Hubo un tiempo en el que el ser humano miraba sus manos y veía en ellas el origen del mundo, el artesano tenía una idea en su mente y, con habilidad y esfuerzo, la convertía en materia. Hoy, de esos tiempos sobreviven ruinas. En la silenciosa y fría lógica del capitalismo, hemos sido despojados de nuestro lugar como creadores para ser relegados a la categoría de meros accesorios; engranajes de carne y hueso al servicio de una maquinaria que ya no nos pertenece.
Karl Marx, con una clarividencia que hoy resulta escalofriante, diagnosticó esta tragedia: en el capitalismo, el «valor» ha cobrado vida propia. Ya no somos nosotros quienes movemos el dinero o las herramientas, es el capital el que se ha convertido en un «sujeto autómata», un ente vampírico que busca únicamente crecer y valorizarse a sí mismo, alimentándose de nuestra energía vital.
La Revolución Industrial no solo trajo humo y fábricas, trajo la emancipación de la máquina respecto a la mano humana. Y con esa emancipación, llegó la gran derrota del obrero. El proceso de producción dejó de estar subordinado a la destreza humana. El conocimiento —la física, la química, la informática— fue arrancado de la mente del trabajador para ser cosificado, integrado directamente en el metal y el circuito. El ser humano ya no piensa cómo crear, simplemente obedece a una voluntad ajena.
La ciencia moderna ha convertido la IA en el «alma» de la maquinaria, dotándola de una apariencia de vida. Pero es una vida parasitaria. Es el Moloch, la antigua deidad a la que se le sacrificaban vidas humanas a cambio de prosperidad, o el Leviatán de Hobbes, ese coloso que engloba a toda la sociedad y la domina. Nuestra época, que se jacta de ser la cúspide de la civilización, es en realidad el reino de lo inhumano. Hemos construido un dios devorador con los pedazos de nuestra propia inteligencia alienada.
Hemos vivido con la arrogante ilusión de que la tecnología era una herramienta a nuestro servicio. Pero el capitalismo ha revelado su naturaleza última: es la materialización de la «mente gobernante». Es un sistema cibernético que orquesta la vida social. Y en el epicentro de esta marejada emerge la inteligencia artificial. La IA no es un invento casual, sino la consecuencia lógica y definitiva de un sistema que lleva siglos vaciando al ser humano para llenar a la máquina. Es la era en la que el intelecto artificializado gobierna la Tierra.
Pero este Moloch cibernético, en su afán infinito de autovalorización, no solo devora el alma humana: devora la biosfera entera. La violencia contra el planeta no es un accidente, sino la consecuencia directa de un proceso de abstracción que reduce la vida, los bosques, los océanos y los minerales a una simple fracción numérica: el valor de cambio. El dinero, ese «trabajo muerto» que acumulamos, se autonomiza de la naturaleza y la somete a cálculo y expolio. Quien controla el petróleo, el litio y el agua, controla a las poblaciones. La fractura metabólica entre la sociedad y la naturaleza es el caldo de cultivo de todas las guerras.
Frente a esta maquinaria integrada de destrucción, el ecologismo crítico surge como la única respuesta coherente a los límites biofísicos del planeta. La lealtad de este ecologismo no es con las banderas nacionales ni con los bloques geopolíticos, sino con la trama de la vida. Sabemos que no se puede bombardear el camino hacia la sostenibilidad: no hay transición ecológica posible sin la paz, y no hay paz posible sin la justicia climática.
Para desmantelar al monstruo y rehumanizar el mundo, el ecologismo pacifista propone cuatro cambios de paradigma:
– Redefinir la seguridad: De la nacional a la ecosocial. El paradigma de la «seguridad nacional» es una ilusión suicida. Ningún muro, portaaviones o misil puede detener el aumento del nivel del mar o el colapso de los ciclos del nitrógeno. Debe desplazarse el presupuesto militar hacia la seguridad humana y ecológica: soberanía alimentaria, acceso al agua, salud preventiva y vivienda digna.
– El desarme ecológico como política climática principal. El complejo militar-industrial es el mayor contaminante institucional del planeta. No podemos reclamar «emergencia climática» mientras el gasto militar global supera los 2,2 billones de dólares, debemos exigir la reconversión masiva de la industria armamentística bajo criterios ecológicos. El desmantelamiento de los ejércitos y la cancelación de la deuda ecológica del Norte con el Sur deben ser las fuentes principales de financiación climática.
– Internacionalismo ecológico y antiimperialismo. La crisis climática no conoce fronteras, pero el capitalismo sí. Rechazamos el «patriotismo ecológico». Esto implica combatir el colonialismo verde (megaproyectos extractivistas «limpios» que despojan a comunidades indígenas), apoyar las luchas del Sur Global entendiendo que la defensa de la Tierra es la primera línea de paz, y reconocer el derecho de asilo climático frente a la militarización de las fronteras.
– La ética de los cuidados frente a la lógica de la guerra. La guerra y el extractivismo son la máxima expresión del patriarcado y el capital: imponen la violencia, destruyen el tejido comunitario y cosifican cuerpos y territorios, por lo que debemos proponer organizaciónes sociales basadas en la interdependencia, la reproducción de la vida y los cuidados mutuos, superando este modelo destructor para pensar en términos de equilibrio ecológico y derechos para todas las personas.
En este contexto, debemos advertir sobre las falsas soluciones. Las corrientes ecologistas de derechas articulan la preocupación ambiental con principios jerárquicos, identitarios y autoritarios. Su tesis común es que la naturaleza no es un universal al servicio de la humanidad, sino un orden inserto en una comunidad (nacional, étnica o rural) cuya defensa exige fronteras, disciplina y la perpetuación de la desigualdad como un «orden natural».
Frente al ecofascismo que racializa la crisis y está dispuesto a sacrificar a poblaciones consideradas «excedentes», nuestra respuesta debe ser radicalmente democrática y emancipadora, ya que la transformación no vendrá de la OTAN, de las cúpulas de la UE ni del «Green New Deal» que ignora el extractivismo. La primera tarea de nuestra época debe ser la rebelión: reclamar nuestra inteligencia, reapropiarnos de nuestro trabajo y desarmar al monstruo, lo que nos exige:
1) Apoyar a quienes se niegan a fabricar armas, a losque objetan al gasto militar y bloquean físicamente la expansión de bases militares o la minería extractivista.
2) Abandonar la ilusión del consenso global, pues los procesos de la ONU paralizan la acción y benefician a los lobistas fósiles. Hay que asumir que la transición tendrá ganadores y perdedores, aislando las posiciones moralmente inaceptables.
3) Territorializar la acción y acortar horizontes: Las promesas a largo plazo (Net Zero 2050) son inútiles por ello lasacciones deben ser a corto plazo, ancladas en los territorios, impulsando cooperativas energéticas, decrecimientos del consumo y aplicando tecnologías apropiadas y descentralizadas frente a las mega-infraestructuras.
La ecología política antimilitarista no es un lujo ni una distracción sino la única vía coherente hacia la supervivencia en un planeta finito, por ello nuestrasacciones deben estructurarse en cuatro niveles:
A nivel internacional:
– Reducción drástica del gasto militar y transparencia total en las emisiones de gases de efecto invernadero del sector militar.
– Inclusión obligatoria de las emisiones militares en los compromisos del Acuerdo de París.
– Desmantelamiento progresivo de las bases militares en el extranjero y reconocimiento del ecocidio como crimen internacional.
A nivel nacional:
– Conversión de las industrias armamentísticas en industrias de energías renovables y eficiencia energética.
– Desmilitarización de las políticas de conservación ambiental.
– Traspaso de fondos presupuestarios militares a partidas para construir sistemas de seguridad para la paz y protección efectiva de los defensores ambientales.
A nivel local:
– Construcción de soberanías populares y territoriales frente a la depredación global.
– Resistencia a los megaproyectos extractivistas «verdes» y defensa de los recursos comunales (bosques, ríos, suelos).
– Implementación de tecnologías apropiadas: soluciones de baja energía y bajo control comunitario.
A nivel individual y colectivo:
– Rechazo al patriotismo ecológico y práctica de una ética de los cuidados hacia las personas y el planeta.
– Desobediencia climática: acciones directas contra bases militares, puertos de armas y fábricas de combustibles fósiles.
– Tribunales de conciencia para denunciar crímenes ecológicos de guerra y educación popular para deconstruir el imaginario de que «la guerra protege el medio ambiente».
Demasiada gente mira hacia el futuro con una mezcla de fascinación y terror, sin darnos cuenta de que el futuro ya nos ha alcanzado por la espalda. Prometeo robó el fuego a los dioses para dárselo a los humanos, nosotros, en cambio, le hemos entregado nuestro fuego —nuestra capacidad de pensar, de crear, de sentir— a un Leviatán de silicio y algoritmos.
El diagnóstico es desolador, pero contiene en sí mismo la urgencia de una toma de conciencia. Si el ser humano es hoy un sirviente de la máquina y la guerra, la rebelión es nuestro único destino digno. La verdadera salida a la crisis no pasa por «verdecer» la guerra ni por perfeccionar el autómata, sino por desmantelar el monstruo cibernético del capital, construir alternativas basadas en la justicia climática, la paz y los cuidados, y defender, con ternura y furia, la trama de la vida.
J. Luis Carpintero, médico jubilado
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