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La realidad social vasca es dual

La dialéctica social-nacional y el polo soberanista

Fuentes: Rebelión

La realidad social vasca es dual, ambivalente. La opresión nacional y la explotación social, son sus dos aspectos más significativos. Ambos son consecuencia y manifestación del modo de producción capitalista que, en las condiciones concretas de Euskal Herria, se configura como una formación económica y social autónoma. Entre los dos aspectos existe una interdependencia, una […]

La realidad social vasca es dual, ambivalente. La opresión nacional y la explotación social, son sus dos aspectos más significativos. Ambos son consecuencia y manifestación del modo de producción capitalista que, en las condiciones concretas de Euskal Herria, se configura como una formación económica y social autónoma. Entre los dos aspectos existe una interdependencia, una relación dialéctica, que hace que ambos estén unidos y, al mismo tiempo, se encuentren en oposición. Pero, ¿por qué afirmo que el aspecto nacional y el social son contradictorios?

1.- La contradicción social-nacional.

La Dialéctica nos enseña que existen contradicciones en el desarrollo de todas las cosas, tanto en la naturaleza como en la sociedad. En la realidad vasca, también existe una contradicción entre los dos aspectos más relevantes que la caracterizan. Se trata de una contradicción no antagónica, para cuya resolución no se requiere la desaparición de uno de los aspectos. La superación de esta contradicción, su síntesis, sólo se resolverá mediante la transformación socialista.

En primer lugar, debe tenerse en cuenta que, el primero de ellos, la opresión nacional, tiene su origen en la necesidad del capital financiero español de disponer de un marco geográfico, un espacio propio, en el que se pueda desarrollar sin trabas el proceso de acumulación. Para ello, no ha dudado en anexionar (integrando en dicho espacio) a las naciones periféricas, sometiendo a los pueblos que las constituyen.

En definitiva, puede decirse que la opresión nacional es una consecuencia de la existencia de las clases sociales y de la explotación de unas clases por otras. Y, por tanto, de acuerdo con esto, también podemos afirmar que la lucha por la emancipación nacional es una forma que, en determinadas condiciones, adopta la lucha de clases. Por tanto, el aspecto nacional y el social, son «dos caras de la misma moneda». Por ello, la contradicción que existe entre dos formas, la nacional y la que podríamos considerar como «más abierta», de la lucha de clases, no es una contradicción antagónica.

Al mismo tiempo, la posición de cada uno de los aspectos de esta contradicción, es relativa ya que, dependiendo de las condiciones concretas, una u otra forma de la lucha de clases, la «nacional» o la «social», adquirirá una mayor relevancia y pasará a ser el aspecto principal. Porque, cada uno de esos aspectos, a pesar de estar interrelacionados y ser interdependientes, tiene una dinámica y un desarrollo propio.

La opresión nacional, como contradicción externa (entre la nación dominada y la nación dominante), sólo podrá resolverse con el reconocimiento del derecho de autodeterminación de la nación oprimida (en nuestro caso, Euskal Herria) y, tras su ejercicio, con la emancipación de la nación dominada, mediante la construcción de un Estado propio.

En ese proceso, están objetivamente interesadas las distintas clases sociales que se encuentra oprimidas y explotadas por el capitalismo, independientemente de las contradicciones (de clase) que puedan existir entre ellas. Y, naturalmente, es lógico suponer que cada una de ellas tenga su propio proyecto político, es decir, su propio proyecto de Estado. Por ejemplo, algunos sectores defienden la creación de un Estado vasco independiente en el marco de la Unión Europea, porque consideran que la pertenencia a ésta se corresponde con sus intereses, les beneficia. Sin embargo, no tienen en cuenta tres cosas:

  1. La dificultad que entrañaría que los estados español y francés votasen favorablemente a la adhesión del Estado vasco a la UE (ya que si no fuese así, sería imposible su integración).

  1. En caso de que ese objetivo se lograse, se perdería buena parte de la soberanía que se hubiese conquistado, ya que gran parte de las decisiones económicas y sociales que afectan a los Estados miembros, las adoptan los organismos supranacionales.

  1. Además, un país pequeño como Euskal Herria, resultaría una presa fácil para las grandes multinacionales europeas (especialmente las alemanas, francesas o británicas).

De ahí que, sus intereses de clase llevan a estos sectores a incluir en su proyecto nacional la pertenencia del futuro Estado vasco a la UE, sin tener en cuenta que en esas condiciones, la independencia de Euskal Herria sería más formal que real.

En segundo lugar, no debemos olvidar que la existencia de las clases tiene un carácter objetivo, es independiente de nuestra voluntad y, por ello, la lucha de clases se desarrollará antes, durante y después del proceso de emancipación nacional. Mientras existan las clases, esto será inevitable. Desde el punto de vista de los intereses objetivos de la clase obrera, su lucha va orientada a la transformación revolucionaria y a la implantación de un Estado socialista.

Por tanto, es evidente que entre las distintas clases sociales interesadas objetivamente en impulsar la lucha por la autodeterminación y la independencia de Euskal Herria, sólo la clase obrera lo está en llevar esta lucha hasta sus últimas consecuencias. Por eso, la lucha por la liberación nacional y la lucha por la transformación social son indisolubles y no se pueden separar la una de la otra. De ahí que deba ser la clase obrera quien encabece el movimiento de emancipación nacional.

También debemos tener en cuenta que la hipotética pertenencia del Estado vasco a la UE, dificultaría enormemente el desarrollo del proceso de transformación social, ya que este chocaría frontalmente con las exigencias del propio modelo de integración económica capitalista (basado en la defensa a ultranza del «libre mercado», la progresiva privatización de las empresas y los servicios públicos, la reducción del déficit presupuestario de los Estados miembros, etc.) y se reduciría notablemente la capacidad de acción de las fuerzas revolucionarias. Por si fuera poco, el resto de los Estados miembros de la UE, recurrirían a todos los medios que estuviesen en sus manos para impedir el avance de la clase obrera y el pueblo trabajador hacia el socialismo y para provocar la asfixia económica del Estado vasco sin necesidad, incluso, de tener que recurrir al empleo de la fuerza armada de la OTAN.

Por tanto, la propia concepción de la independencia de Euskal Herria (que es un aspecto básico de cualquier proyecto nacional) puede ser abordada desde dos puntos de vista distintos que, en el fondo, corresponden a unos intereses de clase específicos, los de la clase obrera o los de la burguesía vasca y la pequeña burguesía.

En cuanto a la burguesía vasca, hay que decir que se trata de una clase explotadora que, por una parte se encuentra dominada por la oligarquía financiera española y, por tanto, en contradicción con ella. Pero, por otra, también está subordinada a aquella y necesita del Estado español para sobrevivir. Debido a esto, tiene un carácter tímido e indeciso, es proclive a los pactos con la clase dominante, aunque también aspira a un marco jurídico-político más amplio y a lograr una buena posición en el marco de la UE, siempre con objeto de defender mejor sus intereses. Por ello, difícilmente llegará a adoptar una postura consecuente y decidida en la lucha por la emancipación nacional.

Sin embargo, la pequeña burguesía no es una clase propiamente dicha, no tiene un carácter autónomo, sino que es una «clase de transición» (residuo de modos de producción precapitalistas) que está situada, en la estructura social vasca, entre la burguesía y el proletariado. Por una parte, al igual que la clase obrera, está explotada y dominada por la burguesía, aunque no de la misma manera que lo está el proletariado. Por otra, como consecuencia del proceso de acumulación de capital, sus capas más bajas están sufriendo una creciente proletarización. Además, en lo que respecta al terreno ideológico, se mueve en una eterna contradicción ya que está sometida tanto a la influencia de la ideología burguesa (dominante), como a la del proletariado.

Desde el punto de vista político, la pequeña burguesía tiene un carácter vacilante, debido precisamente a su posición intermedia en la estructura social. Se suele expresar por medio de distintas organizaciones nacionalistas o socialdemócratas (en este caso, de alguna de sus corrientes de centro o de izquierda, moderadas o radicales). No obstante, la pequeña burguesía es susceptible de ser ganada para la causa revolucionaria.

2.- El acuerdo del Euskalduna.

El pasado 20 de Junio, tuvo lugar en el Palacio Euskalduna de Bilbao, la firma de un importante acuerdo entre el partido Eusko Alkartasuna y la Izquierda Abertzale, que se recoge en el documento «Bases para un acuerdo estratégico entre fuerzas políticas independentistas». La importancia de dicho acuerdo es del todo evidente cuando, nada más haberse producido, tanto el PP como el PSOE han empezado a lanzar amenazas, poco o nada veladas, ante la hipotética posibilidad de que a partir de dicho acuerdo EA pudiera «abrir sus candidaturas» a la izquierda abertzale en las próximas elecciones municipales y forales. El PP ha llegado a pedir abiertamente la ilegalización de EA, si esta formación concurriese a las elecciones con Batasuna. Pero, veamos con más detenimiento el alcance de dicho acuerdo.

En primer lugar, hay que tener en cuenta el contexto en que se realiza. Una profunda crisis económica mundial, consecuencia de las contradicciones internas del propio sistema capitalista, cuyos efectos se dejan sentir en todo el mundo y que estamos sufriendo con especial agudeza las clases populares vascas. Una crisis que agudiza y exacerba todas las contradicciones (sociales, nacionales y de género) y que pone en evidencia, con toda su crudeza, la necesidad de que los pueblos oprimidos y las naciones dominadas dispongamos de instrumentos propios de actuación (políticos, económicos y sociales) con los que, al menos, podamos atenuar o paliar sus efectos más sangrantes, ya que la superación definitiva de las crisis no será posible hasta que no hayamos puesto fin a la explotación capitalista e iniciado la transformación socialista.

En segundo lugar, no podemos pasar por alto las condiciones que se han creado tras el acceso del PSE-PSOE (con apoyo del PP) al gobierno de Gasteiz, aprovechando la distorsión creada en el sistema político por la ilegalización de una opción que representa los intereses de una parte significativa de la sociedad vasca; a la que se ha privado de sus derechos democráticos al impedírsele la normal elección de sus representantes. Por otra parte, la entrada del PSOE en el gobierno autonómico ha sido el inicio de un proceso de involución, de auténtica deconstrucción nacional, que se extiende a todos los ámbitos de la vida económica, política, ideológica, social y cultural de la CAPV.

Por último, hay que tener en cuenta su oportunidad, el momento en que se firma dicho acuerdo, prácticamente coincidiendo en el tiempo (se firmó unos días antes) con el pronunciamiento del Tribunal Constitucional español sobre el Estatut de Catalunya; y su potencialidad (a pesar de ser un documento cerrado) para servir de base de un agrupamiento de fuerzas populares en torno a reivindicaciones democrático-nacionales, lo que se ha venido llamando un «polo soberanista».

No obstante, el acuerdo del Euskalduna tiene sus claroscuros. Evidentemente, responde a un ritmo de desarrollo desigual de los dos aspectos (nacional y social) de la realidad vasca, al priorizarse el primero sobre el segundo. Ello ha suscitado cierto recelo e inquietud en algunos sectores que consideran que se ha abandonado el componente social y que se corre el riesgo de que el acuerdo se convierta en un «pacto por arriba» y en una mera plataforma electoral.

Aunque ese temor es legítimo, habría que decir en su apoyo que es perfectamente factible que, en determinadas condiciones, uno de los aspectos del binomio social-nacional se desarrolle con más rapidez que el otro (como hemos visto más arriba); y, además, que las fuerzas firmantes del acuerdo tienen un carácter progresista y objetivamente representan los intereses generales de las clases y capas populares vascas, aunque no los propios y específicos de la clase obrera.

Por otra parte, el acuerdo del Euskalduna podría ser un primer paso hacia la creación de un amplio bloque social y político en el que la clase obrera vasca llegase a jugar un papel hegemónico. Pero, para eso también habría que ir dando pasos en otras direcciones, con objeto de complementar ese polo soberanista y darle un carácter multilateral. Articulando, mediante un sistema de alianzas de todo tipo, tanto a partidos políticos como a organizaciones de masas y movimientos sociales, para ir configurando un bloque organizado (desde la base), estructurado y basado en un programa y una estrategia común.

También habría que prever los posibles escenarios a que nos podríamos ver abocados, estudiar las distintas alternativas que se nos pudieran plantear e ir definiendo el perfil del Estado que necesitamos para lograr la plena emancipación de Euskal Herria, que no sería precisamente una reedición del llamado «Estado del bienestar». Es decir, que tendríamos ponernos desde ahora en la perspectiva del Estado Socialista Vasco.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.