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El triste estado de los fanáticos con micrófono

Fuentes: Progreso Semanal

Estados Unidos, eres un idiota. Eres vago, un zombi, desalmado, respiras por la boca, ignorante, avaricioso, autocompasivo, envidioso, superficial y holgazán. Lo anterior es un resumen del «análisis» realizado por expertos conservadores y figuaes mediáticas -Cal Thomas, Ted Nugent, Bill O’Reilly y etcétera- que tratan de explicar la enfática derrota de Mitt Romney. Parecen haberse […]

Estados Unidos, eres un idiota.

Eres vago, un zombi, desalmado, respiras por la boca, ignorante, avaricioso, autocompasivo, envidioso, superficial y holgazán.

Lo anterior es un resumen del «análisis» realizado por expertos conservadores y figuaes mediáticas -Cal Thomas, Ted Nugent, Bill O’Reilly y etcétera- que tratan de explicar la enfática derrota de Mitt Romney. Parecen haberse decidido por una estrategia de culpar a los electores de no ser lo suficientemente inteligentes o buenos para votar como debieran haber hecho. Debido a que Estados Unidos no fue lo suficientemente inteligente o bueno, dicen estos conservadores, destrozó la Constitución, abrazó con entusiasmo el caos, le dio un beso de lengua al socialismo, y murió.

En otras palabras, viene el apocalipsis.

De acuerdo, ese pensamiento no representa a la totalidad de la respuesta conservadora a las elecciones. La confiable y sensata columnista Kathleen Parker ofreció una… bueno…explicación confiable y sensata de lo que está mal en el Partido Republicano. El gobernador de Luisiana Bobby Jindal habló cuidadosamente a [I]Politico [/I]acerca de cómo debe cambiar el conservadurismo para enfrentar los retos del futuro.

Desafortunadamente, por cada Parker o Jindal hay un Donald Trump haciendo un llamado a la revolución o una campaña de peticiones que solicite la secesión de la Unión. Y justamente cuando uno piensa que ya lo ha visto todo, justo cuando uno piensa que no es posible asombrarse más de cuán alejada de la realidad y llena de pánico está la derecha política, llega la noticia del suicidio de Henry Hamilton.

Hamilton era el propietario de un salón de bronceado en Cayo Hueso, la Florida. Como reportó recientemente [I]The Miami Herald, [/I]lo encontraron muerto dos días después de las elecciones. A su alrededor había frascos vacíos de medicamentos por receta, entre ellos uno para la ansiedad y otro para la esquizofrenia. Según su socio Michael Cossey, el negocio tenía estresado a Hamilton y había dicho que si el presidente Obama era reelegido, «Yo no voy a estar aquí». La policía encontró su testamento, sobre el cual estaba escrito, «Al carajo Obama».

A veces los Hannity, los O’Reilly, los Trump, los Limbaugh -todo el complejo de infotretenimiento político conservador- se comportan como si fuera permisible moralmente -es más, moralmente requerido-, como si todo esto fuera un juego, como si su interminable letanía de medias verdades, mentiras y siembra de temor, su cámara de eco de indignación estudiada, pánico practicado, incoherencia intelectual y excremento equino no adulterado, no tuvieran consecuencias humanas. A veces se comportan como si fuera moralmente permisible -es más, requerido moralmente- decir cualquier cosa necia, indefendible, grosera o indignante que le venga a la mente con el fin de derrotar o minimizar a la temida izquierda. Y no importa que la gente vulnerable pueda oír esto y conformar sus creencias a partir de ello.

¿Fue el complejo político conservador de infotretenimiento el que mató a Henry Hamilton? No.

Pero ¿fueron ellos el agua en la cual él nadó, un coro griego que se hacía eco y magnificaba el pánico desproporcionado que afectaba su mente? Parece muy probable.

Uno espera, sin real convencimiento, de que la muerte de Hamilton obligue a los lanzallamas de la derecha a hacer una pausa. Uno espera, sin real convencimiento, que alguien sienta una punzada de remordimiento. O de vergüenza.

Pero eso no sucederá.

Porque lo que aquí vemos no es el comportamiento de un artista calculador del espectáculo que no cree la mitad de la basura que dice. Si fuera así, pudiéramos tener esperanza.

Pero ellos, he llegado a creerlo, no son realmente parte del espectáculo. Son fanáticos. Sí creen en la mitad de la mentira que dicen, y tienen micrófonos para decirlo. Eso es infinitamente más escalofriante.

Así que solo se puede esperar, con un poco más de expectativas, que el Partido Republicano finalmente se separe de esta afrenta en curso a la democracia y a la inteligencia y de esa manera hacerla discutible.

Hasta entonces, debemos absorber el impacto de estas debacles regularmente programadas. Y compadecernos de los émulos de Henry Hamilton.

Para él, el apocalipsis ya llegó.

Fuente: http://progreso-semanal.com/ini/index.php/eeuu/6282-el-triste-estado-de-los-fanaticos-con-microfono