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Racismo y criminalidad policial

Contradicciones y conflictos sociales en un imperio decadente

Fuentes: Rebelión

Pese a todo el avance científico–tecnológico, industrial, la sociedad estadounidense es profundamente desigual en las condiciones de vida material y espiritual de sus clases sociales.

Estados Unidos tiene un problema muy serio. El problema que tiene Estados Unidos somos nosotros. Nosotros somos su problema… los llamados negros; ciudadanos de segunda, ex-esclavos… No hay capitalismo, sin racismo. -Malcolm X

1. La ascensión al cielo.

El lanzamiento del cohete Falcon 9, con la cápsula Crew Dragon –tripulada por dos astronautas–, ambos propiedad de la empresa SpaceX, del magnate de origen sudafricano Elon Musk, se realizó el sábado 30 de mayo pasado. Cerca de 10 millones de personas siguieron en vivo el lanzamiento, según la NASA. Solamente habían transcurrido cinco días del asesinato del afroamericano George Floyd en la ciudad de Minneapolis, Minnesota, a manos del policía Derek Chauvin.

Pero, ¿que significan ambos sucesos? Uno es un hecho violento criminal racista y otro es una proeza de naturaleza tecnológica–científica. Por supuesto, no existe ninguna relación directa y mecánica entre ambos hechos; sin embargo… existe una relación, aunque distante, porque estamos hablando del mismo país profundamente contradictorio. Empecemos por el segundo: La historia de los viajes espaciales fueron producto de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética y tenían que ver tanto con aspectos bélicos y también como muestra de logros tecnológico–científicos. La competencia entre las potencias comenzó. El 12 de abril de 1961, los soviéticos lanzaron una nave tripulada por Yuri Gagarin. Pero, semanas después, el 5 de mayo del mismo año, los estadounidenses pusieron un hombre en el espacio, Alan Shepard.

El lanzamiento del cohete Falcon 9 representa el neoliberalismo a ultranza del gobierno estadounidense, pues significa la privatización creciente de espacios económicos y de investigación científica–tecnológica a manos del capital privado. Desconocemos si ha habido subsidio con fondos públicos a esta empresa aeroespacial, pero desde hace décadas ha habido un continuo saqueo de los programas sociales de los gobiernos en sus diversos niveles.

La potencia económica estadounidense se empieza a consolidar a partir de principios del siglo pasado con base a la pujante industrialización iniciada desde las tres últimas décadas del siglo XIX, y es con la Segunda Guerra Mundial que se impulsa notablemente el proceso de investigación científica de la física nuclear con fines bélicos y décadas después la investigación aeroespacial. La dinámica de la acumulación de capital imperialista desde la cuarta década del siglo pasado necesariamente tenía que destinar un excedente económico de fondos públicos para la investigación científica y su aplicación tecnológica, especialmente de naturaleza militar.

La historia tecnológica e industrial de los Estados Unidos describe el surgimiento de esta nación como tecnológicamente la más poderosa y avanzada del mundo. El impulso de las fuerzas productivas derivadas por el desarrollo del capital monopólico imperialista fue vertiginoso y sigue siendo en menor medida, pero al mismo tiempo contradictoriamente este desarrollo impulsó aceleradamente las fuerzas destructivas con un armamento de exterminio masivo jamás conocido en la historia de la humanidad.

2. El descenso al infierno… Algo de la historia universal de la infamia.

Pese a todo el avance científico–tecnológico, industrial, con fundamento en un desarrollo extraordinario del capital sustentado, a su vez, por el poderío militar de un imperialismo, la sociedad estadounidense es profundamente desigual en las condiciones de vida material y espiritual de sus clases sociales. Existe, como en todos los países, un desarrollo desigual y combinado. El hecho de que el uno por ciento de la población detente casi el 40 por ciento de la riqueza del país es un ejemplo de la creciente brecha entre ricos y pobres, pues estos últimos, el 90 por ciento de las familias con menos ingresos ahora solo tiene el 22.8 por ciento de la riqueza. Estados Unidos, precisamente por esa enorme concentración del ingreso en una minoría oligárquica, tiene una enorme población viviendo en pobreza relativa; pobreza relativa porque siendo un país extraordinariamente rico gran parte de su población podría estar en mejores condiciones de bienestar, y esa pobreza social se encuentra especialmente en las poblaciones étnicas afroamericanas, asiáticas, latinas, etcétera. La dialéctica social e histórica de esta nación se manifiesta en un extraordinario avance de la ciencia y la tecnología frente a un atraso civilizatorio. También se podría entender esta contraposición con que los civilizados somos nosotros, los blancos supremacistas y los bárbaros son ellos, los otros, entendiendo por “ellos” los negros y demás minorías étnicas. Pero bien podría ser al revés. La dialéctica de la barbarie civilizada, diría Michael Lowy [https://rebelion.org/barbarie-y-modernidad-en-el-siglo-xx/].

Pero, esta población negra y las minorías étnicas, en su mayoría, además de estar viviendo en condiciones precarias (laborales, vivienda, salud, educación, etcétera), sufre una terrible discriminación racial de amplios sectores de población blanca supremacista ultraconservadora política e ideológicamente, y esto incluye, por supuesto, a muchos del personal policiaco. Estados Unidos tiene el 4.3 por ciento de la población del planeta y posee cerca de la mitad de los 857 millones de armas en manos de civiles en el mundo. También el mayor número de asesinatos masivos… La historia de esta nación es la de una nación hiperviolenta socialmente; en su momento lo sería militarmente con otras naciones.

La dialéctica del amo y del esclavo. El amo es amo mientras exista el esclavo, y el esclavo es esclavo mientras exista el amo. Aunque desde 1607 ya había un asentamiento inglés, Jamestown, Virginia, la primera colonia permanente británica en las Américas, iniciando la historia de un exterminio brutal y sangriento de los indios nativos, no fue sino hasta 1620 cuando llegaron los primeros colonos a Nueva Inglaterra –los Pilgrim Fathers (Padres Peregrinos)– a consolidar los asentamientos europeos en estas tierras. Por supuesto, desde 1607 hubo masacres en ambos bandos, pero quienes finalmente resultaron exterminados fueron las tribus indias pequotes. Entonces, desde principios del siglo XVII, la violencia forma parte de la historia de este país. Parafraseando a Marx, Estados Unidos, desde las 13 colonias inglesas, nace chorreando sangre y lodo por todos los poros, y a eso contribuye notablemente la esclavitud como forma de violencia laboral, social, cultural y política. Marx dice: “En general, la esclavitud encubierta de los obreros asalariados en Europa exigía, como pedestal, la esclavitud sans phrase [sin reservas] en el Nuevo Mundo”. Y añade: “Antes de la trata de negros, las colonias no daban al mundo viejo más que unos pocos productos y no cambiaron visiblemente la faz de la tierra. La esclavitud es, por tanto, una categoría económica de la más alta importancia”. Entonces, el desarrollo del sistema de plantaciones esclavistas algodoneras y el comercio negrero que las avitualla con mano de obra desde las costas africanas, fue fundamental para el progreso capitalista estadounidense. Esta esclavitud fue una de las determinaciones del proceso de acumulación originaria de capital en esa nación; una acumulación de capital después poderosísima capaz de poner en órbita a decenas de astronautas como los del Falcon 9.

El gran historiador estadounidense Howard Zinn [1922–2010] dice en su libro La otra Historia de los Estados Unidos. Desde 1492 hasta el presente: “No hay país en la historia mundial en el que el racismo haya tenido un papel tan importante y durante tanto tiempo como en los Estados Unidos. El problema de la ‘barrera racial’ o color line –en palabras de W.E.B. Du Bois– todavía colea.” Muy cierto, tan colea furiosamente que tenemos el asesinato de George Floyd perpetrado el lunes 25 de mayo pasado. La violencia capitalista encarna terriblemente en la violencia racial clasista. El racismo sutil o violento, en cualquier parte del mundo, es inherente a la sociedad clasista; es una pandemia congénita a esta sociedad y forma parte de la barbarie civilizada…

Así empezó la historia de la infamia: En 1619 llegaron cerca de Jamestown, Virginia, los primeros 19 negros esclavos llevados por comerciantes neerlandeses que se habían apoderado de un barco español de esclavos. Zinn dice que: “En las colonias inglesas, la esclavitud pasó rápidamente a ser una institución estable, la relación laboral normal entre negros y blancos. Junto a ella se desarrolló ese sentimiento racial especial –sea odio, menosprecio, piedad o paternalismo– que acompañaría la posición inferior de los negros en América durante los 350 años siguientes –esa combinación de rango inferior y de pensamiento peyorativo que llamamos ‘racismo’. Todas las experiencias que vivieron los primeros colonos blancos empujaron y presionaron para que se produjera la esclavitud de los negros”. Doce millones de africanos fueron llevados a América entre el siglo XVI y el XIX. De ellos, se estima que 645 mil fueron enviados a lo que hoy se conoce como Estados Unidos. En 1860 llegó a Alabama el último barco negrero estadounidense, el Clotilde. A bordo iban más de un centenar de esclavos capturados en África. De 1790 a 1860 –dice Howard Zinn– “se pasó de 500.000 esclavos a 4 millones. El sistema, trastocado por las rebeliones de esclavos y las conspiraciones, desarrolló en los estados sureños una red de controles, apoyada por las leyes, los tribunales, las fuerzas armadas y el prejuicio racial de los líderes políticos de la nación.” Años más tarde, las leyes “Jim Crow” se refieren a las disposiciones estatales y locales que desde 1876 se multiplicaron en el Sur, y que consagraron un sistema de segregación racial bajo el principio de “separados pero iguales”, aunque la igualdad era inexistente. Tales leyes fueron derivadas de los códigos negros (1800-1866), que también habían limitado los derechos civiles y las libertades civiles de los afroestadounidenses. Durante el nazismo, mucha legislación racista se inspiró en las leyes estadounidenses para someter a las minorías étnicas consideradas no arias.

En su libro Historia universal de la infamia, en “El atroz redentor Lazarus Morell”, Jorge Luis Borges escribió un poco sobre la esclavitud negra encadenada a las plantaciones cercanas al río Mississippi. Por supuesto, pudo haber elaborado un capítulo más grueso sobre el tema. Borges escribe: “A principios del siglo XIX (la fecha que nos interesa) las vastas plantaciones de algodón que había en las orillas eran trabajadas por negros, de sol a sol… Los propietarios de esa tierra trabajadora y de esas negradas eran ociosos y ávidos caballeros de melena, que habitaban en largos caserones que miraban al río —siempre con un pórtico pseudo griego de pino blanco. Un buen esclavo les costaba mil dólares y no duraba mucho. Algunos cometían la ingratitud de enfermarse y morir. Había que sacar de esos inseguros el mayor rendimiento. Por eso los tenían en los campos desde el primer sol hasta el último; por eso requerían de las fincas una cosecha anual de algodón o tabaco o azúcar.”

Sabemos por Marx que el trabajo asalariado moderno es la esclavitud moderna, la esclavitud salarial. Esto es un hecho inobjetable dentro de las relaciones sociales fincadas por el capital, pero una cosa es el despotismo del capital y la explotación del trabajador asalariado en el proceso de producción y otra cosa es añadir la discriminación social sutil o violenta, y la segregación racial territorial hacia las minorías étnicas laborantes en muchos países del planeta. Que esto suceda en la nación que se jacta de ser muy civilizada y democrática hace pensar que los valores morales de la clase dominante y del poder político en los Estados Unidos sea una ficción absoluta.

3. “I can´t breathe” (no puedo respirar).

La sociedad se está asfixiando a sí misma. El asesinato brutal de George Floyd se suma a las decenas de miles de crímenes de negros perpetrados por los blancos racistas desde siglos atrás quienes han fungido como poder dominante, en tanto clase oligárquica–burguesa. No es un incidente fatal aislado. Su crimen es uno más de los casi 280 asesinatos de afroamericanos por elementos policiacos que ocurren cada año en Estados Unidos. Existe una altísima proporción con que disparan contra hombres negros: de acuerdo con un estudio conducido por la Universidad de Rutgers, 57 por ciento de las personas muertas a manos de la policía en 2017 no representaba una amenaza con armas de fuego, mientras la organización MappingPoliceViolence (Cartografía de la Violencia Policiaca) registra que las personas negras tienen tres veces más probabilidades de morir a manos de la policía que las blancas. En este país existe un racismo de Estado, pues hay violencia racista institucional que permea casi toda la superestructura jurídica–política. La policía es una fuerza represiva del aparato de estado. Este asesinato es resultado de toda una cultura ancestral de odio racista y sus atrocidades. El racismo, latente o manifiesto, se ha incubado históricamente en todas las sociedades clasistas. La evolución del poder y el dinero en los Estados Unidos hacia posiciones más ultraconservadoras y derechistas es claramente un síntoma de la decadencia imperialista. Eso explica, probablemente, que el actual presidente Donald Trump tenga una simpatía “oculta” hacia las posiciones más retrogradas y criminales como la organización siniestra del Ku Klux Klan, pues sus padres pertenecieron a ella.

George Floyd, de 46 años, fue asesinado por la policía de Minneapolis a plena luz en la fecha del Memorial Day (Día de la Conmemoración de los Caídos ). El video muestra a Floyd esposado y bloqueado bajo la rodilla de un policía aplastándole la garganta contra el piso durante 9 minutos. Se oye a George Floyd diciéndole al oficial que no puede respirar y diciéndole «No me mates». En el video se puede oír a la gente que le ruega al oficial de policía que no mate al hombre. La herida del racismo, un trauma fundacional de este país, donde hasta los años 60 los negros vivían segregados, sigue sin cerrarse y ahora sangra por Minneapolis. George Floyd murió por la pandemia histórica del racismo y la discriminación.

Este vil asesinato es la cruda y violenta manifestación de una sociedad desgarrada consigo misma. Es la herencia histórica del esclavismo de cuatro siglos; para citar a Marx: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos.”

4. La encarnación neofascista.

El capitalismo salvaje neoliberal se volvió más salvaje con Donald Trump. Este presidente representa lo más descarnado políticamente de la democracia del dinero. El poder del dinero se ha encumbrado de manera muy visible y se ostenta arrogante y cínico ante la ciudadanía, especialmente ante el pueblo trabajador y los migrantes. Él representa fiel y cabalmente a la ultraderecha, a los neonazis y a los supremacistas; “very fine people”, según Trump, quien es la personificación de la decadencia intelectual, moral y política de EU. Su infame lema “Make America great again” [que Estados Unidos vuelva a ser grande] como “Make America white again” [que Estados Unidos vuelva a ser blanco], es parte de esa ideología clasista supremacista. “Trump – afirma Juan Duchesne-Winter– es una de las figuras que mejor ha personificado en la historia moderna, cual showman infernal, la codicia y la indecencia del villano capitalista. Pero su histrionismo de pesadilla no es un show de temporada sino la encarnación demasiado real de la más profunda crisis de legitimidad que ha afectado al aparato de hegemonía estadounidense.” [https://nuso.org/].

“Nadie ha mimado tanto a los sindicatos policiales como Trump, a los que incluso ha animado a no ser ‘demasiado amables’ en los arrestos. El pasado octubre el líder del sindicato de policías de Minneapolis participó en un mitin del presidente y le agradeció haberles librado de las ‘esposas y la opresión’ padecidas durante la era Obama.” “¿Es racista la policía estadounidense? ¿Es racista EE.UU.? La respuesta a ambas preguntas no es sencilla. En cualquier caso, la policía de Estados Unidos no es más racista que cualquier otra policía de los países blancos desarrollados; y EE.UU. no lo es más que cualquier otro país occidental. La diferencia es que la de este es la historia de sus cepos de castigo, sus cruces ardiendo y los fantasmas de extraños frutos colgando de sus árboles… Se trata, pues, de un entramado de causas en un país que soporta índices de violencia más propias de una zona de conflicto que de un estado desarrollado.” [https://ctxt.es/es/].

De cómo los barones del dinero estadounidenses se hicieron del poder político es el caso de Donald Trump. Él representa, sin duda, lo que en su momento, la segunda mitad del siglo XIX, fueron los llamados barones ladrones, símbolo de una edad de oro de la corrupción, de los monopolios y de una voracidad rampante. Sus empresas eran como pulpos, devorando todo a su paso. En el siglo veinte y veintiuno se convirtieron en magnates, encarnando la poderosa fuerza del capitalismo estadounidense.

Cornel West, un profesor de filosofía de la Universidad de Harvard, calificó al presidente Donald Trump como el “gánster neofascista de la Casa Blanca” y añadió que el fracaso de la nación –que permite una desigualdad endémica y una cultura de la codicia y del consumo que pisotea los derechos y la dignidad de los pobres y de las minorías una década tras otra– empezó mucho antes que el mandato del actual presidente. “Creo que lo que estamos viendo en los Estados Unidos es una experiencia social fallida… la historia de los negros durante más de 200 años ha sido la del fracaso de los Estados Unidos. Su economía capitalista no ha logrado producir ni ofrecer adecuadamente lo que la gente necesita para vivir una vida decente.”

Nerón en la Casa Blanca; más gasolina al fuego: “Cuando empieza el saqueo empieza el tiroteo.”, vociferó amenazante Donald Trump en torno a las revueltas en Minneapolis. “Su tuit no era solo una amenaza explícita a quienes se manifiestan en las calles del país. Era también una referencia a las declaraciones de un policía segregacionista en 1967, el año del long hot summer (una serie de durísimas revueltas raciales, terminadas por el ejército estadounidense tomando la ciudad de Detroit)… Con el país en llamas por el asesinato de George Floyd, la respuesta del presidente es movilizar el imaginario de los años de plomo estadounidenses, apelar a los momentos más duros de la lucha por los derechos civiles –poniéndose del lado segregacionista.”

El 2 de junio, Trump otra vez amenazante declaró: “Si una ciudad o un estado se rehúsa a tomar acciones que son necesarias, entonces voy a desplegar el ejército de EE.UU. para resolver por ellos y de forma rápida el problema”. Pero tal declaración no la compartió el jefe del Pentágono, Mark Esper, quien dijo el miércoles 3 de junio que está en desacuerdo con usar a los militares para frenar la multitudinaria ola de protesta contra el racismo y la brutalidad policial.

Son muchos los actos de prepotencia delirante de Trump, pronunciándose por mayores acciones represivas y responsabilizando a la extrema izquierda de “terroristas” y a los anarquistas de las revueltas, acusando también a los antifascistas. Después de llamar “matones” a los manifestantes de nada le sirvió levantar con la mano la Biblia en la Iglesia de Saint John cercana a la Casa Blanca para conjurar la exacerbación de las revueltas por todo el país y calificar de “vergüenza” las manifestaciones y desafió: “Soy su presidente de la ley y el orden”. En respuesta, Jesse Jackson, veterano líder de derechos civiles dijo: “Por mucho tiempo, muy frecuentemente, los afroestadounidenses han sido brutalizados sin consecuencias”… Los que declaran la ley y el orden no ofrecen ni uno ni otro a los afroestadounidenses”.

Pero Trump no puede ocultar la crisis política de su gobierno perdiendo legitimidad aceleradamente e impedir el aislamiento al que se ha condenado al insistir en disparates como el de calificar a las manifestaciones contra la brutalidad policial de “terrorismo doméstico”, o llamar “débiles” a los alcaldes y gobernadores quienes se oponen al uso de las fuerzas armadas para sofocar las revueltas. Ciertamente Trump está desatando un cisma en la Casa Blanca y en las elites políticas y militares. Por supuesto, se requiere muchos más que eso para resquebrajar las esferas del poder dominante.

Pese a todas estas balandronadas como la de decir: “He hecho más por los afroestadounidenses que cualquier otro presidente, con la posible excepción de Lincoln”, ¿Podrá reelegirse Trump en las próximas elecciones a realizarse en noviembre próximo? No es fácil la respuesta, pues Trump todavía tiene el apoyo de los sectores más duros del neofascismo local, incluidos los grupos más conservadores de políticos y empresarios.

5. La ira popular en las calles. La revuelta es el idioma de los ignorados.

Martin Luther King, quien además de condenar toda violencia era un antifascista e izquierdista, sentenció: “Un disturbio es el lenguaje de los que no son escuchados”. El poder político no solamente ha sido sordo a los justos reclamos de los negros y de las minorías étnicas, sino que se torna criminal apelando a la Razón de Estado. Luther King fue asesinado, de la misma manera fue asesinado Malcolm X, entre otros líderes negros.

Una vez más, en el noveno día de protestas, decenas de miles de manifestantes salieron a las calles pacíficamente, en su mayoría, en las grandes ciudades como Nueva York, Los Ángeles, Washington, y otras más. Son más de 140 ciudades que han sido escenario de revueltas en contra de la violencia criminal racista policial, desafiando a las policías locales y a la Guardia Nacional, cuyas tropas son 17 mil integrantes, la cual opera por ahora al mando de cada gobernador y están desplegados en 23 estados y la capital. Mientras, mantienen unidades militares en diversos puntos de la capital.

Pero esto no es nada nuevo, la historia es muy añeja, de cuando menos seis décadas. Una historia recurrente: Las principales revueltas raciales en Estados Unidos en los últimos 30 años tienen que ver con la represión policiaca .

“La década de los años sesenta en Estados Unidos –escribe Patricia de los Ríos en su texto Los movimientos sociales de los años sesentas en Estados Unidos: un legado contradictorio– fue uno de los períodos más convulsionados de su historia social contemporánea. Durante esos años Estados Unidos ve la irrupción en la escena política de nuevos actores que transformaran profundamente a la sociedad estadounidense. Entre esos nuevos actores sociales destacan los movimientos sociales a cuya vanguardia están la población afroamericana y las organizaciones pacifistas y estudiantiles” [Sociológica, año 1, Numero 38. Septiembre–diciembre de 1998].

La violencia racial es un elemento constante en la historia de Estados Unidos, pero es a partir de los años 60 cuando se generalizan los estallidos recurrentes de violencia urbana. Medio siglo después continúan. Este es un repaso de los disturbios raciales de mayor impacto en los últimos 60 años. El Joker anda suelto.

–Watts. 11 de agosto de 1965. Apenas un mes después de la histórica aprobación de la ley que amparaba los derechos civiles de los negros, estallan los disturbios de Watts, un barrio afroamericano de Los Ángeles.

–El largo verano caliente de 1967. Con este nombre se conoce a los 159 disturbios raciales que asolaron Estados Unidos en 1967. Atlanta, Boston, Cincinatti, Buffalo, Tampa, Birmingham, Chicago, Nueva York, Milwaukee, Minneapolis… Newark y Detroit sufrieron las revueltas más destructivas.

–Newark (New Jersey) 12-17 de julio. Todo empezó con la paliza y detención de un taxista negro que no se había detenido ante la policía. Cuando corrió el rumor de que había muerto en la comisaría, empezaron cuatro días de saqueos y destrucción que terminaron con 26 muertos, 725 heridos y mil 500 detenidos.

–Detroit. Conocida como “la revuelta de la Calle 12” fue el incidente más sangriento del “caliente verano del 67”. Comenzó cuando la policía entró en un bar ilegal donde celebraban el regreso de un par de soldados negros de Vietnam. Los enfrentamientos dejaron un rastro de 43 muertos, mil 189 heridos, 7 mil 200 detenidos y más de 2 mil edificios destruidos. Detroit no se ha recuperado aún.

–1968. Las revueltas por el asesinato de Martin Luther King. La oleada de disturbios que provocó el asesinato racista en Memphis del líder negro Martin Luther King desató la más extensa oleada de violencia social desde la Guerra Civil de 1860-1865. No obstante, los muertos fueron menos que los del año anterior porque el Gobierno federal del presidente Johnson dio orden de no disparar a los saqueadores. Lo peor se vivió en Washington, Baltimore, Chicago y Kansas City. Balance: 40 muertos, 2 mil 500 heridos y 15 mil detenidos.

–1992. Las revueltas de Los Ángeles. El origen de los disturbios hay que buscarlo un año antes cuando la policía de Los Ángeles dio una brutal paliza a Rodney King. Pero el 29 de abril de 1992 los policías fueron absueltos por un jurado en el que no había ni un negro. Esa misma noche empezaron los incidentes. Las imágenes aéreas de los incendios en el barrio de South Central se repitieron durante cinco noches. Ardieron mil 100 edificios, murieron 40 personas y se estimaron daños cercanos a los mil millones de dólares.

–2014. Staten Island, Nueva York. El 17 de julio, Eric Garner murió asfixiado en el suelo, mientras lo inmovilizaban varios agentes. Llegó a repetir 11 veces que no podía respirar antes de fallecer. Por eso, su caso ha sido recordado estos días tras la muerte de George Floyd. A lo que se sumó, un mes después, el caso de Michael Brown en Ferguson.

–2014. Ferguson, Missouri. El 9 de agosto de 2014, el policia blanco Darren Wilson alcanzó con seis disparos a Michael Brown, un joven negro desarmado de 18 años. Minutos antes Brown había robado cigarrillos en una licorería cercana. Protestas pacíficas y violentas se registraron en Ferguson, Chicago, Los Ángeles, Nueva York y Boston.

–2020 Minneapolis. En medio de la devastadora pandemia del coronavirus, Estados Unidos se enfrenta a una nueva oleada de disturbios raciales por el brutal arresto y muerte de George Floyd. El 26 de mayo comienzan las protestas en Minneapolis, inicialmente de manera pacífica, pero a lo largo de la noche desembocan en violencia y saqueos. Al 5 de junio de 2020, 26 personas han muerto durante las protestas y disturbios, mil 500 heridos y 5 mil 600 detenidos. Cierto es que ha habido saqueos, pero resuena el discurso de Tamika Mallory aludiendo al poder dominante: “¡Basta ya! … No nos hablen de saqueo. Ustedes son los saqueadores. América ha saqueado a los negros, América saqueó a los nativos americanos; al saqueo se dedican ustedes…”

Citemos nuevamente a Duchesne-Winter: “Las protestas evidencian la crisis de todo el sistema, no solo del gobierno de Trump, pues el supremacismo blanco que él asiduamente fomentó en estos años, y que lo hace responsable de la campaña de asesinatos de negros conducida por la policía y elementos paramilitares afines, ha sido parte de procesos que históricamente dieron forma a la nación estadounidense y que hasta el día de hoy continúan siendo refrendados por los dos bandos de la elite que se turnan en el poder: republicanos y demócratas. Esos procesos han sido el saqueo y el exterminio.”

Epílogo: Los cuatro jinetes apocalípticos a galope en el imperio.

Toda esta convulsión social desatada por el asesinato de George Floyd tiene como escenario una profunda crisis social, sanitaria, económica y política. Los bárbaros Atilas –diría nuestro Cesar Vallejo– son: La ancestral violencia racista oficial y la discriminación socio–cultural contra la población negra y las minorías étnicas, cual pandemia histórica cuyo virus es el capitalismo más poderoso del planeta; Estados Unidos es la nación con el mayor número de diagnósticos de covid-19. La pandemia afecta a cerca de dos millones de personas contagiadas y 110 diez mil muertos, la cifra más alta del planeta, en la que tiene mucha responsabilidad Donald Trump por su desastre de política sanitaria y además todo lo que implica la privatización del sistema de salud pública desde la instauración del neoliberalismo rampante. Muchos más afroamericanos han muerto de COVID-19 que blancos en el país; la crisis económica, iniciada antes de la pandemia y agudizada por esta, tiene a casi 43 millones de trabajadores desempleados y 1 de cada 4 trabajadores ha pedido subsidio por desempleo desde mediados de marzo; y el último, pero no menos importante, es el neofascista Donald Trump, ejemplo de la degradación del poder y del dinero.

Howard Zinn dice: “Si la experiencia histórica tiene algún significado, el futuro de la paz y la justicia en los Estados Unidos no dependerá de la buena voluntad del Gobierno.” Por una nación socialista. “Tengo un sueño”, exclamó esperanzado Martin Luther King. La posibilidad de construir una nación verdaderamente democrática acorde a los preceptos de Abraham Lincoln: el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, será cuando los trabajadores estadounidenses –el verdadero pueblo– tengan en sus manos la construcción de su propio destino para la realización de igualdad, paz y justicia social, desterrando el funesto imperialismo y hacer la fraternidad con todos los pueblos del mundo.