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Fue la ambición la que «cortó el bacalao»

Fuentes:

En una embarcación para diez personas nos alejábamos del puerto de Lunenburg un hermoso día de verano con la idea de ver ballenas. Este no es un puerto común, sino un pueblo de casas de madera y edificaciones pintadas con llamativos colores y construidas hace entre 150 a 200 años. Lunenburg fue fundado en 1753, […]

En una embarcación para diez personas nos alejábamos del puerto de Lunenburg un hermoso día de verano con la idea de ver ballenas. Este no es un puerto común, sino un pueblo de casas de madera y edificaciones pintadas con llamativos colores y construidas hace entre 150 a 200 años. Lunenburg fue fundado en 1753, pero hoy es uno de los 15 lugares en Canadá declarado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.

Mientras el pequeño barco abría el mar levantando una llovizna agradable que servía de refresco del calor, el guía, hombre delgado y ex-pescador nos explicaba no sin cierta nostalgia sobre los días de abundancia de peces en estas costas de Nova Scotia, en el Atlántico Norte de Canadá. Su relato, que seguramente había repetido muchas veces, era aún ameno y entusiasta. Me recordaba los años de mi niñez, años en que pescába con amigos en el río de mi pueblo. No conocíamos el mar, que era para nosotros un misterio y que imaginábanos, en su inmensidad, lleno de peces. El guía explicaba como estos mares, como otros mares del mundo, estaba quedando vacío. Como prueba de la abundancia pasada mostraba las instalaciones donde se faenaban tantos peces y algunos barcos de pesca oxidados que ya forman parte del silencio y de la historia. El mismo, sin embargo, parecía creer -como casi todos los pescadores del mundo, que un día los peces volverían. Parece costarles resignarse a vivir sin pescar, a verle como a un tiempo ido, es que por generaciones fueron protagonistas de una vida que aunque dura y diariamente arriesgada, como la de los mineros bajo tierra, les brindaba sustento y razón de vivir. Les traía casi un orgullo místico.

La industria pesquera del Atlántico Norte ha ido colapsando en las últimas décadas, con su colapso se han perdido miles de trabajos y toda una cultura que estas latitudes conoció por cientos de años -o desde que el europeo comercializó la pesca. Antes los aborígenes habitaron estas costas por miles de años. Entre ellos estaban los Inuit descendientes de los habitantes prehistóricos de Alaska al Atlántico y otros pueblos como los Mi’kmaq, que son todavía hoy numerosos, y los Maliseet. Pueblos todos que vivían de la caza, de la recolección de alimentos y de la pesca.

De los peces del lugar la especie que recibió la importancia de la industria pesquera fué el bacalao, o codfish como es su nombre en inglés. Este pez «cambió la historia del mundo»dice el título del libro escrito por Marx Kurlansky, y que es uno de los pocos libros sobre el tema traducido al español.

Bacalao no es la traducción de «cod» que no tiene equivalente en español, bacalao quiere decir «cod salado». Ni el idioma español, ni el portugués ni el italiano tienen una palabra traducción de «cod» y le llaman normalmente bacalao. Por cientos de años este pez, que pertenece al orden gadiformes y pesaba más de seis kilos y llegaba a medir hasta un metro de carne blanca y sin grasa alguna, conteniendo un 18% de proteína, se comercializó seco o salado. El orden gadiforme incluye 10 familias con más de 200 especies, entre los más conocidos están los varios tipos de merluza, el abadejo (haddock) que todavía se pesca en forma reducida, y el pollock de Alaska, que tampoco tiene traducción.

En la Península Ibérica para el año 1000 los Vascos pescaban cod fuera de sus costas, pues nunca existió en aguas ibéricas, para comerciarlo lo salaban. Los métodos de salar peces habían sido usados por los egipcios y los romanos mucho antes. Y cientos de años antes del año 1000 los Vikingos habían aprendido a secar el cod al frio viento del norte.

En 1497, cinco años después que Colón cruzara el Atlántico, otro marino genovés, Giovanni Caboto, navegó desde Bristol, en Inglaterra y tomando una ruta del norte llegó a las costas de lo que es hoy Canadá; sus relatos más tarde atestiguaban que los cod podían ser pescados en canastos por ser tan abundantes. Sin dudas en el horizonte de los ambiciosos «conquistadores» se vislumbraban varios «El Dorado», incluso en las costas del Atlántico Norte, en América.

En New England, en lo que es hoy entre otros el estado de Massachusetts, ya para el año 1624 cincuenta embarcaciones de pesca británicas trabajaban en las costas. Se establecieron pequeños puertos como el de Salem y el de Dorchester donde se salaban los cod que transformados ahora en bacalaos se comercializaban mayormente con el puerto de Bilbao en el País Vasco. Desde allí se traía la sal que se usaba para salarlos. Otras naves de pesca capaces de aplicar conocimientos sobre la latitud, conocimiento de navegación del siglo 16, y usando como referencia la Estrella del Norte o el sol, comenzaron a frecuentar las costas de Labrador y Newfoundland, explorando entonces uno de los bancos más ricos en cod, el Grand Bank.

Para el siglo 18 la explotación del cod y su transformación en bacalao había generado gran riqueza en New England, aún cuando los beneficiados eran, como siempre, unos pocos. Esta «aristocracia del bacalao» construyó mansiones decoradas con figuras de bacalao, fetichismo que llegó a ser estampado en monedas entre 1776 a 1778.

El comercio del bacalao comenzó con venta a Europa, principalmente a Bilbao, donde se compraba sal, frutas y vino de vuelta. Pero el comercio se fué extendiendo al Caribe, en cuyas islas los imperios europeos tenian enormes plantaciones de caña de azúcar producida por esclavos africanos. Estos esclavos, hombres y mujeres traidos encadenados y obligados a trabajar hasta la muerte, eran alimentados con carne salada de Inglaterra. Pero, con el creciente comercio el bacalao surge como un alimento más barato y nutritivo que la carne salada. Es una oportunidad de acrecentar ganancias vendiendo el bacalao inferior, cuya calidad fuese insuficiente para el mercado europeo, en el Caribe. Este bacalao viene principalmente desde aquí, Nova Scotia, Canadá, donde se especializaron en salar un cod más pequeño, con más baja calidad de curado llamado «saltfish» (que en jerga del Caribe nombra a los genitales de la mujer) para consumo esclavo.

El negocio se extiende y llega incluso a Cabo Verde, África, donde se compraban esclavos por bacalao. Los esclavos eran vendidos en Barbados (Caribe). Se acumulan fortunas en el intercambio de bacalao por esclavos, fortunas que esconden su origen. De ser por la contabilidad general del comercio del bacalao, tanto en Nueva Inglaterra como en Nova Scotia, hubiese sido muy dificil establecer esta conexión pero en Cabo Verde la documentación la establece. P ara los primeros años del siglo 18, más de 300 naves, británicas-americanas, zarpaban para las islas del Caribe. A finales del siglo 18 New England y Newfoundland exportaban 22.000 toneladas de bacalao cada una, el lugar central de la actividad de la explotación del bacalao en América fué New England, ya sea en el rol industrial o de servicios y en la acumulación de riqueza. Esto aunque en las costas de Canadá la pesca del bacalao era cada día mayor, lo que por mucho tiempo no se reflejó en el desarrollo general del lugar. El lugar más importante en Canadá en lo que se refiere a pesca (no sólo de cod sino de varias especies) fueron las aguas de Grand Banks. Aquí pescaron no sólo las naves del lugar sino que, para los años 50 y 60 del siglo 20, grandes embarcaciones de Inglaterra, Francia, Portugal y España comenzaron a amenazar la existencia de la abundacia de peces. En el año 1968, se alcanzó en Canadá el record de pesca con 800.000 toneladas. Para 1977 se declaran las 200 millas de derecho de pesca para Canadá, en que barcos de otra nacionalidad no podían pescar. Pero incluso estas medidas no lograron impedir el colapso de la pesca en la costa del Atlántico Norte del continente americano.

No pudieron resistir los mares el saqueo casi enfermizo que se dio en los años 80, cuando ya se tenía conocimiento por informes científicos sobre el riesgo de colapso para las especies en general y para el cod. Igualmente se permitió a compañias pesqueras usar un sistema de gigantescas mallas (del porte de un campo de fútbol) que llegaban a tocar el fondo del mar, arrasando con todo lo que cayera en las mallas. Esta práctica de las «arrastradoras» (draggers) existían ya en 1940. El famoso escritor americano John Steinbeck se encuentra con una de estas arrastradoras japonesas en su relato de su viaje al mar de Cortéz en México lo que le produjo asombro porque arrasaban con todo. Pero para 1994 el saqueo al océano llevó a las especies a un declive del 90 % de la pesca del cod.

Más de 40.000 pescadores y trabajadores y trabajadoras de plantas procesadoras de pesca, pierden sus ocupaciones definitivamente y sufren las consecuencias económicas-sociales del caso junto a sus familias. El gobierno federal canadiense trata de encontrar algunas soluciones al caso. Pero estos trabajadores no parecen establecer conexión alguna entre las políticas del gobierno y los intereses económicos que llevaran al colapso de su modo de vida. Algunos culpan al gobierno no de no haber regulado a tiempo sino de instaurar algún tipo de regulación, parece hubieses preferido que el saqueo continuara.

En los países de alto consumo de productos del mar (entre los que curiosamente no están ni Canadá ni Estados Unidos que no los consumen en forma importante ni en sus zonas costeras) como España y Japón que tienen compañias dueñas de grandes flotas de barcos, el interés por regular no existe. Es de esperar un colapso planetario de la pesca, que ya tiene el 30% menos especies y decenas de ecosistemas destruidos.

Reinan las ambiciones de unos capitalistas. La falta de participación y democracia en muchas sociedades hace dificil que se pueda reclamar el mar como recurso de todos. En la costa Atlántica canadiense, que es muy hermosa, están hoy las ensenadas quietas. Caletas, puertos, edificios donde se faenaba, pequeñas casas de villorrios y pueblos, con iglesia, almacén, centro social, quedan algunos convertidos en atracciones turísticas, según recomendación de las instituciones como el FMI cuando muere una actividad productiva. Los lugares más cercanos a ciudades quedan como casita de veraneo para las clases medias o altas. Algunos se activan temporalmente gracias a la pesca de langosta. Los lugares no elegidos quedan olvidados, deteriorándose con el tiempo, el viento y el mar. Les acompaña el recuerdo invisible de sus antiguos pobladores hoy para siempre exiliados.