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Cuba: Yo no soy racista, pero…

Fuentes: Especial de SEMlac

La Habana, septiembre (Especial de SEMlac).- En Cuba casi nadie admite públicamente que es racista, pero los prejuicios y comportamientos discriminatorios respecto al color de la piel siguen vigentes en la sociedad actual, indican especialistas, investigadores y la práctica cotidiana. Gran parte de esos criterios excluyentes se expresan a diario: abundan en las bromas y […]

La Habana, septiembre (Especial de SEMlac).- En Cuba casi nadie admite públicamente que es racista, pero los prejuicios y comportamientos discriminatorios respecto al color de la piel siguen vigentes en la sociedad actual, indican especialistas, investigadores y la práctica cotidiana.

Gran parte de esos criterios excluyentes se expresan a diario: abundan en las bromas y proverbios populares, en acciones que desestiman el valor de las llamadas personas «de color», se esconden en las desventajas y desigualdades que aún perviven.

Así lo evidenció el intercambio sobre «Ciencia, racialidad y sociedad» que el pasado miércoles 7 de septiembre tuvo lugar en la capital cubana, en el habitual espacio «Letra con Vida», que conduce la doctora Alina Pérez Martínez, para reflexionar y dialogar sobre la cultura de la salud en el Centro Cultural Dulce María Loynaz.
«Cuando la gente no puede expresar un sentimiento inferiorizante hacia otra persona, acude a la broma, al chiste o la sentencia popular», aseguró Zuleika Romay, directora del Instituto Cubano del Libro y estudiosa de la comunicación, «que sirve para expresar, pero también apara ocultar lo que pensamos», dijo.

Explicó que, cuando en una sociedad hay un tema que se vuelve espinoso o tabú, la comunicación interpersonal busca vías para expresar esas tensiones que la sociedad porta y no se pueden manifestar de otra manera.

Así emergen enunciados peyorativos como: «Los negros, cuando no la hacen a la entrada, la hacen a la salida», «Es negro, pero muy decente», «Los negros de amigos, no de maridos», «Hay blancos peores que los negros» o, directamente, la muy reiterada frase «¡Tenía que ser negro!», entre algunos ejemplos.

«Nuestra tradición popular está llena de sentencias populares que jerarquizan racialmente a las personas. De esa manera se canalizan sus representaciones y actitudes hacia el otro, lo que además les permite decir, si alguien protesta: ‘No chico, era jugando’ «, abundó Romay.

Para el filólogo y master en Antropología Rodrigo Espina, «el de la raza y el color de la piel es un esquema que tiene muchas implicaciones de carácter social».

Tras entrevistar a 117 personas extranjeras clasificadas como blancas, procedentes fundamentalmente de Europa, América del Norte, Centroamérica y América del Sur, entre 1997 y 2003, Espina comprobó que todas admitieron la existencia de marginalidad en sus países y que, de acuerdo con cada caso, esta era «más o menos coloreada».

«No tiene ninguna implicación el color de la piel, sino la posición que les tocó ocupar a cada cual en la estructura socioclasista, por muchas razones sociológicas, históricas, económicas y políticas», dijo el también investigador del Centro de Estudios Culturales Juan Marinello.

Bajo el precepto de que el racismo expresa un ejercicio del poder, Espina asegura que pervive también porque «hemos sido educados en esa forma de pensar, en una sociedad donde la posición donde está el negro se sigue viendo como natural».

Lo más común es encontrar que las personas se declaren abiertas, desprejuiciadas y permisivas, pero…siempre hay una objeción que devela reticencias discriminatorias y racistas. Es lo que algunos han llamado «racismo del pero», aplicable también a cubanos y cubanos, según Espina, y que se resume en una frase tan repetida como: «yo no soy racista, pero…los negros no me gustan».

Los orígenes de tales criterios se pierden en una larga historia de dominio y diferencias de clases que se remonta a más de cinco siglos atrás, cuando los indígenas, primeros pobladores de la isla, y luego la población africana traída como fuerza de trabajo, fueron sometidos por los conquistadores españoles.

Una mezcla de indios, españoles, africanos y en menor medida asiáticos, mesorientales y otros europeos fue conformando la nación cubana, su población e identidad, en un proceso que el etnólogo Fernando Ortiz llamó «gran ajiaco cubano».

Tan diversa y compleja composición multirracial convivió en la época colonial con el racismo, sustento ideológico del régimen esclavista impuesto por los blancos de origen hispano a los negros africanos y sus descendientes, y se extendió en la práctica segregacionista de la República.

Pero ese sistema y sus prácticas discriminatorias han dejado huellas que no se borran por decreto ni con la voluntad política expresada, después de 1959, de eliminar todo tipo de discriminación, ya sea por motivo de raza, color, sexo u origen nacional.

«Tiene que ver con una historia muy antigua, pero que se escribe todos los días», sostuvo Romay. «Tenemos la herencia y también nuestros propios aportes diarios a la racialización de las relaciones con otras personas».
En la base del problema Romay ubica el hecho de que, pese a todo lo que se ha hecho para cambiarla, «la sociedad cubana sigue siendo clasista y racializada».

A nivel popular se reconocen numerosas clasificaciones basadas en el color de la piel, el tipo de cabello y el color de los ojos, que pueden ir desde el negro-azul y de color teléfono, hasta el blanco lechoso y el albino, pasando por el moro, el indio o el mulato color cartucho o el más blanconazo.

Junto a esas marcas, a los grupos les han atribuido históricamente determinadas características. A los blancos, por ejemplo, se les identifica con valores y conductas positivas, mejores normas de convivencia, mayor responsabilidad, interés de superación, estabilidad familiar y organización en la vida.

A las personas negras, en cambio, el estereotipo les reprocha las más diversas actitudes delictivas, comportamientos excéntricos, bulliciosos y alteradores del orden, al tiempo que les reconoce fortaleza física y aptitudes para la construcción, la música, el baile y los deportes.

«Hemos heredado, culturalmente, toda esa manía clasificatoria para diferenciarnos racialmente unos de otros, incluso dentro del mismo grupo racial. Y de esta percepción racializada del otro participamos los cubanos de todos los colores», profundizó Romay.

Como herencia cultural, además, es un proceso difícil de cambiar y que, ideológicamente, tiene una relativa autonomía, advierte la investigadora.

«Hay gente que se cree revolucionaria y es racista, quien se cree educado y es racista, porque las representaciones que hacen de los demás, en términos raciales, tienen un nivel de compatibilidad muy alto y pueden coexistir incluso con pensamientos realmente opuestos,», explicó.

El tema es realmente complicado, según Romay, «no solo por lo que heredamos y no somos capaces de transformar», sino por «lo que reproducimos en nuestra vida cotidiana». A ello suma los factores de crisis, desigualdades y la imposición de cánones blanquizantes que van alimentando prejuicios y estereotipos.
Las condicionantes históricas, económicas y sociales del racismo se expresan también en cuestiones concretas. Estudios locales de diversas instituciones cubanas entre 1995 y 2003 evidencian, como tendencia, una posición desventajosa para las personas mestizas y de piel negra, desde el punto de vista económico, social y cultural, precisó el antropólogo Rodrigo Espina.

Entre otros resultados, se evidenció que más del 50 por ciento de las personas residentes en ciudadelas y solares eran negras y mestizas, también con una presencia mayoritaria en grupos de obreros del sector no emergente o tradicional, con una alta proporción de profesionales técnicos. «Sí hay profesionales negros, pero están en sectores tradicionales», subrayó el investigador.

En el sector emergente, en cambio, se encontró mayor representación de negros y mestizos entre obreros y trabajadores de servicio indirectos en el turismo, sector donde estos apenas alcanzaban el cinco por ciento entre dirigentes, profesionales y técnicos.

Las remesas, que en mucho contribuyen a solventar necesidades de la familia, llegan 2,5 veces más a los blancos que a los negros y 2,2 que a los mestizos, en tanto la mayor movilidad ocupacional, entendida como posibilidad de ascender y mejorar, corresponde a personas blancas.

Estas últimas, además, reciben 1,6 veces más propinas que las negras y 1,4 más que las mestizas, además de que consumían 3,7 veces menos productos normados por la libreta de abastecimiento que las negras y 2,1 menos que las mestizas.

La tendencia general apreciada en las indagaciones fue la de declararse de acuerdo con la elección de pareja que hacen los hijos para el matrimonio, sobre todo la del varón; pero lo cierto es que hay una dinámica hacia la intrarracialidad en los matrimonios constituidos, de todas las edades, añadió Espina. No obstante, en familias mestizas y mixtas se aprecia una mayor movilidad hacia los matrimonios interraciales.

En las aulas universitarias predominan las mujeres blancas, con padre o madre de nivel universitario o dirigente, e igualmente abundan sujetos de piel blanca en escuelas vocacionales de ciencias exactas y en los cursos universitarios diurnos, por la vía de exámenes de ingreso.

El reconocimiento de desigualdades ha tenido también una implicación muy grande en otros campos relacionados, como la salud, consideró la doctora Patricia Varona.

Enfermedades crónicas que enferman y matan a la población cubana (cardiovasculares, cáncer, cerebrovasculares) son más frecuentes en la población negra, y los factores de riesgo que las condicionan son el tabaquismo y la ingestión de bebidas alcohólicas, igualmente más comunes en ese grupo.

Hasta 2008 la mortalidad general en el país era de aproximadamente 8 por cada mil nacidos vivos; en la población negra era de 10 por cada mil.

«El patrón de la mujer cubana que bebe o fuma, y que bebe y fuma a la vez, es negra y soltera», citó Varona. La especialista reiteró a SEMlac la importancia de hacer este tipo de estudios para poder acometer intervenciones diferenciadas, a partir de la impronta de las desigualdades en la salud de determinados grupos.

«La desigualdad, la polarización de los ingresos y sobre todo de los consumos, va generando el caldo de cultivo para todo eso», consideró Zuleika Romay, partidaria de cambiar las condiciones de existencia de las personas para poder revertir muchos de estos problemas.

La directora del Instituto Cubano del Libro abogó, además, por la recuperación de algunos mecanismos de coerción social debilitados con la crisis de los últimos años, lo que ha llevado a que actitudes prejuiciadas y racistas tengan menos censura social, y que poco a poco se vayan naturalizando.

Seguir abriendo espacios de debate para articular este y otros temas afines, como la discriminación de género y la sexual; socializarlos en los medios de comunicación; introducir estos asuntos en el sistema de educación y suministrar herramientas de análisis desde edades tempranas, fueron varias de la propuestas emanadas del encuentro.

«Creo que hay un racismo antiguo y otro reciente», afirmó el investigador y crítico literario Roberto Zurbano, quien defendió la tesis de abrir espacios de debate del tema a todos los niveles, para poder dictar políticas al respecto; propuso usar más los diagnósticos que se han hecho y elaborar normas jurídicas para que la gente tenga, legalmente, cómo ejercer sus derechos.

Fuente: www.redsemlac.net