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Don Marino Ayerra

Fuentes: Rebelión

Días atrás se ha celebrado en la Audiencia Nacional un juicio contra la alcaldesa de Alsasua, Garazi Urrestarazu de Bildu, por no impedir una parodia del rey y de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado en la que se denunciaba la atosigante presencia policial en el pueblo. Y me he acordado de un […]

Días atrás se ha celebrado en la Audiencia Nacional un juicio contra la alcaldesa de Alsasua, Garazi Urrestarazu de Bildu, por no impedir una parodia del rey y de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado en la que se denunciaba la atosigante presencia policial en el pueblo. Y me he acordado de un artículo de la doctora en Historia, Celina Ribechini, en la que explicaba lo ocurrido con el cura, el alcalde y vecinos en aquellos meses veraniegos de guerra y asesinato de 1936 en las calles y entorno de Alsasua. Por cierto, nadie de aquellos asesinos fueron llamados ni juzgados en la Audiencia Nacional: ni antes ni ahora (Mikel Arizaleta).

Cuenta la doctora Celina Ribechini:

«La tarde del 16 de julio de 1936 don Marino Ayerra tomaba el tren en Pamplona camino de Alsasua. La villa de Alsasua desde que en 1863 se creara la estación de ferrocarril, donde se unían las líneas Irún-Madrid y Alsasua-Castejón, había conocido un notable incremento demográfico e industrial. Durante la segunda República un sector local autóctono y vascoparlante siguió cultivando la tierra mientras que otro ganaba el pan trabajando en la RENFE, en la factoría «Talleres Alsasua» o en pequeños talleres, desplazándose algunos hasta la fábrica de cementos Pórtland de Olazagutía. No obstante la presencia de inmigrantes no navarros daba a la villa un carácter de izquierdas que contrastaba con los pueblos de la zona netamente agrícolas y ganaderos y de mentalidad tradicional, muy en consonancia con el fondo monárquico y derechista que dominaba abrumadoramente en toda Navarra.

Don Marino se encaminaba a Alsasua para sustituir al antiguo párroco que la regentaba desde antiguo. El obispado había decidido sustituirlo a causa de los problemas que originaba su intransigencia en materia política incluso en los sectores de derechas. Las actividades que el joven sacerdote venía desempeñando en la parroquia de San Nicolás, donde creó la Juventud Masculina de Acción Católica -una de las primeras de Navarra- y donde en sus Círculos de Estudio se estudiaba y analizaba la encíclica Rerum Novarum de León XIII y la doctrina social de la Iglesia, lo hacían idóneo para ocupar el cargo. El obispo don Marcelino Olaechea, que acababa de tomar posesión de la diócesis de Pamplona, consideró oportuno aceptar el ofrecimiento que don Marino había hecho para regentar la parroquia y acercar a la Iglesia al mundo obrero que se perdía en las doctrinas ateas del comunismo y el anarquismo

Buenos … y malos»… «Derechase izquierdas»… ¿Qué pensará Dios de todo esto«? Estas eran las consideraciones y los pensamientos de don Marino cuando dejaba atrás la cuenca de Pamplona con la adustez del monte de San Cristóbal, atravesaba la encrucijada de Irurzun y contemplaba la majestuosidad de las sierras de Aralar y de Andía en el corredor de la Barranca, hasta que el tren que lo llevaba hacía su parada en Alsasua.

Acudía con ilusión, con la idea de crear un ambiente de paz y fraternidad. Ahora tendría la oportunidad de poner en práctica todo lo que había teorizado con sus chicos de los Círculos de Estudio. Pero no tuvo tiempo. Los acontecimientos se precipitaron. El domingo día 19, tras su presentación oficial en la parroquia en una misa solemne en la que intervino la capilla coral de la comunidad de Capuchinos de Alsasua, recibió la visita de Luís Goicoecheai, el alcalde de la villa que venía a saludarle para darle la bienvenida en su nombre y sobre todo en nombre del pueblo de Alsasua. Quería hacerlo entonces porque sabía que iba a ser alcalde por muy poco tiempo. En Marruecos se había desencadenado un importante levantamiento militar que dominaba ya en Navarra. Durante la misa le habían comunicado, «lo que suponíamos y estábamos esperando: ha llegado un camión de guardias que, por lo menos traerán nuestra destitución. Acaso algo más también, que quiera Dios no sea muy grave»ii

Entonces comprendió don Marino las advertencias que le había hecho Benito Santestebaniii cuando fue a recoger una sotana a su sastrería para que retrasara su viaje a Alsasua, porque se preparaba un «golpe» muy importante para aquellos días.

Aquella misma tarde fuerzas de la guarnición de Estella a las órdenes del coronel Cayuela hacían su entrada Alsasua en un alarde de fuerza y de dominio, tomándola militarmente en previsión de una posible resistencia armada por parte del elemento obrero e izquierdista. Horas después, ya anochecido, se iniciaba a favor de la oscuridad y de los bosques la huida de todos aquellos que por su militancia sindical o política de izquierda temían por sus vidas.

No se equivocó Luís Goicoechea cuando manifestó a don Marino que iba ser alcalde por pocos minutos; efectivamente Pablo Cayuela, como comandante militar de Alsasua, en sesión urgente convocada en el Ayuntamiento el 20 de julio destituyó a toda la corporación anterior nombrando una nueva «designados para formar parte del nuevo Ayuntamiento con carácter gubernativo, en virtud de órdenes recibidas por la superioridad». Como alcalde la encabezaba Lucas Elizalde Uribeiv

Sucedieron unos días de temores, desasosiego, incertidumbre. Todo eran rumores y noticias fantásticas, se mezclaban optimismo y desolación. Pronto se fueron los requetés llegados con Cayuela cediendo paso a los falangistas, que tomaron como punto de guarnición fija Alsasua, alojándose en el convento de los Capuchinos a las afueras del pueblo. Arrogantes, con sus camisas azules luciendo en ellas el yugo y las flechas, reflejo de la «Nueva España», la de los Reyes Católicos, la Imperial, la de la Unidad y Verticalidad, impusieron su autoridad no sólo en Alsasua sino en los pueblos de su entorno. Había que «peinar» la zona de rojos, extirpar la mala hierba, sanear el ambiente y así se les buscaba y sacaba de sus casas para llevarlos a la Comandancia, desde donde por la noche, en el silencio medroso de un pueblo aterrado, los conducían al campo para después de asesinarlos dejarlos hundidos en las simas o abandonados en las cunetas.

El hecho de que los requetés retornaran a Alsasua y fuera el coronel Solchaga quien se pusiera al mando de la Comandancia no cambió en nada la situación. Por las noches se seguía fusilando «rojos», la diferencia estaba en que, a pesar de que las autoridades ponían especial cuidado en negar los fusilamientos, se avisaba al cura para que no murieran sin confesión.

Don Marino Ayerra era llamado para asistir a aquellos desgraciados que su único delito era que no comulgaban con los ideales del «glorioso Movimiento». Sufría y no comprendía nada de lo que estaba pasando, ni la actitud y postura tomada por la Iglesia, pero menos aún la de su obispo que antes de marchar a Alsasua le despidió con unas palabras animándole a ser más de izquierdas que las izquierdas mismas.

Y ahora, ¿qué? Se sentía impotente: «Ante la inminencia de la muerte inevitable y fatal de aquellos pobres hombres; ante el horror todavía de los unos o la espantosa tranquilidad ya de los otros frente al macabro desenlace final inminente; a una con la conmiseración en mí, a una con mi inmensa piedad, con mi deseo infinito e inútil de poder siquiera aliviarlos en su dolor, una salvaje, feroz y para mí vergonzosa alegría -¡como ignominiosa y humillante erección carnal en quien a todo trance quisiera ser casto!- de que fuera él, ¡él y no yo!, quien hubiera de morir aquella noche y aparecer al día siguiente cadáver, tirado, allí por una de aquellas cunetas…»v .

En esta situación le resultaba difícil la predicación en las misas dominicales. ¿Cómo iba a hablar de caridad, de amor y fraternidad ante lo que estaba presenciando, cuando tantos feligreses suyos se encontraban perseguidos, fugitivos, ausentes y sus familias en la indigencia? Entonces se acogió y recurrió al Evangelio: «No juzguéis y no seréis juzgadospues si Cristo lo dice, no juzguemos a Cristo. Dejémosle ser absurdo, irracional en el Amor. ¡No mentéis, no recordéis la Justicia siquiera!… ¿No os parece bien el perdón, la caridad, el amor? ¿Suprimidlos, pues! Pero renunciad ya desde ahora a todo ello vosotros mismos también. Podéis hacerlo, sois libres. Pero no olvidéis que renunciáis con ello a Cristo y renunciáis también a Dios. … ¡Y es mucho renunciar!vi

Y proseguía aludiendo a todos aquellos que sufrían dolor y humillación padeciendo hambre y llamaba a quienes como cristianos podían y debían ayudarlos. La llamada no cayó en vacío y pronto se organizó una «Limosna Parroquial» para ayudar a quienes lo necesitaban. Pero aquel socorro, a pesar de que contaba con el visto bueno de la Comandancia militar y la bendición del obispo Olaechea, duró poco tiempo. Una denuncia anónima que decía que la «Limosna Parroquial» no era más que un subterfugio que encubría la distribución del dinero rojo que se enviaba desde Madrid sirvió para suprimirla.

Poco después Auxilio Social abría sus comedores en Alsasua, donde para recibir comida era necesario antes, con el brazo en alto en saludo fascista, cantar el himno de la Falange «Cara al sol» y dar los gritos de rigor: ¡España una! ¡España grande! ¡Arriba España!¡Viva España!

En sus homilías don Marino seguía predicando perdón y reconciliación, pero su contenido no sólo no era del agrado de parte de la feligresía, tampoco las autoridades y la mayor parte de sus compañeros del clero lo compartían. Y entretanto la guerra continuaba y seguían muriendo unos en el frente y otros fusilados en la retaguardia.

A finales de octubre de 1937 las tropas franquistas finalizan la ocupación de Asturias. El frente del Norte desaparece. Millares de personas quedan atrapadas al no poder evacuar, algunas de las que huyen por mar son apresadas y conducidas a campos de concentración. Hasta Asturias habían llegado muchos de los que en Alsasua en los primeros días de la sublevación huyeron hacia Guipúzcoa; en el pueblo sus familiares y en general las izquierdas tenían miedo. Por su parte las derechas reclamaban justicia, pedían que cuando se capturase a aquellos hombres se hiciera lo que no pudo hacerse con ellos un año antes. Eliminar la mala semilla.

Enterado del ambiente de exaltación y hostilidad que dominaba el pueblo, don Marino se creyó en la obligación de predicar en la misa parroquial del domingo sobre justicia y caridad: ¡No juzguéis y no seréis juzgados! ¡Sed misericordiosos y alcanzaréis la misericordia!vii Con anterioridad ya había habido protestas e incluso denuncias por quienes no estaban de acuerdo con los conceptos que vertía en sus sermones. Pero esta vez se llegó más lejos, la denuncia se presentaba por vía militar requiriendo al obispo que tomara sus medidas dada la condición de clérigo del denunciado.

«Creo sinceramente que fue una obligación en mí predicar como lo hice. Hoy veinte años después creo que podría reproducir íntegramente el sermón, casi hasta en sus menores detalles; y sin embargo, por más vueltas que le doy, no puedo encontrar en el nada, absolutamente nada, que pudiera desdecir en lo más mínimo, no ya por el fondo substancial de la doctrina que expuse, pero ni aun por la forma o el tono con que pude expresarme, de lo que, a mi entender, debe ser la predicación a nombre de Cristo. Más todavía: si entonces lo hice mal, mal venía haciéndolo también, en sermones y conferencias, desde hacía muchos años»viii

En el convento de los Padres Capuchinos quedó constituido un tribunal eclesiástico encargado de instruir un proceso judicial que investigara no sólo sobre el sermón que motivó la denuncia sino sobre el tono general de la predicación de don Marino Ayerra en Alsasua, y redactara una sentencia que había de servir de base para un enjuiciamiento posterior por vía militar.

Unos días más tarde don Marino era recibido en audiencia por el obispo Olaechea. Autoritario y distante en contraste con las manifestaciones de amabilidad y afecto que en anteriores visitas le había demostrado, el obispo mantiene un silencio intencionado que marca su desaprobación, cuando lo rompe es para recriminarle su comportamiento con el que ha conseguido sacar «de sus casillas a todas las derechas del pueblo»ix . La entrevista se hace larga y tensa. Olaechea le reprocha que: «no hay manera de conseguir de usted que hable una sola vez del Movimiento Salvador y de la Santa Cruzada, sin que, en todo caso sus ideas y aplausos, no se mezclen siempre censuras y reprensiones amargas… Que no pudiendo zaherirla y fustigarla usted de otra manera, como se ve le gustaría a usted hacerlo, acude usted incesantemente al tema ya inaguantable de la caridad y el perdón«x.

De nada valen las razones esgrimidas por don Marino apelando al Evangelio, la posición del obispo Olaechea es granítica, su postura le lleva a olvidar cuantos consejos pastorales había dado a su párroco aquel día, 17 de julio, cuando marchaba para Alsasua; pero éste se lo recuerda: «Vuestra Vuecencia, me miró frente a frente y me dijo casi solemne: Sí, don Marino. Le voy a dar a usted una norma, una pauta, un gran criterio de acción, una divisa. Entiéndame bien y no lo olvide. Vaya usted a Alsasua, y usted no lo diga, pero que, sin decirlo usted explícitamente, puedan todos ver y estar plenamente convencidos y ciertos, enteramente seguros -por la forma, como lo vean a usted proceder y actuar en todas sus cosas, en el púlpito, en el despacho, en la parroquia, en la calle en todo- de que si ellos son izquierdas, a usted, en esto, no van a ganarle, porque usted, un párroco, está dispuesto a ser y es el más izquierda del pueblo»xi.

La entrevista había finalizado. Al despedirse el obispo adopta un tono amable y se muestra dicharachero. Pero la confianza que tenía en él don Marino se había roto. Ya nada volvería a ser como antes. Salía del Palacio Episcopal cansado, agotado por un sentimiento mezclado de amargura, repugnancia y asco. Atolondrado y sin saber que hacer anduvo paseando por las calles de Pamplona horas y horas. Hasta que entró en una capilla de extramuros y allí estalló violentamente a llorar «como sólo en tres ocasiones recuerdo haber llorado de verdad en toda mi vida»xii.

Pocos días después se promulgaba la sentencia emitida por la Curia Diocesana en la que se manifestaba, entre otras consideraciones, que el señor Cura Ecónomo de la parroquia de Alsasua no había dado prueba ninguna de falta de amor a España y al glorioso Movimiento Nacional y que su conducta estaba sujeta no sólo a la pura doctrina católica sino a las recomendaciones de su Prelado. Se felicitaba al señor Cura Ecónomo por haberse desvanecido las denuncias recibidas en la Curia, si bien se le recomendaba que adoptase un «silencio prudente y temporal en abordar el tema de caridad y perdón»xiii.

La oportunidad de disponer de unos días libres llevó a don Marino a acudir al santuario de San Miguel de Aralar. Iba deseoso de ordenar en el silencio sus ideas, de encontrar la ruta que creía haber perdido. La oración y la celebración de la misa en soledad muy de mañana en la iglesia románica del Santuario, los largos paseos por los bosques frondosos, la ascensión de riscos y peñas, el contemplar las nubes que como un mar de algodón cubrían el valle, lo envolvían en el encanto mágico de la montaña y, cuando regresaba hambriento a la hospedería y entraba en la gran cocina donde chisporroteaba las llamas del hogar, el ambiente acogedor de quienes compartían con él la mesa le devolvía la serenidad y la confianza.

Cuando volvió y reanudó su labor en la parroquia la guerra continuaba. Las victorias obtenidas en el frente y la caída de las ciudades en poder de los nacionales eran celebradas con manifestaciones de júbilo que acaban concentrándose ante la Comandancia Militar en cuyo balcón aparecían las autoridades civiles y militares, la religiosa ya no la representaba don Marino, le sustituía un padre capuchino que se dirigía al público en fervorosa arenga, felicitándose por las conquistas obtenidas sobre los «rojos» y porque la victoria total ya estaba próxima, y con ella el fin de la guerra.

Y efectivamente el día 1 de abril de 1939 acaba oficialmente. En una gran manifestación de júbilo desbordante en unos y de contenido pesar en otros, aquellos que se daban cuenta de que Alsasua quedaba definitivamente sojuzgada, sin libertad y sin derechos. La República había sido un sueño y el despertar era éste.

Unos meses más tarde don Marino Ayerra, solicitaba y obtenía ser trasladado a Uruguay. Todo lo que había vivido en aquellos tres años de horror y muerte dejó en él una fuerte impronta, pero mucha mayor fue la decepción de ver que quienes, como su obispo, le habían alentado siempre a ponerse del lado de los más débiles el miedo les había llevado a claudicar, no sólo a tener una actitud pasiva y de sometimiento sino a colaborar y a enaltecer a aquellos que se hacían con el poder por medios injustos no poniendo límites al terror.

Sin embargo ni el nuevo ambiente ni la distancia resolvieron su problema, sentía que todos sus ideales juveniles, a los que había consagrado su vida, quedaban rotos, que la Iglesia que decía representar a Cristo se adaptaba a la perfección con quienes favorecían su status, hasta el Papa Pío XII felicitaba en mensaje radiotelefónico «a todos los fieles cristianos de España» por el triunfo de quienes, con una sublevación contra el poder legítimamente constituido, llevaron al país a una guerra entre españoles sembrando, muerte, terror y lágrimas. Después de muchas dudas y desgarros don Marino, fiel a sí mismo, terminó secularizándose. Se hizo traductor de latín y griego y aprendió un oficio humilde, el de barbero, para poder sobrevivir. Se casó y tuvo dos hijas. Murió en 1988 en Argentina. Nunca más volvió a España.

En la católica Pamplona no se mencionaba nunca a don Marino Ayerra nunca por su nombre, él era el apóstata y así se le nombraba cuando ocasionalmente se hablaba de él».

*Los católicos eran su obispo Olaechea y los legionarios de Cristo y Franco. Marino Ayerra apostató de una Iglesia que ledestruyó el alma y la vida.

i Ingeniero. Presidente de Izquierda Republicana. Concejal del Ayuntamiento de Alsasua en 1931 y reelegido en 1933 y entonces nombrado alcalde, lo era el 19 de julio de 1936. Destituido el 20 de julio por el coronel Cayuela, detenido y procesado, condenado a 30 años de prisión

ii NO ME AVERGONCÉ DEL EVANGELIO. Marino Ayerra Redin. Bilbao 1978. p18

iii NO ME AVERGONCÉ DEL EVANGELIO. Marino Ayerra Redin. Bilbao 1978. p18

iv NO ME AVERGONCÉ DEL EVANGELIO. Mariano Ayerra Redín Bilbao 1978, p.24.

v AYERRA. Op. Cit pag.74

vi IBIDEM. pag. 99.

vii IBIDEM. pag.197. I

viii IBIDEM. pag.198

ix IBIDEM. pag.204

x IBIDEM.

xi IBIDEM. pag.211.

xii IBIDEM. pag.212

xiii IBIDEM. pag. 212

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.