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El pulso y el tiroteo

Fuentes: Página/12

La violencia homofóbica es presentada como monopolio de los bárbaros no occidentales. En Occidente, sin embargo, la política de exterminio es el deseo apenas disimulado de un sector de la población estadounidense que ha encontrado un vocero en Donald Trump.

En el año 2004 Barbara Poma decidió abrir un boliche gay en la ciudad de Orlando para honrar la memoria de su hermano John, quien había contraído HIV y murió en 1991. Para mantener vivo el latido de John, Barbara decidió bautizar al boliche con el nombre Pulse, que en castellano significa pulso. La dueña brinda el espacio para actividades LGTB y de prevención del HIV. El 12 de junio del 2016, Pulse había propuesto una noche latina a los concurrentes. En las antípodas de Barbara, un asesino cuyas selfies narcisistas han circulado hasta el hartazgo entró al boliche y mató a decenas de personas. Según relata el padre del asesino, el detonante de la masacre se habría presentado unos días antes cuando vio a una pareja de gays que se besaba abiertamente en público, frente a su familia.

Barbara intento mantener el pulso, el asesino enfrentó ese pulso a tiros. El contraste entre pulso y tiroteo da cuenta de un fenómeno más profundo. En el siglo XXI, los latidos del movimiento LGTB se enfrentan a una homofobia que en su reacción desesperada propone el exterminio como solución final. Si no pueden sostener el estigma, entonces prefieren matarnos. Se trata de un fenómeno global.

Constantemente medimos el pulso: contamos los países que se van agregando cada año a la lista del matrimonio igualitario. Rara vez percibimos el tiroteo. Por cada país que otorga derechos otro los quita. Las marchas del orgullo han sido prohibidas en el este de Europa. La Rusia de Putin penaliza cualquier manifestación de visibilidad. La agenda política misma del líder ruso se funda en definir a su país por oposición a «Gayropa», la Europa gay que supuestamente se hundirá en su decadencia. En el África subsahariana florece la legislación que condena a la homosexualidad con la muerte. En Medio Oriente ISIS constituye la vanguardia de esta tendencia de exterminio, pero la misma legislación existe en países aliados de occidente.

Generalmente se suele situar al pulso de vida LGTB en el maravilloso primer mundo civilizado y tolerante. El tiroteo tanático, supuestamente, sería monopolio de los malvados bárbaros. Sin embargo, esta oposición geográfica olvida que los supuestos civilizados frecuentemente subvencionan a, se alían con, o promueven a la homofobia de otras regiones. La ley de exterminio de Uganda, por ejemplo, fue producto de un intenso lobby llevado adelante por iglesias evangélicas estadounidenses. En otros casos, como en Arabia Saudita, si bien el dinero proviene de Medio Oriente mismo, el silencio y la complicidad provienen del resto del planeta. En Arabia Saudita las mujeres no sólo no tienen ningún derecho, sino que además el estado financia a líderes religiosos que explican por TV la manera más adecuada de pegarle a una esposa. La ley para los gays es simple: muerte. Las ejecuciones de todo tipo son cotidianas. La respuesta del planeta ha sido darle a la monarquía absoluta Saudí la conducción del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Esta cuestión puede parecer irrelevante para entender lo ocurrido en Pulse, pero no lo es.

Hacía años que el asesino venía consumiendo literatura homofóbica online que Arabia Saudita financia con sumas siderales. La presencia mediática de ISIS frecuentemente nos hace perder de vista la expansión del fanatismo islámico en Europa y USA florece con fondos saudíes. La alianza de USA y Europa con la monarquía Saudí tiene un costo: los musulmanes que migraron a Europa y USA topándose allí con la marginación son cada vez más seducidos por la literatura y las organizaciones fanáticas saudíes que les son presentadas como alternativas a la miseria en que viven. El fanatismo saudí ha seguido a los musulmanes hasta el primer mundo, y allí ha construido mezquitas al lado de sus casas. No debería sorprender que algunos de estos migrantes obren en consecuencia con la ideología que beben.

Las pruebas de la promoción política del exterminio originadas en el primer mundo mismo también abundan. En el último año las internas del partido republicano en EEUU más de una vez le pasaron el alto-parlante a quienes nos quieren ejecutar. El pastor Kevin Swanson, que participó en varias actividades públicas con algunos de los candidatos republicanos más famosos (Ted Cruz, Mike Huckabee, y Bobby Jindal), ha declarado públicamente en más de una ocasión que Estados Unidos debería seguir el modelo de Uganda e imponer pena de muerte a los homosexuales. Este tipo de voces no siempre aparecen en primer plano, pero la política de exterminio es el deseo apenas oculto de una porción minoritaria pero recalcitrante de quienes ahora siguen a Trump. Me refiero a la misma minoría que en los últimos tiempos viene quejándose de que las personas trans puedan elegir el baño que les parezca. Al mismo grupo de gente que ha intentado pasar leyes que legalicen la discriminación contra personas LGTB en varios estados. Se trata de un sector que odia al fundamentalismo musulmán, pero que en el fondo comparte con este más de una idea. La repercusión del reciente tiroteo en Pulse da cuenta de esta situación.

Frente al atentado, ningún candidato republicano expresó su solidaridad con las víctimas LGTB. Tanto Ted Cruz como Donald Trump han salido a declarar que el verdadero problema es tolerar la existencia de musulmanes en EEUU. Frente al proyecto de exterminar a los gays que muchos de sus seguidores y compañeros proclaman, Cruz y Trump han decidido mirar para otro lado y declarar que el problema es la presencia de musulmanes en EEUU. Es decir, han preferido salir a promover la limpieza étnica de más de un millón de personas. Por supuesto que ninguno de ellos recordó que el asesino de Pulse, hijo de Afganos, bebió la homofobia de fuentes que provienen de los aliados de EEUU. Después de todo, no sólo Arabia Saudita es un aliado central, sino que también lo fueron los talibanes que el presidente Reagan subvencionó allá por los años ochenta y que terminarían por regir la tierra de los padres del asesino, imponiendo un machismo y una homofobia promotoras del exterminio.

La masacre de Pulse resulta indigerible para la derecha estadounidense. El odio a los gays que caracteriza a esa derecha impide que las víctimas sirvan para fogonear la histeria nacionalista. Si el ataque hubiera sido contra heterosexuales, Trump quizá lideraría las encuestas y estaría cerca de ser presidente. Pero más de 50 putos latinos no sirven como víctimas sacrificiales para alentar su campaña. Pulse no encaja en el libreto de la derecha republicana porque, en el fondo, esta derecha tiene un acuerdo profundo con el fundamentalismo islámico. Tanto la derecha republicana como el fundamentalismo islámico son machistas, homofóbicos, y xenófobos. Ambas corrientes promueven el odio contra los herejes de las religiones enemigas. En el 2001 Al Qaeda usó el Corán para decir que EEUU se merecía el atentado contra las torres gemelas porque está lleno de homosexuales. El 12 de junio del 2016 a las 7 de la mañana, cuando la sangre de las víctimas de Pulse todavía estaba fresca, Dan Patrick, el gobernador conservador de Texas, utilizaría una máxima bíblica que apunta en el mismo sentido: «Los hombres cultivan lo que cosechan». Luego de tirar la piedra, Patrick salió a decir que la frase estaba desvinculada del atentado de Orlando, lo cual resulta difícil de creer.

Pablo Ben es especialista en historia global de la sexualidad y profesor en San Diego State University. El miércoles a las 17.30 dictará la charla «Historia de la Sexualidad: Repensando a Foucault en el marco de la historiografía global de la homosexualidad, la prostitución, y la masturbación (siglos XIX y XX)» en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, Puán 480.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/soy/1-4592-2016-06-24.html