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El incierto futuro de Barack Obama

Fuentes: Rebelión

El balance de los ocho años del presidente norteamericano George W. Bush no puede ser peor para Estados Unidos: los agresivos neocons llegaron con la idea de convertir esta centuria en «el siglo americano», y cabalgando el tigre de la manipulada emoción por el atentado de las Torres Gemelas se lanzaron a invadir países y […]

El balance de los ocho años del presidente norteamericano George W. Bush no puede ser peor para Estados Unidos: los agresivos neocons llegaron con la idea de convertir esta centuria en «el siglo americano», y cabalgando el tigre de la manipulada emoción por el atentado de las Torres Gemelas se lanzaron a invadir países y a destruir los acuerdos e instituciones internacionales de convivencia pacífica, empezando por la ONU; pero se despiden ahora viendo la quiebra del sistema financiero capitalista y con una catástrofe política y económica que ha encendido todas las alarmas en su país.

La elección de Barack Obama inicia un nuevo ciclo, de perfiles todavía imprecisos. Durante la campaña electoral norteamericana, Obama habló del cambio y de la esperanza, y su oposición a la guerra de Iraq, la crítica a la política seguida por Bush, y un pasado personal honesto, han sido sus grandes avales, junto al hartazgo popular por ocho años de apología de la guerra en el exterior que ha causado, sólo en Iraq, más de setecientos mil muertos: de manera que la inevitable comparación con la siniestra herencia de Bush hubiera hecho bueno a casi cualquier candidato, aunque Obama ha sabido conectar con quienes ansiaban un cambio de tendencia.

Sin embargo, todo eso no debe hacer olvidar que, en Europa, muchas de sus propuestas serían las propias de la derecha política, y que Obama ha ganado las elecciones con el apoyo económico, sobre todo, de buena parte de los financieros de Walt Street (¡ha recibido más aportaciones que McCain!), y no, como se ha afirmado, con una mayoría de aportaciones populares, aunque también el movimiento progresista ha estado de su parte, como el CPUSA, el partido comunista norteamericano; así como ha recibido el apoyo expreso de la gran prensa portavoz del capitalismo norteamericano, como el Financial Times. Es obvio que esos sectores van a hacer valer sus intereses durante los años de la nueva presidencia.

Barack Obama anunció que retiraría las tropas norteamericanas de Iraq dentro de dieciséis meses, y que se apoyaría en sus aliados europeos para afrontar los problemas internacionales, huyendo del proceder arrogante y unilateral que ha caracterizado a Bush. Porque no hay duda de que los problemas que debe afrontar Obama no pueden esperar. A la sanguinaria invasión de dos países, Afganistán e Iraq, a las constantes amenazas a otros gobiernos (Irán, Corea del Norte, Siria, Venezuela, Cuba), al recurso a la doctrina fascista de las «guerras preventivas», al impulso de una nueva carrera de armamentos (con la ruptura de los acuerdos de desarme atómico firmados con la Unión Soviética y con el anunciado despliegue de un escudo antimisiles, supuestamente defensivo, en las fronteras de Rusia), se añade ahora la crisis económica y financiera en que se hayan inmersos los Estados Unidos. Además, el país que dirigirá Obama es el más endeudado del planeta. Como aviso para los días que vendrán, el contador electrónico de la deuda norteamericana visible en la fachada de un rascacielos de Nueva York se colapsó recientemente porque no dispone más que de trece casillas para albergar los números: la deuda asciende ya a 11’5 billones de dólares, una cifra de catorce números, y el doble déficit, comercial y fiscal, y el retroceso industrial, amenaza las bases del poder norteamericano.

Obama sabe que el capitalismo norteamericano tiene abierta una peligrosa crisis social. El país cuenta ya con más de diez millones de parados, y, por eso, Obama ha hecho pública su intención de impulsar un plan para la creación de empleo. La industria automovilística (General Motors y Ford, principalmente) está en una situación desesperada, con riesgo de que desaparezcan otros tres millones de puestos de trabajo; y millones de familias pueden perder sus viviendas; cincuenta millones de ciudadanos no tienen acceso a la sanidad, y millones de personas se encuentran en riesgo de perder sus jubilaciones, por lo que la visualización de la crisis capitalista con la quiebra del sistema financiero y el hundimiento de Wall Street es una realidad que no puede ocultarse. Sin embargo, ante esa situación y tras más de diez años de retrocesos salariales para los obreros norteamericanos, y con casi la tercera parte de la bolsa neoyorquina compuesta por operaciones de fondos de alto riesgo, es decir, operaciones especulativas y planes de robo a gran escala a cargo de empresarios, especuladores y banqueros sin escrúpulos, Obama apenas ha hablado de un inconcreto plan para ayudar a las «clases medias».

El desafío es gigantesco, y Obama, más que la expresión de un cambio real, factible, ha sido el reflejo de las esperanzas de millones de desposeídos que han creído ver en él la posibilidad de un futuro mejor. No puede más que conmovernos la emoción y las lágrimas de los negros norteamericanos que veían a uno de los suyos, por fin, caminar hacia la Casa Blanca, pero es muy dudoso que su elección signifique el fin del racismo y de la marginación de la minoría negra: supone el trece por ciento de la población, pero, al mismo tiempo, los negros son la tercera parte de todos reclusos del país: unos ochocientos mil negros abarrotan las prisiones. La persistencia de la segregación hace que haya más afroamericanos en las cárceles estadounidenses que en sus universidades: hay más negros presos en Estados Unidos que en todo el resto del mundo.

Si Bush rebajó los impuestos a los ricos, Obama tendrá que hacerlo para los pobres, si no quiere aumentar el sufrimiento social. Al despojo y a la rapiña de los fondos públicos para favorecer a las grandes empresas que Bush está impulsando en sus últimas semanas, el nuevo presidente debe responder con un plan que tenga como objetivo no la salvación del empresariado corrupto e incompetente sino la resolución de los graves problemas de los sectores populares. Pero es muy poco probable que sea así.

Obama defiende la energía nuclear y continúa participando de una visión imperial que hace de los Estados Unidos el eje de la política internacional, y pese a que, en el pasado, defendió los derechos del pueblo palestino, apoya ahora las decisiones de Israel, y comparte una visión providencial que está en el origen de muchos de los conflictos internacionales. Si estuviera decidido a iniciar una nueva etapa, el nuevo presidente norteamericano debe cerrar Guantánamo, acabar con la ignominia de las torturas, poner fin al terrorismo de Estado y a la utilización de mercenarios en múltiples focos de conflicto, prohibir que se siga bombardeando a las poblaciones civiles; debe terminar con las guerras de Iraq y Afganistán, aceptar el papel de la ONU, negociar con Moscú, abrir conversaciones para la reducción de los arsenales nucleares, y respetar los tratados firmados con la Unión Soviética. Debería cambiar la política norteamericana con Cuba y Venezuela y poner fin a la intromisión en los asuntos internos de otros países. Todo ello, por necesario que sea, no sería un programa de gobierno progresista, pero superaría todos los límites impuestos por el sistema de poder capitalista. Demasiado para Obama.

El fracaso de Bush ilumina la trascendencia de los cambios que precisa Estados Unidos, pero todos los asuntos citados, pese a su gran relevancia, apenas sirven para entrever el corto ciclo de unas elecciones presidenciales, porque Obama no podrá hacer gran cosa para detener, y mucho menos invertir, la tendencia del nuevo mundo que llega, del concierto de grandes potencias que se está configurando, y con las que Estados Unidos, le guste o no, tendrá que negociar: China, por supuesto, pero también Rusia, India, Brasil, Japón. Porque el incierto futuro de Barack Obama está escrito en los signos de la decadencia norteamericana y del fortalecimiento chino.

Aún antes de la toma de posesión del nuevo presidente, el riesgo de la decepción asoma en el horizonte: el gran interrogante es si la sociedad norteamericana, los trabajadores, serán capaces de levantar un movimiento que exija un cambio real. Un cambio, no hay que olvidarlo, que si fuera encabezado por Obama sería el anuncio de que una tumba está esperándolo.