Recomiendo:
0

Comisión de la Verdad y otras ocurrencias

Fuentes: Infolibre

«Los que aún recordamos los prodigiosos días vividos en abril de 1931, de cómo no cabíamos de contentos, saltábamos de placer; el júbilo colectivo, el holgarse, el baño de alegría, las demostraciones de regocijo al sacar los presos de las cárceles, los abrazos, las lágrimas que nos saltaban al ensanchársenos el pecho, las mil ilusiones, […]

«Los que aún recordamos los prodigiosos días vividos en abril de 1931, de cómo no cabíamos de contentos, saltábamos de placer; el júbilo colectivo, el holgarse, el baño de alegría, las demostraciones de regocijo al sacar los presos de las cárceles, los abrazos, las lágrimas que nos saltaban al ensanchársenos el pecho, las mil ilusiones, la bulla, la animación que producían todas las esperanzas permitidas, jamás podremos resignarnos a la pérdida de aquel Paraíso entrevisto«. Esto lo escribió Max Aub el 14 de abril de 1962, en su exilio mexicano. La alegría duró poco, apenas cinco años con el cerco siempre encima de las derechas políticas, los militares facciosos, los ricos y la Iglesia. En julio de 1936 llegó el golpe de Estado fascista que abrió las puertas a la guerra larga. Tres años después, en abril de 1939, la guerra terminó y con ella no llegó la paz, sino la victoria. La victoria del fascismo. Al revés de cómo acabó la Segunda Guerra Mundial, con la derrota del fascismo italiano y el nazismo alemán, en España la derrotada fue la Segunda República.

La razón que defendía el maestro Juan de Mairena en sus lecciones había perdido la guerra. Llegaba en los versos de Antonio Machado ese «tiempo de mentira, de infamia. A España toda, / la malherida España, de Carnaval vestida…». La victoria aquella, la fascista de hace casi ochenta años, no se ha acabado. O al menos, no se ha acabado del todo. Ha habido tanto por hacer que no se ha hecho, tanto por decir que no se ha dicho, tanto por escribir que apenas si traspasó a duras penas las fronteras rabiosamente lúcidas del exilio… Ochenta años han pasado desde entonces y ahora mismo no sabemos qué hacer con el llamado Valle de los Caídos. Parece ser que con Franco sí que sabemos lo que se va a hacer: sacarlo de su tumba faraónica. No está nada mal esa conclusión después de cuarenta y tres años de democracia. Lo nuestro con la memoria democrática no es precisamente de récord en las Olimpiadas de la historia. Espero que esa exhumación no tenga que hacerse en la clandestinidad de la noche ni por encapuchados, como se han venido haciendo algunos apartamientos de símbolos franquistas en los últimos tiempos y como se hicieron los de las estatuas del dictador en los años ochenta del pasado siglo. ¿Pero después de sacar a Franco, qué?

Después de sacar a Franco, ni se sabe. Las opiniones son para todos los gustos: lugar de reconciliación, cementerio civil a la inglesa, museo de la Memoria, una especie de Museo de la Ilustración para que se sepa que en ese sitio se cometió una de las mayores atrocidades contempladas en la historia del horror, dinamitarlo sin más explicaciones, dejarlo como está y que se vaya cayendo de viejo, como las mansiones que saca Edgar Allan Poe en sus relatos… Opiniones que van y vienen sin que ninguna de ellas tenga la más mínima posibilidad de establecerse como definitiva. Una tormenta de ideas, parece ese ir y venir por los medios de comunicación y los partidos políticos, incluido el propio Gobierno y su partido. Y todo ese titubeo viene de una duda casi angustiosa: para hacer algo con ese monumento a la vergüenza hay que saber antes lo más importante, lo único importante: ¿qué se hace con las treinta mil personas enterradas en los sótanos de ese monumento? Y es ahí donde pinchamos en hueso, donde nos perdemos en soluciones posibles o imposibles, en deseos llenos de esperanza y realidades que a veces se pegan puñetazos con esos deseos, en un montón de sueños que tanta gente lleva años soñando en las noches desapacibles del silencio y el olvido. Hablemos, pues, de los muertos. Y no sólo del muerto.

Y ahora, la última aportación del presidente del Gobierno. Viajar es aprender a mirar de otra manera lo que teníamos visto mil veces antes del viaje. Por eso ha regresado de su periplo latinoamericano Pedro Sánchez lleno de novedades en los asuntos de la memoria. La principal de esas novedades es la creación de una Comisión de la Verdad. Pues adelante con los faroles. Total, qué pasa con añadir una más a la larga lista de ocurrencias que estamos prodigando unos y otros respecto a lo que teníamos que llevar ya cuarenta años discutiendo. Una Comisión de la Verdad es algo que no se inventa de la noche a la mañana. Es de creación compleja y de funcionamiento más complejo todavía. Hay que acotar tiempos y espacios de investigación, urdir estrategias contra los engaños y las presiones que prodigarán sin tregua los defensores directos e indirectos de la dictadura, trabajar un espacio sin trampas ideológicas que confundan los hechos históricos y el papel que en esos hechos jugaron los protagonistas en el lado de los verdugos y las víctimas… De repente, ya lo del Valle de los Caídos pasa a un segundo plano. Ahora toca hablar de la Comisión de la Verdad. Estamos como siempre: en ningún sitio. Los franquistas se pasean con el pecho inflado por las televisiones en vez de estar en la cárcel si la Ley de Memoria fuera una ley como la democracia manda y no una insuficiente que quiso contentar, una vez más, a los herederos del franquismo.

Lo poco que he leído sobre esa Comisión de la Verdad anunciada por Pedro Sánchez después de caerse del caballo en la televisión chilena me gusta poco. Según el presidente del Gobierno, esa Comisión ha de ser «lo más plural posible, que estén incorporadas todas las perspectivas históricas sobre la Guerra Civil y la dictadura franquista». No sé qué entiende Pedro Sánchez por pluralidad cuando estamos hablando -o eso creo- de rigor histórico y no de una simple discusión en la mesa de un café o una tertulia televisiva -prefiero, en todo caso, las discusiones en la mesa de un café-. Y tampoco entiendo por qué seguimos juntando -casi siempre interesadamente y otras veces por torpeza- lo que fue la Guerra Civil que vino después de un golpe de estado fascistacontra la República legítimamente instituida y una de las dictaduras más sangrientas que ha dado la historia contemporánea del terror.

Lo que hace falta de verdad es una política democrática coherente con la propia historia de la democracia, una política capaz -como escribía Mario Benedetti- de convertir el miedo de tantos años en coraje, una política que no sea lo que dice un personaje de Max Aub a otro hablando de las guerras y lo que viene luego: «Al fin y al cabo hiciste lo que la inmensa mayoría: conformarte con lo que te dieron, sin añadir nada». Pues ya es hora de que añadamos lo que es el derecho humano a la memoria, la justicia y la reparación que se merecen quienes dieron su vida por la libertad en la guerra y en la dictadura. Un derecho que nos obliga a situarnos frente a ese franquismo que sigue campando a sus anchas como si no llevásemos ya cuarenta y tres años de democracia. ¿O no llevamos ya cuarenta y tres años de democracia? A lo mejor podemos crear una Comisión de la Verdad para obtener una respuesta clara. Y no crean que lo digo riéndome. Para nada me río. Para nada.

Texto publicado originalmente en Infolibre