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Hablando acerca de una revolución

Fuentes: Rebelión

La raza aún importa e importa con todas sus consecuencias fatales. La raza colorea la piel y colorea la territorialidad (espacio + cultura).

Talkin’ Bout a Revolution

No sabes,
¿están hablando de una revolución?
Suena como un susurro.
No sabes.
¿(están) hablando de una revolución?
Suena como un susurro.
Talkin’ bout a revolution

-Tracy Chapman

Amansaba la incertidumbre mirando sin ver programas de televisión. Las horas de ese domingo se fueron a dos velocidades, las de la mañana a velocidad de optimismo y las de la tarde a marcha de pesimismo entripado. Más que lentas, la insoportable pesadez de la incertidumbre. Pasaron las cinco de la tarde y no miraba la pantalla del celular. Me consolaba, las malas noticias llegan rápido. Al fin miré la pantalla del teléfono y un mensaje apenas se distinguía: “hemos triunfado”. Esas dos palabras eran de Jefferson Cárdenas desde Santiago, antiguo compañero tirapiedra colegial, hoy vive en Chile. Hice la de los futbolistas, dedos índices hacia el cielo y carrerita por el patio. Ahora sí a buscar información.

Era el triunfo que debía sacudir Colombia, país, por su costa pacífica, hermano placentario de Ecuador y más del Pueblo Negro. Desde el Valle de Chota hasta la frontera con Panamá es uno solo, según el dicho del Abuelo Zenón por boca del maestro Juan García Salazar. Creo que esa otra América, la abigarrada por su diversidad, debió danzar con sus danzas el júbilo por el triunfo de Gustavo Petro Urrego y Francia Márquez Mina. Parafraseando a Gabriel García Márquez, se cancelaba por esos días el eterno monólogo de las muchas Isabeles viendo llover sobre ese Macondo ubicuo. Aguaceros de aguas o de metal, todos trágicos y prolongados. Amargos e indignos.

            Hay definiciones para entender o desatender aquello que se glorifica o maldice como revolución. Es una palabra que no ha perdido su vigor gramatical político, para certificar el cumplimiento de anhelos que de tanto postergarse parecían imposibles de ocurrir. Y ocurrió en Colombia, por fuera de los discursos o quizás dentro de ellos con palabras viejísimas pero para millones de oídos recién salidas de las bocas proféticas. Francia Márquez Mina animó el discurso con la filosofía de mayores y mayoras. De ancestros y ancestras. En vez de fatigar con las palabras políticas de costumbre, ella les dio soltura para una presurosa comprensión emocional y ya no fue posible detener los alcances del cimarronismo verbal y estético. Caramba, mucho más, ético: Soy porque somos. Ahí estuvo o está el axêafropacífico, para que nadie se quede alelado con las lluvias desoladoras y violentas. Hasta que la dignidad se haga costumbre. Todo aquello es que Antoni Gutiérrez-Rubí recomienda como la exploración del “caudal cognitivo de las emociones para establecer un nuevo relato…”

                Hoy las comunidades negras americanas miran con atención a Colombia, a su presidente Gustavo Petro y más a su vicepresidenta Francia Márquez Mina, porque sin ser una experiencia inédita, no olvidemos que antes fue Epsy Campbell Barr en Costa Rica, la colombiana tiene el simbolismo de poder energético y civilizatorio. Desde el cimarronismo filosófico de las comunidades, pasando por los diseños de Esteban Sinisterra y llegando a gobernar con las personas damnificadas de todos los olvidos del Estado colombiano. Los dos gobernantes se mueven al resguardo de sus palabras y mientras el progresismo abundó en la palabra revolución, él y ella prefieren las palabras más próximas a la gente de las barriadas, de las veredas, de la juventud afincada en que esta es una verdadera oportunidad, de las comunidades negras e indígenas y, mejor dicho, desde el punto mínimo de sus vidas derrotando la desesperanza política para conseguir una segunda oportunidad en Colombia.

             Francia Márquez Mina habla con la voz heredada de las mayoras, aquellas señoras que nos ombligaron para que no esquiváramos nuestra cooperación en mejorar aquello debía hacerse sin dilación y sostener procesos que jamás deberían o debieron perderse. Por eso tanta agua que se llevó el río dejando aridez o líquido inservible, por eso la largura increíble de esperar que escampen las lluvias insoportables por sus malos presagios, por eso las armonías de nuestras músicas son copias mitológicas para cantar El-Estar-Bien­-Colectivo. Es Ubuntu como ejercicio político de justicia reparativa. No es un programa partidista, ni Dios quiera, mejor, un destino de comunitario desde las comunidades urbanas y rurales. El siguiente nivel está explicado de menara proverbial en idioma xhosa: Ubuntu ungamuntu engabanye abantu es decir, ‘cada humanidad individual se expresa en relación con los demás’[3]. De ahí a un acceso verbal y emocional pronto, festivo y efusivo: vivir sabroso.

            Fue una campaña electoral que mandó al carajo algunas teorías sobre la gestión de las candidaturas, quizás no, las condiciones subjetivas y objetivas no estaban maduras, sino maduritas para esta oportunidad con esta filosofía. ¿Quién hace una campaña electoral por fuera de los mandamientos de los expertos? ¿Quién se va a contracorriente de los cuidados previsionales de los hechiceros de las votaciones? ¿Quién habla con lengua calva y gana más votos de los previstos? Francia Márquez Mina, el movimientos Soy porque Somos y el equipo de Gustavo Petro. La derecha colombiana (y de todas las Américas) no se distingue por algún comportamiento exquisito con sus adversarios, muchos menos en las primaveras electorales, saben cómo convertir el día en noche tenebrosa y podrir hasta las buenas intenciones. Esta vez fracasaron y dejan el campo listo para analizar estos triunfos ‘del día después de mañana’. Desde este lado de la raya el empirismo político nos faculta a arriesgar tres hipótesis. Una: el cansancio de la juventud colombiana. Dos: el cimarronismo inteligente y diligente del palenke organizacional de Francia Márquez Mina, entre ellas el Proceso Comunidades Negras (PCN). Tres: la finura estratégica electoral de la izquierda colombiana (sin omitir la asesoría, por supuesto).

            Este jazzman, se la piensa bien bonito, en esta esquina afropacífica, y afina el bembé conclusivo: derrota política y cultural del racismo, derrota de la racialización de las preferencias emocionales de gran parte del electorado colombiano, derrota de la carga subjetiva del pesimismo histórico y triunfo a la vez de una mujer negra en el esplendor de su humanidad común y extraordinaria. (Volver a ser donde se perseguía sin tregua a quienes quisieran ser). ¿Francia Márquez Mina desoyó consejos electorales para que cambiara a disfraz de no sé qué para no perder electores? ¿Mutar su sinceridad estética por cierta falsedad electoralmente aceptable? ¿Amainar su cimarronismo político para no sensibilizar ciertas epidermis? Es solo una especulación bluesera. Y cambembera. Algún día sabremos mejor de esa complementariedad visionaria de Gustavo Petro y Francia Márquez Mina.

            La raza aún importa e importa con todas sus consecuencias fatales. La raza colorea la piel y colorea  la territorialidad (espacio + cultura). A la raza se la abstrae para memoria de olvido (oxímoron válido en la cotidianidad de las Américas). La raza devenida en ideología fuerte y pesada, prolongada en las narrativas que están en la puntica de la lengua. La raza amplía esa falsa estima entre naciones. Mejor dicho, entre humanidades de diferentes orígenes geográficos. Y si no es posible el apartheid  seco y filudo, entonces queda el ‘juntos pero no revueltos’. Seguimos aquí, en las Américas, en todos los países, sin excepción. La distinción está en el tamaño de la voluntad política estatal por fogonear (o enfriar)  cierto antirracismo. Dejemos que el hermano Achille Mbembe meta su cuchara: “[…] lo propio de la raza o del racismo es que siempre suscita o engendra un doble, un sustituto, un equivalente, una máscara, un simulacro. […] El racismo consiste, en consecuencia y ante todo, en sustituir por otra realidad aquello que es otra cosa”[4]. Ese fue el triunfo de G. Petro y F. Márquez Mina, impedir la sustitución de la realidad colombiana por alguna otra cosa. Solo aquello que es aprehensible es cambiable.

            Francia Márquez Mina fue ella y por ella fuimos todos y todas, sin importar el lado de la raya (línea fronteriza colombo-ecuatoriana) que se estuviera, al momento que nos llegó el mensaje desde Santiago de Chile: “hemos triunfado”. Las angustias nos dejaron en paz con esas dos palabras. Santo remedio para cambiar la mala hora en alborozo que aún continúa. Ella fue ella misma, con su filosofía que no se enseña en Colombia, sus relatos cimarrónicos recién sabidos por muchos y sus colores que gritan maravillas ancestrales. La misma persona con tanta decisión que si ocurría algún inesperado extravío volvía a ser ella sin perder autenticidad; su historia recreada en su perfectible imagen cada vez que fue necesario, sus audaces decires que los formula ahí donde hubo de torcerle el rumbo a los pronósticos funestos y no explica sus significados para que renueven la atención electoral. Por fin, la cultura soporta el discurso político. Y por fin, el vestuario descifrado como mensaje rompedor. “La rompió”, es un elogio proveniente de la jerga futbolera-rapera y subversiva por el significante. “No hay pueblo sin relato, sin épica. La historia es inseparable de su narración”[5]. Debió hacerlo, universalizar el castellano afropacífico para crear juntanza simpática en toda Colombia. Pero las Américas que han gozado y padecido diluvios de discursos con siete palabras encontró momento sólido: hasta que la dignidad se haga costumbre. Hermana, no lo dude, se cumplirá su anhelo. (También en Ecuador). Ahora es posible hablar, fuerte y claro, acerca de una revolución, pero no con susurros.    

Notas:   

[1] Título de una canción de Tracy Chapman.

[2] Don’t you know
They’re talking about a revolution?
It sounds like a whisper
Don’t you know
Talking about a revolution?
It sounds like a whisper. (La traducción al castellano es del autor).

[3] Referencia a Jean-Bosco Kakozi Kashindi. 

[4] Crítica de la razón negra, Achille Mbembe, Futuro Anterior Ediciones y Nuevos Emprendimientos Editoriales, S. L., 2016, p. 75. 

[5] Antoni Gutiérrez-Rubí (consultor político), La política del relato, frc PRIMAVERA, 2008, p. 68. 


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