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La guerra es racismo por otros medios

Fuentes: Media Monitors Network,

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

«A un soldado estadounidense le resulta mucho más fácil matar a un hadji [expresión peyorativa usada por la soldadesca estadounidense para describir a todos los musulmanes, N. del T.] que a un ser humano, lo mismo que para los los soldados nazis era más fácil matar a Untermenschen [seres humanos inferiores, expresión racista utilizada para catalogar a judíos, gitanos y eslavos, N. del T]. William Halsey, quien comandó las fuerzas navales de EE.UU. en el Pacífico Sur durante la Segunda Guerra Mundial, pensaba que su misión era «¡Matar japs [expresión peyorativa utilizada para calificar a los japoneses], matar japs, matar más japs!», y prometió que una vez terminada la guerra, el idioma japonés sólo se hablaría en el infierno… Si la guerra se desarrolló para que los hombres mataran a bestias gigantes, al extinguirse esos animales, ahora se ocupa de matar a otros hombres, como teoriza Ehrenreich, explicando su vinculación con el racismo y el resto de las amplias diferencias entre los seres humanos».

Lo que hace que sean verosímiles las mentiras más fantásticas e indocumentadas para comenzar y prolongar las guerras son las diferencias y prejuicios hacia los otros y a favor de los nuestros. Sin el fanatismo religioso, el racismo y el chovinismo patriotero, sería más difícil lograr que se aceptasen las guerras.

Hace tiempo que la religión es una justificación para las guerras, libradas por los dioses antes de que lo fueran por los faraones, reyes y emperadores. Si Barbara Ehrenreich tiene razón en su libro Blood Rites: Origins and History of the Passions of War [Ritos de guerra: Orígenes e Historia de las pasiones de la guerra], las precursoras de las guerras fueron las batallas contra leones, leopardos y otros feroces depredadores. De hecho esas bestias depredadoras pudieron ser la base material desde la que se inventaron los dioses -y el origen de los nombres de los drones (aviones no tripulados), por ejemplo el «Predator».

Ell «máximo sacrificio» de la guerra está íntimamente relacionado con la práctica de sacrificio humano como existía antes de las guerras tal como las conocemos. Las emociones (no las creencias o los logros, sino algunas de las sensaciones) de la religión y de la guerra pueden ser tan similares, si no idénticas, porque las dos prácticas tienen una historia común y nunca han estado muy distantes.

Las cruzadas, las guerras coloniales y muchas otras guerras han tenido justificaciones religiosas. Los estadounidenses libraron guerras religiosas durante muchas generaciones antes de la guerra para indidependizarse de Inglaterra. El capitán John Underhill describió en 1637 su propia guerra heroica contra los pequot:

«El capitán Mason entró en una wigwam [tienda india] y blandió un palo ardiente después de haber herido a muchos en la casa; luego prendió fuego a la parte oeste… yo prendí fuego al extremo sur usando pólvora; los fuegos de los dos lados se encontraron en el centro de la estancia que ardió terriblemente y se quemó todo en media hora; muchas personas valerosas no quisieron salir, lucharon desesperadamente… y por lo tanto perecieron incinerados… muieron valientemente… Muchos resultaron quemados en el campamento, hombres, mujeres y niños.

Underhill explica una guerra santa:

«El señor se complace en imponer a su pueblo problemas y aflicciones para poder presentarse como misericordioso y revelar con más claridad la gracia que concede libremente a sus almas».

Underhill señala que su propia alma y el pueblo del Señor obviamente son los blancos. Los americanos nativos podrían ser valerosos y audaces, pero no se les reconocía como personas en todo el sentido de la palabra. Dos siglos y medio después muchos estadounidenses han desarrollado una visión mucho más ilustrada, y muchos otros no. El presidente William McKinley consideraba que los filipinos necesitaban la ocupación militar por su propio bien. Susan Brewer menciona este informe de un ministro:

«Hablando a una delegación de metodistas en 1899 [McKinley] insistió en que no había querido las Filipinas y que ‘cuando vinieron a nosotros, como un obsequio de los dioses, no sabía qué hacer con ellas’. Describió cómo rezó de rodillas buscando consejo cuando se le ocurrió que sería ‘cobarde y deshonroso’ devolver las islas a España; ‘un mal negocio’ dárselas a los rivales comerciales Alemania y Francia; e imposible abandonarlas a la ‘anarquía y al mal gobierno’ de los incapaces filipinos. ‘No nos quedó otra cosa que hacer’, concluyó, ‘que tomarlas todas, y educar a los filipinos, elevarlos, civilizarlos y cristianizarlos’. En este relato de guía divina, McKinley olvidó mencionar que la mayoría de los filipinos eran católicos o que las Filipinas tenían una universidad más antigua que Harvard.

Es dudoso que muchos miembros de la delegación metodista cuestionen la sabiduría de McKinley. Como señaló Harold Lasswell en 1927, «Se puede confiar en que las iglesias de casi todas las confesiones bendecirán una guerra popular y verán en ella una oportunidad para el triunfo de cualquier diseño divino que deseen promover». Todo lo que se necesitaba, dijo Lasswell, era lograr que los «clérigos prominentes» apoyaran la guerra, y «después brillaran menos».

Los carteles de propaganda en EE.UU. durante la Primera Guerra Mundial mostraban a Jesús de uniforme mirando hacia el cañón de un fusil. Lasswell había vivido una guerra contra los alemanes, un pueblo cuya mayoría pertenecía a la misma religión que los estadounidenses. ¡Es mucho más fácil utilizar la religión en las guerras contra los musulmanes en el siglo XXI! Karim Karim, profesor asociado en la Escuela de Periodismo y Comunicación de la Universidad de Carleton, escribe:

«La imagen históricamente arraigada del ‘musulmán malo’ ha sido bastante útil a los gobiernos occidentales que planificaban ataques contra países de mayoría musulmana. Si pueden convencer a la opinión pública de sus países de que los musulmanes son bárbaros y violentos, parecerá más aceptable que los maten y destruyan sus propiedades».

En realidad, por supuesto, ninguna religión justifica la guerra, y los presidentes de EE.UU. ya no afirman que sea así. Pero el proselitismo cristiano es común en las fuerzas armadas de EE.UU., y también el odio a los musulmanes. Algunos soldados han informado a la Fundación Militar para la Libertad Religiosa que cuando han buscado consejeros de salud mental los han enviado a los capellanes que les han aconsejado que permanezcan en el «campo de batalla» para «matar musulmanes en nombre de Cristo».

La religión se puede utilizar para alentar la creencia de que lo que se hace es bueno aunque no tenga ningún sentido. Hay un ser superior que lo entiende, aunque no sea así. La religión puede ofrecer la vida después de la muerte y la creencia de que se mata y se arriesga la vida por la más alta causa que pueda existir. Pero la religión no es la única diferencia entre los grupos que se puede utilizar para promover guerras. Cualquier diferencia de cultura o lenguaje puede servir, y el poder del racismo para facilitar los peores tipos de conducta humana está bien establecido. El senador Albert J. Beveridge (republicano de Indiana) presentó al Senado su propia justificación de inspiración divina para la guerra contra las Filipinas:

«Dios no ha estado preparando a los pueblos de habla inglesa y teutónicos durante mil años para una auto-contemplación vana y ociosa. ¡No! Nos ha convertido en los organizadores magistrales del mundo para establecer un sistema en los lugares donde reina el caos.»

Las dos guerras mundiales en Europa, aunque se libraron entre naciones consideradas ahora típicamente «blancas», también participaron del racismo por todas las partes. El periódico francés La Croix celebró el 15 de agosto de 1914: «el antiguo brío de los galos, los romanos, y los franceses que resurge dentro de nosotros» y declaró que:

«Hay que expurgar a los alemanes de la ribera izquierda del Rin. Hay que empujar a esas hordas infames dentro de sus propias fronteras. Los galos de Francia y Bélgica deben rechazar al invasor con un golpe decisivo, de una vez por todas. La guerra racial se hace presente.»

Tres años después llegó el turno de la locura a EE.UU. El 7 de diciembre de 1917, el congresista Walter Chandler (demócrata por Tennessee) declaró en la sala de la Cámara:

«Se ha dicho que si se analiza la sangre de un judío bajo el microscopio, se encontrarán el Talmud y al Antiguo Testamento flotando en algunas partículas. Si se analiza la sangre representativa de un alemán o teutón se encontrarán ametralladoras y partículas de obuses y bombas flotando en la sangre… Hay que combatirlos hasta destruirlos a todos»

Esta forma de pensar no sólo ayuda a sacar las chequeras de los bolsillos de los miembros del congreso para financiar la guerra, sino también para que envíen a los jóvenes a la guerra para que cometan la matanza. No es fácil matar. Casi el 98% de las personas son reacias a matar a otras. Un psiquíatra ha desarrollado una metodología para conseguir que la Armada de EE.UU. prepare mejores asesinos. Incluye técnicas para:

«…lograr que los hombres piensen en los enemigos potenciales a los que tendrán que enfrentarse como seres inferiores, [mediante películas] sesgadas para presentar al enemigo como infrahumano: se ridiculizan las costumbres locales como si fueran estupideces y las personalidades locales se presentan como semidioses malvados».

«A un soldado estadounidense le es mucho más fácil matar a un hadji [expresión peyorativa usada por la soldadesca estadounidense para describir a todos los musulmanes, N. del T.] que a un ser humano, así como a los soldados nazis les resultaba más fácil matar a Untermenschen [seres humanos inferiores, expresión racista utilizada para catalogar a judíos, gitanos y eslavos, N. del T]. William Halsey, quien comandó las fuerzas navales de EE.UU. en el Pacífico Sur durante la Segunda Guerra Mundial, pensaba que su misión era «¡Matar japs [expresión peyorativa utilizada para calificar a los japoneses], matar japs, matar más japs!», y prometió que cuando acabase la guerra el idioma japonés sólo se hablaría en el infierno… Si la guerra se desarrolló para que los hombres mataran a bestias gigantes, al extinguirse esos animales, ahora se ocupa de matar a otros hombres, como teoriza Ehrenreich, explicando su vinculación con el racismo y el resto de las amplias diferencias entre los seres humanos. Pero el nacionalismo es la más reciente, poderosa y misteriosa fuente de devoción mística alineada con la guerra, que en sí surgió de las guerras. Mientras los antiguos caballeros morían por su propia gloria, los hombres y mujeres modernos mueren por un trozo de tela coloreada a la que ellos no le importan para nada. El día después de que EE.UU. declarara la guerra a España en 1898, el primer Estado (Nueva York) promulgó una ley que obligaba a los escolares a saludar la bandera de EE.UU. Otros le siguieron. El nacionalismo era la nueva religión.»

Según los informes Samuel Johnson observó que el patriotismo es el último refugio de un canalla, mientras otros han sugerido que, al contrario, es el primero. Cuando tiene que ver con la motivación de emociones belicistas, si otras diferencias fallan, siempre existe la siguiente: el enemigo no pertenece a nuestro país ni saluda nuestra bandera. Cuando EE.UU. se involucró más profundamente, por medio de mentiras, en la Guerra de Vietnam, todos los senadores menos dos votaron a favor de la resolución del Golfo de Tonkín. Uno de los dos, Wayne Morse (demócrata de Oregón) dijo a otros senadores que el Pentágono le había dicho que el supuesto ataque de los norvietnamitas había sido provocado. La información de Morse era correcta. Cualquier ataque habría sido provocado. Pero el ataque en sí era ficticio. Sin embargo los colegas de Morse no se le opusieron sobre la base de que estaba equivocado. En vez de eso, un senador le dijo:

«Qué diablos, Wayne, no se puede iniciar una pelea con el presidente cuando todas las banderas ondean y estamos a punto de iniciar una convención nacional. Todo lo que [el presidente] Lyndon [Johnson] quiere es un trozo de papel que le diga que hicimos lo correcto allá, y que lo apoyamos.»

Mientras la guerra continuaba a duras penas, destruyendo sin sentido millones de vidas, los senadores discutían en secrto en el Comité de Relaciones Exteriores su preocupación porque les habían mentido. Pero prefirieron guardar silencio y las actas de esas reuniones no se hicieron públicas hasta 2010. Al parecer las banderas habían siguieron ondeando durante todos estos años.

La guerra es tan buena para el patriotismo como el patriotismo para la guerra. Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial, muchos socialistas europeos se unieron alrededor de sus diversas banderas nacionales y abandonaron la lucha por la clase trabajadora internacional. Todavía en la actualidad nada impulsa tanto a la oposición estadounidense a las estructuras internacionales del gobierno como nuestro interés por la guerra y la insistencia en que los soldados estadounidenses nunca sean sometidos a otra autoridad que la de Washington D.C.

No se trata de 10 millones de personas. Se trata de Adolf Hitler

Pero las guerras no se libran contra banderas o ideas, naciones o dictadores satanizados. Se libran contra personas, un 98% de las cuales son reacias a matar, y que en su mayoría tuvieron poco o nada que ver con el origen de la guerra. Una manera de deshumanizar a esa gente es reemplazarla totalmente por la imagen de un solo individuo monstruoso.

Marlin Fitzwater, secretario de prensa de la Casa Blanca de los presidentes Ronald Reagan y George H. W. Bush, dijo que la guerra es «más fácil de comprender para la gente si el enemigo tiene una cara». Dio ejemplos: «Hitler, Ho Chi Minh, Sadam Hussein, Milosevic». Fitzwater también podría haber incluido el nombre de Manuel Antonio Noriega. Cuando el primer presidente Bush trató, entre otras cosas, de probar que no era ningún «debilucho» al atacar Panamá en 1989, la justificación más destacada fue que el dirigente panameño era un tipo raro, malvado, enloquecido por la droga, con una cara marcada por la viruela, al que le gustaba cometer adulterio. Un artículo importante en el extremadamente serio New York Times del 26 de diciembre de 1989, comenzó diciendo:

«La central de los militares de EE.UU. aquí, que ha presentado al general Manuel Antonio Noriega como un dictador antojadizo que esnifa cocaína, que reza a dioses del vudú, anunció hoy que el dirigente depuesto usaba ropa interior roja y se relacionaba con prostitutas».

No importa que Noriega hubiera trabajado para la Agencia Central de Inteligencia de EE.UU. (CIA) incluso cuando robó la elección de 1984 en Panamá. No importa que su verdadero crimen fuera negarse a apoyar la guerra de EE.UU. contra Nicaragua. No importa que EE.UU. supiera durante años del narcotráfico de Noriega y hubiera continuado trabajando con él. Ese hombre esnifaba cocaína en ropa interior roja con mujeres que no eran su esposa. «Es una agresión tan evidente como la invasión de Polonia por parte de Adolf Hitler hace 50 años», declaró el secretario adjunto de Estado Lawrence Eagleburger hablando del narcotráfico de Noriega. Los liberadores estadounidenses que invadieron Panamá incluso afirmaron que encontraron un gran montón de cocaína en una de las casas de Noriega, aunque resultó que eran tamales envueltos en hojas de plátanos. ¿Y si los tamales hubieran sido realmente cocaína? ¿Habrían justificado, como el descubrimiento de verdaderas «armas de destrucción masiva» en Bagdad en 2003, la guerra?

La referencia de Fitzwater a «Milosevic» era, claro está, a Slobodan Milosevic, entonces presidente de Serbia a quien David Nyhan del Boston Globe llamó en enero de 1999, «lo más parecido a Hitler que Europa haya enfrentado en el último medio siglo». Excepto, ya sabéis, todos los demás. En 2010, la práctica de la política interior de EE.UU., de comparar con Hitler a cualquiera con el que se estuviera en desacuerdo se había hecho casi cómica, pero es una práctica que ha ayudado a lanzar muchas guerras y todavía podría provocar más. Sin embargo, para pelearse hacen falta dos: en 1999, los serbios llamaban al presidente de EE.UU. «Bill Hitler».

En la primavera de 1914, en un cine en Tours, Francia, una imagen de Guillermo II, emperador de Alemania, apareció por un momento en la pantalla. Se armó la gorda.

«Todos gritaban y silbaban, hombres, mujeres, y niños, como si los hubieran insultado personalmente. La gente bonachona de Tours, que sólo sabía del mundo y la política lo que leía en los periódicos, se volvió loca por un instante,» según Stefan Zweig. Pero los franceses no combatirían contra el Kaiser Guillermo II. Combatirían contra gente de a pie que por casualidad había nacido a poca distancia de ellos mismos, en Alemania.

A lo largo de los años cada vez nos dicen más que las guerras no son contra la gente, sino sólo contra malos gobiernos y sus malévolos dirigentes. Una y otra vez nos dejamos engañar por la retórica trillada de las nuevas generaciones de armas «de precisión» que nuestros dirigentes afirman que pueden atacar a regímenes opresores sin dañar a la gente que pensamos que estamos liberando. Y libramos guerras por el «cambio de régimen». Si las guerras no terminan cuando se ha cambiado el régimen es porque tenemos la responsabilidad de las criaturas «ineptas», de los niñitos cuyos regímenes hemos cambiado. Sin embargo no existe un antecedente establecido de que esto haga algún bien. EE.UU. y sus aliados lo hicieron relativamente bien en Alemania y Japón después de la Segunda Guerra Mundial, pero podrían haberlo hecho también por Alemania después de la Primera Guerra Mundial y haberse ahorrado la secuela. Alemania y Japón fueron convertidos en escombros, y las tropas estadounidenses todavía no se fueron. No es exactamente un modelo para nuevas guerras.

Mediante guerras o acciones semejantes EE.UU. ha derrocado gobiernos en Hawai, Cuba, Puerto Rico, las Filipinas, Nicaragua, Honduras, Irán, Guatemala, Vietnam, Chile, Granada, Panamá, Afganistán, e Iraq, para no mencionar el Congo (1960); Ecuador (1961 y 1963); Brasil (1961 y 1964); la República Dominicana (1961 y 1963); Grecia (1965 & 1967); Bolivia (1964 y 1971); El Salvador (1961); Guyana (1964); Indonesia (1965); Ghana (1966); y desde luego Haití (1991 y 2004). Hemos reemplazado la democracia por dictaduras, las dictaduras por el caos y el gobierno local por dominación y ocupación estadounidense. En ningún caso hemos reducido evidentemente el mal. En la mayoría de los casos, incluidos Irán e Iraq, las invasiones estadounidenses y golpes respaldados por EE.UU. han causado graces represiones, desapariciones, ejecuciones extra-judiciales, tortura, corrupción y prolongados reveses para las aspiraciones democráticas de la gente común.

El enfoque en los gobernantes sobre las guerras no está motivado por el altruismo sino por la propaganda. A la gente le gusta imaginar que una guerra es un duelo entre grandes dirigentes. Eso requiere que se satanice a uno y se glorifique al otro.

Si no estás a favor de la guerra, estás a favor de los tiranos, la esclavitud y el nazismo

EE.UU. nació de una guerra contra la figura del rey Jorge, cuyos crímenes se enumeran en la Declaración de Independencia. George Washington fue glorificado como corresponde. El rey Jorge de Inglaterra y su gobierno eran culpables de los crímenes aducidos, pero otras colonias obtuvieron sus derechos e independencia sin una guerra. Como en el caso de todas las guerras, no importa cuán antiguas y gloriosas, la Revolución Estadounidense fue impulsada por mentiras. La historia de la Masacre de Boston, por ejemplo, se distorsionó tanto que resulta irreconocible, incluido un grabado de Paul Revere que mostraba a los británicos como carniceros. Benjamin Franklin produjo una edición falsificada del Boston Independent en la cual los británicos alardeaban de la caza de cabelleras. Thomas Paine y otros panfletistas entusiasmaron a los colonos a favor de la guerra, pero no sin consejos erróneos y falsas promesas. Howard Zinn describe lo que pasó:

«Cerca de 1776, cierta gente importante en las colonias inglesas hizo un descubrimiento que resultaría enormemente útil durante los doscientos años siguientes. Vieron que al crear una nación, un símbolo, una unidad legal llamada EE.UU., podían apoderarse de tierras, ganancias y poder político de favoritos del Imperio Británico. Al hacerlo, podían contener una serie de rebeliones potenciales y crear un consenso de apoyo popular para el gobierno de una nueva dirigencia privilegiada.»

Como señala Zinn, antes de la revolución hubo 18 levantamientos contra gobiernos coloniales, seis rebeliones negras y 40 levantamientos, y las elites políticas vieron una posibilidad de reorientar la cólera contra Inglaterra. A pesar de ello los pobres, que no se beneficiarían de la guerra ni cosecharían sus recompensas políticas, tuvieron que ser obligados por la fuerza para que combatieran en ella. Muchos, incluidos esclavos a los que los británicos prometieron más libertad, desertaron o cambiaron de lado. El castigo por infracciones en el Ejército Continental, era 100 latigazos. Cuando George Washington, el más rico de EE.UU., no pudo convencer al Congreso de que aumentara el límite legal a 500 latigazos, consideró la posibilidad de que en su lugar se utilizara el trabajo forzado, pero abandonó la idea porque el trabajo forzado habría sido indistinguible del servicio regular en el Ejército Continental. Los soldados también desertaban porque necesitaban alimento, vestimenta, albergue, medicinas y dinero. Se alistaban por la paga, no les pagaban, y ponían en peligro el bienestar de sus familias al permanecer en el ejército sin paga. Cerca de dos tercios eran ambivalentes a favor o en contra de la causa por la que combatían y sufrían. Rebeliones populares, como la de Shays en Massachusetts, vinieron después de la victoria revolucionaria.

Los revolucionarios estadounidenses también pudieron abrir el oeste a la expansión y a las guerras contra los nativos americanos, algo que los británicos habían prohibido. La Revolución Estadounidense, el acto mismo de nacimiento y liberación de EE.UU., fue también una guerra de expansión y conquista. El rey Jorge, según la Declaración de Independencia, «se había esforzado por provocar a los habitantes de nuestras fronteras, los implacables Indios Salvajes». Por cierto, se trataba de gente que combatía en defensa de sus tierras y sus vidas. La victoria en Yorktown fue una mala noticia para su futuro, ya que Inglaterra transfirió sus tierras a la nueva nación.

Otra guerra sagrada en la historia de EE.UU., la Guerra Civil, se libró -según cree mucha gente- con el fin de acabar con el mal de la esclavitud. En realidad ese objetivo fue una excusa tardía para una guerra que ya había comenzado, lo mismo que «llevar la democracia a Iraq» se convirtió en una justificación tardía para una guerra iniciada en 2003 en nombre de la eliminación de armamento ficticio. En realidad, la misión de terminar con la esclavitud era necesaria para justificar una guerra que se había hecho demasiado horrorosa como para justificarla sólo con el vacío objetivo político de la «unión». El patriotismo todavía no se había inflado hasta llegar a la enormidad que es actualmente. Las víctimas aumentaban rápidamente: 25.000 en Shiloh, 20.000 en Bull Run, 24.000 en un día en Antietam. Una semana después de Antietam, Lincoln emitió la Proclamación de Emancipación, que liberaba a los esclavos sólo donde Lincoln no podía liberar a los esclavos si no ganaba la guerra. (Sus órdenes liberaron a los esclavos sólo en Estados del Sur que se habían separado, no en los Estados fronterizos que continuaban en la unión). El historiador de Yale Harry Stout, explica por qué Lincoln tomó esa medida:

«Según el cálculo de Lincoln, la matanza debe continuar a una escala cada vez mayor. Pero para lograrlo, tiene que persuadir a la gente de que derrame sangre sin reservas. Esto, por su parte, requería una certeza moral de que la matanza era justa. Sólo la emancipación -la última carta de Lincoln- aseguraría una certeza semejante.»

La Proclamación también tuvo éxito contra la entrada a la guerra de Gran Bretaña al lado del Sur.

No podemos saber con seguridad lo que habría pasado en las colonias sin la revolución, o a la esclavitud sin la Guerra Civil. Pero sabemos que gran parte del resto del hemisferio terminó con el régimen colonial y la esclavitud sin guerras. Si el Congreso hubiera tenido la decencia de abolir la esclavitud por medio de leyes, tal vez la nación la hubiera terminado sin división. Si se hubiera permitido que el Sur de EE.UU. se independizara en paz, y la Ley de Esclavos Fugitivos hubiese sido fácilmente revocada por el Norte, parece poco probable que la esclavitud hubiera durado mucho más.

Se habla menos de la guerra entre México y EE.UU., que se libró en parte para expandir la esclavitud, una expansión que pudo ayudar a conducir a la Guerra Civil. Cuando EE.UU., durante esa guerra, obligó a México a renunciar a sus territorios septentrionales, el diplomático estadounidense Nicholas Trist negoció con extrema firmeza sobre un punto. Escribió al secretario de Estado de EE.UU.: «Aseguré [a los mexicanos] que si pudieran ofrecerme todo el territorio descrito en nuestro proyecto, con un valor aumentado por diez y, además, cubierto enteramente con una capa de un grosor de un pié de oro puro, con la única condición de que se excluyera la esclavitud, no podría considerar la oferta ni por un instante.»

¿Esa guerra se libró contra el mal o por su cuenta?

La guerra más sagrada e incuestionable de la historia de EE.UU., es la Segunda Guerra Mundial. En las mentes de numerosos estadounidenses contemporáneos la Segunda Guerra Mundial se justificó por el grado de maldad de Adolf Hitler, y esa maldad se encuentra sobre todo en el holocausto.

Pero no encontraréis ningún afiche de reclutamiento del Tío Sam que diga «Te quiero… para salvar a los judíos». Cuando se introdujo una resolución en el Senado de EE.UU. en 1934 que expresaba «sorpresa y dolor» ante las acciones de Alemania y pedía que Alemania restaurara los derechos a los judíos, el Departamento de Estado «hizo que la comisión la enterrara».

En 1937 Polonia había desarrollado un plan para enviar a los judíos a Madagascar y también la República Dominicana tenía un plan para acogerlos. El primer ministro Neville Chamberlain de Gran Bretaña presentó un plan para enviar a los judíos alemanes a Tanganica, en África Oriental. Representantes de EE.UU., de Gran Bretaña y de naciones suramericanas se reunieron en el lago de Ginebra en julio de 1938 y se pusieron de acuerdo en que no aceptarían a los judíos.

El 15 de noviembre de 1938 los periodistas preguntaron al presidente Franklin Roosevelt qué se podía hacer. Respondió que se negaría a estudiar que se admitieran más inmigrantes de los que permitía el sistema estándar de cuotas. Se presentaron leyes en el Congreso para permitir que 20.000 judíos menores de 14 años entraran en EE.UU. El senador Robert Wagner (demócrata de Nueva York) dijo: «Miles de familias estadounidenses ya han expresado su disposición para recibir a niños refugiados en sus casas». La primera dama Eleanor Roosevelt dejó de lado su antisemitismo para apoyar la legislación, pero su esposo la bloqueó con éxito durante años.

En julio de 1940 Adolf Eichmann, «el arquitecto del holocausto», quería enviar a todos los judíos a Madagascar, que entonces pertenecía a Alemania, ya que Francia había sido ocupada. Los barcos tendrían que esperar sólo hasta que los británicos, lo que entonces significaba Winston Churchill, terminaran su bloqueo. Eso nunca ocurrió. El 25 de noviembre de 1940, el embajador francés pidió al secretario de Estado de EE.UU. que considerara la aceptación de refugiados judíos alemanes que entonces estaban en Francia. El 21 de diciembre, el secretario de Estado lo rechazó. En julio de 1941 los nazis habían determinado que la solución final para los judíos consistiría den el genocidio en lugar de la expulsión.

En 1942, con la ayuda del Buró del Censo, EE.UU. encerró a 110.000 japoneses-estadounidenses y japoneses en varios campos de concentración, sobre todo en la Costa Oeste, donde los identificaron con números en lugar de nombres. Esa acción, emprendida por el presidente Roosevelt, fue apoyada dos años después por la Corte Suprema de EE.UU.

En 1943, soldados blancos estadounidenses fuera de servicio atacaron a latinos y afroestadounidenses en los «disturbios zoot suit [trajes pachucos]», desnudándolos y golpeándolos en las calles de una manera que habría enorgullecido a Hitler. El consejo municipal de Los Angeles, en un notable intento de culpar a las víctimas, respondió con la prohibición del tipo de vestimenta usado por los inmigrantes mexicanos llamado zoot suit. Cuando soldados estadounidenses iban apretujados en el Queen Mary en 1945 camino a la guerra europea, los negros estaban separados de los blancos y estibados en lo profundo del barco cerca de la sala de máquinas, lo más lejos posible del aire fresco, en el mismo lugar en el que los negros habían sido llevados a América desde África siglos antes. Los soldados afroestadounidenses que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial no pudieron volver legalmente a casa a muchos sitios de EE.UU. si se habían casado con mujeres blancas en el extranjero. Soldados blancos que se casaron con asiáticas enfrentaron las mismas leyes contra el cruce de razas en 15 Estados.

Es simplemente disparatado sugerir que EE.UU. libró la Segunda Guerra Mundial contra la injusticia racial o para salvar a los judíos. Lo que nos cuentan de las motivaciones de las guerras es muy diferente de sus verdaderos objetivos. En gran parte las guerras son racismo por otros medios.

David Swanson es cofundador de AfterDowningStreet, escritor y activista, y el director en Washington de Democrats.com. Contribuyó este artículo a Media Monitors Network (MMN).

Fuente: http://americas.mediamonitors.net/content/view/full/82999 

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