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La declinación estadounidense y la disyuntiva sobre su papel global

El momento de Donald Trump, al margen de su personalidad

Fuentes: Rebelión

En no pocas ocasiones el triunfo electoral de Trump en 2016 y su cambiante y polémico modo de conducirse en la presidencia han sido explicados en base a su compleja y controvertida personalidad, de ser un tipo venático, narcisista, y engreído, bastante ignorante, mentiroso, maniático y muchas cosas más, así como debido a la supuesta […]

En no pocas ocasiones el triunfo electoral de Trump en 2016 y su cambiante y polémico modo de conducirse en la presidencia han sido explicados en base a su compleja y controvertida personalidad, de ser un tipo venático, narcisista, y engreído, bastante ignorante, mentiroso, maniático y muchas cosas más, así como debido a la supuesta manipulación electoral en contubernio con los rusos.

Otra explicación, que trataremos se resumir aquí, va encaminada a aproximarnos a la sociedad y el momento en que se dio su triunfo electoral (incluyendo las falencias de la candidatura alternativa que presentaron los demócratas ese año) y considerar cuanto de esa sociedad ha devenido refractaria y alienada por las abusivas políticas al uso.

Para ello debemos acercarnos también -pues es parte importante del contexto actual- a las verdaderas contradicciones entre diversas corrientes del establishment y al debate que tiene lugar entre sectores de la elite de cómo enfrentar la evidente declinación de EE.UU.

Creemos que esto último nos permitirá repensar de alguna manera las corrientes y tendencias sociales que subyacen tras el «fenómeno» Trump más allá de la coyuntura.

Solo un paréntesis, pues no vamos a detenernos en el resultado electoral de 2016: Trump obtuvo 63 millones de sufragios; gano en 30 de los 50 estados; eso significó una mayoría de 306 votos en el Colegio Electoral, muy por encima de los 270 votos necesarios para confirmarle el triunfo.

Victorias por la mínima en estados claves de tradición demócrata en el Medio Oeste le resultaron decisivas a Trump. Pese a ser un millonario reaccionario, éste no era el candidato favorito ni del liderazgo republicano ni de la elite dominante de la oligarquía.

Pero su lenguaje provocativo y polémico le ganó rápida presencia nacional y atención de la prensa, así como su capacidad de manipular grandes masas que habían visto deteriorarse sus ingresos, resentidas y contrarias a los políticos y las elites tradicionales, estuvieron entre los factores de su victoria (frente a un partido demócrata dividido y una candidata presidencial con altos niveles de rechazo).

La fuerte campaña anti-Trump desplegada durante casi tres años, incluyendo acusaciones e investigaciones de contubernio con los dirigentes rusos, tienen todos los visos de servir de instrumento para hacer entrar en cintura a un reaccionario y díscolo Donald Trump quien, no obstante, esporádica pero recurrentemente ha tenido interesantes salidas del libreto y expresado desacuerdo con algunos de los más belicistas de su entorno…

En este último sentido puede preguntarse ¿qué relación tiene la polarización política y social y el desasosiego de muchos estadounidenses para que se volcaron detrás del demagogo que prometía traer empleos a casa, dar prioridad al país y hacer que otros compartieran la carga militar de EE.UU.?

Y ahí nos tropezamos con parte del meollo del asunto.

Personalmente creo que el advenimiento de Trump – como producto en parte de la crisis -, su presidencia y muchas de las fuerzas que le apoyan, independientemente de la conciencia que de ello tengan sus protagonistas o no, son asimismo en alguna medida expresión aún verde y relativamente temprana de un reajuste o giro necesario, aunque muy espinoso y complicado, por donde deberá encaminarse un aspecto central de la política estadounidense de cara a futuro y acorde con las nuevas realidades geopolíticas e internas.

Me explico. Tiene que ver con las evidencias de la marcada declinación del país en los últimos 40 años, su pérdida de hegemonía y disminución de capacidad de dominación en el concierto de naciones, así como con el deterioro de sus indicadores económicos y sociales internos.

Se trata de que, durante demasiado tiempo, ha habido una sobre extendida y tensada proyección global y pretensiones hegemónicas que EE.UU. ya no está en condiciones de sostener y que estarían en la medula de su declinación posterior al fin del boom económico de la postguerra.

Acorde con ello correspondería emprender un reajuste necesario, de sus políticas fiscales y estratégicas, que debería permitirle a EE.UU. prolongar por bastante más tiempo una significativa estatura en un mundo multipolar.

Desde hace algunos lustros, varios analistas de peso han señalado esa necesidad, que choca con la tremenda influencia que tiene el llamado Complejo Militar Industrial en la política del país y con el incuestionable predominio que mantiene en la capital estadounidense y en la conducción de la política exterior toda una claque de neoconservadores y liberales intervencionistas se han apoderado de posiciones claves del gobierno.

En el contexto de las crisis recientes y de la gran recesión iniciada en 2008 se ha recalentado el debate y las preocupaciones sobre las perspectivas económicas del país: desindustrialización, demasiado consumo y pocos ahorros, persistentes déficits comerciales y de cuenta corriente, lento crecimiento económico y déficits crónicos del presupuesto federal que alimentan una deuda nacional creciente, en la que el gigantesco gasto militar es principal causante.

Se apuntan como muy preocupantes el alto porcentaje al que ha llegado la deuda respecto al Producto nacional, el creciente desasosiego sobre el futuro del papel del dólar, así como cierta parálisis política en la capital del país que arroja dudas sobre la habilidad de la nación para enfrentar sus tribulaciones fiscales.

Quienes visualizan y avanzan propuestas para detener la declinación señalan que se requieren varias medidas, incluyendo aumentos de impuestos y reducciones de gastos, en primer lugar reducir el monto de los gastos militares y a la par con ello una adecuación del papel tradicional que EE.UU. ha desempeñado en el mundo.

De concretarse, no se trataría en lo más mínimo de algún enfoque o reconsideración, digamos, pacifista, sino en todo caso de un impulso de naturaleza nacionalista, incluso conservador, instigado por la necesidad de evitar los muy serios riesgos a los que se aboca el sistema por sus desbalances económicos y sociales.

Implicará para el país, más tarde o más temprano, aceptar la inevitabilidad de reducir drásticamente algunas de sus pretensiones globales y la magnitud de sus gastos y compromisos militares acorde con sus decrecientes recursos disponibles y de las muchas necesidades internas desatendidas, sin detrimento de seguir disponiendo y utilizando otros de sus muchos instrumentos de poder.

Entre las medidas que al respecto y desde hace ya algunos años han propuesto numerosos analistas y algunas connotadas figuras políticas, están: reducir la presencia militar en algunas regiones para atender otras de creciente importancia estratégica como el Lejano Oriente; devolver responsabilidades de seguridad que asumirían sus aliados en ciertas regiones; reducir el despliegue de hombres sobre el terreno y maximizar aquello en lo cual EE.UU. tiene ventajas comparativas: armas de precisión, capacidades logísticas y de comando, tareas de vigilancia e inteligencia.

Se agrega que si el país necesita y desea hacer más en casa, deberá consumirse menos en el exterior.

Nos hemos referido aquí a lo que sería un curso objetivo e inevitable impelido por la declinación que ha estado ocurriendo en las últimas décadas. Las opciones referidas aún marchan a contracorriente; son ahora solo parte de un pulseo, entre sectores de peso y en parte tras bambalinas, que tiene lugar en uno de los momentos de mayor belicosidad. La experiencia histórica enseña que precisamente en períodos de crisis hegemónica el capitalismo ha recurrido a políticas militaristas.

El contradictorio y peculiar gobierno actual y que lo zigzagueante de sus acciones en realidad son un reflejo de este momento histórico, de sus dilemas, y de las contradicciones al seno de la elite por lo que, de manera natural, digamos, existen en su seno de partid arios de más de un curso de acción en conflicto.

El hecho de ser Donald Trump en lo personal un empresario con grandes intereses en el sector de bienes raíces, de la construcción, negocios en la esfera del entretenimiento y el turismo interno puede ser un elemento marginal. Sin embargo, su énfasis en la urgencia de recuperar y poner al día las superestructuras del país y en su consigna de América Primero es indudablemente coherente con las necesidades de buena parte de la nación.

Lo que también observamos, coincidente con las referidas polémicas en curso, es que simultáneamente con la complacencia que aún existe en aumentar los presupuestos militares, ya desde el gobierno de Obama se decidió y continua con la Administración Trump el criterio de limitar el despliegue de grandes contingentes de tropas regulares en zonas de conflicto, y en su lugar se enfatiza subcontratar empresas privadas de tropas mercenarias, y apoyar con logística y ventas masivas de armamento a estados clientes como un sustituto de la acción militar directa.

Considero que la enorme crisis social interna y el carácter estructural de la crisis de la economía están llamando ya, y llamarán con más fuerza en adelante, a una reorientación de prioridades, según lo aquí analizado.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.