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La guerra de Trump contra los elefantes

Fuentes: Diario ¡Por esto! (Mérida)

Pudiera pensarse que bajo este título correspondería leer algo relativo a los conflictos que afectan las relaciones entre Trump, el narcisista presidente de Estados Unidos, y la dirigencia del partido político que lo llevó como su candidato a ese alto cargo. El Partido Republicano, tiene al elefante como símbolo electoral desde 1887 cuando un caricaturista […]

Pudiera pensarse que bajo este título correspondería leer algo relativo a los conflictos que afectan las relaciones entre Trump, el narcisista presidente de Estados Unidos, y la dirigencia del partido político que lo llevó como su candidato a ese alto cargo.

El Partido Republicano, tiene al elefante como símbolo electoral desde 1887 cuando un caricaturista lo plasmó en una viñeta como respuesta al símbolo electoral del partido demócrata, el burro.

El asno había surgido en las elecciones de 1828 como símbolo demócrata como expresión de burla de sus adversarios por la tozudez y escasa inteligencia que imputaban al entonces candidato demócrata a la presidencia, Andrew Jackson.

El insulto fue asimilado jocosamente por los líderes del Partido Demócrata que adoptaron al burro como su emblema electoral destacando de este animal su capacidad de trabajo y su modestia. De modo que el elefante republicano nació en respuesta al burro demócrata invocando de los mastodontes su memoria, docilidad y sometimiento. Sin embargo, a Donald Trump no se le identifica como militante histórico del partido republicano, ni de alguno otro, dado que su trayectoria en la política se ha caracterizado por reiterados cambios en su militancia partidista desde que incursionó en política. Trump buscó en el 2000 la nominación presidencial del Partido de la Reforma de EEUU, una formación populista de orientación económica nacionalista fundada en 1995 de efímera existencia, pero se retiró antes de que comenzara la votación.

Consideró luego postularse para el alto cargo como republicano en las elecciones de 2012, pero finalmente no lo hizo. En junio de 2015, anunció oficialmente su candidatura para las elecciones de 2016, y poco a poco se convirtió en el favorito entre los diecisiete candidatos en las primarias republicanas. En mayo de 2016, el último de sus rivales suspendió su campaña y en julio resultó nominado, con Mike Pence como su compañero de fórmula, en la Convención Republicana.

Su campaña recibió una cobertura mediática sin precedentes y fue objeto de una gran atención internacional. Muchas de sus declaraciones en entrevistas de prensa, en las redes sociales y en las manifestaciones de campaña eran polémicas y no pocas fueron consideradas falsas, pero siempre tuvieron muy amplia difusión. Ganó las elecciones generales del 8 de noviembre de 2016 contra la rival demócrata Hillary Clinton, y accedió a la presidencia el 20 de enero de 2017 a la edad de 70 años, 7 meses y 6 días, por lo que ha sido el presidente con mayor edad en asumir este cargo en su país; asimismo, es el presidente de mayor opulencia, primero sin cumplir servicio militar ni ejercer cargo político antes de resultar electo y quinto en haber ganado por los votos del colegio electoral pese a haber perdido la elección por voto popular.

Pero, volviendo al título de este comentario, es curioso que una entre las muchas situaciones embarazosas en las que Trump se ha visto envuelto derive de las acusaciones que se le hacen por el apoyo que le ha dado a la cacería de elefantes en África. La Avaaz, una organización no gubernamental con más de 46 millones de miembros protectores de la naturaleza y el ecosistema, que promueve acciones dirigidas a proteger la vida silvestre, ha acusado directamente al Presidente Donald Trump de apoyar acciones de exterminio de elefantes en África. Un momento culminante de esta trifulca se originó cuando el hijo mayor del presidente, Donald Trump Jr, mutiló a un elefante durante una cacería en África y apareció en la prensa de todo el mundo en una foto representando orgullosamente al cazador blanco con un fusil humeante, junto al cadáver de un elefante de gran tamaño. El mandatario vino en su ayuda y dispuso el levantamiento de la ordenanza que prohibía tales «diversiones» por el peligro que representan para esa especie en peligro de exterminio. Pero esta decisión provocó justificada indignación en el mundo. Si bien satisfizo la insistente demanda de numerosos adinerados cazadores norteamericanos sedientos del morboso placer de asesinar inofensivos elefantes en África para llevar como trofeos a sus mansiones los marfiles de sus colmillos, en aras de la dignidad humana y su papel en el planeta, organizaciones protectoras de la naturaleza y el medio ambiente se movilizaron y lograron, mediante una protesta global masiva, que Estados Unidos renunciara a tan ofensiva disposición. Tras el rechazo general a la medida, Trump tuiteó que pondría «en pausa» esta decisión sobre la cacería de elefantes pero, a inicios de este año, en una entrevista, aseguró que el acta de prohibición de trofeos no seguirá en pie por mucho tiempo. Obviamente la protesta de Avaaz ha continuado y el tema de los elefantes se mantiene en la agenda de Trump y con ello el enfrentamiento entre el presidente estadounidense y el símbolo electoral de partido republicano que supuestamente lo patrocina.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.