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Palestina

El testimonio de Jorge García Granados, de la comisión de la ONU

Fuentes: Rebelión

El establecimiento de Israel en Palestina. 1948 Un momento crucial en el conflicto palestino-israelí gira alrededor del fin de la guerra mundial en que el nazismo se ensañó particularmente con los judíos, y la recién creada ONU «hereda el problema palestino» de la Sociedad de las Naciones que le había cedido, −mediante un acuerdo entre […]

El establecimiento de Israel en Palestina. 1948

Un momento crucial en el conflicto palestino-israelí gira alrededor del fin de la guerra mundial en que el nazismo se ensañó particularmente con los judíos, y la recién creada ONU «hereda el problema palestino» de la Sociedad de las Naciones que le había cedido, −mediante un acuerdo entre bambalinas suscrito por Francia e Inglaterra− ese territorio a Inglaterra. Para entonces, en 1947, la presión sionista sobre la armadura colonial británica era insoportable (y la presión sobre la sociedad árabe también, pero venía de mucho antes, arrebatando tierras y funciones).

De esa época proviene el informe de Jorge García Granados Anació Israel, sobre la labor de la comisión de la ONU para dilucidar la situación en Palestina. Representante guatemalteco del muy reciente gobierno de Juan Arévalo (elegido en 1944) tras salir el país de la noche dictatorial de Francisco Ubico, para algunos historiadores, la peor de las abundantes dictaduras americanas del siglo XX.

Para revelar la mentalidad del autor en que nos vamos introduciendo, veamos como describe el mismo García Granados (en adelante JGG) la «entrada» y «salida» de Ubico: «En 1931 el general Ubico fue elegido presidente de Guatemala bajo los auspicios del Sheldon Whitehouse, ministro de EE.UU. en nuestro país. Fue éste unos de los últimos [sic] ejemplos de intervención abierta del Dpto. de Estado de EE.UU. en los asuntos de Latinoamérica, sistema abandonado [sic] cuando Franklin D. Roosevelt inició su política de Buena Vecindad.» Nos habría gustado conocer la opinión de JGG cuando apenas pocos años después, en 1954, la cruzada de Carlos Castillo Armas, una mezcla de paramilitar y grupo de tareas enviado por EE.UU. arrasara con toda la sociedad guatemalteca.

La lectura del libro de JGG es muy ilustrativa: constituye una radiografía, a nuestros ojos, ya entrados al siglo XXI, de cómo y qué se veía de las fuerzas en pugna, de las corrientes presentes entonces, de las ideas-fuerza patentes o latentes, o mejor dicho que eran latentes entonces y se han patentizado tanto después.

Tal vez el divorcio más patente entre la realidad entonces ya muy presente y la percepción que al parecer dominó sin excepciones a la comisión de la ONU designada para atender (y «resolver») la cuestión palestino-israelí, [1] constituida por delegados de once estados miembros de la ONU (con una sobrerrepresentación de americanos y europeos en desmedro de africanos, asiáticos y del mundo árabe), sea la falta total de percepción de la diferencia conceptual entre sionismo y judería o judeidad. O judaísmo.

Se puede entender que esta comisión no haya percibido tres entidades hoy en día, siglo XXI, claramente diferenciables como la condición de judío, la de israelí y la de sionista (con todas las diferencias y tonalidades que puedan entreverse en el seno mismo de tales denominaciones y conceptos). Pero lo que llama la atención es que a mediados del s. XX una comisión dedicada a tiempo completo al abordaje de la cuestión palestina no tenga ni siquiera dos renglones para diferenciar, conceptualmente, sionismo y judeidad.

Diferencia que se venía acentuando desde el mismísimo siglo XIX.

Puede haber un atenuante en la circunstancia histórica en que le tocó actuar a esta comisión: inmediatamente después de la persecución atroz y asesina que el nazismo había encarado contra los judíos (junto con tantos otros sectores o comunidades humanas que no se incluían en el pesadillesco sueño «socialista nacional» de Hitler y sus seguidores). Los judíos europeos sobrevivientes eran primordialmente víctimas o víctimas potenciales de los planes nazis.

Ello podría haber llevado a algunos a atender primordialmente el apoyo a las víctimas. Pero hay dos aspectos que desmienten esta visión primaria y elemental. 1º.) que la ONU no nombró comisión alguna para atender a las víctimas eslavas o a los gitanos, o a los homosexuales o a los comunistas o a los anarquistas, todos ellos asimismo perseguidos por el nazismo. Y 2º.) -lo veremos más adelante− que el acento de la acción no estuvo en la atención a las víctimas.

¿Cuál fue entonces, la actividad principal que deberá atender esta comisión? A mi modo de ver, el proyecto sionista de ocupación de «sus» tierras bíblicas. Usando la Biblia como certificado notarial de propiedad. El sionismo tomó bajo su responsabilidad llevar adelante esa presunta entrega inmobiliaria que «su» dios le habría hecho a su pueblo elegido -el judío- y a partir de ese «mandato», ir adueñándose de esa tierra. Como la cesión inmobiliaria desde lo celestial no resultaba muy nítida o concreta, fueron sionistas los que organizaron compras de tierra, para ir acumulando un fondo nacional de tierras judío. El expediente inicial fue bastante sencillo: como en casi todo el mundo, los campesinos propiamente dichos no tenían títulos pertenecientes al mundo jurídico. Apenas contaban con tenencias «de hecho», a veces centenarias. Como sucede en los cinco continentes. Sin embargo, el mundo jurídico, en este caso el universo colonial (turco primero, inglés después) contaba con los títulos de propiedad correspondientes alojados en catastros y carpetas correspondientes a «los ricos».

Los sionistas, que contaban con fondos limitados pero abundantes, a menudo provistos por banqueros judíos pro-sionistas, se apersonaban ante las respectivas autoridades y procuraban «cerrar» negocio con el propietario legal, generalmente ausente, que sin problema entregaba tierras que no usaba y a veces ni conocía, y se embolsaba unas cuantas libras esterlinas, que mejoraban sin duda su disponibilidad.

Quedaba «el detalle» de los campesinos que efectivamente labraban la tierra y extraían de ella su sustento. Para eso, los sionistas, a veces de orientación «socialista y de izquierda», contaban con la labor de limpieza de la policía turca en un primer momento y luego de 1917, de la inglesa, que procedían a despejar el terreno recién vendido, expulsando a sus campesinos ancestrales.

Éste fue el primer mecanismo mediante el cual el sionismo y su Administración Nacional de Tierras fue creando su fondo, para luego ir emplazando sus kibutzim y sus moshavim. De más está decir, que con el tiempo, este sistema de obtención sionista de tierras (por más apoyo o respaldo divino que invocara) fue levantando resistencia en las poblaciones despojadas.

 

La comisión de la ONU… ¿o de EE.UU.?

Nos parece importante una precisión geopolítica previa, que nos ubique entonces: estamos hablando del corto período de absoluto dominio estadounidense en el mundo entero; el segundo quinquenio de los ’40, cuando ya no tenían peso los imperios de otrora; Japón, Alemania, destrozados, y los del Reino Unido y Francia exhaustos. Y la URSS iniciará su papel de contrapotencia a principios de los ’50 con su bomba de hidrógeno equiparable a la de los norteamericanos… quebrando ese corto unicato estadounidense… (que EE.UU. retomará precisamente a fines de los ’80, con el colapso soviético).

No es de extrañar entonces que la comisión estuviera manifiestamente atenta a los comportamientos de las autoridades de EE.UU. Dentro de la ONU, era evidente su peso decisivo y principal.

La comisión con una composición casi euroamericana no tuvo ojos para situarse históricamente. Actuaba ante la comunidad judía y el universo árabe como si su historia hubiese comenzado en la década del ’40 (con «la solución final» de los nazis y la participación pro-Eje del muftí jerosomilitano [juez supremo] Sayyed Husseini. [2]

Repasando la integración de la comisión pro-Palestina, podría uno tender a ver diversidad en su composición. Aunque nueve de las once representaciones son americanas y europeas, podríamos destacar las muy marcadas excepciones de India e Irán, estados que conocemos hoy como de considerable peso… pero tenemos que situarnos históricamente. En 1947, la India acababa de concretar su independencia, meses antes, del British Empire, y de sufrir una división política decidida desde los mandantes coloniales entre lo hindú y lo musulmán (India y Pakistán, respectivamente: una división que se iba a revelar insuficiente e imprecisa, como el conflicto, todavía presente, de Cachemira, lo visualiza).

Irán, por su parte, había ido sufriendo recortes territoriales a favor de nuevas entidades políticas o coloniales (como el actual Irak), quedando virtualmente ocupado durante la segunda guerra mundial por rusos e ingleses, para asegurarse la neutralidad de «Persia». La dinastía Pahlevi (instaurada en 1925) recupera al fin de la segunda guerra mundial el gobierno, que se irá haciendo temblequeante a partir de 1949, por la lucha popular para retener el petróleo como bien propio contra la Anglo-Iranian Oil Co. El gobierno iraní que designara a los enviados a esta comisión será el que cederá ante la enorme popularidad de Mohammed Mossadegh, ministro nacionalista, que finalmente pondrá en fuga al Sha, un occidentalista «modernizador». Ante el empuje nacionalista de la población, el gobierno de EE.UU. desplegará apenas seis años más tarde −1953− un golpe de estado en toda la regla a cargo de tropas propias que repondrán al sha títere y suprimirá el gabinete nacionalista de Mossadegh quien deberá hacer abjuración pública de sus convicciones.

Podríamos decir que la comisión especial de la ONU para Palestina, que creíamos integrada por europeos, americanos (y no americans), asiáticos y oceánicos, plural aunque sin africanos, ofrece una diversidad más aparente que real… porque reconocemos la presencia o la influencia de EE.UU. en poco menos que todas las representaciones «nacionales»…

 

Lo que se manifiesta por su ausencia

La «prueba del nueve» de esta presencia subyacente es precisamente su ausencia manifiesta. Si es sorprendente recorrer las más de trescientas páginas del libro de GCC sin encontrar ni una sola distinción conceptual entre lo sionista y lo judío, inclinándose cada vez más acentuadamente por el advenimiento de una sociedad judía, en rigor sionista (y el estado consiguiente), hay otra ausencia, similar, pero todavía más pesante: a lo largo de todo el libro no hay una línea referida al Biltmore Program, la conferencia sionista internacional de 1942, habida en Nueva York, con representantes de casi una veintena de países, y que es el encuentro que establecerá «la línea» de acción del sionismo (todavía vigente hoy), que desechará como actividad principal la del rescate ante las atroces persecuciones que se vivían en los países en guerra ¡en esos mismos momentos! y pondrá el acento en la conquista, colonización y entronizamiento de una entidad, un estado sionista en Palestina.

Reparemos que estamos en mayo de 1942, cuando todavía los «analistas» atribuían a los nazis favoritismo en la contienda (algo totalmente insensato, puesto que la relación material entre el Eje comandado por los nazis y «Los Aliados» era de uno a seis), además de que los nazis se habían introducido en el pantanal ruso-soviético y que EE.UU. acababa de ingresar a la guerra, aliándose a Los Aliados. Era el momento también en que la máquina de muerte y exterminio de «La solución final» nazi acababa de ponerse a toda marcha…

Todavía en 1942 había estimaciones, que se iban a revelar miopes, de que los judíos podían ser perseguidos por los nazis afectando a una cuarta parte de sus poblaciones (la posguerra revelará que en algunos países el extermino fue muchísimo mayor…. en Letonia, donde se considera que hubo el mayor, quedarán, según algunos investigadores, apenas 215 judíos sobrevivientes). [3]

El congreso sionista de Biltmore fue decisivo en muchísimos aspectos porque la política sionista tomó un nuevo giro e impulso: por lo pronto, la cúpula sionista abandonó la protección británica que venía al menos desde 1917 (en rigor, desde sus propios orígenes, a fines del s. XIX) y decidió hacerse de un nuevo protector; con mucha perspicacia los sionistas reunidos en Nueva York avizoraron en EE.UU. al nuevo «patrón de la vereda» y esto se observa hasta en el lenguaje de las deliberaciones, en que se invoca «su devoción inequívoca a la causa de la libertad democrática y la justicia internacional«, integrar «la estructura de un nuevo mundo democrático«… ¿cuántas veces vamos a escuchar desde 1945 en adelante ese lenguaje, esos adjetivos, como «el santo y seña» del «mundo libre»?

En Biltmore, hubo, empero, debates. Incluso entre sionistas, y probablemente por la presencia de judíos no sionistas, surgieron voces que procuraron anteponer la solidaridad concreta encarnada en una política de rescate de los perseguidos entonces antes que en la edificación del estado «judío». Absolutamente en minoría, tales participantes se vieron forzados a abandonar el encuentro.

Construir el estado. En terreno ajeno, pero bíblicamente «propio». Y cambiar de padrino. Algo que se expresará en el cambio de «referentes» para el movimiento sionista mundial, del probritánico Chaim Weizmann al pro-yanqui David Ben Gurion…

Esto es lo que no aparece en todo el trabajo de JGG. Ni una palabra. Ya no del alcance verdadero de las designaciones de los miembros de la comisión ni del sentido geopolítico de sus posiciones, sino de la existencia misma de un congreso fundante como el de Biltmore. Es tanta ausencia la que revela su importancia, precisamente.

 

El eurocentrismo que no se ve a sí mismo

Los comisionados ruedan por el territorio violentado de Palestina. Y tienen ojos para ver las «tecno-maravillas» que la inmigración europea, con fondos más que considerables, ha hecho aquí y allá. Los ojos «europeos» se solazan con las imágenes europeas en la «bárbara Asia», como dijera alguna vez Theodor Herzl…

JGG, guatemalteco, no se identificaba con la rancia oligarquía criolla y despótica sino con el progresismo latinoamericanista de Juan Arévalo, bueno es recordarlo.

En un pasaje de su obra, JGG se plantea la cuestión de los derechos a la tierra palestina. Y afirma: «Los árabes sostenían que Palestina fue cedida a la parte interesada: la población del país, para ellos. Pero el artículo 1 del Tratado de Lausana establecía la renuncia de los turcos a todos sus derechos. No existe ninguna referencia que sugiera la cesión a favor de los habitantes ni en parte alguna se establece que ellos son la parte interesada ni se especifica tampoco quién es la parte interesada. Si buscamos una interpretación en los principios generales del derecho internacional, nos hallamos con que sólo los estados soberanos pueden ser sujetos en el derecho internacional. Los individuos y los pueblos que no gozan del estatuto legal de gobierno soberano solo pueden ser objetos del derecho internacional […].

A mi modo de ver era inconcebible que en el caso de Palestina pudiera aceptarse la interpretación propuesta por los estados árabes. Todos los otros territorios que habían pertenecido a Turquía, y a los cuales se refiere el Tratado de Lausana, fueron repartidos entre los vencedores sin consultar a los respectivos pueblos.»

Se ve claramente la mirada latinoamericana de JGG. Lo que ve y reconoce como lo obvio, es lo que ha hecho el asentamiento hispano (y el luso y el anglo…) en Abya Yala / América: disponer de fronteras y crear entidades estatales con total prescindencia de la preexistencia de reinos, límites y pueblos. Por eso los mapuches fueron repartidos entre Argentina y Chile, los aymaras y los quechuas, ellos mismos entrelazados territorialmente, fueron a su vez fragmentados entre Bolivia, Perú, Argentina, y así sucesivamente.

La pregunta que podríamos hacernos a la luz de toda la peripecia del asentamiento sionista en Palestina y el inmisericorde comportamiento del Estado de Israel contra los natives, es si no era acaso más sensato y actual el reclamo de «los estados árabes» por consultar a la población «originaria», es decir, milenariamente establecida en el país. Y más democrático…

El antiimperialismo de JGG como el de tantos progresistas latinoamericanos del s. XX, pasaba por el rechazo al colonialismo británico, aunque no alcanzaban a divisar imperialismo alguno en la política de Buena Vecindad, por ejemplo. Por ello juzga JGG la decisión británica de El Libro Blanco [de 1939], que intentaba frenar la «invasión» sionista a Palestina, como lo que «derribó la ‘piedra angular de la cooperación’ entre los judíos y el gobierno [británico]«.

JGG nos está explicitando la fuerte connivencia entre los británicos y los sionistas… hasta 1939. Sabía de qué hablaba.

Aunque en todo su alegato tampoco figura lo que muchos consideran la primera intifada, un levantamiento civil palestino, una suerte de huelga con disturbios callejeros y violencia que constituye un vastísimo rechazo, terminante, al despojo de su país por parte del sionismo, un estado cuasiinsurreccional, que duró desde 1936 hasta 1939 y que terminó mediante una represión brutal y despiadada de británicos y sionistas sobre palestinos (la violencia funcionó por carriles muy claros, preestablecidos: árabes mataban británicos, árabes mataban judíos, judíos mataban árabes, británicos mataban árabes, judíos y británicos jamás se tocaron un pelo; al contrario. No sólo judíos sionistas actuaban dentro de las fuerzas militares británicas para ahogar la resistencia sino que los servicios de seguridad secretos sionistas −el embrión del actual MOSSAD− y los respectivos servicios británicos coordinaron sus acciones represivas para ahogar en sangre la rebelión. Actuaban de consuno contra «el populacho», contra The Great Beast, como designaban los Padres Fundadores de EE.UU. a la población cualquiera… [4]

El Libro Blanco derriba esa alianza, verdaderamente colonialista, tan vigente hasta prácticamente entonces… al sionismo ya no le interesa un protector gastado y con ideas propias sobre cómo asentar un Hogar Judío en Palestina, porque se siente con fuerzas suficientes para organizarse e instalarse por sí mismo y en todo caso elegir (y de algún modo, configurar) padrino.

Los nazis le brindarán, por las vueltas de la historia, un enorme empujón al sionismo, brindando mano de obra al nuevo emprendimiento. Porque el sionismo y los acuerdos del Biltmore Program no aceptaron poner el rescate como acción principal de las organizaciones sionistas pero sí, organizarán la recepción de jóvenes judíos que serán más fácilmente adaptables al proyecto, al provenir del mundo de miseria y persecución que se había descargado sobre las comunidades judías europeo-orientales.

Salvo excepciones como Israel Shahak [5] que adolescente se embarca huyendo de Europa hacia Israel y que −confiesa− que ya antes de desembarcar había roto con el sionismo al ver el estilo militar y verticalista con que la dirección sionista acarreaba judíos, el sionismo cosechará una enorme masa de maniobra, fuerza de trabajo e intelectuales orgánicos de entre los sufridos jóvenes judíos europeos desarraigados por la guerra y el nazismo.

Los polvos que sembrara la Comisión Especial de las Naciones Unidas para Palestina serán los lodos del presente. Aquella ceguera o subalternización de los derechos de los habitantes históricos, de los seres humanos concretos que vivían la tierra palestina, permitió un nuevo experimento colonialista y racista cuando ya los últimos bastiones estructurados sobre semejantes principios estaban despeñándose en el mundo entero.

David Ben Gurion defenderá tanto la construcción ideológica de la estructura sionista y el estado correspondiente que llegará a sostener que más vale salvar un 50% de jóvenes que estén en condiciones de construir el Estado de Israel y no un 100% de judíos en estado de necesidad. El sionismo revela con tales «cuentas» que no es un humanismo. Y lo vemos día a día por cómo tratan a los natives. Hay un desprecio muy marcado que se permiten quienes se sienten investidos de algo superior, sea la raza, el mandato de un dios o una tarea que trasciende a los seres concretos con que uno «tropieza»…

El trabajo de JGG será editado en Buenos Aires por la Biblioteca Oriente. Llamativamente, se trata de una «traducción directa del inglés». Un peculiar puente idiomático para quien, como Jorge García Granados, tiene el castellano como idioma materno.

Quede para otra oportunidad el análisis más circunstanciado de las expectativas y afirmaciones presuntamente objetivas, con sus aciertos y múltiples equivocaciones.

 

Notas

[1] La comisión designada, «Comisión Especial de las Naciones Unidas para Palestina», con mandato para su tarea entre el 13 de mayo de 1947 y el 14 de mayo de 1948, estuvo compuesta por delegaciones nacionales (titulares, suplentes y asesores) de: Australia, Canadá, Checoeslovaquia, Guatemala, Holanda, India, Irán, Perú, Suecia, Uruguay y Yugoeslavia.

[2] Es muy interesante advertir como en toda historia sobre lo palestino, durante la II Guerra Mundial aparece tan a menudo la simpatía de este religioso palestino por los nazis. Bueno es recordar que dicho muftí parece haberse dejado llevar por la muy habitual costumbre de considerar amigos a los enemigos de mis enemigos. Falaz situación, si las hay. El muftí, empeñado en una lucha anticolonial, se dejó seducir por el enfrentamiento que llevaba adelante la Alemania nazi con la «pérfida Albion».

Sin embargo, es muy inhabitual tomar en cuenta «los amoríos» ideológicos vividos por el sionismo con el nazismo, en la etapa temprana de este último (durante buena parte de la década del ’30). Estas coincidencias se pretendían de mayor raigambre ideológica que la mera táctica de hacerse amigo del enemigo de mi enemigo, puesto que los sionistas procuraron persuadir a la dirección nazi que albergaban similares expectativas, la de vivir separados y para sí, tanto de arios como de judíos (durante el período en que el nazismo preconizaba la separación de pueblos y que llegó hasta la guetizacion…). Estos contactos tuvieron tanta importancia como para que Adolf Eichmann, por ejemplo, se dedicara a aprender hebreo…

[3] Se estima en decenas de miles los judíos en Letonia entonces, pero otras estadísticas dan como sobrevivientes unos 20 000. Ambos guarismos revelan el exterminio, aunque los porcentajes son tan diferentes.

[4] Noam Chomsky, «Imperial Presidency: Strategies to control the Great Beast», , 9 feb. 2005. En castellano «Presidencia imperial: estrategias para el control de la ‘Gran Bestia'», futuros, no 9, Río de la Plata, invierno 2005.

[5] «Israel armó las dictaduras de América Latina» en El Estado de Israel armó las dictaduras en América Latina, Editorial Canaán, Buenos Aires, 2007.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.