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Desarme, relato y responsabilidad

Fuentes: Rebelión

El abandono de la violencia de motivación política no suele ser fruto de un consenso. En un momento dado, una mayoría acaba imponiéndose y decide abordar el tránsito. Entonces urge abordar el desarme. Primero, para garantizar que nadie tomará esas armas, especialmente la minoría disconforme. Y, luego, por estrictos motivos de seguridad: que la gente […]

El abandono de la violencia de motivación política no suele ser fruto de un consenso. En un momento dado, una mayoría acaba imponiéndose y decide abordar el tránsito. Entonces urge abordar el desarme. Primero, para garantizar que nadie tomará esas armas, especialmente la minoría disconforme. Y, luego, por estrictos motivos de seguridad: que la gente normal no se vaya encontrando con armas y explosivos.

Para desarmarse, quienes lo hacen deben poder comunicarse porque, lógicamente, no todos van a saber donde está todo. Puede que algunos arsenales estén en los domicilios de militantes o personas con miedo a moverse. En otros casos, los gobiernos conocen las localizaciones y las usan para poder detener a militantes. Inventariar es una tarea compleja si los gobiernos ayudan, y muy complicada y, hasta imposible, si tratan de impedirlo. Y tras el inventario, es preciso inutilizar esas armas, para impedir que nadie pueda usarlas. Luego deben quedar selladas adecuadamente, bajo supervisión de personas de confianza para luego ser entregadas a las autoridades. En otros casos, simplemente, la organización armada puede señalar las coordenadas de localización de otros arsenales. Hay un consenso tácito sobre qué se debe perseguir y qué no. Hoy en día los gobiernos no aceptan que los crímenes cometidos por una organización armada salgan indemnes. Pero existe también otro consenso: que no se captura a los militantes que propician el desarme en el proceso de desarme.

Hace ya casi seis años que ETA decidió abandonar su actividad armada. Ha comunicado ahora que ha terminado con su inventario y sellado. A pesar de ello, los gobiernos español y francés han rechazado durante estos años toda solicitud de instituciones vascas, de electos y de electas, de partidos y de agentes de la sociedad para que ayude a culminar ese desarme. Y la pregunta lógica que se plantea es…

¿Por qué Francia y España se niegan?

La respuesta es doble: por un lado, el relato; y, por otro, condicionar el proceso político de nuestro pueblo. Efectivamente, si se procede a un desarme ordenado se reconoce de alguna manera que el desarme es fruto de la «voluntad» del desarmado. Y en ese momento, quien se desarma puede decir, por ejemplo, que lo hace porque entiende que en la actual fase histórica quiere usar otros medios para conseguir sus objetivos de siempre. Y cuando esto sucede quien se hace con las armas, el gobierno, tiene más dificultades para decir que el fin de la actividad armada es fruto de su victoria absoluta. Y así llevamos seis años.

Para Francia y España lo fundamental es que quede claro que el fin de ETA es una victoria sin matices del «estado de derecho».
Por su parte, ETA sólo pide una cosa,»que el camino que se elija no deje resquicios para que nadie haga interpretaciones equivocadas, en la línea del malicioso relato de ‘vencedores y vencidos'».

La voluntariedad es un mal trago para los estados. Pero estos estados deberían asumir que reconocer la voluntariedad es, para quienes han defendido la legitimidad de la lucha armada, el enganche para no dejar nada pendiente en términos violentos contra el estado que se ha combatido y se quiere combatir, ahora por medios pacíficos.

La voluntariedad abre la etapa de la lucha civil y democrática, también la etapa de la convivencia y señala a las nuevas generaciones las estrategias que, usadas en el pasado, no deben volver a activarse en el futuro. Dicho de otro modo: no quedan deudas en términos de violencia. La voluntariedad es, de esa manera, un elemento de refuerzo de las garantías de no repetición, elemento clave de la justicia en este tipo de conflictos. Es un mal trago para los estados si lo que pretende es, antes que nada, combatir un espacio político y no sólo acabar con una historia de violencia.

Pero todo es relato, y nunca habrá un solo relato. Habrá muchos. Por eso, creo, procede hacer lo que es razonable: poner las armas fuera de circulación. Es por esa razón que el pasado mes de enero, en una declaración conjunta con PNV, EH-Bildu, LAB y otros agentes, ELA requirió de los Gobiernos español y francés que asuman su responsabilidad y coadyuven a un desarme ordenado, controlado, seguro y transparente, en línea con los estándares internacionales que se aplican en casos similares». La gente no se merece otra cosa, y dejemos, por favor, a cada cual con su relato.

Xabi Anza, responsable de formación en el sindicato vasco ELA

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.