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Los «drones» sólo prolongan guerras que no podemos ganar

Fuentes: Sin Permiso

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

La mayor amenaza a la paz mundial no proviene de las armas nucleares y su posible proliferación. Proviene de los aviones no tripulados («drones») y su segura proliferación. La bomba nuclear constituye un arma inútil, juguete de los poderosos o de quienes aspiran al poder. Los aviones no tripulados están arrasando en el mercado de armas mundial. Se dice que hay 10.00 en servicio, de los cuales un millar están armadas y son principalmente norteamericanos. Algunas informaciones afirman que han matado más civiles no combatientes que los que murieron el 11 de septiembre.

No he leído un solo estudio independiente sobre las actuales guerras con aviones no tripulados en Afganistán, Pakistán y el Cuerno de África que sugiera que estas armas sean útiles para una finalidad estratégica. Su «éxito» se expresa únicamente en el recuento de bajas, el número de los llamados «comandantes vinculados a Al Qaeda» muertos. Si el recuento de bajas supusiera la victoria, los alemanes habrían vencido en Stalingrado y los norteamericanos en Vietnam.

Ni la legalidad ni la ética de los ataques con aviones no tripulados soporta análisis alguno. El exhaustivo informe del año pasado realizado por abogados de las universidades de Stanford y Nueva York [1] concluía que eran ilegales en numerosos casos, mataban a civiles y eran militarmente contraproducentes. Se calculaba que entre las muertes producidas podían contarse las de 176 niños. Esa carnicería bastaría para llevar a un consejo de guerra a una unidad de infantería. Las fuerzas aéreas gozan de tal prestigio que las muertes de civiles se excusan como precio que vale la pena pagar para no poner en riesgo las vidas de los pilotos.

Esta semana el presidente Obama nombró a dos «entusiastas» de los aviones no tripulados: Chuck Hagel, como nuevo secretario de Defensa, y John Brennan, como nuevo jefe de la CIA. La guerra de aviones no tripulados es hoy el sabor de moda y el complejo militar-industrial ya se está relamiendo de gusto. Si tenía Obama, abogado él mismo, alguna reserva acerca de la legalidad de estas armas, está claro que la ha dejado a un lado.

Ya aparte de la ética y el Derecho, me resulta imposible ver qué aportaciones realizan estas armas para ganar guerras. Matar oficiales sirve sólo para que los substituyan otros, deseosos de la venganza. El Predator [modelo de avión no tripulado] originario estaba pensado para la vigilancia, pero se adaptó específicamente para labores de bombardeo con el fin de matar a Osama Bin Laden. Cuando acabaron por encontrarle, el avión no tripulado se consideró un ingenio demasiado impreciso, y hubo que enviar en su lugar a las anticuadas botas provistas de fusiles.

Por lo que respecta a la muerte inevitable de civiles, ya sean pocas o muchas, no se trata esto de un «daño colateral» sino de algo crucial para la victoria o derrota. No ocupa ni gana territorios y sí destroza corazones y mentes. El bombardeo aéreo ha sido durante mucho tiempo un arma de guerra cuestionable. No lleva a la derrota sino a represalias.

El lunes pasado [7 de enero] un documental de la BBC sobre el asedio de Malta [durante la II Guerra Mundial] delineaba lo que supusieron los ataques alemanes mediante bombardeo, los más intensivos de la II Guerra Mundial. Aunque se cobraron un alto precio en las infraestructuras de la isla, no detuvieron la resistencia. Creer en los bombarderos y mostrarse incapaz de invadir Malta le costaron a Alemania la campaña de África. Un campaña de terror desde el aire que no consigue amedrentar a un enemigo e incita simplemente al desafío no resulta efectiva en absoluto. Tres cuartas partes de Pakistán son hoy enemigas juradas de los EE. UU.

Y sin embargo, todas las semanas Obama aparentemente se sienta y repasa su «lista de asesinatos» de los musulmanes que pretende eliminar sin proceso judicial ni más identificación que la de un sospechoso espía sobre el terreno. Por lo menos, según nos cuentan, los aviones no tripulados británicos en Helmand [Afganistán] se utilizan sólo para apoyo aéreo cercano de tropas de tierra.

Desde que empezó en serio la guerra con aviones no tripulados en 2008, no ha habido un descenso en las actividades de los talibán o Al Quaeda que se pueda atribuir a la misma. Cualquier mengua aguarda solamente a que se marche la OTAN. El presidente afgano, Hamid Karzai, ha declarado que los ataques «no son justificables en modo alguno». El gobierno paquistaní, cuyo territorio constituye cada vez más su blanco, ha negado cualquier permiso.

El joven escritor yemení Ibrahim Mothana protestó en en el New York Times [2] por la carnicería que infligen los aviones no tripulados a la política de su país, que borra «años de progreso y de creación de confianza entre las tribus». Los yemeníes se ven hoy las caras con reclutadores de Al Quaeda que blanden ante ellos imágenes de mujeres y niños masacrados por aviones no tripulados. Hay informaciones de que la hipotética afiliación de Al Quaeda en Yemen se ha triplicado desde 2009. Jimmy Carter ha declarado que «la violación de los derechos humanos por parte de Norteamérica nos hace cómplices de nuestros enemigos y nos enajena a nuestros amigos».

Las guerras con aviones no tripulados parecen inútiles pero imparables. Su atractivo reside para los líderes occidentales en su carácter de absoluta novedad, en parte con la esperanza de hacer que parezca menos terrible la derrota. Son como el bombardeo de las montañas del Chuf en el Líbano por parte del buque norteamericano New Jersey en 1984: un despliegue sediento de sangre para cubrir una retirada. El avión no tripulado no es una ayuda para la victoria, pero facilita la derrota que su uso ha hecho más probable.

Los talibán de Waziristán no suponen ninguna amenaza para Londres o Washington. Al Qaida ya no puede hacer más por socavar el Estado que detonar una bomba ocasional, lo cual puede evitarse utilizando los servicios de inteligencia del país. Las «guerras por elección» de hoy en día reflejan un aspecto más siniestro de la democracia. A los lideres elegidos les apetece, desafiando todas las advertencias sobre las dificultades para ponerles fin. Fascinados por los dividendos que le sacó Margaret Thatcher a las Malvinas, todos quieren una buena guerra.

En esto del avión no tripulado no es oro todo lo que reluce. Impulsado por la enorme presión de los vendedores de armas, a Obama (y David Cameron) se les instruye en que son la guerra aséptica del futuro, segura, fácil, limpia, con «precisión en el objetivo». Nadie de los nuestros se lastima. Y algún otro ha de hacer el trabajo sucio sobre el terreno.

La tenue legalidad de esta forma de combate requiere que el agresor le haya «declarado la guerra» a otro Estado. Pero Al Quaeda no es un Estado. De resultas de ello, estos ataques en suelo extranjero no son guerras justas por elección, son guerras de su propia invención. ¿Cuánto tardarán los EE.UU. en encontrarse «en guerra» con Irán y Siria, y empezar a enviarles aviones no tripulados? Cuando sea el caso y empiecen las matanzas, apenas se podrán quejar de que las víctimas tomen represalias con atentados suicidas.

Y no se tratará sólo de atentados suicidas. Los aviones no tripulados son baratos y proliferarán con facilidad. Ya los han desplegado once estados. Los EE.UU. se los están vendiendo a Japón para que le ayudan con China. China está construyendo once bases a lo largo de sus costas para los aviones no tripulados Anjian. Y el Pentágono entrena en la actualidad más operadores de aviones no tripulados que pilotos. ¿Qué pasará cuando todos los países con fuerzas aéreas haga lo propio, y retumben con ellos todas las fronteras inflamables?

No temía la proliferación nuclear porque creo que esas bombas están simplemente para ganar prestigio, tan espantosas que no las usarían ni los descerebrados. Los aviones no tripulados son distintos. Cuando se les llamaba misiles dirigidos, se regían en cierta medida por el derecho y los protocolos internacionales, como era el caso de la práctica del asesinato global.

Obama rechaza todo eso. Los EE.UU. y él están enseñando al mundo que un ingenio aéreo sin tripulantes constituye un arma de guerra que se justifica y exonera por sí misma, legal y efectiva. Por contraproducente que pueda ser estratégicamente un avión no tripulado, queda de los más sofisticado en la retaguardia. Resulta difícil imaginar un peligro mayor para la paz mundial.

Notas:

[1] Living Under Drones, Death, Injury and Trauma to Civilians From US Drone Practices in Afghanistan, International Human Rights and Conflict Resolution Clinic, Stanford Law School – Global Justice Clinic, New York University School of Law (http://livingunderdrones.org).

[2] Ibrahim Mothana, «How Drones Help Al-Quaeda», The New York Times, 13 de junio de 2012.

Simon Jenkins , periodista y actual colaborador de The Guardian, The Sunday Times y la BBC, fue director de The Times y The London Evening Standard.

Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=5611