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El capital contra los trabajadores

Fuentes: Rebelión

La bancarrota capitalista ha desencadenado una brutal ofensiva contra el movimiento obrero en todo el mundo. El capital necesita atacar las conquistas de los trabajadores para contrarrestar la caída de sus ganancias, que amenaza con colapsar el sistema. En los países más débiles de la cadena imperialista de la UE los ataques han cobrado una […]

La bancarrota capitalista ha desencadenado una brutal ofensiva contra el movimiento obrero en todo el mundo. El capital necesita atacar las conquistas de los trabajadores para contrarrestar la caída de sus ganancias, que amenaza con colapsar el sistema. En los países más débiles de la cadena imperialista de la UE los ataques han cobrado una especial virulencia. El viejo «estado del bienestar» está siendo desmantelado a marchas forzadas con la política de recortes sociales. En el estado español, bajo las órdenes de Bruselas, el gobierno del PP, con mayoría absoluta parlamentaria y la complicidad del PSOE, CiU, PNV… lleva a cabo una continuada agresión contra los derechos de los trabajadores y las clases populares (reforma laboral, recorte y endurecimiento del acceso a las pensiones…). 2013, sin huelgas generales y sin la presencia del 15 M ha sido aprovechado por la derechona para legislar en cadena contra los derechos de los trabajadores, como la futura ley contra el derecho de huelga que está preparando el PP, o la reforma del código penal (con el régimen de multas para acciones como los escraches, las concentraciones frente al parlamento, o la entrada en oficinas de bancos, etc.). Los representantes políticos del gran capital quieren aprovechar el momento en el que sienten que el viento fluye a su favor, para liquidar toda ley o normativa que suponga un obstáculo en sus planes.

El movimiento obrero, pese al estallido de luchas de resistencia en sectores como el de la enseñanza en Baleares, o en algunas empresas (PANRICO, trabajadores de la recogida de basuras de Madrid…), se encuentra en su conjunto confundido y desorientado, por la falta de una orientación combativa por parte de los sindicatos mayoritarios. Décadas de políticas desmovilizadoras, de pactos y consensos con la patronal, facilitaron la liquidación de las conquistas sociales y crearon entre los trabajadores la impresión de que no había nada que hacer. En el último período, el desgaste de las huelgas generales, convocadas a regañadientes por la burocracia sindical, sin voluntad para darles una continuidad en las luchas y movilizaciones, ha acentuado la sensación de impotencia de muchos trabajadores. La política del gobierno ha agravado el desempleo y la precariedad laboral. Seis millones de parados y casi la mitad de los que tienen empleo con contratos precarios y una economía que hace aguas por todas partes. Sin perspectivas de lucha y con el temor a perder el puesto de trabajo, son muchos los que han aceptado el drástico recorte de sus salarios y derechos laborales, con la vana ilusión de que un hipotético futuro fin de la crisis, les permita recuperar lo que ahora han perdido. Otros, desmoralizados y sin ver posibilidades de mantener sus puestos de trabajo, renuncian a defenderlos y prefieren votar a favor del finiquito, a la espera que se vuelva a crear empleo.

Mientras la CEOE aplaude gozosa al gobierno, y exige nuevos y mayores sacrificios que contenten a «los mercados», los dirigentes de CCOO y UGT actúan como apagafuegos para evitar que el creciente malestar de los trabajadores pueda convertirse en un incendio generalizado. Pero la patronal envalentonada, no muestra ningún interés en mantener unos mínimos para un hipotético pacto social. El ejemplo de firmar como mal menor los 67 años como edad de jubilación que puso el gobierno, no es respetado y se exige que se alargue a los 70. Ahora el PP decreta los nuevos mecanismos de «revalorización» de las pensiones que supondrá un recorte del 25% de la pensión media en los próximos 15 años. La respuesta de CCOO y UGT es lamentar la actitud de la patronal y del gobierno, y convocar algunas manifestaciones para intentar salvar la cara. Para más inri, vuelven a sonar los tambores de una nueva reforma laboral, que vendrá a completar los campos, en los que la anterior no se atrevió a profundizar. ¿Qué credibilidad le queda a la dirección de los sindicatos mayoritarios ante los trabajadores, si la patronal y el gobierno mañana no están dispuestos a respetar lo que se firme hoy?

La burocracia sindical hace tiempo que se ha convertido en una oficina más del departamento de personal en las empresas, y mendiga continuamente nuevas negociaciones que le permitan adjudicarse algún éxito, que frene su decadencia. Cuida mucho que las escasas movilizaciones que impulsa no se les escape de las manos y prefiere evitar cualquier tipo de continuidad. Mientras tanto participa en el negocio de los fondos de pensiones con la banca, o siguen firmando EREs en las cajas de ahorros, como si nada. Los sectores de la patronal más retardatarios han empezado a cuestionar el papel de una burocracia sindical en decadencia, que cada vez tiene menos que vender, aireando las corruptelas en las que se encuentra implicada (EREs, los cursos de formación, subvenciones…), a través de la caverna mediática.

Pero la responsabilidad de lo que sucede no es sólo de la burocracia sindical y la izquierda del sistema. También la tienen, aunque en menor medida, una buena parte de los asalariados que no destinan ni una décima parte de lo que gastan en el fútbol, o en los centros comerciales, en defender sus precarias condiciones de vida. Durante los años de las vacas gordas, el modelo consumista y egoísta que vendía el capitalismo, convenció a muchos de que vivíamos en el mejor de los mundos posibles y de que estábamos en el final de la historia. La impresión de crecimiento ilimitado sin embargo era falsa, en realidad el senil sistema capitalista se dedicaba a vender humo para ocultar su decadencia. Sólo era cuestión de tiempo que la pirámide especulativa sobre la que descansaba el «milagro» les estallara entre las manos. La crisis capitalista los ha despertado del sueño y los ha devuelta a la cruda realidad. En tan solo una década, entre la opinión pública se ha pasado del 20 al 68%, los que opinan que los hijos vivirán peor que sus padres. Si seguimos delegando la defensa de nuestros derechos y conquistas, no habrá salida. Los medios de comunicación ya anuncian que no se creará empleo hasta 2025 y que la deuda contraída con los bancos alemanes durará más de 50 años. Ese es el futuro que nos promete el sistema.

Los movimientos sociales y el sindicalismo alternativo. la lucha de clases se reorganiza.

La aparición del 15M, con todos sus ingenuidades y limitaciones, fue el primer síntoma de que los trabajadores y el resto de las clases populares no estaban dispuestos a renunciar a sus derechos y conquistas sociales sin luchar. Cuando los sindicatos mayoritarios, controlados por la burocracia parasitaria, se convierten en un obstáculo para la generalización y la continuidad de las luchas, éstas resurgen a través de otros canales «no tradicionales». El 15M entró en decadencia y desapareció hace tiempo, pero en su lugar han surgido los movimientos combativos de los sanitarios y los docentes que se han enfrentado sin descanso a los planes del gobierno. Es importante resaltar las masivas manifestaciones contra la Ley Wert y la LEC en enseñanza, o las que se realizado contra los planes de privatización de la sanidad pública en Barcelona y sobre todo en Madrid.

La pérdida de credibilidad de la burocracia sindical apenas ha sido capitalizada por un sindicalismo alternativo dividido y enfrentado a menudo entre sí. La descabellada convocatoria de una huelga general por parte de la CGT, al calor de la que se realizaba en Euskadi (con una correlación de fuerzas distinta), que resultó un rotundo fracaso, o la dificultad para ponerse de acuerdo en la convocatoria de movilizaciones contra la política del gobierno, no ayudan a crear ese polo alternativo. Los intereses sectarios de las pequeñas burocracias priman con frecuencia por encima de los de los de la clase obrera y dificultan la construcción de una alternativa creíble ante el conjunto de los trabajadores, que lo único que ven es un montón de pequeñas organizaciones disputándose el mismo espacio de influencia.

Catalunya. «Dret a decidir» ¿qué?

En Catalunya, la hipócrita campaña «soberanista» lanzada por CiU y respaldada de forma oportunista por ERC (que se ha dedicado a taparle las vergüenzas al gobierno reaccionario de Mas, a cambio de la promesa del referéndum), así como por la debilidad política y organizativa de la izquierda independentista y anticapitalista, ha permitido que importantes sectores de los trabajadores y las clases medias empobrecidas, se hayan ilusionado con el «Dret a decidir» que supuestamente tiene que llevar a Catalunya hacia la independencia.

En el 11 septiembre de 2012, las movilizaciones de la izquierda independentista y anticapitalista apenas tuvieron eco en los medios de comunicación oficiales, frente a la campaña de la ANC. Pese al boicot, consiguieron reunir a más de 10.000 personas, tal y como ha venido sucediendo en otras convocatorias en Barcelona, como las de «Independència per canviar-ho tot», la de «Juntes Podem», o el 1 mayo alternativo. La cadena humana del 11 de septiembre de este año, con más de un millón de participantes, contrastada con la digna pero escasa concentración, convocada por el Procés Constituent frente a la sede de La Caixa (a la que se añadieron militantes de las CUP y de IC-EuiA, y en la que intervinieron portavoces de varias luchas y el compañero Diego Cañamero, dirigente del SAT, que llamó a la solidaridad de clase entre los trabajadores de los pueblos del estado español por el respeto al derecho a decidir) es una muestra de cómo los representantes políticos de la burguesía y sus aliados están capitalizando el proceso y desviándolo del verdadero «derecho a decidir». La izquierda clasista debe de desmarcarse claramente de un proceso que sólo provocará frustración entre los que confían en él. Sí, reivindicamos el derecho a decidir, pero queremos decidirlo todo; queremos decidir los presupuestos que provocan recortes y más recortes; queremos decidir sobre las leyes que desarman a los trabajadores y acaban con sus derechos y conquistas. Queremos decidir sobre la nacionalización de la banca y de las grandes empresas estratégicas. Queremos decidir sobre la permanencia a la Europa del capital, que nos condena a un futuro de miseria.

Por un sindicalismo de clase. Por la autoorganización de los trabajadores.

Es necesario revertir este cuadro de confusión y de pesimismo, para resistir la ofensiva patronal y del gobierno y recuperar el terreno perdido. La construcción de un polo sindical alternativo antiburocrático, combativo y de clase sólo puede basarse en la autoorganización asamblearia de los trabajadores y el apoyo de los movimientos sociales. La asamblea de los trabajadores en las empresas es soberana y los sindicatos no pueden pastelear al margen de ella. Una persona, un voto. Cualquier representante elegido por la asamblea tiene que rendir cuentas de sus gestiones ante ella y puede ser revocado si asi lo deciden la mayoría.

Es fundamental que los miembros de los diferentes sindicatos clasistas dejen a un lado el sectarismo y se unan en listas unitarias, elegidas en asamblea, para derrotar a la burocracia de CCOO y UGT. Hay que expulsarla de los centros de trabajo. Hay que denunciar sus tejes y manejes, con los que, a cambio de privilegios y prebendas, dividen y enfrentan a los trabajadores de diferentes países en nombre de intereses corporativos que sólo sirven a la patronal (multinacionales del automóvil…). La lucha contra la burocratización y la corrupción de los sindicatos pasa por su independencia económica. Un sindicato de clase sólo puede depender de su autofinanciación, y no de las subvenciones directas o indirectas que puedan facilitar las instituciones del sistema.

Ninguna decisión importante puede llevarse a cabo al margen de los trabajadores. La recuperación de la democracia participativa es fundamental para que miles y miles de trabajadores desengañados por los sindicatos burocratizados y la izquierda del sistema, rompan su apatía y vuelvan a ser los protagonistas de las luchas contra el sistema.

El proceso de formación de la unidad popular será largo y no podrá llevarse a cabo sin movilizaciones, avances y retrocesos que forjen la conciencia de los trabajadores. Luchas como la que han protagonizado los trabajadores de la recogida de basura de Madrid sólo pueden triunfar consiguiendo el apoyo activo de la población que también está siendo golpeada por la ofensiva capitalista. Para eso es importante contar con el soporte de las organizaciones de parados, los movimientos sociales y de los sectores sindicales combativos. No se pueden tolerar las amenazas de militarización de la huelga (rescatando un viejo método del franquismo), ni el reclutamiento de sectores desesperados y desclasados, que había llevado a cabo la empresa pública TAGRA, para actuar como esquiroles al servicio de los empresarios del sector.

Los compañeros han frenado los planes de despidos masivos que planeaba la patronal, aliada al gobierno municipal del PP y lo que es más importante, han demostrado que con la lucha y la autoorganización se puede vencer. Pero no es menos cierto que han tenido que aceptar el recorte del poder adquisitivo de sus salarios (con su congelación por un período de 4 años) y un ERE temporal de un mes y medio anual de cada trabajador, que se pagará con dinero público (aumentando el margen de beneficios de la patronal). Sin embargo, la principal amenaza que pende sobre el futuro de los trabajadores de la limpieza de Madrid es la firma de la burocracia de un acuerdo en el que se reconoce que existían motivos reales para el ERE (cuando no los había), y su aprobación por la asamblea. Este reconocimiento puede ser en el futuro un arma en manos de la patronal, para presentar nuevos ERES contra la plantilla.

Hay que construir una red solidaria de asambleas o comités obreros en los barrios de las ciudades y los pueblos que, partiendo de las necesidades de la gente, organice conjuntamente a los trabajadores precarios, con contrato fijo y a los parados. Es fundamental la creación de oficinas de defensa de los derechos sociales que son útiles para llegar a las pequeñas y medianas empresas, donde apenas alcanza la presencia de los sindicatos, para animarles a defender sus derechos y fomentar la auto-organización.

Las experiencias cooperativistas no pueden existir al margen de la evolución del sistema capitalista sin comprometerse en este proceso, como hemos visto en Fagor. El cooperativismo no es una alternativa al capitalismo, sino forma parte también de un proyecto político para acabar con él. Cuando el capitalismo sólo puede ofrecer un futuro de miseria, tenemos que empezar a plantear una salida socialista a la crisis. Contra el cierre de las fábricas, organicemos su ocupación y puesta en marcha bajo un régimen autogestionario de los mismos trabajadores, en defensa de sus puestos de trabajo.

Sin la centralidad del mundo del trabajo nunca se han conseguido avances en la lucha por derechos sociales. Es prioritario ayudar a que la clase trabajadora se articule con los movimientos sociales ecologistas, feministas, antirracistas e internacionalistas. Las próximas movilizaciones unitarias contra los presupuestos de la Generalitat de Catalunya, y las Marchas de la Dignidad que se desarrollarán por todo el estado durante la primavera de 2014, tienen que servir para estimular la coordinación de las luchas y hacerlas más cotidianas y sostenidas.

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