un proceso gradual a escala estacional e interanual.

Si la energía térmica trasferida del océano a la atmósfera por El Niño quedara atrapada en la atmósfera, la temperatura global se elevaría unos 2,3°C. En la realidad, la anomalía en la temperatura superficial global durante un Superniño varía entre 0,2°C y 0,3°C, aunque en la tropósfera llegue a 0,5°C antes de disiparse. La diferencia se debe a tres mecanismos de disipación.

La válvula radiativa Stefan-Boltzmann. Al calentarse la tropósfera alta, la emisión de radiación infrarroja hacia el espacio exterior se incrementa de manera cuadrática. La mayor parte de esos 12 ZJ de energía  asociados a El Niño 2026/27 se irradiará al espacio exterior de manera progresiva. La atmósfera termina actuando como una eficiente válvula de escape radiativa que expulsa la mayor parte del exceso de energía hacia el espacio exterior.

El transporte meridional de calor. A través de la circulación de Hadley y las ondas de Rossby, la atmósfera transporta el exceso de calor desde el ecuador hacia latitudes medias y polares, donde las capas atmosféricas son más delgadas y el enfriamiento es más rápido.

El trabajo termodinámico.  Una fracción de la energía térmica se convierte en energía potencial y energía cinética, impulsando los vientos atmosféricos, acelerando la corriente en chorro y expandiendo la altura de la tropopausa.

El calor acumulado en la troposfera tropical intensifica la Celda de Hadley. Aumenta el gradiente térmico entre el ecuador y las latitudes medias y altas y provoca una aceleración de la Corriente en chorro subtropical.

Al condensarse el agua en la troposfera alta tropical, la masa de aire se expande térmicamente, aumentando la altura geopotencial y elevando físicamente la tropopausa en las regiones tropicales y subtropicales.

Una interrogante central para la comunidad científica es cómo responde El Niño al aumento de la temperatura media en la franja tropical. La evidencia física y los modelos de última generación (CMIP6) respaldan las siguientes tendencias:

Aumento de la intensidad de eventos extremos: El calentamiento acelerado de la capa de mezcla en el Pacífico tropical oriental aumenta la estratificación vertical. Al elevarse la temperatura superficial del mar (TSM), pequeños cambios en la convergencia de los vientos provocan anomalías no lineales de temperatura, a través de la relación Clausius-Clapeyron, lo que incrementa la frecuencia y la intensidad de los eventos calificados como Superniño.

Aumento de la variabilidad de TSM: Se proyecta un aumento significativo en la variabilidad interanual de la temperatura superficial en el Pacífico ecuatorial al incrementarse la concentración de CO2 en la atmósfera.

Desplazamiento del centro de actividad: Aumenta la ocurrencia de eventos tipo Central Pacific (Modoki), los cuales alteran las teleconexiones atmosféricas tradicionales y modifican los patrones de precipitación global.

La perturbación de la Circulación de Walker durante El Niño induce una subsidencia atmosférica masiva sobre el norte de Sudamérica, suprimiendo la convección y aumentando drásticamente el Déficit de presión de vapor (DPV).

El estrés hídrico extremo y el alto DPV tienden a forzar el cierre estomático, reduciendo la asimilación de CO2 y provocando embolia o cavitación del xilema en los árboles más grandes de la Amazonia. La combinación de mortalidad de biomasa e incendios forestales puede invertir temporalmente el balance de carbono, con una tendencia a transformar la Amazonía de un sumidero neto a una fuente neta de carbono a la atmósfera.

En el caso de los Bosques de la Orinoquía Venezolana, el pico máximo de El Niño coincide con la época seca regional (Q4–Q1). La subsidencia tiende a inducir:

Muerte regresiva en bosques de galería: La caída del nivel freático desconecta las raíces de la zona saturada, provocando defoliación masiva.

Degradación de morichales (Mauritia flexuosa): La desecación de suelos orgánicos expone a estos humedales a incendios de turba de difícil extinción.

– Transición de fuego en el ecotono: El secado acelerado en los Llanos permite que los incendios de pastizales se propaguen hacia los bordes de los bosques estacionales, favoreciendo la sabanización de las márgenes forestales.

En conclusión, El Niño actúa como la válvula de alivio térmico más drástica del océano Pacífico tropical, transfiriendo entre 10 y 12 zetajules de energía por evento extremo, donde más del 87% se moviliza como calor latente.

El calentamiento global antropogénico está incrementando la no-linealidad de la respuesta oceánica, favoreciendo eventos El Niño cada más intensos y con una liberación energética cada vez más violenta.

Los ecosistemas tropicales del norte de Sudamérica enfrentan un riesgo sistémico de degradación estructural y pérdida masiva de carbono debido a la interacción entre el alto Déficit de presión de vapor (DPV), el secado de suelos y los incendios.

Esta creciente amenaza a la estabilidad ecológica de la Amazonia y de la Orinoquia debe contrarrestarse con políticas públicas orientadas a:

Reducción y mitigación de las emisiones de gases de efecto invernadero, para contribuir a limitar el calentamiento global a un máximo de 2°C para finales de siglo y evitar cruzar el umbral de desestabilización permanente de la Circulación de Walker y del bioma amazónico.

Contribuir a consolidar redes de monitoreo océano-atmósfera, expandir la red de boyas flotantes (Argo, TAO/TRITON) e integrar altimetría satelital avanzada para mejorar la predicción de la descarga de calor en el océano profundo con más de 6 meses de antelación.

Gestión integral del fuego y salvaguarda de márgenes: Establecer moratorias estrictas de quemas agrícolas en la cuenca del Orinoco y los Llanos durante los trimestres Q4 y Q1 bajo alertas de El Niño, previniendo la invasión del fuego hacia bosques de galería y morichales.

Protección de refugios hidrológicos: Priorizar la conservación estricta de las cabeceras de ríos y sistemas de morichales para mantener los niveles freáticos mínimos que sostienen la vegetación en períodos de subsidencia.

Impulsar la reforestación de cuencas hidrográficas prioritarias, con mezclas de especies, nativas de cada región y piso altitudinal, para proteger las fuentes de agua de generaciones futuras y mitigar parte de las emisiones de carbono por consumo de combustibles fósiles.

Monitoreo satelital de DPV y estrés vegetal: Implementar sistemas de alerta temprana, basados en anomalías de DPV y fluorescencia inducida por clorofila, para desplegar brigadas de respuesta rápida antes de que se desaten incendios fuera de control.

JC[email protected]

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.