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Crítica de la información sobre Oriente Próximo

Fuentes: Jadaliyya

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

He pasado los últimos ocho años trabajando en Iraq y también en Somalia, Afganistán, Yemen, y otros países del mundo musulmán. Por lo tanto todo mi trabajo ha tenido lugar a la sombra de la guerra contra el terror y de hecho ha sido gracias a esa guerra, aunque me he esforzado en desaprobar las premisas subyacentes de esa guerra. De cierto modo mi trabajo ha servido a pesar de todo para apoyar la narrativa. Una vez pregunté a mi editor del New York Times Magazine si podría escribir sobre un tema aparte del mundo musulmán. Dijo que incluso si escribiera en perfecto español y fuera experto en Latinoamérica no me publicarían si el tema no fuera la yihad.

Demasiado a menudo los consumidores de los medios dominantes son víctimas de un fraude. Uno piensa que puede confiar en los artículos que lee, piensa que puede pasar por la criba el sesgo ideológico y solo obtener los hechos. Pero no conoce los ingredientes que forman el producto que compra. Es importante que se comprenda cómo se produce el conocimiento sobre los actuales eventos en Medio Oriente antes de aceptarlo como base. Incluso cuando no hay sesgos ideológicos evidentes por ejemplo en la información sobre Israel, hay problemas fundamentales al nivel epistemológico y metodológico. Crean distorsiones y falsedades y justifican la narrativa de los dueños del poder.

Según el intelectual y erudito francés François Burgat, hay dos tipos de intelectuales encargados de explicar el «otro» a los occidentales. Él y Bourdieu describen al «intelectual negativo» que alinea sus creencias y prioridades con los del Estado y centra su perspectiva en el servicio del interés del poder y en lograr proximidad con él. Y en segundo lugar, existe lo que Burgat llama el «intelectual de fachada», cuyo papel en la sociedad es confirmar a las audiencias occidentales sus nociones, creencias, ideas preconcebidas y racismos sobre el «otro». Los periodistas que escriben en los medios dominantes, así como sus interlocutores locales, caen frecuentemente en ambas categorías.

Existe una vasta literatura sobre la imposibilidad del periodismo en su sentido clásico, liberal, con todos los tropos familiares sobre objetividad, neutralidad, y «transmisión de la realidad». Sin embargo, y tal vez por falta de una fuente alternativa de legitimación, importantes medios noticiosos dominantes de Occidente siguen aferrándose a esas nociones cada vez con más insistencia. Medio Oriente es un sitio excepcionalmente adecuado para que los medios occidentales se conozcan a sí mismos y su futuro, porque es la escena donde todas las pretensiones de objetividad, neutralidad ante el poder y compromiso crítico flaquearon espectacularmente.

Los periodistas son el arquetipo de instrumentos ideológicos que crean cultura y reproducen el conocimiento. Como todos los instrumentos, los periodistas no crean ni producen. No son los maestros del discurso o de las formaciones ideológicas sino productos de ellos y sus sirvientes. Su función es representar a una clase y perpetuar la ideología dominante en lugar de construir una ideología, o narrativa en este caso, contra-hegemónica y revolucionaria. Son los intelectuales orgánicos de la clase gobernante. En lugar de ser la voz del pueblo o de la clase trabajadora, los periodistas, con demasiada frecuencia, son los instrumentos funcionales de una clase burguesa gobernante. Producen y diseminan cultura y significado para el sistema y reproducen sus valores, permitiendo que impere en el campo de la cultura, y ya que el periodismo tiene actualmente una economía política específica, son todos productos del discurso hegemónico y de la clase adinerada. La clase trabajadora no tiene redes dentro de los regímenes del poder. Esto también se aplica a Hollywood y al entretenimiento y a las series en la televisión: están producidos por los mismos intelectuales. Incluso periodistas con pretensiones de seriedad generalmente solo sirven a las elites e ignoran los movimientos sociales. El periodismo tiende a centrarse en el Estado, concentrándose en elecciones, instituciones, política formal y haciendo caso omiso de la política de contención, de la política informal y de los movimientos sociales.

Los que andan saltando por el mundo con la reputación de valerosos corresponsales de guerra, lanzándose en paracaídas al estilo Geraldo (Anderson Cooper es el nuevo Geraldo liberal) a conflictos de Yemen a Afganistán, solo confirman generalmente la visión del mundo de los estadounidenses. El periodismo simplifica, es decir destruye la perspectiva histórica. El periodismo en Medio Oriente es demasiado a menudo un acto violento de visualización. Los periodistas occidentales toman la realidad y la amputan, la retuercen, la ajustan a un discurso o taxonomía predeterminados.

Los medios estadounidenses siempre quieren ajustar los eventos de la región a una narrativa del Imperio EE.UU. El reciente asesinato de Osama bin Laden se recibió con un encogimiento de hombros colectivo en Medio Oriente, donde siempre había sido irrelevante, pero para los estadounidenses y por ello para los medios de EE.UU. fue un momento histórico y definidor. Demasiado a menudo el contacto con Occidente ha definido los eventos en Medio Oriente y se da por hecho que impulsa su historia, pero la llamada Primavera Árabe con sus revoluciones y levantamientos provoca ansiedad entre los estadounidenses blancos. Les perturba la autoliberación de gente morena. Pero la Primavera Árabe puede representar una transformación revolucionaria del mundo árabe, un golpe masivo a la política islamista y el renacimiento de una política árabe nacionalista, secular e izquierdista. Pero los medios estadounidenses han estado obsesionados por los islamistas, los buscan detrás de cada manifestación, y los levantamientos se han tratado frecuentemente como si fueran algo amenazante y como si hubieran llevado al caos. Y demasiado a menudo todo se limita a «¿qué significa esto para la seguridad de Israel?» Las aspiraciones de cientos de millones de árabes en busca de libertad se subordinan a las preocupaciones por la seguridad de cinco millones de judíos que colonizaron Palestina.

Hay un fuerte elemento de chovinismo y racismo detrás de la información. Como los soldados estadounidenses, los periodistas de EE.UU. gustan de utilizar la ocasional palabra local para mostrar que han desentrañado los secretos de la cultura. El tema del chovinismo fue muy discutido durante la «Tormenta del Desierto», cuando los periodistas comenzaron a hablar de «nosotros». Los liberales no dirán «nosotros» pero siguen limitados por paradigmas blancos supremacistas, imperiales. «Wasta» es una de esas palabras. Un jefe de buró estadounidense en Iraq me dijo que Muqtada Sadr tenía mucho wasta ahora de modo que podría impedir una prolongada presencia estadounidense. Inshallah es otra de esas palabras. Y en Afganistán, es pushtunwali, el secreto para comprender a los afganos. El Islam también se trata como un código que se puede descifrar y entonces se puede comprender a la gente del lugar como si estuviera programada solo a través del Islam.

Se habla de cultura árabe y del Islam como otrora hablaban de la raza en India y en África, y cuesta presentar a árabes y musulmanes como los ‘buenos’ a menos que sean «como nosotros»: los ejecutivos de Google, las elites que hablan inglés, se visten a la moda y usan Facebook. Por lo tanto se hace que representen a las revoluciones mientras a los pobres, los trabajadores, los subalternos, la mayoría que ni siquiera tiene Internet y menos todavía cuentas en Twitter, se les ignora. Y a fin de que las revoluciones de Túnez y especialmente Egipto no parezcan amenazantes, se subrayan las tácticas no violentas, mientras los numerosos actos de resistencia violenta a la opresión del régimen se ignoran por completo. No es solo culpa de los periodistas. Es impulsado por el discurso estadounidense, que guía a los editores de Nueva York y Washington.

Para comprender el entorno que habitan, los periodistas se basan en interlocutores, traductores y amañadores para que filtren y medien por ellos y la manera en que reúnen información, informes y entrevistas. Uno de los mitos populares sobre la información en Iraq es que los periodistas se quedaban en la Zona Verde, el vecindario amurallado convertido en fortaleza que albergaba a los ocupantes estadounidenses y ahora sirve de residencia al gobierno iraquí junto con algunas embajadas extranjeras. No es verdad. Durante la ocupación casi no hubo periodistas que realmente vivieran en la Zona Verde. Se quedaban en zonas verdes de su propia creación, es decir, complejos seguros o zonas verdes intelectuales, creando sus propios muros. La primera zona verde para los periodistas fue la fortaleza organizada alrededor de los hoteles Sheraton y Palestine en Bagdad, que inicialmente fue protegida por soldados estadounidenses y luego por guardias de seguridad iraquíes. The New York Times pronto construyó su propia inmensa fortaleza con perros de guardia, torres de guardia, guardias de seguridad, inmensos muros, cateos de coches, lo mismo que la BBC, Associated Press y otros. Luego hubo el complejo del hotel Hamra al que se mudaron muchas oficinas hasta que resultá dañado por una explosión en 2010. CNN, Fox, al Jazeera English tenían su propia zona verde, aunque algunos periodistas independientes como yo pudimos alquilar habitaciones en ella. Y existe una última zona verde, que es un gran vecindario protegido por peshmerga kurdos donde viven iraquíes de clase media y algunas oficinas de servicios noticiosos.

En principio, no hay nada malo en quedarse en un complejo seguro. Frecuentemente atacan a los extranjeros en las zonas de conflicto y en países autoritarios y buscan todos los privilegios que las víctimas locales de la violencia (es decir la población) no se puede permitir: quieres dormir por la noche sin saber si vendrán a destrozar tu puerta a patadas y te arrastrarán afuera, o si debieras dormir con la ropa puesta en caso de que un bomba te alcance y acabes durmiendo desnudo bajo un montón de escombros. Quieres comer comida «decente» y tener agua potable, electricidad todo el tiempo, acceso a Internet, conversaciones con colegas. Un periodista no tiene que vivir como una persona empobrecida del lugar. Pero mientras menos vida local vivas, menos puedes cumplir tu trabajo, y es lo que los lectores tienen que comprender. La persona promedio en cualquier parte del mundo va al trabajo y vuelve a casa. Sabe poco sobre la gente fuera de su clase social, grupo étnico, vecindario, o ciudad. Como periodista uno emite juicios sobre todo un país y lo interpreta para otros, pero no conoce el país porque no vive realmente en él. Pasas veinte horas al día apartado del país. No tienes una base para juzgar las cosas porque para ti Iraq está ahí afuera, en la zona roja, y el ritmo de hacer llegar la noticia puede hacer que esto sea aún más difícil.

La mayoría de los periodistas de la tendencia dominante han tratado desde 2004 la información en Iraq como una operación militar, salen en misiones limitadas muy planificadas: un coche blindado, un coche acompañante como refuerzo, de ida y de vuelta; hacen la entrevista y vuelven a casa a su zona verde. O más a menudo solo viajan a la verdadera zona verde donde es fácil reunirse y entrevistar, donde se puede tomar un trago, socializar con diplomáticos, y sentirse machos porque viven en la zona roja. Pero en su zona verde artificial todavía están protegidos contra la vida, contra los iraquíes y contra la violencia.

Simplemente no salían ni se sentaban en restaurantes, en mezquitas y husseiniyas, en las casas de la gente, no caminaban por los barrios bajos, ni compraban en los mercados locales, o salían a caminar de noche, ni se sentaban en los negocios de venta de jugos, dormían en las casas de la gente de a pie, visitaban aldeas, granjas, o vivían Iraq como un iraquí, o lo más cerca posible. Eso quiere decir que no tienen la menor idea de cómo es la vida de noche, cómo es la vida en las áreas rurales, qué tendencias sociales son importantes, qué canciones son populares, qué chistes se cuentan, qué discusiones tienen lugar en la calle, cuán confortable se siente la gente, que clase de iraquíes va a los bares de noche. Salir a la calle es clave. Uno solo observa, deja que los eventos y la gente determinen sus informaciones. Tampoco investigaban pistas espontáneas, desarrollaban una red de contactos y fuentes confiables. La reducción de recursos y de interés significó que las oficinas tuvieron que cerrar o reducir personal y que solo enviaban al lugar a un periodista para que entrevistara a unos pocos funcionarios y volviera a casa.

Y como no saben árabe no pueden leer lo que les dicen los muros, los grafitti, sean de los muyahidines, de Muqtada Sadr o de los equipos de fútbol de Madrid o Barcelona. Eso quiere decir que si hablan con un hombre el traductor solo les dice lo que dijo y no lo que decían todos los demás alrededor; que no escuchan las canciones sadristas en apoyo a los chiíes en Bahréin, o al conductor de taxi quejándose de que las cosas iban mejor con Sadam, o describiendo los ataques que vio por la mañana, o a los soldados bromeando en un punto de control, o al comerciante maldiciendo a los soldados. De hecho, ni siquiera toman taxis o autobuses, de modo que se pierden una oportunidad esencial de interactuar naturalmente con la gente. Significa que no pueden descansar en las casas de la gente y escuchar a las familias cuando discuten sus preocupaciones. Nunca son capaces de desarrollar lo que los alemanes llaman fingerspitzengefühl, ese sentimiento en la punta de los dedos, un sentido intuitivo de lo que está pasando, cuáles son las tendencias y sentimientos que uno solo puede obtener al pasar sus dedos por el tejido social.

Un estudiante del mundo árabe comentó una vez que todo experto autoproclamado en terrorismo debería pasar primero el test Um Kulthum, con lo que quiso decir de Um Kulthum, la icónica diva egipcia del nacionalismo árabe cuya música y lírica todavía resuenan en todo Medio Oriente. Si no han oído hablar de ella, obviamente no están familiarizados con la cultura árabe. En Iraq, un equivalente podría ser el test Hawasim. Sadam llamó la guerra de 1991 contra Iraq «Um al Maarik,» o sea la madre de todas batallas. Y llamó la guerra de 2003 contra Iraq «Um al Hawasim,» o sea la madre de todos los momentos decisivos. Pronto los saqueos que tuvieron lugar después de la invasión fueron llamados Hawasim por los iraquíes, y la palabra se convirtió en una frase común, aplicada a mercados baratos, artículos robados, o productos baratos. Si uno conduce su coche alocadamente como si no le importara, otro conductor le puede gritar: «¿qué, es hawasim?» Si no se hace un esfuerzo por familiarizarse con estos fenómenos culturales, más vale que se vuelva a casa.

Al depender de un traductor se puede hablar solo con una persona al mismo tiempo y se pierde todo el ruido de fondo. Significa que hay que depender de alguien de una cierta clase social, o secta, o posición política, para que le filtre y describa el país. Puede que sean suníes y tengan pocos contactos fuera de su comunidad. Puede que sean cristianos de Beirut este y sepan poco sobre los chiíes del sur del Líbano o sobre los suníes del norte. Tal vez son urbanos y desdeñan a los rurales. En Iraq, puede ser un chií de clase media de Bagdad o un ex doctor o ingeniero que desprecia a la población urbana pobre que representan los sadristas, o tu traductor los descartará como ignorantes o pobres, como si eso hiciera que carezcan de importancia. Y así, en mayo de 2003, cuando fui el primer periodista estadounidense que entrevistó a Muqtada Sadr, mi jefe de oficina en la revista de Time se enojó conmigo por perder mi tiempo al enviarlo a los editores en Nueva York sin haberlo consultado, porque Muqtada no era importante, carecía de credenciales. Pero en Iraq los movimientos sociales, los movimientos callejeros, las milicias, los que tienen poder en el terreno, han sido mucho más importantes que los del establishment o los políticos de la zona verde, y son los eventos en la zona roja los que han conformado las cosas.

No se entiende a un país yendo en misiones previamente planificadas; se aprende a conocerlo cuando suceden cosas no planificadas, cuando se visita el vecindario de un amigo por placer y llegan otros vecinos. Se aprende a conocerlo conduciendo un coche normal, no en un coche blindado con cristales polarizados. Es cuando soldados y policías iraquíes te piden que los lleves en tu coche hasta su casa. Hace unos meses los soldados de un punto de control en las afueras de Ramadi me pidieron que llevara a uno de sus colegas a Bagdad. Era de Basora. Aparte de la conversación que tuvimos, lo más revelador fue que un soldado afuera de Ramadi se sintiera suficientemente seguro como para pedir a un extranjero que lo llevara, cuando antes ni siquiera habría llevado su tarjeta de identidad, y que ese extranjero aceptara llevar a un miembro de las fuerzas de seguridad. Desde entonces he llevado a otros soldados y policías iraquíes.

Durante el año pasado ha habido una gran cantidad de artículos sobre si las fuerzas de seguridad iraquíes están listas para manejar por sí solas la seguridad, pero todos se han basado en declaraciones de funcionarios estadounidenses o iraquíes. Los periodistas no han hablado con tenientes iraquíes, o coroneles, o sargentos; no han desarrollado esas fuentes ni se han hecho simplemente amigos de ellos, no los han entrevistado para tomar unos tragos cuando estaban de permiso, ni se han sentado con ellos en sus casas con sus familias. Por lo tanto no se escribe sobre los puntos de vista de las fuerzas de seguridad iraquíes, de los soldados y policías iraquíes que atienden los puntos de control o van en incursiones. La reunión con ellos también permite comprender el grado en el que se ha reducido el sectarismo en las fuerzas de seguridad mientras la corrupción y abusos como la tortura y los asesinatos extrajudiciales siguen siendo un problema. Y simplemente viajar por el país desde 2009 revelaría que sí las fuerzas de seguridad iraquíes pueden mantener el actual nivel de seguridad (o inseguridad) porque lo hacen desde entonces, dotando de personal los puntos de control en las aldeas más remotas, desarrollando sus propias fuentes de inteligencia, y básicamente, ocupando Iraq. El grado en el que Iraq sigue fuertemente militarizado no se ha transmitido suficientemente, pero desde 2009 las fuerzas de seguridad iraquíes han estado ocupando Iraq, y la presencia estadounidense ha sido en gran parte irrelevante desde el punto de vista de la seguridad de todos los días.

Y luego existen los pequeños Abu Ghraibs. Los grandes escándalos como Abu Ghraib, o el «Equipo de Asesinato» en Afganistán, terminan a veces por llegar a los medios, en los cuales se les puede desdeñar como malas hierbas y excepciones y se puede ignorar la opresión general de la ocupación. Pero una ocupación es una imposición sistemática y constante de violencia a todo un país. Son 24 horas de arrestos, golpizas, asesinatos, humillaciones e imposición del terror y, a menos que uno lo haya vivido, es imposible describirlo excepto si se trata de enumerarlos hasta que el lector se insensibiliza. Solo estuve ‘empotrado’ tres veces en ocho años, dos veces en Iraq durante diez días cada vez, y una vez en Afganistán durante tres semanas. La primera vez en Iraq fue en octubre de 2003, seis meses después de mi primera llegada. Estuve en la provincia Anbar, vi a soldados arrestando a cientos de hombres, acorralando aldeas enteras, a todos los hombres en edad militar, a la espera de que alguien pudiera saber algo; vi ancianos brutalmente lanzados al suelo, con sus manos atadas fuertemente a la espalda, niños gritando por sus padres mientras los veían ensangrentados, golpeados y aterrorizados, y los soldados reían o fumaban o celebraban o mascaban tabaco y lo escupían sobre el césped, mientras destruian vidas. Sé que uno de los hombres cuyo arresto presencié murió torturado y que innumerables terminaron en Abu Ghraib. Vi a ancianos arrojados violentamente al suelo. Vi a hombres inocentes golpeados, arrestados, mortificados, humillados. Son los pequeños Abu Ghraibs que resultan de toda ocupación, incluso si fueran niñas exploradoras suecas quienes ocupan un país. Muchos periodistas pasaron todas sus carreras empotrados, meses o incluso años, de modo que multiplicad lo que yo vi por cientos, por miles y decenas de miles de familias aterrorizadas y traumatizadas, golpizas, asesinatos, niños que perdieron a sus padres y que mojan sus camas cada noche, mujeres que no pudieron mantener a sus familias, gente inocente muerta en puntos de control.

Y luego hay los Abu Ghraibs de todos los días que se soportan cuando uno vive en un país ocupado, mientras navega por un laberinto de inmensos muros de hormigón, de alambradas de púas, esperando en puntos de control, esperando a que pasen los convoyes, esperando a que terminen las operaciones militares, esperando a que termine el toque de queda, mientras vehículos militares te apartan de la ruta, mientras te apuntan con ametralladoras de calibre 50, con M16, con pistolas, inmensos soldados extranjeros que te gritan y te dan órdenes. O tal vez, en Afganistán, el convoy militar que pasa por un canal y destruye el suministro de agua de una aldea de treinta familias que ahora no tienen de qué vivir, o arrestan a un afgano inocente porque tiene música talibán en su teléfono móvil como muchos otros afganos, y ahora tiene que pasar por el sistema carcelario afgano.

Pero si eres blanco y/o te identificas con soldados blancos estadounidenses, ignoras cosas semejantes. Si te identificas incluso al nivel más bajo con el fetichismo estadounidense del militarismo y el mito del heroico soldado de EE.UU., simplemente no te pasan. Y por lo tanto nunca se les ocurren a tus lectores. Como nunca piensas en cómo tu yemení, egipcio o iraquí promedio encara a diario a sus propias fuerzas de seguridad porque te concentras en el nivel de la elite de la política y la seguridad y tus coches no son detenidos en puntos de control porque tienes las patentes apropiadas. No te detiene la policía porque tienes la placa correcta. Hasta que te golpean los matones del régimen como a Anderson Cooper y entonces te puedes convertir en un oponente histérico de Mubarak y un cruzado por la justicia. La información por televisión sobreprotege al corresponsal-celebridad; apenas salen, solo se empotran, y toman sus secuencias en vivo en la calle desde dentro de sus residencias seguras, mientras concentran más la historia sobre el corresponsal-celebridad que sobre la noticia. Luego muestran el «fondo de la historia» sobre el periodista y su trabajo en lugar de la verdadera noticia.

Robert Kaplan, horrendo escritor y gran partidario del imperialismo, dijo por accidente algo inteligente cuando criticó a los periodistas por no ser capaces de identificarse con los soldados estadounidenses porque los periodistas representan una elite, mientras los soldados provienen de áreas rurales, fueron a escuelas públicas, y vienen de la clase trabajadora (se supone que no debemos utilizar esta palabra porque todo el mundo en EE.UU. piensa que es clase media). Pero igualmente no se identifican fácilmente con las clases trabajadoras en ninguna parte, por lo tanto gravitan hacia las elites. La concentración en las elites y los funcionarios es un problema en general, no solo en la cobertura de Medio Oriente. Un responsable estadounidense que visita la región es un motivo para artículos sobre la región, pero no se estudia empíricamente en su propio contexto. La gente en el poder miente, sean generales, presidentes, o comandantes de milicias. Es la primera regla. Pero en el mejor de los casos los periodistas actúan como si solo mintiera la gente morena en el poder y por lo tanto como si solo se debiera confiar en las declaraciones oficiales de gente blanca, sean oficiales militares o diplomáticos. El último ejemplo es el asesinato de Bin Laden, cuando la mayoría de los periodistas de la tendencia dominante se confiaron perezosamente en las «entregas» del gobierno de EE.UU.; se les entregó literalmente una versión oficial que fue cambiada un día tras el otro, pero eso es lo normal.

Un motivo para que los periodistas no salgan de sus zonas verdes puede ser una combinación de pereza y de aversión a la incomodidad. Pero en Iraq, Afganistán, otros países en desarrollo y áreas de conflicto en algunos países, hay que abandonar la zona confortable. Es posible que se prefiera hablar con un político de habla inglesa, tomando whisky, que pasar seis horas saltando por caminos de tierra en el calor y el polvo para luego sentarse en el suelo, tragar comida sucia y beber agua sucia, a sabiendas de que se va a estar enfermo el día siguiente, pero el camino a la verdad justifica un poco de diarrea.

Cuando no hay zonas verdes físicas, los periodistas las crearán, como en el Líbano, donde habitan las zonas verdes de Hamra, Gumayzeh, o Monot, que ponen a cubierto a los periodistas frente al resto del país, ofreciéndoles justo lo suficientemente exótico para que puedan sentirse como si vivieran en el Oriente sin tener que visitar Trípoli, Akkar, el Valle de la Becaa, o la mayor parte de Beirut o el Líbano donde viven los pobres. Como otros países, el Líbano ofrece una mafia de amañadores y traductores locales que pueden determinar el precio y permitir que un periodista recién llegado que encuentre a un representante de cualesquiera facciones políticas tome vino con Walid Jumblat y mire su colección de libros sin abrir (incluido uno que escribí) y copias sin leer del New York Review of Books sin tener que caminar jamás por un campo de refugiados palestinos o Tariq al Jadida en Beirut o Bab al Tabaneh en Trípoli y ver cómo vive la mayoría de la gente o lo que le importa a la mayoría de la gente.

Una zona verde puede significar la capital, un vecindario o la concentración solo de funcionarios, mientras se te proteja contra la zona roja de la realidad, la pobreza, el conflicto de clases, o desafíos a tu ideología o confort. En Egipto, incluso antes de la revolución, El Cairo recibía la mayor parte de la atención de los medios, pero durante la revolución los periodistas apenas se aventuraban fuera de la Plaza Tahrir. Egipto son 86 millones de personas, no solo Tahrir; no es solo El Cairo o Alejandría. Port Said y Suez recibieron poquísima cobertura, a pesar de que Suez fue una chispa clave en la revolución. En Libia, al principio todo era nuevo y cada cual era un explorador y aventurero, pero ahora la autoproclamada dirigencia de la oposición trata de manejar el mensaje para que uno pueda ser perezoso y basarse solo en sus declaraciones. Yemen fue totalmente desatendido, pero cuando llegó la gente, fue casi siempre solo a Saná. Y la capital de Yemen tiene su propia zona verde en el hotel Movenpic, situado en la seguridad de las afueras de la ciudad. Ahora se presenta a Yemen como si fueran dos campos rivales que manifiestan en Saná, a pesar de que los levantamientos comenzaron mucho antes (y fueron mucho más violentos), en Ta’izz, Adén, Sa’dah y otros sitios. Yemen se ve sobre todo a través del prisma de la guerra contra el terror, a través del prisma del gobierno de EE.UU., en lugar de las necesidades y puntos de vista de la gente. Pero si se pasa un poco de tiempo con los manifestantes, uno se da cuenta de hasta qué punto al-Qaida y su ideología carecen de importancia en Yemen, que ni siquiera merecen un artículo. Y se haría bien en recordar que incluso a pesar de que la franquicia yemení de al-Qaida es presentada como la mayor amenaza para EE.UU., el historial de AQAP es poco más que el terrorista fracasado de la bomba en la ropa interior y de una bomba fallida en un cartucho de impresora.

La información estadounidense es problemática en todo el Tercer Mundo, pero como el complejo militar/industrial/financiero/académico/mediático está tan directamente implicado en Medio Oriente, las consecuencias de una información tan mala son más significativas. Los periodistas terminan sirviendo de propagandistas que justifican la matanza de gente inocente en lugar de ser portavoces de esa gente inocente. Nuestra tarea no debería ser la de presentar la verdad al poder. Los que están en el poder conocen la verdad, pero no les importa, y en todo caso sirven a sistemas más grandes que ellos mismos. Nuestra tarea tiene que ver con decir la verdad a la gente, a los que no están en el poder, a fin de empoderarlos o, por desgracia, para dejarlos a veces sintiéndose amargados y cínicos.

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Este artículo fue presentado primero como una charla en una conferencia co-patrocinada por Jadaliyya sobre «Enseñar Medio Oriente después de las revoluciones tunecina y egipcia».

Nir Rosen ha informado desde Iraq desde abril de 2003 y ha pasado la mayor parte de los últimos siete años y medio en Iraq. Recientemente volvió de un viaje a siete provincias de ese país. También ha informado desde Afganistán, Pakistán, la antigua Yugoslavia, Somalia, la República Democrática del Congo, Uganda, Kenia, México, Palestina, el Líbano, Siria, Jordania, Yemen, Turquía y Egipto. Nir ha escrito en revistas como The New Yorker, Rolling Stone y la mayoría de las grandes publicaciones estadounidenses. Ha filmado documentales y trabajado como consultor para organizaciones humanitarias. Su nuevo libro: Aftermath: Following the Bloodshed of America’s Wars in the Muslim World es sobre ocupación, resistencia, sectarismo y guerra civil de Iraq al Líbano a Afganistán. Su primer libro The Triumph of the Martyrs in Iraq fue publicado en 2006. Su trabajo se encuentra en www.nirrosen.com y más información sobre su libro en http://www.aftermathbook.com

Fuente: http://www.jadaliyya.com/pages/index/1627/a-critique-of-reporting-on-the-middle-east

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