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Mitos del “Estado fallido”

Bienvenidos al Líbano, cementerio de los arrogantes

Fuentes: CounterPunch

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

¿Por qué fue el Líbano el cementerio de tantos invasores? Los israelíes solían decir en los años sesenta que una de sus bandas militares bastaría para conquistar el país. A veces, antes de que Israel y Egipto concluyeran un tratado de paz en 1979, agregaban maliciosamente que «no sé cuál será el primer país árabe que firme un tratado de paz con Israel, pero conozco el segundo». La idea era que el Líbano, sólo del tamaño del País de Gales y con su población dividida por odios comunitarios, sectarios y partidarios, sería inevitablemente un juego de niños para la mayor potencia militar de Oriente Próximo. La minoría cristiana maronita del Líbano era un aliado obvio de Israel contra las fuerzas del nacionalismo árabe. La justificada reputación de viveza comercial y de capacidad de sobrevivir en todas las circunstancias de los libaneses sugería que serían los últimos en morir en la lucha hasta el final contra un enemigo de potencia abrumadora.

Un cuadro semejante de las futuras relaciones entre Israel y el Líbano, y el dominio inevitable del primero, sonaba bastante probable hace cuarenta años. En realidad ha resultado que el mejor día para que alguien invada o siquiera interfiera en el Líbano es usualmente el primero, y que después sus perspectivas comienzan a avinagrarse. Es lo que pasó con Israel. Unas semanas después de la invasión israelí de 1982, soldados israelíes que volvían a casa se arrojaban a tierra para besar suelo israelí en cuanto cruzaban la frontera, solamente agradecidos de haber vuelto con vida. Cuando las últimas tropas israelíes se retiraron en el año 2000 del trozo de territorio que todavía controlaban en el sur del Líbano, partieron en medio de la noche, abandonando a sus aliados cristianos del lugar a los triunfantes combatientes de Hizbulá.

Cómo y por qué Israel y el resto del mundo subestimaron de modo tan grosero la capacidad de defenderse de los libaneses es el tema principal de la historia, escrita en un estilo elegante y altamente informada Beware of Small States: Lebanon, Battleground of the Middle East [Cuidado con los Estados pequeños: el Líbano, campo de batalla de Oriente Próximo] (Nation Books)

Hirst, durante mucho tiempo uno de los corresponsales más perceptivos en Oriente Próximo, dice que su decisión de escribir el libro vino después de la guerra de 33 días en julio y agosto de 2006, cuando Israel regó explosivos sobre el Líbano en un vano intento de inutilizar a Hizbulá. Una invasión por tierra mal organizada fue igualmente infructuosa, y no logró otra cosa que echar por los suelos la reputación de invencible del ejército israelí de Israel. Lo que debía ser una demostración de fuerza -sobre todo de la fuerza aérea israelí- se convirtió en una ilustración casi cómica de incapacidad. Hirst pregunta cómo podría haber sucedido. «¿Podría decirse siquiera», se pregunta, «que el Líbano, la eterna víctima -se haya convertido ahora también en el perpetrador, planteando una amenaza a Estados más grandes que la que éstos le planteaban?» Es demasiado inteligente como para compartir totalmente la afirmación después de la guerra de Hassan Nasralá, el líder de Hizbulá, de que sus combatientes yihadistas habían logrado una «victoria divina» que transformó al Líbano de uno de los «pequeños» Estados de Oriente Próximo en una de sus «grandes potencias». Pero no le cabe duda de que Israel, que fue a la guerra para restablecer su poder disuasorio, sólo consiguió aparecer debilitado.

La explicación del fracaso de Israel en el Líbano, no sólo en 2006 sino durante las tres décadas anteriores, es importante porque las intervenciones estadounidenses en Iraq, Afganistán y Somalia han seguido una trayectoria similar. No es nada nuevo que los Estados pequeños son más peligrosos de lo que parecen. Hirst toma su título de una observación del anarquista ruso Mijail Bakunin en una carta a un amigo en 1870 en la que dice «Cuidado con los Estados pequeños». Bakunin quería decir que los Estados pequeños no sólo eran vulnerables para un vecino fuerte y depredador, sino que ese vecino pagaría un precio por involucrarse en los asuntos complejos de sus víctimas. Medio siglo antes el duque de Wellington hizo una observación similar, al advertir a Gran Bretaña de que no se involucrara en lo que a primera vista parecían conflictos en pequeña escala, diciendo: «Las grandes potencias no tienen guerras pequeñas». Eso es tan obvio en el Siglo XXI como lo fue en el XIX. Y es tan verdad en el Iraq actual como lo fue en el Líbano hace 150 años. Las rivalidades de las potencias imperiales exacerban el conflicto entre sus encargados locales, pero es una calle de doble sentido. Cuando el imperio otomano se desintegró en el Líbano en el Siglo XIX, los británicos apoyaron a los drusos y los franceses a los maronitas. «Si un hombre golpea a otro», se quejó un cabecilla local, «el incidente se convierte en un asunto anglo-francés, y podría incluso haber problemas entre los países si se derrama una taza de café en el suelo». Lo mismo sucede actualmente con la excepción de que ahora los rivales son Israel y Siria, y ninguno de ellos puede permitir que el otro gane un control incontestado sobre el país.

El Líbano podrá ser el «campo de batalla de Oriente Próximo», como sugiere el subtítulo de Hirst, pero esto no explica cómo se ha convertido en semejante trampa letal para sus atormentadores de los últimos treinta años. La ausencia misma de gobierno parece convertir al país en una presa fácil, pero los potenciales ocupantes descubren que no existe una autoridad local incontestada a la cual asimilar o intimidar. El Líbano figura arriba en la lista de países a los cuales los think tank de Washington se refieren con condescendencia como «Estados fallidos» con la implicación de que se trata de casos perdidos políticos en los cuales se justifica que potencias extranjeras intervengan ante la ausencia de un poder soberano. Pero los miembros de los think tank mencionan pocas veces que precisamente en estos supuestos «Estados fallidos» EE.UU. ha sufrido sus peores humillaciones en años desde que 242 marines estadounidenses fueron volados en sus barracones al lado del aeropuerto de Beirut por un atacante suicida en 1983.

La intervención estadounidense en Estados sin gobiernos efectivos ha sido casi uniformemente desastrosa. Después de la muerte de los marines, Ronald Reagan retiró apresuradamente a los sobrevivientes del Líbano e invadió la pequeña isla caribeña de Granada para crear una diversión. La debacle en Beirut no fue un caso aislado. Diez años más tarde, la intervención estadounidense en Somalia terminó de manera humillante después de que los cuerpos de pilotos de helicópteros estadounidenses fueron fotografiados mientras eran arrastrados por las calles de Mogadiscio. Después del 11-S, las victorias inicialmente fáciles en Afganistán e Iraq parecían mostrar que EE.UU. era la superpotencia que pretendía ser, pero los primeros éxitos se convirtieron en agotadoras guerras de guerrillas en las cuales la maquinaria militar de 500.000 millones de dólares al año de EE.UU. fue frustrada por pocas decenas de miles de guerrilleros. Conflictos de los que se esperaba que fueran breves y victoriosos resultaron largos e inciertos. La debilidad misma de los oponentes de EE.UU. hizo que el hecho de no vencer fuera aún más dañino y la retirada aún más humillante.

Una explicación para la falta de éxito militar de israelíes y estadounidenses proviene del resultado de la revolución iraní en 1979. Fue el mismo año en el que el tratado de paz israelí-egipcio cambió el equilibrio del poder en Oriente Próximo al eliminar al oponente árabe más poderoso de Israel de su lista de enemigos activos. Abrió la puerta a la intervención armada de Israel en el Líbano. Pero la revolución en Irán marcó el comienzo de un cambio más importante en el tipo de resistencia enfrentado por Israel. El nacionalismo árabe, inspirado originalmente por Gamal Abdel Nasser, se disipó después de la humillante derrota por Israel en 1967 y porque gobernantes militares corruptos e incompetentes en todo el mundo árabe no enfrentaron exitosamente a Israel. Cuando los combatientes de la OLP crearon un Estado dentro de un Estado en el sur del Líbano perdieron rápidamente el apoyo de la población chií por su falta de disciplina y al provocar ataques aéreos israelíes. «Al llegar los años ochenta», escribe Hirst, «el Islam político fundamentalista había suplantado al nacionalismo como el nuevo gran credo y fuerza de movilización popular en Oriente Próximo y más allá».

Gran parte de lo que el gobierno y los medios de EE.UU. atribuyeron a al-Qaida después del 11-S, mostró por primera vez su efectividad en el Líbano veinte años antes. El fanatismo y la crueldad de los de los fundamentalistas islámicos podrán causar la pérdida de apoyo, pero suministraron un núcleo de combatientes comprometidos que nunca se rendían. Iraq y Afganistán fueron las primeras guerras en las que los atentados suicidas tuvieron lugar a una escala industrial, aunque los predecesores de Hizbulá en el Líbano los habían utilizado efectivamente a comienzos de los años ochenta. Patrullas israelíes en el sur del Líbano se lanzaban al suelo cuando pasaban un asno y una carreta. La embajada de EE.UU. en la Corniche en Beirut fue hecha volar por explosivos cargados en una camioneta, que mató a 63 personas incluyendo a Robert Ames, el oficial jefe de inteligencia de la CIA para Oriente Próximo, cuya mano amputada con su anillo de matrimonio aún puesto se encontró flotando a un kilómetro y medio mar adentro. Israelíes y estadounidenses satanizaron a los perpetradores de esos salvajes ataques pero siguieron subestimándolos. Todavía en 2006, como dijo un crítico israelí citado por Hirst, la actitud de los dirigentes políticos y militares de Israel era una «combinación de arrogancia, alarde, euforia y desdén hacia el enemigo».

El orgullo desmedido de Tel Aviv y Washington tuvo otra consecuencia devastadora. Podrá no ser más que jactancia, pero las amenazas de expandir el poder regional de EE.UU. se creyeron a medias en Damasco y Teherán. Damasco queda a poca distancia de Beirut y durante la invasión israelí del Líbano en los años ochenta los sirios jamás habrían permitido que los aliados cristianos de Israel tomaran el poder tan cerca de su capital. De la misma manera en Iraq en 2003, los neoconservadores en Washington estaban felices alardeando de que, después del derrocamiento de Sadam Hussein, los regímenes iraní y sirio serían los próximos objetivos. Como era de esperar, los feroces servicios de seguridad en ambos países no esperaron ociosamente que eso sucediera y tomaron inmediatamente medidas para dar suficiente respaldo a los insurgentes en Iraq a fin de impedir que EE.UU. llegara a estabilizar su ocupación.

La derrota o la victoria en el Líbano son siempre muy publicitadas e imitadas en todo Oriente Próximo. El país podrá ser el Estado sectario por excelencia: los puestos más altos, como el presidente, el primer ministro y el presidente del parlamento se otorgan según una base confesional, el parlamento se divide al cincuenta por ciento entre musulmanes y cristianos, y otros puestos se distribuyen según un sistema de cuotas basado en un censo de 1932. La realización de un nuevo censo transformaría tanto el equilibrio del poder que podría provocar una guerra civil. El precio que los libaneses pagan por vivir en una sociedad tan dividida e inestable es bien conocido, pero al mismo tiempo el Líbano goza de una libertad que no se ve en ninguna otra parte en el mundo árabe. «Es, y siempre ha sido, una sociedad más abierta, liberal y democrática que ninguno de sus vecinos árabes», escribe Hirst. «Al respecto, su vulnerabilidad a la disensión interior, su principal defecto, se ha convertido, por así decirlo, en su principal virtud. Porque el Estado sectario no puede funcionar en absoluto a menos que sus partes constituyentes estén de acuerdo, por lo menos en principio, en que el respeto de los derechos, intereses y sensibilidades de cada una es indispensable para el bienestar de todos. Eso equivale a una protección propia del sistema contra la dictadura de un grupo, usualmente étnico o sectario, sobre otros, lo que ha asolado al resto del mundo árabe».

En esto, Hirst está de acuerdo con Michael Young, cuyo elocuente y pintoresco libro The Ghosts of Martyrs Square: An Eyewitness Account of Lebanon’s Life Struggle [Los fantasmas de la plaza de los mártires: un informe de un testigo presencial sobre la lucha por la vida del Líbano] trata sobre todo del intento de Siria de controlar el Líbano, su supuesto asesinato del líder suní Rafiq al-Hariri en 2005, las protestas conocidas como la Intifada de la Independencia o la Revolución del Cedro que siguieron, la retirada de las tropas sirias y los intentos subsiguientes de Siria de restaurar su antigua influencia. Young argumenta que a pesar de todos sus defectos y de la violencia institucionalizada, el sistema sectario del Líbano ha producido libertad porque el poder de comunidades religiosas y sectarias ha debilitado al Estado que Young dice correctamente: «es la principal barrera para la libertad personal en Oriente Próximo». La división sectaria y faccionaria puede invitar la intervención extranjera, pero también dificulta que tenga éxito si afecta a demasiadas comunidades libanesas al mismo tiempo, como lo hizo Siria cuando asesinó a al-Hariri. Su hegemonía en el Líbano terminó temporalmente cuando suníes, drusos y cristianos unieron sus fuerzas contra Damasco.

Es un alivio ver que Young cuestiona el concepto de construcción del Estado o de la nación como si fuera en sí un bien incuestionable. Los Estados sectarios en los que los puestos de trabajo son abierta u ocultamente ocupados por cuotas institucionalizan la inestabilidad y no la terminan, pero en países como el Líbano e Iraq el sectarismo no va a terminar, no importa cuál sea el sistema de gobierno. A pesar de todos sus defectos, el Estado sectario involucra la aceptación de un equilibrio del poder entre comunidades que excluye la dictadura o un régimen autoritario sistemático. Young no pretende ser un observador imparcial, de los cuales el Líbano posee bastante pocos, y escribe poco sobre las acciones israelíes, pero comunica el sabor peligroso de la política libanesa.

Como periodista libanés-estadounidense llevado al Líbano a los 7 años por su madre libanesa después de la muerte de su padre estadounidense, la memoria de Young hace cobrar vida al Líbano y su relato de la Revolución del Cedro -que debe su nombre a un funcionario estadounidense que no quería llamarla una intifada- es convincente. En cuanto a Siria, siempre se ha mostrado mejor en la acumulación de naipes en el Líbano que en el juego con éstos: aprovechando la desesperación cristiana en la guerra civil libanesa en 1975-1976 para introducir sus tropas al país con permiso israelí y estadounidense, el saboteo de la predominancia israelí-estadounidense en 1982-1984, y en el uso de su propia postura contra Sadam Hussein y su alianza oportunista con EE.UU. en 1990 para aplastar al presidente Aoun y terminar 15 años de guerra. Pero como en el caso de otros protagonistas extranjeros en el Líbano, Siria terminó por estropear su posibilidad de éxito, al insistir groseramente en que el período en el poder de su aliado, el presidente Lahoud, se extendiera y al matar posteriormente a al-Hariri. Young cree que el Líbano y el Estado dentro de un Estado de Hizbulá no pueden coexistir mucho tiempo, y puede que tenga razón, pero la inestabilidad forma parte del sistema libanés.

Todo en Oriente Próximo ha resultado lo contrario de lo que los planificadores de la política exterior israelí esperaban hace medio siglo. Entonces la prioridad israelí era debilitar a las principales potencias árabes suníes y crear una «alianza de la periferia» mediante la cual Estados no árabes como Irán y Turquía serían cultivados como amigos de Israel. Una parte de esa política tuvo éxito: Potencias árabes como Egipto fueron marginadas por la derrota militar y se convirtieron en políticamente moribundas. El nacionalismo secular árabe, del cual la OLP era el símbolo y propugnador, ha sido desacreditado por sus debilidades y fracasos. El modelo de nacionalismo palestino de Yasir Arafat fue desacreditado por el fracaso de su busca de un acuerdo de paz con Israel después de la firma de los acuerdos de Oslo. Durante la guerra israelí en el Líbano en 2006 y en Gaza en 2008 el resto del mundo árabe se mantuvo infructuosamente a un lado. En la busca de una liberalización del bloqueo de Gaza en 2010 fue Turquía, en vez de algún país árabe, la que inició una acción efectiva. Mucho después que el nacionalismo de inspiración religiosa hubo reemplazado el nacionalismo secular, los dirigentes israelíes todavía esperaban obtusamente, a pesar de la amarga experiencia contraria, que organizaciones implacables de inspiración islámica como Hizbulá y Hamás se derrumbarían bajo presión militar, como lo habían hecho los ejércitos árabes 40 años antes.

Las analogías entre Estados fallidos en Oriente Próximo subrayan la fuerza de los movimientos guerrilleros no estatales altamente motivados, pero los propios Estados son muy diferentes. Iraq, fragmentado entre chiíes, suníes y kurdos, parece cada vez más un Líbano en Mesopotamia y el odio y el temor que divide a las comunidades no son menores que en Beirut. En ambos países los chiíes son la mayor comunidad pero en el Líbano son todavía una minoría y nunca pueden gobernar solos, mientras que los chiíes iraquíes constituyen un 60% de la población y confían en dominar el gobierno. A pesar de ello, el poder compartido es necesario en Bagdad, pero la naturaleza del poder estatal es diferente del Líbano. Iraq puede estar dividido pero sus ingresos del petróleo de 60.000 millones de dólares por año significan que la facción que toma el control de la maquinaria gubernamental puede, como Sadam Hussein, mantener poderosas fuerzas de seguridad. En Afganistán, al contrario, el Estado es débil y parásito, lo que lleva a que a los estadounidenses les sea imposible utilizar exitosamente tácticas de contrainsurgencia desarrolladas en Iraq, basadas en la restauración de la autoridad del gobierno central.

Uno de los muchos aspectos fascinantes de la intervención de Israel en el Líbano no es que haya sido absorbida por la ciénaga política libanesa sino la forma en la que siguió repitiendo errores anteriores. Durante treinta años hubo una subestimación continua del otro lado, comenzando con el sitio de Beirut en 1982. La reacción de Israel a la frustración política y militar ha sido usualmente la utilización de más, no menos, violencia. En el caso de la invasión de 1982, esto culminó en la masacre por milicianos cristianos de por lo menos 1.300 civiles palestinos -Hirst dice que la cifra real, tomando en cuenta los cuerpos enterrados por aplanadoras, puede llegar a 3.000- en los campos de refugiados de Sabra y Chatila en el sur de Beirut. Nunca hubo mucha duda sobre la responsabilidad en última instancia de Israel por la matanza ya que sus generales sabían perfectamente cómo los milicianos habían tratado previamente a civiles palestinos. «Si invitas al destripador de Yorkshire a pasar un par de noches en un orfanato para niñas», comentó el novelista israelí Amos Oz, «no puedes, más tarde, mirar los montones de cadáveres y decir que hiciste un acuerdo con el destripador -que sólo iba a lavar el pelo de las niñas». Los bombardeos israelíes en el Líbano en 1996 y 2006 incluyeron el bombardeo y cañoneo de civiles libaneses, y culminaron en cada caso en matanzas masivas en Qana, la aldea del sur del Líbano. Hirst expresa un cierto asombro ante la incapacidad de políticos y generales israelíes de aprender de sus anteriores errores, pero no presenta otra explicación que su irreflexiva arrogancia. Por cierto, la única debilidad en su espléndida historia es que muestra una habilidad menos segura cuando encara los motivos israelíes y se basa más en fuentes de segunda mano que cuando habla del Líbano.

Es una lástima, porque los repetidos fracasos de Israel en el Líbano requieren una explicación que vaya más allá del orgullo desmedido y de una tendencia a subestimar a sus enemigos. A pesar de su equipamiento moderno, de su control indiscutible del aire y de su alianza con EE.UU., Israel no ha logrado una victoria militar concluyente desde 1973. Tuvo un éxito parcial en 1982 cuando logró terminar con el Estado dentro del Estado palestino en el Líbano, pero de otra manera sus intervenciones han terminado invariablemente en un fracaso. Una explicación es que sociedades con una mentalidad de sitio arraigada son auto-referenciales. Los errores no pueden ser admitidos, lo que hace más probable que sean repetidos. El disenso público es perseguido cada vez más como señal de deslealtad. Las protestas israelíes contra la guerra de 2006 fueron mucho más limitadas que en 1982. Cuando el único objetor de conciencia fue enviado a la prisión, el jefe de Paz Ahora, Yariv Oppenheimer, declaró a Haaretz que tenía ganas de estrangularlo.

El súper patriotismo y el jingoísmo en tiempos de guerra o de amenaza de guerra no son una característica exclusiva de Israel, pero en Israel la propaganda es más intensa y más penetrante. Deforma el sentido de la realidad de los israelíes. Desde todo punto de vista el ataque por comandos israelíes contra la flotilla de ayuda a Gaza de mayo fue un desastre, al concentrar la atención internacional en el bloqueo y al enfurecer a Turquía, que era un estrecho aliado de Israel. Pero al justificar este fiasco como una acción policial perfectamente razonable en la cual los culpables fueron los activistas turcos por la paz, los israelíes abrieron la puerta para que sus propios dirigentes hagan exactamente lo mismo en el futuro. Y los mismos dirigentes estarán probablemente a cargo, porque la negativa a admitir que se cometieron errores imposibilita que se despida a los responsables de idioteces anteriores. Políticos propensos a desastres como Benjamin Netanyahu y el ministro de defensa Ehud Barak siguen cometiendo errores a pesar de su prolongada historia de incapacidad en la evaluación de los altos riesgos de fracaso en comparación con los beneficios limitados del éxito. Esto, a pesar del hecho de que las guerras de Israel contra el Líbano en 2007, Gaza en 2008 y el ataque contra la flotilla turca de ayuda en 2010 llevaron al debilitamiento de Israel y al fortalecimiento de sus enemigos. En días en los que Israel amenaza con un ataque aéreo contra Irán, causa inquietud que sus dirigentes sean incapaces de calcular lo que más les conviene.

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Patrick Cockburn es autor de Muqtada: Muqtada Al-Sadr, the Shia Revival, and the Struggle for Iraq.

Este artículo apareció primero en London Review of Books.

Fuente: http://www.counterpunch.org/patrick08062010.html  

rCR