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La coronación vista desde Israel

El Rey George

Fuentes: Counterpunch

Traducido para Rebelión por Juan Antonio Julián

Cuando el rey George V de Inglaterra murió tuvimos un día de vacaciones en la escuela, en señal de duelo.  Palestina era en esos momentos parte del Imperio Británico, que gobernaba el país por mandato de la Liga de las Naciones Unidas.  Todavía hoy una de las principales calles de Tel-Aviv, no lejos de mi casa, lleva el nombre de King George.

A George V le siguió, tras un breve interludio, George VI, y éste fue hasta hace poco el último George en mi vida.  Ahora tenemos un nuevo rey George, que no es británico sino estadounidense.

La relación entre Estados Unidos e Israel es difícil de definir.  EE UU no tiene ningún mandato oficial sobre nuestro país; tampoco la nuestra es una alianza normal entre dos naciones, ni una relación entre un país satélite y su amo.

Algunos dicen, sólo medio en broma, que EE UU es una colonia de Israel.  No cabe duda de que en muchos aspectos así lo parece.  El presidente Bush baila al son que le toca Ariel Sharon.  Las dos cámaras del Congreso estadounidense muestran una sumisión total a la extrema derecha israelí, mucho más incluso que el Parlamento israelí.  Se ha llegado a decir que si el lobby pro israelí presentase ante el Capitolio una resolución pidiendo la abolición de los Diez Mandamientos, ambas cámaras la aprobarían por mayoría apoteósica.  Cada año el Congreso de EE UU ratifica el pago de un cuantioso tributo a Israel.

No obstante, otros sostienen la tesis opuesta: que Israel es una colonia estadounidense.  Sin duda, es cierto en muchos aspectos.  Es inconcebible que el gobierno israelí rechace una petición clara y directa del Presidente de EE UU.  ¿Que EE UU prohíbe a Israel venderle a China un costoso avión espía?: Israel cancela la venta.  ¿Que EE UU prohíbe a Israel realizar una acción militar de gran escala, como sucedió la semana pasada* en Gaza?: la acción militar se anula.  ¿Que EE UU quiere que la economía israelí sea gestionada con arreglo a determinados preceptos?: no hay problema; un estadounidense (circunciso, para más seguridad) es nombrado gobernador del Banco Central de Israel.

De hecho, las dos versiones son correctas: EE UU es una colonia israelí e Israel es una colonia estadounidense.  La relación entre los dos países es una simbiosis, término que los diccionarios definen como una asociación de dos organismos vivos unidos uno al otro o uno dentro del otro.

Se ha debatido mucho sobre los orígenes de esta simbiosis.  El sionismo cristiano estadounidense precedió a la misma fundación de la organización sionista judía.  El mito estadounidense es casi idéntico al mito sionista israelí, tanto en su contenido como en su simbolismo: los primeros colonos, que huían de la persecución en sus países de origen, el país vacío, los pioneros que conquistan los grandes espacios, los salvajes nativos, etc.

Los dos países provienen de la inmigración, con todo lo que esto implica para bien y para mal.  Ambos gobiernos consideran que sus intereses coinciden.  El Día de la Independencia de Israel muchas banderas estadounidenses ondearon junto a las del Estado de Israel, lo que es un fenómeno sin igual en el mundo.
La ceremonia de toma de posesión de George W. Bush la semana pasada tenía, por consiguiente, un significado especial para Israel.  La cadena de televisión estatal la retransmitió en directo.  En muchos aspectos, el Presidente de los Estados Unidos de América es también Rey de Israel.

George Bush es una persona muy simple, muy violenta y poseedora de puntos de vista muy extremistas; además es un gran ignorante, lo que, conjuntamente, arroja una peligrosa combinación.  Gente así ha sido la causa de muchos desastres en la historia de la humanidad. A Maximilien Robespierre, el revolucionario francés que estableció el periodo conocido como el Terror, se le ha llamado «El gran simplificador», por la terrible simplicidad de sus puntos de vista, que intentó imponer por medio de la guillotina.

Los ideólogos que gobiernan los pensamientos y las acciones de Bush se conocen como «neo-conservadores», pero sin duda se trata de una etiqueta equivocada.  En realidad, son un grupo revolucionario.  Su objetivo no es conservar sino derrocar.  Judíos en su mayor parte, son seguidores de Leo Strauss, un profesor judío alemán de pasado trotskista que acabó sus días elaborando teorías semifascistas y difundiéndolas en la Universidad de Chicago.  Strauss ilustraba la actitud hacia la democracia citando el ejemplo de Gulliver: cuando se declaró un incendio en la ciudad de los enanos, Gulliver lo apagó orinándose encima. Esta es la manera, en su opinión, como un pequeño grupo de dirigentes de élite deben tratar al pueblo, tan ignorante e inocente que ni siquiera sabe lo que le conviene.
En su discurso de coronación, Bush prometió llevar la libertad y la democracia al último rincón del mundo.  Ni más, ni menos.  Y citó a continuación los dos países en los que ya ha conseguido su objetivo: Irak y Afganistán.  Ambos países han sido devastados por la aviación estadounidense, que les lanzó el mensaje por la portezuela de las bombas.  Hace poco, los soldados estadounidenses borraron del mapa una gran ciudad a fin de convencer a sus oponentes de la bondad de los «valores americanos»; ahora, Faluya tiene el aspecto de haber sufrido un tsunami.

No es ya ningún secreto que los «neo-cons» tienen previsto «llevar la democracia» a Irán y Siria, eliminando con ello dos enemigos más tradicionales de EE UU e Israel.  Dick Cheney, el vicepresidente (de pequeña virtud, por cierto), ha avanzado ya que Israel puede atacar Irán, del mismo modo que hubiera podido anunciar que iba a soltarles un «doberman».

Hubiera podido pensarse que tras la debacle total de Irak y el menos evidente pero igualmente serio fracaso de Afganistán, Bush habría plegado velas, absteniéndose de otras acciones parecidas.  Pero como suele suceder con gobernantes así, Bush es incapaz de admitir la derrota y de cejar en su empeño.  Al contrario, el fracaso lo impulsa a nuevos excesos y a comprometerse, como el capitán del Titanic, a «mantener el rumbo».

No hay manera de adivinar qué nueva fechoría prepara Bush, ahora que ha sido reelegido por su pueblo.  Su ego se ha hinchado hasta proporciones gigantescas, confirmando lo que el fabulista griego Esopo afirmó hace 27 siglos: «A menos inteligencia, mayor engreimiento».

Ha dado la patada al infeliz y débil Colin Powell (del mismo modo que David Ben-Gurion eliminó a Moshe Sharett, en preparación de su asalto a Egipto en 1956) y ha nombrado a Condoleezza Rice, su sirvienta personal (igual que Ben-Gurion sustituyó a Sharett por Golda Meir.)

La orden en ese buque es ahora «preparar la cubierta para las operaciones».  En esa cubierta, Bush es una bomba de relojería, un peligro para todos.  Los resultados de las pasadas elecciones podrían pasar a la historia como una catástrofe universal.

En su política interior Bush puede causar desastres similares.  En nombre de los «valores americanos» está a punto de destruir uno de los valores más destacados del país: la separación iglesia-Estado.  Su religión es la de los conversos «renacidos», una religión primitiva que no tiene moral ni compasión.  Al imponer esta religión a todos los ámbitos de la vida, desde la prohibición del aborto y los matrimonios entre personas del mismo sexo a la revisión de los textos escolares, Bush puede causar a la sociedad estadounidense un retraso de siglos, y a la vez vaciar de contenido la Constitución. Cuatro años más de esto y Estados Unidos de América puede convertirse en un país muy diferente del que amamos y admiramos en nuestra juventud.
Un amigo mío afirma que la nación estadounidense tiene en su interior dos almas: una buena y una mala.  Puede que esto sea así en todas las naciones, incluyendo Israel y Palestina, pero en el caso de EE UU es mucho más extremo.  Hay los Estados Unidos de Thomas Jefferson (aún cuando solo se atrevió a liberar a sus esclavos en el momento de su muerte), Abraham Lincoln, Woodrow Wilson, Franklin Delano Roosevelt y Dwight Eisenhower; los Estados Unidos idealistas del Plan Marshall, las ciencias y las artes.  Y hay los Estados Unidos del genocidio de los nativos americanos, el país del esclavismo y del mito del Salvaje Oeste, los Estados Unidos de Hiroshima, de Joe McCarthy, de la segregacion y de la guerra de Vietnam; una América violenta y represiva.

Durante el segundo mandato de Bush, este segundo país puede llegar a nuevos niveles de fealdad y brutalidad.  Puede llegar a ofrecer a todo el mundo un modelo de opresión.  No deseo que mi país, Israel, se identifique con esos Estados Unidos.  Las ventajas que podamos conseguir pueden resultar ser de escaso alcance, y el daño, en cambio, duradero y quizás irreversible.

Una de las ventajas de la Constitución de EE UU es que Bush no puede ser reelegido por un tercer periodo.  Tal como dice una canción popular israelí: «Hemos sobrevivido a los faraones y sobreviviremos también a esto.»  Quizás esta canción podría convertirse en un himno de todo el planeta.

* tercera semana de enero de 2005.
Uri Avnery,  escritor y activista por la paz israelí, dentro del grupo Gush Shalom. Es uno de los editorialistas de The Other Israel: Voices of Dissent and Refusal.  Ha contribuido también al nuevo libro de CounterPunch, de palpitante actualidad, titulado The Politics of Anti-Semitism.
Puede contactársele en: [email protected].