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Manual para las elecciones presidenciales en Estados Unidos

Fuentes: La Jornada

Las elecciones presidenciales en Estados Unidos son siempre importantes, al menos así han sido los últimos cien años. Y afectan a todos en cualquier parte del mundo. Las elecciones de 2004 son insólitamente tensas, por varias razones. Un porcentaje mayor de la población estadunidense y mundial cree que importan. Las predicciones apuntan a que serán […]

Las elecciones presidenciales en Estados Unidos son siempre importantes, al menos así han sido los últimos cien años. Y afectan a todos en cualquier parte del mundo. Las elecciones de 2004 son insólitamente tensas, por varias razones. Un porcentaje mayor de la población estadunidense y mundial cree que importan. Las predicciones apuntan a que serán en extremo competidas. Es muy evidente que cada bando siente que no puede darse el lujo de perderlas.

Para comprender lo que está en juego, debemos comenzar por observar algunos rasgos estructurales de estas elecciones presidenciales que las hacen diferentes de los principales comicios en aquellos otros países que cuentan con procesos electorales significativos. La primera cosa es que Estados Unidos constituye un sistema ge-nuinamente presidencial. Es decir, no elige un Parlamento que designa a un primer ministro. No es siquiera semipresidencial, como Francia, donde la capacidad de go-bierno del presidente es constreñida en gran medida si no controla también el Parlamento. Y las elecciones tienen una sola ronda de votaciones (a diferencia de Francia). Los partidos pequeños no pueden transferir sus votos en una segunda vuelta. Por sí solo, este rasgo explica por qué Es-tados Unidos tiene y debe tener un sistema bipartidista. Elegir al presidente para un periodo fijo de cuatro años es una proposición de todo o nada. Por tanto, si un candidato no construye una amplia coalición pa-ra ganar, pierde. La existencia de otros partidos menores puede darle la elección a un partido que, de otra forma, tendría una minoría de votos.

Y si esto no fuera suficiente para garantizar su sistema bipartidista, Estados Unidos cuenta con una curiosa reliquia del si-glo XVIII, un sistema electoral colegiado, donde los votantes de cada uno de los 50 estados eligen a electores que a su vez eligen al presidente. El número de electores en cada entidad es igual al número de miembros de la Cámara de Representantes (más o menos proporcional a la población) más dos. Esa previsión de «más dos» ga-rantiza que los estados más pequeños tengan un peso ligeramente mayor que las entidades más grandes. Y dado que la po-blación en los estados es relativa a la concentración de personas en las ciudades y sus suburbios, el sistema le otorga mayor peso a los votantes de los pequeños poblados y las áreas rurales. Una consecuencia de esto es que un candidato puede ser electo presidente con menos votos globales que su oponente. Esto ha ocurrido en muchas ocasiones, la más reciente en 2000.

Hay un tercer rasgo estructural. Las leyes de cada estado contemplan que la mayoría de los votantes en esa entidad elijan a todos sus electores estatales. Esto significa que únicamente son importantes las elecciones en los estados donde la votación es muy cerrada. En la actual elección, se piensa que la competencia cerrada ocurrirá cuando mucho en 19 de las 50 entidades, y realmente será crucial en unos siete. Cualquier mínimo viraje en las preferencias de los votantes de siete estados puede determinar quién será el próximo presidente de Estados Unidos.

Esto explica por qué Estados Unidos cuenta con dos grandes partidos, cada uno de los cuales es una coalición de diferentes grupos. Históricamente, el Partido Demócrata era la organización a la izquierda del centro, y el Republicano era el partido a la derecha del centro. Esta división reflejaba primordialmente aspectos económicos: los derechos de los trabajadores, el Estado benefactor y las políticas fiscales. En 1936, el presidente Franklin Roosevelt fue llamado por muchos republicanos «traidor a su clase» porque, aunque en lo personal provenía de una familia de clase alta y acaudalada, promulgó el New Deal (Nuevo Trato) y apoyó los derechos de organización de los sindicatos. Esta división en cuanto a las cuestiones económicas se mantiene vigente, pero se ha vuelto secundaria durante los últimos 20 años.

El Partido Demócrata acaba de celebrar su convención y nominó a John Kerry. To-dos los comentaristas concuerdan en que fue excepcionalmente unificada. No hubo casi voces de disenso en prácticamente ningún aspecto. Los delegados que tenían reservas acerca de Kerry, se las guardaron en aras de un fervor por sacar a George W. Bush de la presidencia. El tono de la convención se supervisó con cuidado para re-saltar sólo los temas que podrían convencer a los votantes «indecisos» de los estados clave que decidirán la elección.

Uno se pregunta qué hizo que los de-mócratas mostraran tal unidad. Qué los mantiene juntos. No es la política exterior. Aunque la mayoría de los delegados y de los votantes demócratas consideran que la guerra contra Irak fue moral y políticamente equivocada, no es ésta la postura de Kerry ni de sus asesores cercanos, ni es la posición oficial del Partido Demócrata. Más bien Kerry alega que la guerra fue conducida con ineptitud. Estados Unidos debió haber permitido que continuaran las inspecciones. Debió haber trabajado más de cerca con sus aliados tradicionales. Y Kerry promete hacerlo ahora. No propone retirarse de Irak, sino aumentar la fuerza militar estadunidense.

¿Qué unifica a los demócratas? Por qué todos los activistas contra la guerra están por votar en favor de Kerry, pese a su posición en torno a Irak, que aun el Washington Post, un periódico de centro, califica de «oportunidad perdida». ¿Son los aspectos económicos? Hay diferencias, sin duda, en este terreno. Pero los republicanos buscan minimizar las distancias. Y, a diferencia de 1936, las líneas no están tan fuertemente trazadas. En los años de Bill Clinton no hubo avances importantes en el Estado be-nefactor. Es más, Clinton promulgó la «re-forma de bienestar», que durante mucho tiempo ha sido programa republicano.

Si las líneas son borrosas en lo relativo a la política exterior y a las políticas económicas, existe un ámbito donde las líneas entre los partidos Demócrata y Republicano se mantienen bastante claras. Este terreno es el social, que tiene tres componentes: multiculturalismo, liberalismo social y me-dio ambiente. En este ámbito, 95 por ciento de los demócratas están de un lado y una vasta mayoría de republicanos del otro.

Existen muy buenas razones para que 90 por ciento de los negros y 70-80 por ciento de los latinos voten por los demócratas. Y pese a toda su frustración por ver que los demócratas no hacen lo suficiente por impulsar sus derechos aún más, saben que los republicanos trabajan por desmantelarlos: apoyan leyes que los priven de derechos civiles, se oponen a toda acción afirmativa, buscan promulgar leyes que restrinjan el uso de la lengua a «sólo inglés» y acotan (y cierran) los flujos migratorios provenientes del mundo que no es blanco.

En lo tocante al liberalismo social, los dos principales aspectos que han dividido durante los últimos 20 años a los estadunidenses son el aborto (este solo aspecto explica por qué es más probable que las mujeres voten por los demócratas que los hombres) y los derechos de los homosexuales, que de nuevo sitúan a una inmensa mayoría de demócratas de un lado y a la aplastante mayoría de los republicanos del otro. Un tercer aspecto surge ahora, el de la investigación en células troncales*, asunto que surgió dramáticamente por el discurso de Ronald Reagan Junior en la convención, donde llamó al país a votar en favor de la investigación en células troncales (a lo que se oponen activamente Bush y el Partido Republicano). Estos aspectos del liberalismo social están vinculados a la exigencia de «libertades civiles», hoy amenazadas por las políticas del procurador general Ashcroft y por la Ley Patriota.

Por último, el medio ambiente. Este fue un asunto político inventado por los republicanos a la vuelta del siglo XX. Pero casi todos ellos lo abandonaron ya, y el gobierno de Bush ha gastado mucha energía en desmantelar todo avance logrado por el go-bierno de Clinton en este terreno.

Son entonces estos aspectos sociales, no la política exterior ni lo económico, los que explican la importancia que le otorgan los votantes a los designaciones judiciales, en particular aquellas de la Suprema Corte y las nueve cortes de apelación. El Partido Republicano tiene toda la intención de nombrar jueces que serán hostiles a cualquier expansión de derechos en los ámbitos citados. Si el Partido Demócrata gana las elecciones de 2004, se deberá en gran me-dida al entusiasta, aun desesperado, apoyo de quienes están en favor de estos aspectos del ámbito social. Sin duda, este partido confía en convencer a los votantes indecisos de sus posturas en lo económico y en jalar a otros segmentos que viven alarmados por la política exterior de Bush. Pero la unidad del Partido Demócrata no está ahí. Los cambios propuestos por el gobierno de Kerry serán menos notables en los aspectos económicos y en la política exterior que en el ámbito social.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein. Todos los derechos reservados.

* Desarrollo reciente de la genómica y tema de controversia actual en muchas partes del mun-do por sus implicaciones éticas.