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Respuesta a «Aurora Despierta»

El «vicio» colapsista: agonía versus praxis

Fuentes: Rebelión

“No nos interesa una ecología pendiente de un futuro que va a estallar, una ecología que profetiza el fin de todo y que finalmente no reconoce que esta sociedad necesita ser cuestionada incluso si la amenaza de un ‘colapso’ se desvaneciera en el horizonte” (José Ardillo)

De soluciones y tratamientos paliativos

«Marx no predijo el cambio climático, pero sabía que el capitalismo contenía la contradicción ecológica que terminaría generándolo. De aquel momento a hoy cambiaron muchas cosas, salvo una: para proteger la vida es necesario acabar con el sistema» (Kohei Saito)

El presente texto es una respuesta a la monumental reseña de mi libro “Los ‘vicios’ del ecologismo. El abismo entre el diagnóstico y las soluciones”, publicada con el seudónimo de Aurora Despierta el pasado 14 de junio bajo la rúbrica de “Impulso al debate urgente”.

Antes de entrar en materia es necesario precisar dos cuestiones. En primer lugar, he de decir que estoy realmente abrumado ante la meticulosidad desarrollada por la autora en la disección del libro y en el análisis exhaustivo de sus “entrañas”. Se trata sin duda de un trabajo ciclópeo -la propia autora refiere que el archivo original constaba de ¡75 páginas!- y es menester consignar mi encarecido agradecimiento ante un estudio tan pormenorizado de mi humilde trabajo. En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, tengo que reconocer, y disculparme ante la autora por ello, que esta respuesta no estará a la altura de su esfuerzo.

Mi intención con ella es aprovechar la oportunidad que me da el exhaustivo análisis que le da pie para desarrollar un poco más algunas cuestiones quizás no suficientemente elaboradas en el libro y asimismo rebatir algún punto concreto de los planteados en su texto. Me centraré por tanto en lo que considero los ejes centrales de su argumentación: la certeza del colapso ecosocial al que estamos inexorablemente abocados y las estrategias de construcción de un antagonismo político y social que permita albergar ilusiones de al menos atenuarlo.

Ni que decir tiene que comparto plenamente con la autora que el propósito del libro fue contribuir a ese “debate súper-mega híper urgente” acerca de la crucial tesitura en la que se encuentra la organización social constituida por la especie de la hybris, la especie exagerada, y de los posibles caminos alternativos para evitar los peores escenarios que se avizoran en el futuro cercano.

Quizás no esté de más reiterar, por mor de justificar mi falta de respuesta a algunas de las sumamente enjundiosas cuestiones que plantea la autora, mi condición de outsider sin experiencia de militancia en el movimiento ecologista ni conocimiento especializado de ninguna de las disciplinas científicas estrechamente conectadas con el ámbito ecológico. Confío en que el hecho de insistir en tan impúdica confesión me dispense de entrar a fondo en algunos de los temas de cariz más técnico-científico que la autora examina minuciosamente. El hecho cierto es que no se trata de un libro científico, ni siquiera con pretensiones divulgativas -hay más que sobrada bibliografía al respecto-, sino de crítica razonada de las propuestas sociopolíticas y de las estrategias de transformación social defendidas por los grupos más descollantes del ecologismo sedicentemente radical.

También creo oportuno resaltar que el enfoque del libro se sitúa en las antípodas de cualquier posición pseodocientífica afín al infame negacionismo, tan en boga actualmente entre las fuerzas políticosociales más reaccionarias, en cualquiera de sus deletéreas versiones. Estoy completamente convencido de que la sombría descripción de la situación socioambiental actual que hace, de acuerdo con la mejor ciencia disponible, el ecologismo consecuente -que, por si fuera necesario aclararlo, debería partir de la firme convicción de la incompatibilidad entre la supervivencia del capitalismo y la preservación de un planeta habitable- es totalmente certera y, si acaso pudiera hacérsele alguna crítica, sería, bien al contrario, la de que muestra cierta contención prudencial a la hora de describir los desastres en curso y las lúgubres perspectivas que se abren ante nosotros. Como complemento de lo anterior, añadiré que el planteamiento del libro también se distancia radicalmente de la actitud sectaria que profesa el ultraizquierdismo “obrerista” -de cariz principalmente marxista ortodoxo pero trufado también de la proverbial impaciencia revolucionaria de los apóstoles de la “propaganda por el hecho”- hacia la pusilanimidad de los métodos y de la filosofía de vida de los grupos más activos del movimiento ecologista, comprometidos con la transformación de la vida cotidiana y las luchas de los de abajo. Una cosa es desarrollar una crítica fraterna de los “vicios” del ecologismo y de cierta ingenuidad sociopolítica y falta de rigor en los análisis teóricos y en sus propuestas transformadoras, y otra muy distinta es no valorar la valiosa contribución del ecologismo “que va en serio” a la transformación de la vida cotidiana y a la renovación de la izquierda anticapitalista. Los grupos hiperradicales -que en esto coinciden curiosamente con su Némesis, la denominada izquierda “rojiparda”- suelen hacer gala de su desprecio -también una suerte de negacionismo, quizás sólo más sutil- hacia cualquier enfoque que incluya los nuevos problemas civilizatorios -como denominaba el maestro Manuel Sacristán al ecologismo, el feminismo y el pacifismo- entre las prioridades de los movimientos antagonistas. Se los tiende a considerar de forma displicente como “distractores de fuerzas”, que no encajan en el estrecho corsé de las luchas de clases del más rancio obrerismo economicista. Pero el hecho cierto es que esta posición pseudorevolucionaria, anclada en los vetustos tópicos del ya extinto periodo fordista, se halla mucho más distante de la realidad sociopolítica y de las acuciantes urgencias de nuestra época aciaga que las luchas a brazo partido de los colectivos ecologistas en defensa del territorio sacrificado a los delirios de grandeza del desarrollismo extractivista de los megaproyectos de energías supuestamente renovables.

En este punto resulta también necesario formular una autocrítica. Como indica muy perspicazmente la autora, la analogía médica a la que se recurre en el subtítulo del libro -”el abismo entre el diagnóstico y las soluciones”- contiene una incorrección formal: el término coherente con el diagnóstico de una patología sería el de tratamientos y no el de soluciones, ya que infortunadamente en algunos casos el diagnóstico es digamos incompatible con la supervivencia del paciente. De ahí que, en el caso que nos ocupa -una situación en la que quizás las soluciones que curarían al “paciente” biofísico estén ya fuera de nuestro alcance- el término tratamientos, o quizás también estrategias, serían probablemente más apropiados. Sin embargo, y aceptando la corrección formal de la matización, creo que hay dos motivos de fondo que podrían justificar esta elección y que entroncan directamente con el hilo conductor de la crítica que se pretende desarrollar en el texto: en primer lugar, la convicción de que la irracionalidad que muestra la especie humana en su relación depredadora con el entorno natural no se corresponde en absoluto con ningún rasgo genético ni esencialista -como en ocasiones se desprende de algunas profecías apocalípticas de figuras señeras del ecologismo como Georgescu-Roegen o James Lovelock- que la convierta en un tumor maligno para el “organismo” planetario que la acoge sino en una organización social aberrante que, aunque tenga una lógica autónoma de la voluntad individual -el sujeto automático del capital propulsado por la acumulación infinita-, no deja de estar formada por individuos y colectividades que operan en unas circunstancias concretas y por tanto susceptibles de transformación. Por consiguiente, y sin caer en pueriles autoengaños que minusvaloran la gravedad de la situación presente de extralimitación y ecocidio redoblados, resulta perentorio seguir creyendo, contra viento y marea, que la lucha y la organización de individuos conscientes que pugnen con su actividad cotidiana antagonista por hacer frente al Moloch del capital todavía puede darnos aunque sólo sea una brizna de esperanza de que aún puede darse la batalla para evitar que todo esté ya perdido. Más aun teniendo en cuenta que las soluciones que nos encaminarían hacia una sociedad racional, no depredadora de los recursos naturales ni explotadora de la inmensa mayoría de los seres humanos, serían perfectamente aplicables con el actual grado de desarrollo de la capacidad científica y tecnológica, si esta se pusiera al servicio de la satisfacción de las auténticas necesidades humanas en armonía con el entorno natural. Tal es el trasfondo de la poética sentencia de John Berger acerca de la enormidad del sufrimiento innecesario existente ahora mismo en el mundo actuando como principio moral impulsor de la necesidad de rebelarse ante el espanto circundante. Y tal es la certeza que se extrae asimismo de la constatación del enorme potencial de creación de riqueza, con un uso racional y ecológico de los recursos disponibles, que se abriría ante nosotros una vez abandonadas las “heladas aguas del interés egoísta”: el estrecho envoltorio del valor de cambio resulta cada vez más anacrónico y contraproducente para contener las enormes posibilidades de desarrollo de las auténticas facultades humanas. He aquí sin duda un sólido motivo para el optimismo, aunque en las circunstancias actuales no deje de ser una esperanza quimérica.

Y, en segundo lugar, como trato de mostrar con detalle en el libro, uno de los vicios en mi opinión más acusados del ecologismo es su idealismo, su holismo monocausal que denomino “reduccionismo termodinámico”, consistente en analizar la organización social capitalista poniendo el foco casi exclusivamente en el ámbito energético-material y omitiendo el análisis materialista de la acumulación de capital y de su evolución endógena. Este enfoque reduccionista de la realidad social y de su evolución histórica tiene en mi opinión como consecuencia más relevante la tendencia a centrarse en propuestas ilusorias de soluciones mágicas que ignoran la situación actual del capitalismo y sus dinámicas estructurales profundamente contradictorias. De ahí que el subtítulo del libro anticipe también esta crítica a las “recetas de curanderos” ofrecidas por los más ilustres representantes del movimiento ecologista, que omiten el análisis de las entrañas de la bestia para ofrecer medidas taumatúrgicas que desactivarían como por ensalmo el carácter ecocida de la organización social capitalista. Para no extenderme en lo ya desarrollado en el libro, citaré como botón de muestra de ese idealismo la falta de comprensión que muestran algunas figuras señeras del ecologismo acerca de la naturaleza del dinero y la deuda como las herramientas par excellence del ejercicio del poder social, expresando una confianza pueril en que “el dinero puede utilizarse para cosas buenas” y ofreciendo fórmulas mágicas para arreglar el funcionamiento de la “fábrica de dinero” orientándola hacia la redistribución de la riqueza. Tal desenvoltura a la hora de ofrecer «balas de plata» podría ejemplificarse en la idea extravagante de “eliminar el interés compuesto” o suprimir la capacidad de los bancos de generar deuda del “puro aire”, como si tales rasgos neurálgicos del entramado del casino financiero global pudieran extirparse por arte de birlibirloque sin alterar los engranajes básicos del mecanismo de la acumulación de capital.

En el mismo rango de curanderismo económico estaría la propuesta de la renta básica universal, la medida estrella de amplios sectores decrecentistas y ecofeministas.

Pues bien, esta falta de comprensión del desarrollo del capitalismo desquiciado y de su evolución degenerativa es, en mi opinión, quizás el rasgo más acusado de la mayor parte de los análisis de los ecologistas de renombre y lo que justifica la propuesta de soluciones mágicas idealistas que carecen de realismo y de eficacia transformadora. En definitiva, la intención es que el subtítulo del libro refleje esa necesidad de resaltar la existencia de soluciones reales al marasmo en el que nos hallamos actualmente, pero muy diferentes de las que plantean la mayor parte de las corrientes dominantes del ecologismo político y social.

Milenarismo colapsista: agonía de la “cuenta atrás”

“La presión demográfica y el progreso tecnológico acercan ceteris paribus a la carrera de la especie humana más cerca de su fin solo porque ambos factores causan una desacumulación más rápida de su dote. El sol continuará brillando sobre la tierra, tal vez, casi tan vivamente como hoy, incluso tras la extinción de la humanidad y alimentará con baja entropía otras especies, las que no tengan ambición alguna. No se debe dudar de que, siendo la naturaleza del hombre la que es, el destino de la especie humana es elegir una carrera verdaderamente grande pero breve, no larga y aburrida” (Nicholas Georgescu-Roegen)

La digresión anterior conecta directamente con las cuestiones neurálgicas que centran los principales argumentos críticos con el contenido del libro que desarrolla pormenorizadamente la autora. Se trata de los hilos conductores que recorren todo su escrito y que en su despliegue están asimismo estrechamente relacionados: por un lado la afirmación taxativa de la inevitabilidad del colapso ecosocial -la autora se encuadra dentro del marxismo colapsista- y, como corolario, el planteamiento de estrategias políticosociales de extremada urgencia para tratar de al menos paliar los efectos más inicuos de la irreversible hecatombe a la que estaríamos abocados.

Creo que lo más productivo de cara al debate urgente y constructivo que reclama la autora será realizar una exposición de los motivos por los que no comparto el enfoque englobado bajo la rúbrica de “colapsismo”. Lo anterior está probablemente aun más justificado teniendo en cuenta que la crítica al “colapsismo” no representa en absoluto -a diferencia del protagonismo que está teniendo la cuestión en los debates que actualmente se desarrollan entre las distintas tendencias del movimiento ecologista- un aspecto neurálgico de la argumentación que se desarrolla en el libro. Desde mi planteamiento, el “colapsismo” es un enfoque ideológico erróneo derivado de un “vicio” mayor que podríamos denominar “reduccionismo termodinámico” y que es el que también fundamenta la mayoría de los enfoques “decrecentistas”. Por este motivo, resulta pertinente, dada la prioridad que otorga la autora a esta cuestión y la candente actualidad de los encendidos debates en curso sobre el particular que han partido en dos al ecologismo social y político, desarrollar aunque sea mínimamente algunos hilos que en el libro están simplemente esbozados para dar cuenta más cabal de mi posición al respecto.

Vaya por delante una aclaración que creo, a fuer de la argumentación que se desarrollará a continuación, resulta necesaria: una cosa es la descripción científica de los terribles rasgos que caracterizan la situación de extralimitación y el creciente número de “puntos de no retorno” que nos abocan a un escenario en el que estamos volviendo completamente “asqueroso” nuestro propio nido y otra muy diferente la afirmación taxativa del colapso inexorable de la “civilización industrial” que pronostica con absoluta certeza la legión de colapsólogos. De ahí que comparta plenamente la crítica inicial que hace Jorge Riechmann -y que el autor ha reconocido compartir- al título del último libro de Emilio Santiago Muiño -”Contra el mito del colapso ecológico”, sobre el que también ha escrito una monumental reseña crítica la autora- al confundir estos dos planos: el ámbito ecológico y el ecosocial. Por tanto, y partiendo de la profusión de datos -por ejemplo, el asunto de los fosfatos y de los fertilizantes nitrogenados y su incidencia en la producción global de alimentos que, como bien destaca la autora, ha sido completamente ignorado por los medios de comunicación e incluso por muchos expertos ecologistas con la vista puesta únicamente en el cambio climático- que proporciona de forma abrumadora la mejor ciencia disponible, el diagnóstico de “ecocidio redoblado” o de colapso ecológico sin duda describe cabalmente el acerbo escenario en el que nos hallamos actualmente y el lúgubre panorama que se abre amenazador en el futuro inmediato.

De ahí que comparta plenamente la siguiente afirmación de la autora:

“Una vez dicho todo esto, por un criterio metodológico que debiera haberse tenido más en cuenta, sospecho que Apilánez no tiene científicamente un diagnóstico diferente (en lo relevante) al de los colapsistas (al menos con mi tipo de colapsismo o el de Jorge Riechmann, que sí va contra el capital hasta su raíz, “a lo marxista”), por lo que la posibilidad de acercar posturas y de acuerdo con Apilánez es mucho mayor, y que la dificultad reside en otra parte, en un plano que, aunque tiene sus consecuencias en el método, es de raíz más subjetiva, digamos que en la manera de “entrarle al toro””

Sin embargo, y como bien señala también la autora, la divergencia comienza en el momento de “entrarle al toro” de las implicaciones de la catástrofe ecológica sobre las sociedades humanas atrapadas bajo las “heladas aguas del interés egoísta”. La posición colapsista agónica de la autora queda fielmente resumida en el siguiente párrafo:

“De hecho, el colapso ya está aquí, “asomando la patita por la puerta”, haciendo su entrada oficial en 2025-30 (aunque muchos lo seguirán negando, dirán, como siempre, que es transitorio, localizado, etc.), y a la revolución mundial ni se la otea en el horizonte, ni se la espera, y aunque muchos insistirán en que llegará y triunfante acabará con todas las sociedades de explotación, patriarcales y con Estado, para mí que será como la segunda venida de Jesucristo que los primeros cristianos la esperaban para pasado mañana y dos mil años después todavía no ha llegado. Conclusión, el colapso es ya inevitable”.

Me temo que es en este plano agónico de la inevitabilidad de la hecatombe, anunciando incluso plazos concretos para el apocalipsis, donde se revelan las graves insuficiencias del “reduccionismo termodinámico” característico del «colapsismo»: el ecocidio más genocidio que avizora Jorge Riechmann deviene la distopía que se abre sin remisión ante nosotros y “colapsar mejor” la única estrategia razonable. Lo único que queda por tanto en el angustioso trance es tratar de evitar descenso caótico hacia el colapso propulsado por el capitalismo, cada vez más desquiciado y ecofascista, luchando por un decrecimiento organizado socialmente que evite algunos de los peores efectos de la hecatombe. El enfoque monista y determinista del colapsismo realiza un “salto al vacío” que deja entre paréntesis la vitalidad y la complejidad de la dinámica histórica y la evolución sociopolítica de las sociedades humanas.

Una prueba indirecta de la falta de legitimidad del salto al vacío de las profecías apocalípticas es la vaguedad de las definiciones de qué es lo que se entiende realmente por rápido colapso “de las sociedades industriales”. Desde el “ecocidio+genocidio” descrito por Riechmann hasta la reducción brusca de la complejidad social por el descenso del suministro de energía y materiales -v.gr. Peak oil- y los crecientes e irreversibles daños a los ecosistemas y a la biodiversidad, el abanico especulativo de desastres sin cuento que se abre ante nosotros es casi inabarcable. Estamos por tanto ante un paradigma no materialista, entroncado con el mecanicismo propio de la dinámica de sistemas, tan cara a los principales pensadores ecologistas. De hecho, las sombrías predicciones del famoso «Informe sobre los límites del crecimiento», el gran hito fundacional del ecologismo político, más allá de sus indudables méritos de resaltar la insostenibilidad de la sociedad industrial y su carácter ecocida, se basan en un modelo de dinámica de sistemas de estirpe funcionalista que ignora totalmente el análisis del desarrollo estructural e histórico de la acumulación de capital. Como si la impredecible dinámica histórica de las sociedades humanas pudiera insertarse en una probeta de laboratorio.

Las múltiples cuestiones abiertas se sitúan por tanto, ante este salto mortal al milenarismo escatológico de la cuenta atrás hacia el apocalipsis, en el punto ciego del determinismo colapsista: ¿Estamos ante un proceso rápido o progresivo, una catástrofe social y humana generalizada y súbita o más bien se trata de una barbarie a fuego lento, un descenso paulatino pero continuo hacia el ecofascismo del bote salvavidas y la lucha de todos contra todos? ¿Cuál será el papel de los estados primermundistas encabezados por el hegemon global en la dramática tesitura? ¿Se agudizarán las agresiones imperialistas y los conflictos bélicos por el control de los menguantes recursos y las luchas crecientemente virulentas por la hegemonía global? ¿Qué papel podrían tener en la aceleración del caos y la barbarie los flujos migratorios masivos de los parias de la tierra, huyendo despavoridos de la miseria y de las catástrofes ambientales hacia las menguantes “islas de bienestar” del mundo rico? ¿No resulta, en cualquier caso, demasiado eurocéntrico hablar de colapso ecosocial cuando una parte nada despreciable de las zonas de sacrificio del Tercer Mundo han estado siempre en una situación catastrófica que actualmente está incluso empeorando? ¿Podría una catástrofe nuclear acelerar el desenlace y ahorrarnos la agonía? ¿Hasta qué punto la dinámica endógena del capitalismo, con las recurrentes crisis e implosiones del casino financiero global, puede acelerar la degradación del sistema y su agresión al entorno natural? Y, quizás lo más importante: ¿Existe siquiera la remota posibilidad de que una firme y extendida movilización popular, potenciada quizás por la enésima crisis del capitalismo desquiciado, pueda modificar significativamente el peor escenario y corregir el rumbo de colisión actual?

Resulta palmario que tales incertidumbres -y muchas otras relacionadas con la impredecible marcha de la historia humana- no resultan reductibles a un monismo energético-material como el que fundamenta la cosmovision colapsista, por muy relevante que sea sin duda este factor.

En definitiva, que una cosa es la descripción del cúmulo de catástrofes en ciernes que nos abocan a una degradación acelerada de las condiciones para una vida digna en un planeta habitable y otra muy diferente dedicarse a pergeñar descripciones altamente especulativas acerca de las situaciones sociopolíticas a las que esa hecatombe dará lugar. La prueba de la inconmensurabilidad entre los dos planos se constata en el agudo contraste entre la contundencia del diagnóstico y la ambigüedad de los escenarios y de las medidas propuestas por los más insignes colapsistas para salir del atolladero. Ante esta dramática tesitura las hipótesis acerca de la evolución futura contempladas por los colapsistas se basan únicamente en las vagas propuestas decrecentistas, aquejadas de nuevo del “vicio” del reduccionismo termodinámico. O bien un descenso brusco del consumo de energía y materiales que nos aleje del peor escenario y nos permita “colapsar mejor” o, en caso contrario, un descenso caótico convertido en un sálvese quien pueda caracterizado mayoritariamente como ecofascismo. De este modo, las complejas e impredecibles mediaciones sociohistóricas entre los dos planos mencionados son omitidas totalmente o simplificadas a veces de forma grosera.

El pensador ecosocialista de alias Daniel Tanuro desvela la completa “naturalización de las relaciones sociales” que implica la proclamación de una amenaza milenarista que se cierne “sobre nuestras cabezas con acentos bíblicos”:

“En su último trabajo, Une autre fin du monde est possible, Pablo Servigne y sus amigos escribieron que el ‘colapso’ es como la enfermedad de Hutchinson, enfermedad degenerativa, hereditaria y mortal: usted la tiene la acepta y deja de luchar… en lugar de identificar al capitalismo como la causa principal –no estoy diciendo que la única– de la destrucción ecológica. Naturalizan las relaciones sociales y plantean una amenaza sobre nuestras cabezas de acentos bíblicos. A partir de ahí, todos los excesos ideológicos son posibles”.

La tarea del ecologismo social y político, más allá de la, hoy más necesaria que nunca, divulgación del conocimiento científico acerca del ecocidio en ciernes, ¿no debiera ser más bien fomentar la organización popular en pos de construir redes de resistencia ante el embate del capital en lugar de enzarzarse en discusiones bizantinas propias de futurólogos acerca de los escenarios de pesadilla que se avecinan de forma inexorable? ¿no habría que comenzar por tratar de transformar los rasgos que constituyen la esencia del modo de organización social aberrante que provoca con su lógica desencadenada y su carencia absoluta de contención los destrozos socioambientales que contemplamos cotidianamente?

El escritor ecologista libertario José Ardillo, autor de un magnífico texto de título sumamente ilustrativo -”Contra la colapsología: por una ecología libertaria sin cuenta atrás- destaca la imperiosa urgencia de un ecologismo verdaderamente radical sin “cuenta atrás” que conteste afirmativamente a la neurálgica cuestión: ¿Seguiríamos siendo anticapitalistas si la amenaza del colapso ecológico se desvaneciera del horizonte?

De esto se trata por tanto al fin y al cabo, del cuestionamiento de este modo aberrante de organización social, causante tanto del desastre ecológico como del desastre humano del enorme sufrimiento innecesario que presenciamos cotidianamente.

Más aun teniendo en cuenta que el capitalismo lleva en su ADN la destrucción ecológica acelerada: ¿se puede considerar por tanto una completa novedad la situación catastrófica que vivimos actualmente como pretende el «colapsismo»? ¿no llevaba ya desde sus orígenes decimonónicos en las fábricas británicas el organismo social regido por la ley del valor la impronta de su carácter depredador en aras de la adoración incondicional al becerro de oro de la acumulación infinita de papelitos de colores? ¿no estaba ya inserto en el clásico dilema luxemburguiano, planteado hace más de un siglo, el germen del escenario de degradación y destrucción que presenciamos actualmente?

Las cuestiones anteriores conducen a una constatación aparentemente sorprendente que los colapsistas -y más en general las principales corrientes del ecologismo social y político-, centrados preferentemente en la extralimitación ecológica, han omitido siempre: el capitalismo en realidad siempre ha estado colapsando y destruyendo aceleradamente los frágiles equilibrios ecológicos. La creciente “fractura metabólica”, descrita ya premonitoriamente por Marx, ha estado por tanto siempre operando en las entrañas de la marcha depredadora de la acumulación de capital. Era pues sólo cuestión de tiempo que el choque con los límites biofísicos adquiriera carácter catastrófico e irreversible. Las insolubles contradicciones que lo aquejan, que se podrían resumir en la incompatibilidad entre las enormes posibilidades que se abrirían con un uso racional y ecológico, al servicio de las auténticas necesidades humanas, de la riqueza creada por la tecnología y la ciencia actuales y, por otro lado, las estrechas necesidades de la valorización del capital que someten y pervierten ese potencial de desarrollo racional, han estado operando desde sus orígenes y propulsando a toda máquina la contradicción ecológica. De hecho, el declive inexorable de la rentabilidad del capital causado por la incesante innovación tecnológica -con el consiguiente aumento exponencial del consumo de energía y materiales- propulsada por la huida hacia adelante de la acumulación en pos de extraer hasta el último átomo de plusvalor del trabajo humano aplicado en la producción sirvió de base a la especulación por parte de los teóricos marxistas decimonónicos acerca de la inevitabilidad y los plazos del colapso endógeno del sistema, ahogado en sus propias contradicciones. Ese es el trasfondo de la acalorada “controversia sobre el derrumbe”, desarrollada por los más eminentes economistas marxistas en el marco de la Segunda Internacional. Si bien tal eventualidad evidentemente no se verificó, al infravalorar los primeros “marxistas colapsistas” la enorme capacidad de la organización social capitalista de desarrollar antídotos y fuerzas contrarrestantes de su atonía crónica, eso no prueba que las tendencias degenerativas no estuvieran operando de forma eficiente sino la enorme capacidad del capitalismo para desarrollar los mecanismos paliativos. De ahí que la analogía con el «colapsismo» actual que realizo en el libro, con la que discrepa acusadamente la autora, sigue siendo, mutatis mutandis, válida en el sentido de corroborar la futilidad de desarrollar pronósticos especulativos acerca de cuestiones infinitamente complejas que no pueden modelizarse en probetas de laboratorio ni en modelos funcionales cual si de un efecto mecánico de “fichas de dominó” se tratara. El «colapsismo» omite o infravalora, como los marxistas colapsistas de hace un siglo, la enorme capacidad de adaptación del capitalismo y su extraordinaria facilidad de hacer negocio de la destrucción y de adaptarse a los efectos que provoca su propia degradación endógena. Emilio Santiago resalta precisamente la pertinencia de tal analogía en un reciente trabajo:

“El marxismo conoció su propia versión del efecto dominó en dos modulaciones diferentes. La que dejó una huella más duradera fue la polémica del primer tercio del siglo XX sobre la teoría de la crisis y el derrumbe histórico del capitalismo (…). Metáforas muy parecidas son utilizadas constantemente en la literatura ecologista, especialmente en sus versiones colapsistas. Para esas sensibilidades, cualquier eventualidad o coyuntura puede ser el inicio de toda una serie de fallos en cascada que se propagarán por el conjunto de la civilización industrial, haciéndola inviable”.

Esa acusada insuficiencia y falta de análisis del “elefante en la habitación” y de su capacidad adaptativa para convertir los desastres socioambientales crecientes en nuevos nichos de negocio es la que lastra gravemente los análisis demasiado unilaterales del ecologismo social y político.

Por los motivos reseñados, toda la primera parte del libro tiene como objetivo primordial describir esa «Ley general absoluta de la degradación ambiental en el capitalismo» -en los términos del más prestigioso de los marxistas ecológicos, John Bellamy Foster- inscrita en el ADN del sistema de la mercancía. Tal cuestión es esencial para comprender las causas últimas de la degradación ecológica acelerada que presenciamos actualmente porque existe una retroalimentación estrecha entre la pérdida de vitalidad del pulso de la acumulación de capital en el último medio siglo de declive bajo la hegemonía neoliberal y su agresividad ecocida. Y no sólo eso, la cuestión decisiva sería que precisamente los antídotos que el sistema genera -con la hipertrofia del sistema financiero en lugar prominente- para paliar su declinación y contrarrestar la inexorable reducción del flujo de trabajo vivo que lo vivifica no hacen sino intensificar el ecocidio en curso. De hecho el término colapso se aplica asimismo con inusitada frecuencia a la altísima probabilidad del derrumbe estrepitoso del casino financiero global abrumado por el peso aplastante de la colosal burbuja especulativa de deuda y entelequias de ingeniería financiera generada para mantener en marcha con respiración asistida el business as usual. Y ese puntal que pugna por sostener a duras penas la rentabilidad global del capital deviene asimismo un formidable acelerador del desastre ambiental a través del negocio de la destrucción que supone la financiarización masiva de la naturaleza ejemplificada en el aberrante mercado de cuotas de emisiones de carbono.

Todas estas complejas y cambiantes interacciones son las que exigen un análisis global de carácter materialista que contrasta con el enfoque unilateral del «colapsismo». Cuanto más relevante resulta poner de manifiesto tales acuciantes encrucijadas, menos apropiados devienen el reduccionismo termodinámico y el milenarismo colapsista para describir la dinámica presente del capital y en base a ello construir un ecologismo verdaderamente anticapitalista.

La praxis frente a la agonía

El dramaturgo Alfonso Sastre describía la vida humana como una suerte de tensión insoluble entre la praxis, entendida como activismo transformador de la realidad y concernido por las “miserias del mundo” y la agonía “negadora de cualquier activismo a ultranza” y nihilistamente consciente de la finitud de la existencia.

El carácter agónico del «colapsismo» queda reflejado en la siguiente interpelación retórica formulada por la autora:

«¿Tiene Apilánez un análisis de la correlación de fuerzas internacional entre la clase capitalista y la clase trabajadora y sectores populares que nos permita albergar esperanzas en una revolución socialista-comunista o libertaria próxima que, cuando menos, interrumpa la marcha del colapso?»

Más allá de la condición retórica de la interpelación anterior lo que me interesaría destacar es la desesperanza que resulta de un planteamiento maximalista semejante. En ausencia de la revolución redentora, cada vez más alejada de las reaccionarias y parasitarias sociedades primermundistas, sólo queda el desaliento y la preparación para el colapso. La urgencia apremiante derivada del «colapsismo» se corresponde por tanto con un nihilismo desesperanzado que, en última instancia, justifica incluso la apelación pragmática a agarrarse al clavo ardiendo del electoralismo reformista.

Lo anterior refleja una de las consecuencias más sorprendentes del agonismo colapsista de la cuenta atrás: la oscilación entre la desesperación por la falta absoluta de expectativas de una “revolución mundial”, que detenga la carrera hacia el abismo, y la creencia, también agónica, en este caso de «nariz tapada», en los cuentos de la lechera del reformismo más atemperado.

“Llamo a VOTAR a la opción de izquierdas que menos te desagrade y tenga posibilidades de traducir votos en escaños, aunque debas “taparte la nariz” y sin comprometerte más con ellos, para que de tu abstención no se aprovechen nuestros peores enemigos”

No deja de resultar sintomático de los ambiguos derroteros sociopolíticos de una cosmovisión no materialista como el «colapsismo» el acusado contraste entre el fatalismo provocado por la gravedad de la situación presente y por otro lado la tendencia mayoritaria a adoptar posiciones reformistas de tipo pragmático ejemplificado sin ir más lejos en el apoyo vergonzante a opciones políticas de cariz sumamente moderado como la flamante coalición de Sumar, formada de cara a las próximas elecciones. No parece en ningún caso que las políticas ecológicas de carácter acusadamente desarrollista y encuadradas en el paradigma del Green New Deal, propuestas por la última fórmula electoral de la izquierda progesista de la piel de toro, se compadezcan en absoluto con el freno de emergencia requerido para evitar el colapso. Y sin duda resulta como mínimo curioso que en tan temperada elección coincidan los defensores acérrimos del desarrollismo extractivista que caracteriza al Green New Deal como el mencionado Emilio Santiago, que son lógicamente anticolapsistas de pro, con los más granados representantes del «colapsismo» patrio como el también citado Jorge Riechmann. Extraños matrimonios de conveniencia.

Pero lo que deja en medio la oscilación entre la impaciencia revolucionaria y el reformismo de la contabilidad electoral es la construcción cotidiana desde abajo de nuevo tejido popular antagonista, la praxis transformadora de “poner telar en casa”.

El único modo de romper el espinazo de la dinámica destructiva del capital, no es proyectando el comunismo en el futuro, en la escatológica creencia en una revolución salvífica, o depositando vanas esperanzas en las cuentas de la lechera del reformismo electoralista sino reconociendo, creando, expandiendo y multiplicando los –en los siempre luminosos términos de John Holloway– “comunizares” y fomentando su confluencia.

La apelación simultánea a combatir el reformismo de la “contabilidad electoral” y a “potenciar los escenarios no previstos de la acción colectiva”, fuera de los amansados cauces de las domesticadas instituciones, remite asimismo al magnífico prontuario propuesto por Manuel Sacristán:

“Esa política tiene dos criterios: no engañarse y no desnaturalizarse. No engañarse con las cuentas de la lechera reformistas ni con la fe izquierdista en la lotería histórica. No desnaturalizarse: no rebajar, no hacer programas deducidos de supuestas vías gradualistas al socialismo, sino atenerse a plataformas al hilo de la cotidiana lucha de clases y a tenor de la correlación de fuerzas de cada momento, pero sobre el fondo de un programa al que no vale la pena llamar máximo porque es el único: el comunismo”.

Así pues, si bien es cierto que, como arguyen algunos críticos honestos de la “estrategia de las grietas”, dada la urgencia del momento de devastación acelerada que vivimos, lo anterior deja pendiente –como el propio Sacristán recalca– la acuciante cuestión del “poder”, la constatación abrumadora de la futilidad de las estrategias duales, que acaban centrándose únicamente en la vía institucional abandonando a su suerte a los “movimientos” que las nutrieron, debería llevar a la firme convicción de la necesidad de abandonar cualquier ilusión al respecto: si hay un camino, es únicamente el de la organización molecular de “los de abajo”.

Como luminoso ejemplo de luchas antidesarrollistas de defensa del territorio sacrificado en aras del extractivismo del capital y a la vez gérmenes de nuevas formas de sociabilidad y de resistencia popular anticapitalista mencionaría la organización francesa Sublevaciones de la Tierra, un conglomerado heterogéneo de colectivos populares, organizaciones campesinas, intelectuales, sindicalistas y jóvenes autónomos anticapitalistas. La organización ha sido ilegalizada recientemente por el gobierno francés, supuestamente debido a su actitud de resistencia ante la autoridad y de acción directa contra la destrucción del territorio, pero en realidad la represión del poder del estado ha sido activada ante el peligroso éxito que las movilizaciones y las acciones emprendidas estaban teniendo. No se me ocurre mejor ejemplo de la necesidad de pasar a la ofensiva para, en las certeras palabras de Miguel Amorós, “trascender las lindes del enclave e invadir a gran escala el espacio dominado por el capital”.

En cualquier caso, lo que se quiere mostrar con la dramática disyuntiva -parafraseando el eslogan clásico de Rosa Luxemburgo- que introduce la parte final y más propositiva del libro es la tremenda urgencia del momento histórico que vivimos y la imposibilidad de realizar una transición tranquila como pretende el reformismo pequeñoburgués, hoy hegemónico en la izquierda institucional y por desgracia también muy presente en los movimientos sociales como el ecologismo y el feminismo. Que actualmente esa transformación radical de las relaciones sociales hacia una organización racional de la vida, que haya extirpado de raíz la hegemonía del reino del dinero y de la mercancía en pos de una sociedad sin explotación ni opresión, parezca una quimera inalcanzable no justifica caer en el desaliento derrotista al que contribuyen las perspectivas colapsistas ni recurrir al falso pragmatismo de los arreglos de detalle y las falsas soluciones que procura la farsa institucional y los cuentos de la lechera reformistas. Esa convicción es la que fundamenta la acuciante disyuntiva “Comunismo o barbarie” que enmarca la conclusión del libro:

«El desafío es pues formidable: extraer la conclusión lógica del diagnóstico condenatorio de las posibilidades de una vida buena en un planeta habitable bajo el capitalismo desquiciado exigiría una drástica transformación de las estrategias ecologistas en un sentido profundamente anticapitalista y antiestatista que no se deje embaucar por los cantos de sirena de las ilusiones reguladoras decrecentistas ni por los arreglos de detalle característicos de los movimientos de un solo asunto. La posición para lograrlo es, a pesar de todo, privilegiada: el ecologismo que “va en serio” aúna la urgencia perentoria de la transformación radical de la vida cotidiana con la apremiante exigencia política de la destrucción del sistema social ecocida basado en la depredación de la naturaleza y en la explotación del trabajo humano que la sustenta»

Antes de terminar me gustaría hacer una última precisión formal. En un pasaje del texto la autora me reprocha haber cometido una injusticia con el escritor y activista ecologista Manuel Casal Lodeiro por haberme “centrado en una debilidad suya” al seleccionar una cita concreta -no es la única, hay varias en el texto- en lugar de entablar un debate detallado con el planteamiento que desarrolla en su libro “La izquierda ante el colapso de la civilización industrial”. El reproche me parece inmerecido. Conozco varios textos del autor mencionado y en ellos se repiten los argumentos que son objeto de la crítica que desarrollo.

Pero incluso más allá de lo anterior, creo que un autor tiene derecho a espigar las citas que crea adecuadas para desarrollar sus argumentos mientras se respete su integridad, sean pertinentes para ilustrar la argumentación y se les dé un mínimo de contexto. Creo que tales requisitos fueron respetados. Si bien entiendo perfectamente que la autora hubiera deseado que abundara más en esta cuestión, o en otras que sin duda están insuficientemente tratadas en el libro, asimismo espero del mismo modo que comprenda mi derecho a elegir los temas que prefiero desarrollar en mi trabajo.

Blog del autor: https://trampantojosyembelecos.wordpress.com/2023/07/12/el-vicio-colapsista-agonia-versus-praxis-respuesta-a-aurora-despierta/

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