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La Cuba de los próximos años

Fuentes: La Trinchera

Un análisis interpretativo de la Cuba que viene tras el Sí constitucional. Es importante que cuando intentemos desempolvar la historia de nuestra nueva constitución, la miremos con una mirada más amplia del 86,72% a favor y el 9% en contra. Los datos a menudo son muecas frívolas que no aportan las luces suficientes para visionar […]

Un análisis interpretativo de la Cuba que viene tras el Sí constitucional.

Es importante que cuando intentemos desempolvar la historia de nuestra nueva constitución, la miremos con una mirada más amplia del 86,72% a favor y el 9% en contra. Los datos a menudo son muecas frívolas que no aportan las luces suficientes para visionar el horizonte inmediato.

Lo primero que no debemos solapar es que la nueva Carta Magna del país es superior, con bastante claridad, a la de 1976; aquella poseía un núcleo soviético envolvente y, además, una disimulada filosofía ateísta. Desde mi optimismo ciudadano siento que ahora tenemos a nuestra disposición un documento que ofrece una amalgama más amplia de derechos civiles que su antecesor y esto, de cumplirse, puede ser algo que facilite su tangible aplicación.

No obstante, desde ahora afirmo que una cosa es la mención de los derechos y otra diferente su puesta en práctica. Sin creerme jurista, es un poco llamativo saber que «hay más de 80 ocasiones en las cuales la constitución hace referencia a que la ley luego definirá este artículo con una norma complementaria» (1). No es sólo una metáfora decir que el ordenamiento jurídico cubano está en el limbo y que, con nuestra votada ley de leyes, se tiene la esperanza de poder llenar ese espacio tan poco utilizado en los últimos tiempos de constitucionalidad ciudadana.

Uno de los puntos importantes cuando tratemos de recordar por qué se votó Sí el 24 de febrero, es el de la consulta popular. Esto no es algo del todo novedoso para nuestra nación, con una infaltable batalla de ideas; pero sí en referencia al contexto en que se desarrolló dicha consulta. La izquierda vive una de sus peores crisis hemisféricas, con una Venezuela colapsada; en Cuba vivimos la consolidación de un nuevo gobierno nacional, dirigido por el actual presidente Miguel Díaz Canel. Todo esto en medio de una economía deprimida y con tragedias nacionales -de gran impacto social-, sufridas en los últimos meses, como la caída del avión rentado por Cubana de Aviación con más de cien muertos y el tornado que azotó con rabia el pasado mes de enero a La Habana.

Para los que gustan de profundizar en la etimología de los conceptos, nos referimos a un proceso de consulta popular «cuando se buscan mecanismos eficientes de participación del pueblo, en la toma consciente de decisiones políticas importantes» (2). En Cuba cualquier proceso de este tipo es relevante; sobre todo, por el precedente de una raigambre sustancial de conciencia histórica, en ocasiones vinculada en demasía, con una subjetiva batalla de ideas, que conduce al pueblo a una lucha constante por su emancipación social. Entonces me parece interesante ver todo el complexus de consulta popular sobre el proyecto de constitución cubana, desde los espejuelos del profesor francés Guillaume Faburel (3), quien describe nuestro hacer como un proceso que ha buscado la restauración de la confianza política. Es oportuno reconocer que, dentro de la constitución,

no se menciona nada sobre pobreza y desigualdad

lo que denota un peligro, ya que resulta improbable que a posteriori se realicen políticas de acción afirmativa para corregir estos males sociales. Solo espero que estos planteamientos puedan convocar a los decisores de nuestra nación a introducir los términos dentro de sus agendas resolutivas; porque uno de los mejores aportes que debe hacer una Carta Magna, es dar voz a personas con poca o nula visibilidad dentro del entramado social de cualquier nación. Estamos hablando de poder recrear una realidad pública con leyes que le den una connotación importante de sentido político.

Un asunto a pensar para las siguientes votaciones generales es que, en otros países del mundo, las campañas propagandísticas tienen un final, mientras que el Yo Voto Sí estuvo presente hasta durante el marcaje de la boleta. Dentro de los colegios electorales había pancartas que lo reafirmaban. Un elemento impresionante es que los 586 diputados presentes en la Asamblea Nacional, al someterse a votación el proyecto final, dijeron Sí;

eso deja fuera del mayor órgano representativo del pueblo cubano, a 706 000 personas que no cuentan hoy día, en ese espacio, con algún delegado que represente su No.

Esto debe servir de reflexión al interior del organismo y, como nación, debemos buscar fórmulas que propicien la inclusión de algún representante del pensamiento divergente en las esferas decisoras del país. Y surge una pregunta que no debe ser soslayada del todo:

si los que votan Sí están votando por Cuba, entonces, los que votan No, ¿por qué están votando?

Lo que se votó es un documento importante, pero el proceso en sí mismo no ponía en disputa nada de soberanía nacional, ni mucho menos nuestra independencia como país. En la constitución no aparece ninguna definición de nación ni de patria, ni de casi nada, entonces, por qué esto lo representa todo.

Uno de los temas de gran impacto a nivel mundial es el asunto de cómo perfeccionar la democracia; de ahí que, a cualquier proceso político que logre legitimarse como un estallido de democracia participativa, se le presta gran atención. Sin embargo, y esto fue reseñado incluso por nuestros medios masivos, fuera de Tele Sur y algunos canales rusos, nuestro referéndum pasó casi en silencio por las grandes cadenas internacionales. Esto puede que no diga nada a muchos, pero, en sentido general, lo efectuado, siento que no contó con mucha credibilidad internacional.

Desde 1998 se está convocando a votación general con un sentido muy estatocéntrico, dando una visión de no cubano, para esas personas que no votan a favor de lo propuesto oficialmente. Desde las fuentes de poder sería interesante valorar la posibilidad de vivir estos procesos como algo en construcción, y no desde una visión de que ya todo es dado por hecho; sobre todo por la magnitud y relevancia cívica del documento en consulta, que atraviesa toda nuestra sociedad civil, en la que, si auscultamos con sinceridad, podemos encontrar opiniones divergentes.

La divergencia no tiene por qué ser vista como un tumor maligno

sino como un sector con una visión diferente a los del establishment gubernamental. Este tipo de consultas populares, generaría un mayor grado de confianza de cara al pueblo, si se trabajaran desde los medios con un mayor sentido de pluralidad.

Es importante ir aprendiendo a ceder posiciones históricas de hegemonía absoluta

todo esto matizado por la mirada integradora de un discurso oficial transparente, sin dobles intenciones. Algo lamentable es que en nuestra Carta Magna no se hace mención a la sociedad civil, una fuerza viva dentro del pueblo que suele hacer frente, dentro de la primera línea, en momentos claves como las catástrofes naturales.

A muchos les llamó la atención el hecho de que, dentro de la etapa consultiva, el pueblo no dijera nada sobre un tema y, de pronto, este fuera eliminado del documento. De ahí surge la interrogante sobre la desaparición del acápite sobre los derechos humanos; porque supuestamente lo que discutimos no era una especie de revalorización. Entonces, ¿quién lo eliminó y por qué? Lo del matrimonio igualitario parecía una carta de doble cara y ahora se habla de llevarlo a plebiscito; sin embargo, ese mismo tratamiento no se les brinda a otras interrogantes esgrimidas por el soberano, como la ley electoral.

Uno de los logros significativos de la nueva constitución es el empoderamiento del municipio, sobre todo, porque pervive muchas veces la política de esperar a que todo baje desde arriba y esto cambia para bien las reglas del gobierno local. Pero

ahora los etnólogos del patio tendrán que repensar qué es un municipio, para entonces poder brindar un sostén sólido a las nuevas leyes de municipalidad

ya que las demarcaciones geográficas no pueden ser una camisa de fuerza.

Estamos a la puerta de una nueva etapa social, adentrándonos de a poco en la revolución tecnológica que vive la humanidad, con una de las poblaciones más envejecidas de América Latina y en medio de una palpable depresión económica. La política de plaza sitiada, no parece ser algo próximo a desaparecer. Entiendo que no es lo mismo pluralidad política que pluripartidismo, pero desde una espiritualidad cristiana, se hace excluyente la existencia, como centro filosófico de la vanguardia política de la nación, de una ideología que niegue a Dios. Es importante que podamos esclarecer qué es electoral y qué no; por demás, se hace importante suprimir la visión de ratificación en los medios de propaganda oficial, porque conceptualmente, eso sólo habla de estar de acuerdo con algo que ya viene orientado desde arriba.

El control de la constitucionalidad debería estar en manos de los tribunales para que agilicen lo antes posible un conjunto de leyes que no acaban de salir a la luz pública, como la ley religiosa o de cultos. Al final, solo el pueblo debe ejercer su rol de soberano y su papel como rector de los destinos de la nación.

La Cuba de los próximos años será un escenario virtual con una lucha constante por la influencia ciudadana. Uno de los elementos a seguir será el desenvolvimiento político de una sociedad civil con fuerzas vivas interesantes, naciendo y consolidándose en su interior, además, de las clásicas ya conocidas.

Como conclusión, considero que la Carta Magna ofrece nuevas oportunidades de empoderamiento ciudadano. Todo esto mediado por obstáculos propios de un país como el nuestro, con múltiples contrastes.

Es importante participar con conciencia cívica de todos los procesos que se advienen dentro del escenario democrático cubano.

El primer reto que se advierte, en menos de dos años, es el del cambio del código de familia. Me gustaría terminar este artículo con un texto del Papa Francisco, que inicia el mensaje de los obispos católicos de Cuba en relación con la nueva Constitución de la República:

«Cada uno puede aportar su propia piedra para la construcción de la casa común. La auténtica vida política, fundada en el derecho y en un diálogo leal entre los protagonistas, se renueva con la convicción de que cada mujer, cada hombre y cada generación encierran en sí mismos una promesa que puede liberar nuevas energías relacionales, intelectuales, culturales y espirituales».

(Mensaje del Papa Francisco – Jornada Mundial de la Paz, 2019)

Notas

(1) Intervención del jurista Eloy Viera Cañibre, en un panel organizado en el Centro Cultural P. Félix Varela sobre la Constitución, el primero de febrero de 2019. Nota del autor.

(2) Docurro Chappi Tania; ¿Consultar y decidir? Diálogo con los ciudadanos; resumen sobre la presentación en el Último Jueves de Temas de Yohanka León del Río, filósofa e investigadora del Instituto Cubano de Filosofía; http://www.temas.cult.cu/ – consultado el 26 de febrero de 2019.

(3) Guillaume Faburel, profesor de estudios urbanos de la Universidad de Lyon, Francia.

Fuente: http://www.desdetutrinchera.com/politica-en-cuba/cuba-proximos-anos/?fbclid=IwAR0x7sBXKTKQJQ1idIdQpT-j6GUdS2pJ4qjPiSez3OLhNjlxbnlX9zipVb0