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Decrecer es decrecer (VI)

Fuentes: Rebelión

La justicia antes o después del colapso

Si la tragedia de la gran riada en Nepal hubiera sido causada por un terremoto, tal y como todavía afirman algunos medios de opinión, todo sería más asimilable. Pero el terremoto registrado solo es una consecuencia leve, pues así lo certifican los institutos geológicos que han dado una explicación al fenómeno que, a finales de este mes de agosto de 2026, ha causado miles de desaparecidos y, probablemente, muchos más refugiados.

La causa es, mal que nos pese, el calentamiento global que origina inestabilidad en los glaciares mediante un debilitamiento del permafrost que cohesiona el suelo de las montañas. Y esto lo que significa es un colapso de carácter global, pues lo que vemos como una riada aparentemente accidental no es otra cosa que el síntoma de un problema de dimensiones planetarias.

El agua que desciende con furia por los valles de Nepal es la manifestación física de un planeta desequilibrado. Sin embargo, mientras las poblaciones locales recogen los restos de sus vidas y se disponen a inhumar a sus muertos, el debate predominante sigue atrapado entre el cinismo del negacionismo y una alarmante insensibilidad ambiental. Frente a este panorama, el ecologismo ya no puede eludir su tarea de desvelar las conexiones ocultas entre el hiperconsumo de las economías industrializadas —que conlleva un brutal desequilibrio económico entre regiones— y el drama humanitario de los refugiados climáticos.

Cierto que el negacionismo del cambio climático ha mutado. Ya no se presenta únicamente como la burda negación de los hechos, sino como una sofisticada estrategia de evasión corporativa. Quienes insisten en clasificar las catástrofes de Nepal como consecuencias de la propia naturaleza lo que en realidad niegan es la necesidad de cuestionar el dogma del crecimiento económico constante. Negar que el desprendimiento del permafrost y los desbordamientos de lagos glaciares (GLOF) son consecuencia directa del calentamiento antropogénico permite a las economías industrializadas crear un sesgo cognitivo favorable. De esta manera, no solo se traslada la culpa hacia un ente abstracto —como es el medio natural y sus ciclos climáticos—, sino que se elude la responsabilidad de los verdaderos causantes: como no hay injusticia climática, tampoco habrá, en consecuencia, compensaciones en forma de asilo.

La asimetría global en la que nos encontramos nos conduce al trasfondo ético de esta y otras catástrofes similares, no solo en lo relativo a las causas, sino también en lo que se refiere a sus consecuencias. Para comprender esto es imprescindible analizar la evidente desigualdad en la huella material y de carbono. La diferencia de «metabolismo social» entre sociedades que desde un punto de vista etnocéntrico llamamos «avanzadas» y otras que se mantienen en estatus inferiores es contundente. Mientras que el promedio de emisiones de los ciudadanos en Estados Unidos está en unas 14 toneladas de CO₂ al año por persona, y en Europa en unas 6 toneladas, un ciudadano en Nepal emite apenas 0,3 toneladas. Y en lo que se refiere a la huella material —la cantidad total de materias primas extraídas para sostener el estilo de vida de una persona—, nos situamos dentro de la misma lógica colonial. En los países de altos ingresos de Occidente, esta huella supera las 25 toneladas anuales por habitante, impulsada por el consumo de tecnología, infraestructuras masivas y dietas altamente procesadas; mientras que en Nepal apenas se llega a las 2 toneladas.

En consecuencia, Nepal sufre un impacto desproporcionado en relación a su «culpa». Resulta que el calentamiento atmosférico global tiene como «combustible» unos recursos que han sido extraídos en países pobres —entre los que se encuentra Nepal— y que han sido quemados durante décadas para enriquecer a los centros urbanos de los países «avanzados». Es el relato de una asimetría biofísica: el beneficio se acumula en un polo, mientras que la degradación física y termodinámica se descarga de forma global, pero la sufren con mayor intensidad los países con menos recursos, es decir, los menos preparados para amortiguar las catástrofes.

Pero es más, Nepal podría considerarse, paradójicamente, como un ejemplo vivo de lo que significa operar dentro de unos límites materiales estrictos. No es que su subsuelo carezca de valor; el Departamento de Minas y Geología nepalí ha identificado más de 85 tipos de minerales en la cordillera del Himalaya, incluyendo grandes reservas de hierro o de cobre. Sin embargo, la explotación masiva a cielo abierto es inviable debido a la fragilidad de su geografía y a la falta de infraestructuras industriales pesadas. De esta manera, mientras lo que llamamos el Norte Global devora el planeta para sostener su estilo de vida, Nepal mantiene el metabolismo de una sociedad con una mínima huella material.

Y sin embargo, tampoco es un ejemplo de decrecimiento responsable. Más bien deberíamos hablar de un no-crecimiento fáctico que, además, viene asociado a grandes desigualdades internas  y problemas medioambientales graves. Con una economía de supervivencia, el país depende de las remesas enviadas desde el exterior por los emigrantes, existe un fuerte problema de desnutrición infantil y la pobreza abunda en las regiones que no reciben el turismo procedente del exterior. Pese a no ser un país altamente industrializado, Nepal sufre crisis agudas de calidad del aire: su capital, Katmandú, situada en una cuenca, atrapa las partículas contaminantes provenientes de los hornos de ladrillos tradicionales, un parque de automóviles obsoleto y la quema de rastrojos agrícolas o los incendios forestales sin control. De hecho, uno de los problemas medioambientales más graves reside en la pérdida de masa forestal, la cual avanza a un ritmo alarmante por la expansión de tierras agrícolas de subsistencia, la recolección de leña para combustible y la tala ilegal. Sin las raíces de los árboles para fijar la capa superior del suelo en pendientes tan pronunciadas, las lluvias monzónicas provocan una erosión masiva del suelo y deslizamientos de tierra recurrentes. Además, genera la sedimentación y bloqueo artificial de los ríos, elevando artificialmente sus cauces y multiplicando las inundaciones.

En  definitiva, podemos decir que Nepal necesita un desarrollo equilibrado que pueda poner fin a sus graves problemas habitacionales y ecosistémicos, y lo necesita urgentemente, pero eso sí, sin aumentar su huella de carbono por el bien del planeta. ¿No suena cínico? ¿No da pistas esto sobre dónde y cómo se debería decrecer?

Pero el problema no se reduce solo a Nepal. Esta situación de gravedad extrema donde se reúnen condiciones de vida precarias, degradación medioambiental y ausencia absoluta de recursos para afrontar desastres climáticos está presente en muchos más países. En Nepal, comunidades enteras de los valles del Himalaya y de las llanuras de Terai lo han perdido todo: sus hogares, sus campos de cultivo y la memoria geográfica de sus ancestros. Pero esta circunstancia es similar a la de otros muchos territorios. De acuerdo con el índice ND-GAIN, Chad es el país más vulnerable del planeta debido al avance del desierto y la desaparición acelerada de sus fuentes de agua. Pero tras su estela vienen otros muchos: Somalia, Sudán, Siria, Yemen… En gran parte de los casos, los problemas causados por el clima vienen acompañados de conflictos bélicos que acentúan el colapso.

No nos engañemos, a medida que las condiciones climáticas empeoran, aumentarán sin duda las regiones afectadas y aumentará también la incapacidad de muchos gobiernos para hacer frente al proceso de degradación generalizada. En estos momentos, la idea de que medio planeta puede convertirse en refugiado climático no resulta tan descabellada.

Pero regresemos a la cuestión de la justicia climática. Como ya hemos apuntado, resulta inmerecido que las personas que habitan Nepal, habiendo emitido una cantidad insignificante de gases, paguen con sus vidas el confort de las naciones ricas. Pero hay una segunda cuestión de la que se evita hablar —porque es la que realmente temen las sociedades pudientes— y es qué pasará con los refugiados climáticos: ¿quién los acogerá? Y, sobre todo, ¿qué sucederá cuando este problema sea tan general que se convierta en un factor imprevisible de inestabilidad?

De momento, todo parece controlado negando el estatus de asilo por cuestiones climáticas, o minimizando la cuestión tratando de localizarla en lugares apartados y extremadamente pobres (como si al ser pobres dejaran de tener todo tipo de derechos).¿Pero será posible en un futuro detener las riadas humanas que huirán de todas y cada una de las catástrofes que se produzcan, cada vez de forma más recurrente?

A pesar de que el cambio climático ya desplaza a más personas que los conflictos armados a nivel global, el derecho internacional actual sigue sin reconocer la figura del «refugiado climático» dentro de la Convención de Ginebra de 1951. Al no existir una persecución política o bélica explícita, estas poblaciones son tratadas administrativamente como «migrantes económicos voluntarios». Es la hipocresía del capitalismo: capaz de generar hambrunas directa o indirectamente al tiempo que llena los estómagos de quienes se niegan a que el capitalismo se humanice. En Nepal, es probable que el desarraigo producido por un colapso climático se convierta en una condena de exclusión y pobreza en los suburbios de las grandes ciudades asiáticas.

De existir conciencia en el mundo rico de que el colapso ya se está produciendo, y de que no se trata de hechos aislados, podría suceder (los milagros a veces existen) que se llegara a formular una solución desde los organismos competentes para ello. Y esta solución no es otra que la cooperación internacional sin condiciones.

Y no hablamos solo de un envío de equipos de rescate o una ayuda económica para solventar perentoriamente las necesidades vitales de la población; hablamos de una descarga de responsabilidades y una asunción equilibrada en el reparto de tareas.

Si la voracidad de los países ricos es la razón última del colapso, entonces, lo justo sería asumir la reconstrucción de lo destruido y aceptar con las puertas abiertas a quienes lo han perdido todo a causa de esa misma voracidad. Esto sería lo justo, decimos, aunque, con toda probabilidad, no será lo que suceda. El negacionismo referido al reparto de responsabilidades es mucho más profundo que cualquier otro de tipo cultural o religioso. Los ciudadanos que viven por encima de las posibilidades del planeta quieren seguir viviendo así, como si no hubiera mañana, y, paradójicamente, desean también que puedan seguir este ritmo sus hijos, sus nietos…

Perdonen la risa si esta se deja traslucir una vez llegados a este punto de inconsciencia global —o de mundial idiotez interesada—. Con toda certeza, no hay probabilidades de llegar a algún esbozo de solidaridad, más cuando las mentes consumistas han sido adiestradas para asumir la competitividad como motor de desarrollo.

Pero si la solidaridad no es posible, ¿podrá serlo la alternativa de desarrollar un plan de decrecimiento en el Norte Global?

Para la mayoría de las personas que viven en el mundo rico, pero sobre todo para sus gobernantes y los dueños reales de la riqueza, una contracción del consumo de energía y de recursos significaría una recesión económica, y este es un lastre ideológico e interesado del que será difícil liberarse.

Es obvio que este razonamiento confunde deliberadamente el decrecimiento con un fallo catastrófico e imprevisto de un sistema diseñado para crecer. Cierto que toda recesión económica produce desempleo, austeridad y sufrimiento social porque la estructura capitalista no tiene forma de detenerse sin caer en crisis, pero no hay una sola prueba de que el decrecimiento produzca una recesión en términos absolutos, entre otras cosas porque tal experimento de un decrecimiento democrático, planificado y justo jamás se ha llevado a cabo.

No tiene por qué haber recesión si de lo que se trata es de disminuir la actividad que origina la injusticia global, aumentando aquella otra actividad que tiene que ver con lo fundamental, es decir: con la vida en general, y no solo con el nivel de vida, sino también con la vida de todo lo que nos rodea; en fin: con el planeta mismo. Pero aun en el caso de que la recesión fuera inevitable, y si esta no hace crecer la desigualdad, será un sacrificio digno de pagar dadas las circunstancias en las que nos encontramos.

Para que haya justicia, y también para que el futuro no se convierta en una distopía indeseable, es preciso reducir drásticamente el exceso de consumo material y energético en la parte del mundo hasta ahora más afortunada, y actuando directamente sobre la propia riqueza. Es decir, haciendo que paguen los que más daño hacen.

Al mismo tiempo, legítimamente, los países menos afortunados deben poder alcanzar un desarrollo que les permita salir dignamente de desastres como el acontecido en Nepal y poder habitar en el medio sin destruirlo a pasos agigantados, y todo ello sin sobrepasar aún más los límites biofísicos del planeta.

¿Será posible intentarlo?

Las riadas de Nepal son un espejo que refleja la decadencia de una sociedad que prefiere la injusticia y la ceguera del crecimiento a la incomodidad de la transformación. La insensibilidad es doble: el consumismo es un ataque directo a la naturaleza pero sigue avanzando sin freno, y la falta de empatía hacia los desposeídos de la Tierra conduce a no admitir que nadie está a salvo en un planeta desbordado.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.